DIGNIDAD Y PROFESIONALIDAD
Frecuento -a
medida que pasan los años, cada vez más- la consulta de mi “médico de cabecera”
o, como se dice ahora, mi “médico de familia”, así como mi oftalmólogo
-coloquialmente, oculista-.
Quiere el
destino y la suerte que ambos, además de impecables profesionales, procedan de
ámbitos lejanos pero a la vez tan “de desgraciada actualidad”. El primero,
Bilal Jaafar El-Hage, es oriundo del Líbano; el segundo, Hamdy El Sharif Ahmed,
de Gaza. Los dos estudiaron en España y
están arraigados personal, familiar y profesionalmente aquí. Pero los dos
tienen gran parte de la familia en sus respectivos países, donde padecen los
terribles, sistemáticos, irracionales ataques de las fuerzas del gobierno
sionista de Israel.
Sus consultas -siempre
llenas de usuarios- son altamente valoradas por los pacientes y colegas de
profesión. Y son una garantía de acierto clínico, “sazonado” con un trato lleno
de cercanía emocional, claridad expositiva y buen humor. Unas personas que
viven tan de cerca la tragedia de la sinrazón y la barbarie cobran así una
estatura de gigante. Me asombro de que lleven con tanta serenidad, e incluso
optimismo, la reacción dignísima de sus pueblos de origen, de sus familias
respectivas, algunos de cuyos miembros han sido asesinados o han tenido que
salir de sus tierras por sucesivas violaciones de los derechos humanos
perpetradas por estos nuevos exterminadores, que han olvidado el propio pasado
de éxodo y exterminio.
El sobresalto de
cada día, la creciente saña que se vive en esas tierras tan hermanadas con
nosotros a través de los siglos por el Mediterráneo, sobrecoge. Voy a sus
consultas abrumado por la carga y el peso
que a tantos nos afecta, al formar parte de una humanidad con tanta brutalidad,
capaz de tanto horror interminable. Pero ellos están allí, atentos, volcados en
su trabajo con tesón. Transmitiendo seguridad, garantía de acierto en su labor,
y una fraternidad que nos hace creer que otro mundo es posible, otra gente es
posible: fuerte, solidaria, digna y ejemplarizante.
Esperar justicia y reparación es,
como tantas veces, una difícil utopía, pero -como ellos- hay que confiar en la
fuerza de esos pueblos que no se dejan doblegar.
MOISÉS CAYETANO ROSADO. BADAJOZ.
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