ELOGIO DE LA
POBREZA
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MOISÉS CAYETANO
ROSADO
Cuando yo era muy joven y apretado de recursos
(aunque no tan pobre como tantos a mi alrededor, muchos de los cuales se me
perdieron en una emigración laboral compulsiva), llegué a un mundo que rompía
mis esquemas de muchacho de pueblo envuelto en el sopor. Era para mí muy
importante la poesía y tuve el privilegio de relacionarme con poetas de los que
llamábamos “consagrados”, en mi tierra y allá a donde también me llevó la
emigración.
Algunos, muy admirados, reconocidos,
respetados, habían vivido grandes dificultades en su niñez y me parecía que
estaban orgullosos de ello. Algo que nunca comprendí. La pobreza siempre me
pareció muy triste, dura, traumatizante, sórdida, “moída pelo inferno duma aspiração sem esperança”, como retrataría a
los desposeído de la tierra el
alentejano Manuel Ribeiro.
Pienso que estar hundido en las dificultades
económicas, en la necesidad de las cosas más elementales, siempre desgarra, y
para la infancia es claramente demoledor.
De ahí que tampoco entendiera el elogio de la
pobreza en el Evangelio de San Lucas, que tanto nos habían remarcando en la
escuela: “Bienaventurados los pobres,
porque vuestro es el reino de Dios” (6:20) y “Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis hartos”
(6:21). Me recuerda aquella escena de “Las Hurdes (Tierra sin pan)”, en la que
un niño paupérrimo escribe en la pizarra: “Respetad
los bienes ajenos”: podría ser la “lectura subliminar” de lo anterior. O a
los alumnos que en tantas escuelitas españolas de finales de los años veinte
del pasado siglo (poco antes de la filmación de la película de Buñuel) vio el
periodista Luis Bello: “los niños
descalzos, muchos con las huellas inequívocas del paludismo, soportan mal el
frío de diciembre, y tosen” (en “Viaje a las escuelas de España”).
“Cómo
voy a cantar a la rosa/ mientras muere un niño sin casa y sin ventana”,
escribía el poeta zamorano Florentino Huerga, que conocí en Barcelona a
comienzos de los años setenta del siglo pasado. Estaba muy ligado al extremeño oliventino
Manuel Pacheco, poeta de hondas raíces humanistas, encuadrado fundamentalmente
como el anterior en la poesía social: Pacheco, huérfano y hospiciano (“entraste en un hospicio a la edad en que
los niños estaban defendidos por los regazos de sus madres”), pobre casi
siempre o siempre. ¡Tan rico ambos en profundidad poética y en solidaridad! Tan
abiertos a los jóvenes que nos acercábamos a su sabiduría.
Pero a ellos les dolía, como tantas veces le
leí al argentino Ernesto Sábato (“los
veo hurgar entre las bolsas de basura, hundiendo en la inmundicia sus pequeñas
manos, destinadas a los columpios y a las calesitas”), esa niñez perdida
entre los sueños imposibles y la terrible realidad. “¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra
adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de
invierno”, denuncia Juan Ramón Jiménez en “Platero y yo”. ¡Ay, el niño
yuntero de Miguel Hernández, “a los
golpes destinado”!
Sin embargo, en mis amigos poetas existía una
especie de elogio de su propia pobreza, como si el verso les pusiera a salvo de
las dentelladas del hambre en sus tiempos de inocencia. Pero sus tiempos de
inocencia no eran aún tiempos de verso, sino tiempos crudos de miseria, y eso
pasa factura por mucho que se trate de sublimar tanta tristeza.
Mis amigos poetas llevaban en sus versos ese
dolor. El dolor de una infancia que les fue robada, que les es robada a tantos
niños, a tanta gente, a causa de una crisis que se superpone a otra, porque
para los pobres la crisis cabalga siempre en la montura de sus cuerpos,
llevando el fruto de su sudor para los mismos desalmados que viven siempre en
el derroche, ejerciendo hipócritamente de salvadores del mundo y de la vida.






