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domingo, 19 de agosto de 2018


DEPORTACIONES DE INMIGRANTES EN LA ESPAÑA DE LOS AÑOS CINCUENTA
Palacio de las Misiones. Exposición Internacional de Barcelona, 1929.
Lugar de concentración para la deportación inmediata.
Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia
Tras la Guerra Civil española se detuvo el flujo migratorio,  sangría de la España contemporánea -dirigido principalmente a Ultramar-, que ante la saturación del mercado americano se intensificó en el interior del país. La periferia minera e industrial (principalmente la cornisa cantábrica y Cataluña) fue recibiendo trabajadores provenientes del sector agrario, en especial andaluces, castellanos y extremeños. Y aunque los años cuarenta serían de “paralización migratoria”, la situación en los campos del sur era desesperada para los jornaleros, que en los años cincuenta comenzarían a salir de sus lugares de origen para buscar acomodo en esas zonas de “prosperidad” que eran Asturias, País Vasco y Cataluña.
Las avalanchas de inmigrantes “a la aventura” serían considerables, hasta el punto de que enseguida se rebasaba la oferta, originándose otros problemas anexos, fundamentalmente el de la vivienda, que los nuevos obreros resolvían de manera primaria, construyendo ilegalmente barracones, chabolas, todo tipo de infraviviendas, dando lugar a barrios sin infraestructuras de ninguna clase.
La Comisión Católica Española de Migración divulgaba en 1956 una circular, haciéndose eco de una carta del Capellán de los Obreros de Llanes-Avilés, donde se daba cuenta “de encontrarse en esta localidad de Avilés muchos obreros de esa y otras regiones de España sin trabajo y sin recursos”, ante lo cual el Capellán ruega que “los Curas de Parroquias avisen públicamente a sus feligreses sobre este estado de cosas, con objeto de que no sigan viniendo y agravando el problema”, pues gran parte “están a merced de la caridad, debido a que dichos obreros vienen por su cuenta y riesgo, en contra de los avisos oficiales cursados a esas regiones”.
El problema era aún más grave en Barcelona, localidad fundamental de destino en esos años cincuenta, por lo que el Gobernador Provincial, Felipe Acedo Colunga, tomó una tajante decisión. El 4 de octubre de 1952 dictó una Orden, publicada en el Boletín Oficial de la Provincia dos días después, en la que -alegando “la necesidad de hacer frente al complejo problema de la vivienda”- ordenaba a los Ayuntamiento “el cierre o vallado de los predios urbanos que se encontraren enclavados dentro del casco habitable”, así como realización de “estadística completa de las ‘viviendas no autorizadas’, con expresión de sus habitantes y de los cabezas de familia que aparecieren como titulares, con el dato obligado de su profesión y contrato de trabajo”. Ordenaba a Alcaldes, Jefe superior de la Policía de la provincia, Comandantes del Puesto de la Guardia Civil y comisarías locales que impidan “la entrada y subsiguiente permanencia en los respectivos términos municipales, de aquellas personas que por no tener domicilio tuvieren que recurrir a la ‘vivienda no autorizada’, debiéndolos remitir a este Gobierno Civil para su evacuación por el Servicio que se encuentra a este efecto establecido”.
Lo de la “evacuación” es un eufemismo, que debemos sustituir por “expulsión” o, si se quiere, por “deportación”, pues una vez localizados los inmigrantes sin vivienda autorizada (las avalanchas humanas en los cinturones industriales no podían contar más que con infraviviendas ilegales), eran confinados en el antiguo Palacio de las Misiones desde donde se les reenviaba compulsivamente a su lugar de origen.
Este Palacio de las Misiones fue una obra del arquitecto Antoni Darder, para la Exposición Internacional de Barcelona, de 1929-1930. Tenía una superficie de 5000 m2, dedicados a dar a conocer la labor de las instituciones misioneras. Durante la Guerra Civil sirvió como prisión, y posteriormente fue un refugio de indigentes. Ahora iba a desempeñar esa función de reclusión temporal de inmigrantes, en tanto se tramitaba su retorno forzado.
“Ignorantes, inmorales, mendigos, delincuentes, etc., toda una serie de acusaciones se difundieron desde púlpitos y desde tribunas de prensa, sobre los inmigrantes venidos de otras partes de España. Un clima de animadversión social que facilitó la puesta en marcha de (estas) duras medias”, recordaba Manuel Peña Díaz el 11 de marzo pasado, en https://cronicaglobal.elespanol.com/.
Las estaciones de tren y de autobuses de Barcelona y poblaciones cercanas pasaron a estar permanentemente vigiladas por la policía armada, la guardia civil y los agentes del Servicio de Evacuación, que detectaban a potenciales inmigrantes, devolviéndolos a su origen fulminantemente. Esto dio lugar a que los trabajadores se las ingeniaran de mil formas para burlar la vigilancia: bajarse con cierta anterioridad y proseguir el viaje a pie; saltos por ventanillas y entre vagones; camuflarse entre equipajes…
En Madrid, un decreto similar a esta orden (aun que sin “centro de evacuación”) se dictaría desde Presidencia del Gobierno el 23 de agosto de 1957, publicado en el BOE el 21 de septiembre -y en el Boletín Oficial de la Provincia de Madrid tres días después-, en el que se decía que “las Empresas de toda clase se abstendrán de contratar productores que no acrediten su residencia en Madrid”, se procederá “al inmediato derribo de las cuevas, chabolas, barracas y construcciones similares realizadas, sin licencia, en el extrarradio de Madrid” y “llevará aparejada el traslado de los que en ellas habiten a su sitio de origen”.
Esta terrible “aventura” finalizaría cuando -con los Planes de Desarrollo de los años sesenta- se necesitara gran número de trabajadores sin cualificar para el “desarrollismo” subsiguiente a los Planes, de gran “explosión” industrial, servicios y construcción civil, a resultas de la liberalización en la entrada de inversiones y capitales extranjeros, desenvolvimiento turístico proveniente del exterior y apertura a los mercados internacionales. Ahora ya no importaba el problema de la vivienda -excusa del Gobernador de Barcelona y sus “imitadores” por otros lugares del país-, que siguió siendo la gran asignatura pendiente de los movimientos poblacionales interiores de esa década; ni importaba la infraestructura de agua, luz, pavimentaciones, saneamientos, escuelas inexistentes… de esos barrios de aluvión. Ahora todo era “productividad”, desarrollo desigual, consolidación de guetos donde “la ciudad cambia su nombre”, como tituló una de sus memorables novelas Francisco Candel -escrita en 1957-, emigrante también, que vivió en sus carnes el problema.
Bueno será, una vez más, con el problema de la emigración candente para nosotros que volvemos a marchar, y para aquellos que pretende entrar, por las convulsiones de las encadenas crisis que nos envuelven, reflexionar sobre este pasado reciente, por otra parte no suficientemente conocido.

viernes, 9 de noviembre de 2012




OPINIÓN
POR MOISÉS CAYETANO rosado, DOCTOR EN GEOGRAFÍA E HISTORIA
"No es castellanizar, no es españolizar lo que debemos, sino engrandecernos con la diversidad, ya que tenemos la fortuna de haberla recibido como un legado, sagrado, de caminos distintos en nuestro colectivo batallar por la existencia"


Viernes, 9 noviembre 2012



Los Decretos de Nueva Planta (1707-1715) tuvieron por finalidad castigar a los que se habían alineado en contra del candidato francés Felipe de Anjou y a favor del Archiduque austríaco Carlos en la Guerra de Sucesión al Trono español, aludiendo al "derecho de conquista". Este es el caso de la Corona de Aragón, que ya se había sublevado en 1640, ante la política centralista del conde-duque de Olivares.
Fueron abolidos casi todos los antiguos fueros de los reinos y condados aragoneses, implantando Felipe V una nueva organización político-administrativa basada en la de Castilla para todas sus posesiones, obligando al uso del idioma castellano como lengua administrativa a casi todas las instituciones que no la usaban.
El 20 de febrero  de 1712 se dictaron instrucciones secretas a los corregidores del territorio catalán: “Pondrá el mayor cuidado en introducir la lengua castellana, a cuyo fin dará las providencias más templadas y disimuladas para que se consiga el efecto, sin que se note el cuidado”.
Esta estrategia continuará durante los dos siglos inmediatos. Merece la pena detenerse en una larga cita de la Revista “Ejército y Armada”, de 1906: "Hay que castellanizar a Cataluña... Hay que pensar en español, hablar en español y conducirse como español, y esto de grado o por fuerza. El soldado y el marinero catalán deben ir a servir a otras regiones de España para frecuentar otro trato y adquirir otros hábitos y costumbres. De brusco, insubordinado, soez y grosero como es en general el catalán se volverá amable, transigente con las ideas de los demás y educado. El día 1º de febrero no debe haber un solo soldado en la región catalana siendo substituidos por los de las demás provincias españolas, llevando allí la mayor guarnición posible y manteniendo el estado de guerra".
En 1971, viviendo en Barcelona, conocí al escritor Joaquim Horta. Mantenía viva la imagen de la humillación infligida a su madre cuando un “salvador de la Patria”, al oírla hablar en catalán dirigiéndose a él -muy pequeño y en inminente peligro al correr por las vías del “metro”-, le dijo: “Hable en el idioma del Imperio”, en tanto la maltrataba empujándola.
Por ese tiempo, entrevisté al poeta Salvador Espriu para el periódico HOY de Extremadura. Había leído aquellos versos suyos tan impactantes, del libro “Le pell de brau” (“La piel de toro”, referida a España: Sepharad, en hebreo):
Recorda sempre això, Sepharad.
Fes que siguin segurs els ponts del diàleg
i mira de comprendre i estimar
les raons i le parles diverses dels teus fills.

Sí, los puentes del diálogo, la comprensión de las razones y las hablas diversas de los hijos de España… Espriu era una persona de extraordinaria sensibilidad, muy dolido por el maltrato que “los castellanos” -me decía- dispensaban a su tierra. Yo, que provenía de la zarandeada, errabunda Extremadura, ni me identificaba con maltratador alguno, ni tampoco me sentía “castellano”. Pero le comprendía en su desolación, desde el desamparo y el padecer de siglos: no fue el pueblo castellano, el andaluz, el extremeño…, el que infringió el maltrato. Hay que profundizar en los manejos de los protagonistas del timón de la historia…
El caso es que hemos sido enfrentados. Y hemos sido manipulados. Y hemos sido mil veces puestos en el disparadero.
Ahora, el Ministro de Educación, José Ignacio Wert, quiere “españolizar a los niños catalanes”. Le recuerdo los versos de la gallega María Elvira Lacaci:
Quería adivinar
quienes eran “España”
entre aquellas personas con que me cruzaba.
(…) Pero no. Cada cual
un amor, una lágrima,
un rencor que no cesa.
Una perenne lucha. En su existencia.

Hagamos caso por una vez al gran poeta catalán Espriu, respetando las razones y las hablas que tanto a todos pueden enriquecernos. Y la no menos grande, la gallega Lacaci, buscando una España que no sea una lágrima, un rencor que no cesa, una perenne lucha entre nosotros. Nunca será mucho el diálogo y la negociación.
No es castellanizar, no es españolizar lo que debemos, sino engrandecernos con la diversidad, ya que tenemos la fortuna de haberla recibido como un legado, sagrado, de caminos distintos en nuestro colectivo batallar por la existencia.