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viernes, 17 de julio de 2015

RELOJ DE ARENA

Autor: Rufino Félix Morillón.
Edita: Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2015. 228 páginas.
El emeritense Rufino Félix Morillón es un poeta que se ha ido consagrando poco a poco, verso a verso, libro a libro, sorprendiendo siempre con una poesía mansa como el cauce de un río de llanura en su desembocadura, y profunda como un torrente que excava la tierra formando un tajo vertical.
Sus poemarios han ido saliendo a la luz regularmente, formando un cuerpo poético considerable, avalado por reconocimientos importantes, como el Premio Ciudad de Salamanca o el Ciudad de Badajoz, habiendo sido incluido por la Universidad de Oxford en su “Tratado de lengua castellana y literatura”.
En su obra, parece como si siempre se estuviera despidiendo sublimemente de la vida, con un dulce latir remansado de paz y de armonía. Pero renace de continuo y vuelve con fuerza para mostrarnos lo que en el fondo es una dulce melancolía.
Íntimo y universal, interesado en todo, por todo apasionado, ahora nos sorprende con lo que ya era -entrega tras entrega- una obra en prosa igualmente delicada y cálida. Nos ofrece su “Reloj de arena”, antología de artículos periodísticos-literarios, antes publicados en el periódico regional extremeño HOY, entre los años 1989 y 1991, y ahora rescatados por la Editorial regional de Extremadura. Lleva prólogo del también poeta, narrador y crítico literario y artístico Antonio Zoido, fallecido hace varios años, pero que aquí se nos muestra con la delicadeza y elegancia que siempre le caracterizó.
Estamos ante 70 artículos de las más variadas temáticas, en los que prevalece la calidad literaria, poética, de los textos, y la caleidoscópica inquietud del autor. Ahí está presente su pasión por la ciudad que le viera nacer, crecer y le sigue viendo vivir, Mérida (que justamente le nombró Hijo predilecto en 2003); ahí su conocimiento de la literatura universal; ahí su pasión por el cine, el latir de la vida cotidiana, el gusto por los encuentros con amigos, conocidos, afines de la literatura, el arte, la belleza.
Cuando hace falta, critica, espolea, censura. Cuando se tercia, alaba. Cuando lo cree pertinente, sugiere, aconseja, exige. Y siempre, con templanza, con las buenas maneras de un hombre que es todo bondad en la firmeza y en la calidad literaria de lo que escribe.
“Reloj de arena” no es un libro que se nos escurra de las manos y se vaya sin dejarnos huella. Es una obra multiforme, periodística, literaria, artística, poética. Recopilación de inquietudes, sentimientos y conocimientos, que no desdice de su obra en verso, sino que la complementa. Muestra del buen hacer de un poeta que da fe de vida cotidiana con notoria calidad en el ropaje -prosa o verso- que utiliza.

MOISÉS CAYETANO ROSADO

viernes, 21 de noviembre de 2014

POESÍA COMPLETA, DE ALFONSO ALBALÁ


Autor: Alfonso Albalá.
Edita: Editora Regional de Extremadura. Serie Rescate. Mérida, 2014. 297 pgs.

En 1998, el Ayuntamiento de Coria editaba Poesía Completa, del escritor cauriense Alfonso Albalá (1924-1973). Ese volumen, difícilmente encontrable hoy en día, ha sido de nuevo publicado por la Editora Regional de Extremadura, en su Serie Rescate, trayéndonos a la actualidad un autor extremeño y universal que muchos no conocen o no conocen bien, pese a tener una densa obra publicada, no solamente por lo que a poesía se refiere, sino también como excelente periodista y como más que notable novelista, cuya trilogía sobre la Guerra Civil española es una obra de altura, que bien merecería también una nueva edición.
Poesía Completa está integrada por los tres poemarios que publicó en vida: Desde la lejanía (1949), Umbral de la armonía (1952) y El friso (1966), así como el libro póstumo Sonetos de la sed y otro poemas (1979), diversos villancico y poesía sueltas. Antecede a este repertorio su pequeño trabajo Notas para un ensayo sobre la armonía, precedido de un emotivo prólogo de Manuel Alvar y unas notas de sus hijas Gracia, María José y Paloma, que han sido las encargadas de la edición y notas aclaratorias a pie de página, que ascienden a 218 a lo largo del libro.
Ya en su ensayo sobre la armonía nos aclara Alfonso Albalá su poética y su concepto de la vida, hondamente religioso, al tiempo que profundamente humano: “El hombre camina, pasa el pasado, las fronteras del tiempo, para empezar a vivir el presente único, Dios, la Vida verdadera donde la muerte no existe, porque ni siquiera podrá ser un recuerdo. Allí, allí será la Armonía Total” (pg. 35).
Su primer poemario, Desde la lejanía, clarifica desde el título su contenido esencial: la añoranza de la tierra de nacencia desde el destino urbano a donde le han llevado sus estudios, el transcurrir de su vida, y que me recuerda a la romántica alentejana Florbela Espanca: “Esta es mi tierra, tierra Madre, Extremadura,/ árida tierra, seca, reseca, tierra dura,/ tierra sin horizontes, horizontal llanura/ que da a mi angustia vertical, ansia de altura” (pg. 54).
Es una evocación desgarradora y rebelde, que denuncia la situación de relegación en que se encuentra una tierra destinada a la tremenda emigración que, en pocos años de escritos estos versos, se llevará a casi la mitad de sus habitantes, por eso, por ser una “tierra dura,/ tierra sin horizontes”.
Pero el lugar donde reside, como a tantos miles de extremeños, tampoco le va a resultar acogedor: “Mi ventana está abierta a la ciudad,/ -cáncer de ruidos, sucio gris de invierno.-/ ¡Esta brumosa soledad,/ como un oscuro eterno” (pg. 75). Como nuestro Félix Grande o el poeta de Tomelloso Eladio Cabañero (amigo del anterior) manifestarán unos años más tarde, la ciudad le llena de angustia, de soledad, choca en el recuerdo con su apacible lugar de nacimiento, que hubo de abandonar.
Y en esa angustia, el recuerdo de la madre se acrecienta, como le ocurriera a Juan Ramón Jiménez en parecida despedida. “¿Recuerdas, madre, aquella despedida,/ el abrazarme con tus lágrimas,/ deteniendo mis prisas con tu pecho?” (pg. 79), escribe Albalá en su largo, desgarrador, emotivo “Poema del hijo ausente”.
Este primer libro, editado inicialmente por los Servicios Culturales de la Diputación de Cáceres, acaba con unos versos sosegados, que vuelven al sentido vital, religioso, que anima la vida del autor: “Te doy gracias por todo./ Cuida, Señor, mi sed,/ tu sed en mi paisaje./ Hazme tu salmo… Amén.” (pg. 107).
El segundo poemario, accésit del Premio Adonais, publicado en Madrid por Ediciones Rialp (como correspondía al galardón), ya lleva en su título (Umbral de la armonía) ese ideal del poeta: la armonía, la conjunción de la vida, del ser con los suyos, su entorno, el mundo. Va dedicado a su mujer, Josefina, de la que dice significativamente: “tú eres el Umbral de la Armonía” (pg. 115). Poemas a la amada, a sus seres querido y a Dios, que siempre está presente  en el poemario, como ocurriera tres años después en “Hombre y Dios”, de Dámaso Alonso: “Llamado estoy, Señor, a la armonía,/ desde este barro Alfonso, humilladero/ de mi afanoso uncir a tu madero/ nuestra nada en agraz y paganía” (pg. 145).
Uno de las más emotivas composiciones la dedicará a su madre, a la huella tremenda que dejó su ausencia: “¡Mi madre vive todavía!,/ ¿por qué me dicen que se ha ido?/ Todo está aquí: están aquí/ mis juguetes, y aquellos libros,/ todos con santos y con mapas…/ ¿Por qué me dicen que se ha ido?” (pg. 159).
Y sobre su madre, sobre el entierro de su madre, versará el tercer libro de poemas, último que publicó en vida.  También en Adonais, publicado por Rialp: El friso.
Para mi gusto, el mejor de todos. Una composición elegíaca de extraordinaria altura. Un libro singular, conmovedor, de una fuerza extraordinaria en sus metáforas, en el hilo conductor de un relato lineal: el traslado del féretro desde su casa al cementerio. “”Sobre su mismo surco, sobre el hombro/ de mis hermanos, pesaba/ su cuerpo horizontal/ bajo la lluvia” (pg. 175).
Volverá muchas veces sobre ese traslado a hombros, sobre esa lluvia incontenible, con un torrente de versos de una emoción y un amor indescriptibles: “Con su cuerpo obediente, hermoso y limpio,/ definitivamente muerto en la madera/ filial de la memoria,/ vamos allá con nuestra ofrenda” (183). Para finalizar con su mensaje trascendente: “abatido su tiempo en nuestros hombros, conforme/ el friso sideral acerca/ hacia el silo de Dios los corazones” (pg. 201).
En Ediciones Rialp también serán publicados sus Sonetos de la Sed y otros poemas, donde la constante espiritual estará presente con frecuencia: “En tu madero aguardo la agonía/ que cristifique en mí mi necesaria/ sazón de serte solo Eucaristía.” (pg. 223). En esta entrega van también dos poemas largos (“Encuentro con Polop”, recuerdo emocionado de su estancia en el pueblo alicantino de Polop de la Marina, y “El mendigo”, una de sus composiciones más desgarradoras y hermosas).
“El mendigo” alcanza para mí  la fuerza expresiva y la tensión del poemario El friso, pero esta vez con un claro mensaje de ternura y denuncia: “por el camino de los frailes/ iban, venían sus harapos,/ con su sabor a otoño, a tierra/ sucia, con su manta de trapo,/ con su ala rota sobre el hambre/ y el hombro caído de sus años” (pg. 251). Lo evoca desde sus recuerdos infantiles en el pueblo: “Me daba miedo del mendigo,/ de su voz blanda en mis zaguanes,/ contra mi sueño, asustadizo” (pg. 255). O más adelante, con esa insistencia, esa desgarrada sensación, esa profunda sensibilidad: “Y me acuerdo de aquel mendigo,/ de su llamar sobre mi puerta,/ de su mirada en mis juguetes” (pg. 260).
Ha sido un acierto más de la Editora Regional, que con esta Serie Rescate nos está devolviendo a autores que un poco se nos iban yendo de las manos, o que muchos no supieron en su momento, en nuestra propia tierra, apreciar en la medida de su clara grandeza.
MOISÉS CAYETANO ROSADO

martes, 18 de noviembre de 2014

LA BURRA CON GPS Y OTROS AVÍOS DE COMER

Autor: José Joaquín Rodríguez Lara.
Edita: Editora Regional de Extremadura. Colección Vincapervinca. Mérida, 2014. 134 pgs.


José Joaquín Rodríguez Lara es un escritor de larga y completa trayectoria. Poeta, narrador, periodista…, ha destacado en todas estas facetas con especial firmeza. Y con especial ternura, pues toda su obra está repleta de rigor, elaboración técnica, amenidad y delicado proceder, no exento nunca de ironía.
Ya lo vimos en su primer poemario, La tierra de fondo, publicado en 1980, cuando el autor contaba 25 años de edad y lo confirmó con El Conchito, la narración corta ganadora del Premio “Felipe Trigo” en 1981. A partir de ahí, todas sus entregas literarias y periodísticas han estado marcadas por “el toque de la gracia”, algo intangible que distingue a un autor de calidad, sea cual sea el género literario en que se manifieste.
Ahora lo hace con un libro sencillo y a la vez complejo. Sencillo por su narración cercana, coloquial; complejo porque mezcla en los distintos textos que lo componen material memorialístico, periodístico, filosófico, aforístico y otro puramente poético, de poesía desnuda y pura como la quería Juan Ramón Jiménez.
En cualquier caso, a lo largo de las 134 páginas de La burra con GPS y otros avíos de comer -que así se llama este nuevo volumen de Joaquín, que publica la Editora Regional en su Colección Vincapervinca-, podríamos establecer como dos grandes apartados para sus treinta “entradas”. Uno primero en el que hace un ejercicio de memoria infantil muy pegado a su tierra de nacencia, Barcarrota, y otro segundo, variado, en el que el capricho del autor nos va llevando desde el reportaje periodístico a las reflexiones del día a día, sus experiencias cotidianas y ejercicios reflexivos breves y profundos.
La primera parte recuerda un poco la narración poética de sus comienzos, en El Conchito (que, por otro lado, tanto me evocaba siempre al Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio). La segunda, al proceder cotidiano de su ejercicio profesional como periodista, en el que ha publicado textos memorables.
Y, en todo, como digo, subyace la ternura, el goce por lo pequeño y cotidiano, por lo común y lo ordinario, sin faltar nunca el toque de ironía, que en muchas ocasiones nos lleva a la sonrisa y a la risa.
Todo el libro es un regalo gozoso para el lector, pero yo he de manifestar mi debilidad por la primera parte. Esos recuerdos de la infancia que le llevan a narrarnos la vida y enseñanzas de sus dos abuelas, su padre, su familia; las primeras escuelas que pisó; el entorno cercano de personas, los animales domésticos que le rodeaban, todo su mundo de pequeño, su gran mundo de niño pobre pero no empobrecido, que iba descubriendo cada día. Un mundo fabuloso y fabulado, evocado y reinventado, porque “la máquina del tiempo lleva muchos milenios inventada. Y es muy sencilla: aterriza en el pasado con la memoria y vuela hacia el futuro con la imaginación” (pg. 17).
Y he estado hablando de Joaquín Rodríguez Lara en pasado, porque el libro que ahora nos trae es lo que narra en lo fundamental. Pero Joaquín, que nació en  1956, tiene mucho camino por delante, y mucho le queda por decir y por vivir para seguir en el futuro deleitándonos con su tiernamente humano proceder.

MOISÉS CAYETANO ROSADO

viernes, 5 de septiembre de 2014

OS DEJO MI PALABRA


Moisés Cayetano Rosado
La Editora Regional de Extremadura saca en su Serie Rescate un libro singular, emotivo, justo y necesario: La antología poética de Pedro Belloso Rodríguez, fallecido hace una década, cuando preparaba precisamente los poemas de esta obra.
Se trata de un libro singular porque hace tiempo no tenemos la oportunidad de leer poemas que nos trasladen a las postrimerías de la “poesía social”, que hizo su furor en España en los años cincuenta y sesenta; en Extremadura se mantuvo con fuerza en la década de los setenta e incluso en parte de los años ochenta. No podemos olvidar a sus máximos representantes regionales: Manuel Pacheco y Luis Álvarez Lencero, pero tras ellos hubo un gran número de poetas. Algunos dieron en hablar de “la generación del 75” (bajo idea de Francisco Lebrato Fuentes); yo siempre he preferido denominarlo “Movimiento poético del 75”, pues la proliferación de recitales de ese año no tiene parangón, llenando plazas, salones, cines… de personas expectantes ante poetas que en sus versos denunciaban las múltiples injusticias del mundo y de la cercanía.
Es un libro emotivo, porque sus versos no pueden dejar indiferente a nadie, en su mensaje tan pegado a la tierra, al hombre que sufre, al niño que desde muy pequeño lucha por ganarse la vida, a los pueblos olvidados, al campesino tan desposeído, a la dureza física y social del entorno en que el poeta se desenvolvió.
Es justo que se publique, porque en vida no se le apoyó suficientemente por parte de las instituciones que podían haberle publicado, y a las que lo solicitó él mismo antes de recurrir a la autoedición. Ahora se le rinde este homenaje póstumo dignamente presentado, con una introducción de Ignacio Pavón Soldevila, de unas setenta páginas, en que recorre los avatares de su vida, sus inquietudes y la repercusión de su obra, recurriendo a testimonios epistolares y publicados en periódicos y revistas de la época. El editor desempolva críticas y comentarios que nos resultan agridulces; lo primero, al recordar el tiempo que nos ha ido avasallando y reduciendo a recuerdos, con muchos muertos de por medio, y lo segundo, porque en el fondo comprobamos que Pedro Belloso estuvo “arropado” por buen número de amigos poetas y críticos que supieron valorar y admirar su obra.
Y es necesario que se dé a la luz, porque cuando tanto se desprecia por parte de algunos lo que dimos en llamar “poesía social” o “poesía de compromiso” -a la que se tilda de falta de calidad-, este libro nos muestra la altura de unos versos que rompen con los tópicos.
La antología presenta cincuenta y cinco poemas de distinta extensión, libres de rima en su mayoría, pero con ritmo y cadencia musical en las composiciones. Desde las primeras, de 1957 a las últimas, de 1992.
Los títulos de los libros de origen son en sí altamente significativos, destacando por su compromiso Hombres de barro (“Le sellaron los labios con decretos;/ segaron sus palabras./ Pero habló el corazón. Y desde entonces,/ ardiendo está su casa”), Campo y pueblo (“Apenas era un niño y ya tenía/ todo el campo metido en sus palabras./ Cuando pedía pan, dejaba un eco/ de trigal resonando en su garganta;/ y si decía ‘padre’, era un aroma/ de yunta con arado y madrugada.”), Entre encinas (“El silencio en mi cantar/ es largo compás de espera./ Vivir también es callar,/ igual que la sementera”).
Y es que Pedro Belloso era un hombre unido al terruño, al pueblo sencillo, a la gente sufriente y laboriosa. Poeta muy en la línea de los grandes del siglo XX, como Miguel Hernández o Federico García Lorca; también de Gerardo Diego -con el que sostuvo correspondencia epistolar- o Dámaso Alonso. Hombre lleno de compromiso, apegado a lo rural (“Era la gran ciudad. Tenía el cielo/ enfermo de tristeza por el humo./ Nadie hablaba con nadie y, sin embargo,/ era un enjambre loco de ruidos”, escribe en su “Salmo 12” del poemario “Salterio de mis horas”).
Lo traté muchas veces en mi casa, a donde iba con sus versos y sus inquietudes, tras haberle publicado su primer libro en la Editorial Esquina Viva, que fundamos a finales de los años ochenta un grupo de poetas extremeños. Se lamentaba de la falta de atención de las instituciones, del desamparo del poeta solitario y perdido en los pueblos de nuestra Extremadura.

Hoy le hubiera gustado ver su antología publicada, bien impresa, hermosamente ilustrada por su sobrino Isidro Belloso Sánchez, que ha sabido captar el paisaje extremeño desde el mensaje de su tío, el sacerdote-poeta Pedro Belloso, testigo de su tiempo, defensor del hombre, de aquellos desvalidos que le rodeaban, de la belleza silenciosa de un paisaje hermoso y duro que nunca quiso abandonar: “He salido a la calle. Me sorprendo/ rezándole a una nube de mi aldea/ por las grandes ciudades que no huelen/ a pan recién cocido”, escribía en “El pan nuestro de cada día”, de “Calle y camino”. Camino sencillo y sublime que nos invita a recorrer en estos poemas, que son un bálsamo y una fuente de arte y vida para todos.