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martes, 16 de junio de 2015

ARROYO DE SAN SERVÁN EN EL CONTEXTO DE LA II REPÚBLICA

“El próximo MIÉRCOLES 17 DE JUNIO DE 2015, en el Salón de Plenos de la Diputación de BADAJOZ, SE PRESENTA EL LIBRO
Arroyo de San Serván en el contexto de la II República y la represión franquista. 
Excavación de la fosa de “El Valle”
de
ÁNGEL OLMEDO ALONSO (Coordinador)
Silvia Herrero Calleja
J. Aranda Cisneros
Almudena García Rubio
Javier Iglesias Bexiga

Participarán en el acto Moisés Cayetano Rosado, Doctor en Historia y el historiador Ángel Olmedo Alonso, coordinador de la obra. Acto organizado por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura ”.


MIÉRCOLES 17 de JUNIO de 2015, a las 20:30 h.
Salón de Plenos
Palacio Diputación
Calle Obispo San Juan de Ribera, 6 – 06002. BADAJOZ



ORGANIZA:
ASOCIACIÓN PARA LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA DE EXTREMADURA (ARMHEX)

COLABORA:
ÁREA DE  CULTURA DE LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE BADAJOZ


martes, 26 de mayo de 2015


Avanzando en la ingente tarea que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura (ARMHEX) se ha propuesto -sistemáticamente, con un tesón inquebrantable-, ahora nos hace entrega de un libro documental impagable, compuesto en la Imprenta de la Diputación Provincial de Badajoz, y acompañado de un DVD (36 minutos) tan lleno de calidad como de emoción al recrear lo que en el libro se va detallando por parte de sus autores, coordinados por el historiador Ángel Olmedo Alonso.
Arroyo de San Serván en el contexto de la II República y la represión franquista (352 pg.), es una “piedra” más en la reconstrucción del “muro derribado por el olvido” que entidades como la Diputación de Badajoz, asociaciones como la ARMEX e historiadores como Ángel Olmedo están empeñados en levantar, con la ayuda de familiares que retienen la memoria de los tiempos oscuros, pese a tantos desprecios y amenazas; con la ayuda de ayuntamientos que saben que en la obligación de servicio uno prioritario es la salvaguarda de su pasado y su esclarecimiento; con la ayuda de voluntarios, especializados o no, que quieren aportar su colaboración en esta empresa de justicia y dignidad.
El libro lleva por subtítulo Excavación de la fosa de “El Valle”, pues este trabajo de campo sirve como “centro de interés” para el mismo. Y los resultados de esa excavación -con tres esqueletos hallados, correspondiente a jóvenes varones fusilados durante la Guerra Civil por los sublevados contra la República- constituyen su segunda parte. En ella nos ofrecen la explicación pormenorizada de la “Intervención arqueológica en la fosa de El Valle” los arqueólogos Silvia Herrero-Calleja y J. Antonio Aranda-Cisneros, y el “Estudio de los restos óseos exhumados en la fosa” los antropólogos Almudena García-Rubio y Javier Iglesias-Bexiga.
El grueso del trabajo de contextualización corre a cargo de Ángel Olmedo Alonso, que lo divide en seis apartados, con otro final de conclusiones, viniendo precedido de un prólogo del Presidente de la Diputación, Valentín Cortés Cabanillas, un saluda del Alcalde de Arroyo de San Serván, Juan Moreno Barroso, y una explicación sobre la labor general de Recuperación de la Memoria y de ésta en particular, del Presidente de la ARMHEX, José Manuel Corbacho Palacios.
En un primer apartado, Ángel Olmedo sitúa a Arroyo de San Serván en el contexto de la II República y la represión franquista, haciendo constar su recurrencia a las fuentes escritas y orales (muy utilizadas por este historiador en sus investigaciones, algo que maneja con soltura y rigor, como ya demostrara, entre otros, con su trabajo “Llerena 1936. Fuentes orales para la recuperación de la memoria histórica”, Premio Arturo Barea, 2009).
Un segundo capítulo describe los precedentes socio-económicos y políticos de la población, tan condicionada por el caciquismo, común a todos los pueblos del sur latifundista.
En el tercer capítulo se centra en los tiempos de la II República, la cuestión obrera y el poder municipal en Arroyo, para llegar en el cuarto capítulo a la figura del alcalde democrático, Franco García Sánchez -que trata extensamente-, por la significación de su figura en el pueblo y su evolución de concienciación política, desde una postura acomodada, conservadora, a otra contestataria, revolucionaria, que le costaría la vida, arrebatada con saña por los golpistas.
El quinto capítulo discurre entre el último poder republicano de julio de 1936 y la irrupción franquista, con todo su aparato represivo y de terror, sus depuraciones, asesinatos, enterramientos en fosas anónimas, extensión de la persecución en la posguerra…, manejando considerable cantidad de documentación escrita general y particular de los afectados en la localidad.
Con todo, el sexto resulta ser el más emotivo. Allí donde el autor nos hace “levantarnos del asiento”: testimonios familiares (tan certeramente recogidos en el DVD), con cuatro constantes confirmando desde la memoria personal lo que los documentos no pueden ocultar por mucho que la maquinaria destructiva del aparato vencedor lo persiguiera:
- Que muchos de los asesinados por el bando golpista habían salvaguardado la vida de sus oponentes, recluidos tras el Golpe militar, pero jamás entregados a la columna militar republicana (Columna Cartón), dispuesta a eliminarlos.
- Que la advertencia de esa Columna se confirmaría de inmediato: “esos mismos que ahora salváis son los que os van a matar a vosotros”.
- Que el ensañamiento con los familiares de los vencidos se prolongó en el tiempo, haciendo de sus vidas un calvario destructivo.
- Y que estas víctimas -más de medio siglo, tres cuartos de siglo después- están dispuestas al perdón pero no al olvido.
Antes del Anexo con los vecinos o naturales de Arroyo de San Serván víctimas de la represión franquista,  Ángel Olmedo escribe en las conclusiones de su trabajo: “Ya hemos explicado el caso del alcalde, Franco García Sánchez fue ‘paseado’, torturado y asesinado delante de sus vecinos. Triste final para quien se atrevió a dar protagonismo a los obreros, que tanto habían luchado por ello. Su cuerpo quedó como ‘desaparecido’ en alguna de las muchas fosas comunes. La memoria popular y el empeño de sus vecinos, persigue reparar aquel ultraje”.
Ese es el objetivo, ni más ni menos: nada de “abrir viejas heridas” -acusación de los partidarios del olvido-, sino “curar viejas heridas con el homenaje del conocimiento de la verdad y la reparación  del descubrimiento de sus cuerpos para darles una digna sepultura”.

MOISÉS CAYETANO ROSADO

miércoles, 8 de enero de 2014

EL CAMINO DE LOS REPUBLICANOS ESPAÑOLES
(Setenta y cinco años después)
 
Moisés Cayetano Rosado
Cuando la guerra estaba perdida, los republicanos españoles tuvieron que huir ante el avance inmisericorde de las tropas sublevadas contra la II República. Desde el Levante marcharían al norte de África, en penosas condiciones, pero después el grueso de los exiliados lo hicieron por los Pirineos, especialmente desde Barcelona y la parte septentrional de Cataluña.
A primeros de abril de 1939, de los 450.000 refugiados, 430.000 estaba en Francia, la mayoría en “campos de acogida”, que suena mejor que “campos de concentración”, por el recuerdo de lo que éstos fueron en Cuba durante la guerra contra la metrópolis (España) o lo que después serían en Alemania, bajo el terror nazi.
He visto hace unos días el lugar donde apiñaron a más de cien mil de aquellos desgraciados: la playa de Argelès-sur-Mer, que desde la cercana Colliure (donde se refugió y murió nuestro gran poeta Antonio Machado) aparece hoy bucólica, tranquila. Allí, sobre la arena -sin resguardo la mayoría o con endebles barracones en algún momento, pasando un hambre atroz, sed, frío, azote de la arena en los frecuentes vendavales-, eran controlados por soldados principalmente senegaleses y argelinos que los trataban como a los peores y más peligrosos criminales
.
Antes habían atravesado -con la dureza del invierno- los terribles desfiladeros de los Pirineos Orientales, luchando con la nieve, la ventisca, el terror de los últimos bombardeos y un bloqueo incomprensible de las autoridades galas, que les retuvieron en frontera, sin ningún auxilio o consideración. Tras ello, la separación de las familias: los hombres por un lado, las mujeres y niños por otro (para al final también separarlos).
Desde la belleza de estos montes, su horizonte ondulado y la paz que en ellos se respira, no es posible comprender tanto dolor. Dolor que se prolongaría durante muchos años… Porque luego, con la invasión hitleriana, las condiciones extremas se profundizaron. Y muchos fueron entregados a los que habían vencido en nuestra guerra fratricida; otros, enrolados en la nueva contienda, conocieron más calamidades, campos de exterminio, horrible camino hacia la muerte; unos más tuvieron la suerte de embarcar para América, donde México sería el destino principal de la acogida… que no fue tan solidaria como a veces nos la imaginamos.

La adaptación en México contó siempre con la generalizada animadversión de los propios españoles emigrantes de anteriores hornadas, cómodamente instalados y prevenidos contra los republicanos españoles a los que se acusaba de “horribles comunistas y sanguinarios comecuras”. Tampoco muchas de las autoridades locales tuvieron la consideración que se debía, y abundó la extorsión que la propia ley facilitaba, pues cualquier extranjero alterador del orden podía ser expulsado del país: ¡cuánto abuso amenazando cumplir con lo legislado a base de mentiras!

Sí, terrible fue el exilio, el desarraigo, con su hambre, su dolor, con sus separaciones, enfermedades y carencias, incomprensiones, tratos vejatorios y torturas. Ahora lo veo, setenta y más años después de que ocurriera, desde los bellos acantilados de Colliure, desde los verdes pasos de Le Perthus en los agrestes Pirineos, y ante tanto sosiego, tan apacible tranquilidad, parece hasta mentira que allí se produjera ese horroroso episodio de nuestra historia colectiva.

jueves, 28 de marzo de 2013



de la agencia efe y periódicos del día.
Día 28/03/2013
Las beatificaciones de los 58 "mártires del siglo XX", como llama la Iglesia española a los religiosos asesinados durante la II República española y la Guerra Civil, se anunciarán en fechas próximas. Según datos de la Iglesia española, los "mártires" de los años 1934 y 1936-1939 pueden ser unos diez mil. Ya han sido beatificados más de un millar y proclamados santos once.

          Pero, ¿no quedaban en que hay que olvidar el terrible enfrentamiento de la Guerra Civil, para no reabrir heridas aún en carne viva?

          ¿No quedamos en que debemos dejarnos de Memoria Histórica, relatorios, memoriales, apertura de fosas, etc.?

           ¿O es que solamente se ha de reivindicar lo que en exclusiva se reivindicó durante cuarenta años, y que luego con la democracia se siguió primando en aras inexplicables e inexplicadas de la concordia? Despiadada discriminación hasta que se comenzó a investigar "la otra mitad de la historia que nos contaron", como dice el investigador Cayetano Ibarra, dándole título a un libro memorable que fue Premio Arturo Barea de 2004 (Diputación de Badajoz), editado por la institución convocante al año siguiente.

          Olvidar, olvidar. Se les llena la boca de "olvidar", "perdonar", "reconciliar", pero la persistencia en el recuerdo sigue utilizando dos varas de medir para los que siempre tuvieron en sus manos "la vara de medir": "los nuestros al cielo, los vuestros al hoyo anónimo del suelo". ¡Porque hay que ver lo mal que llevan muchos que se localicen personas fusiladas hace ya más de setenta y cinco años, para darles a sus huesos un digno enterramiento!

          Y ya puestos, si los religiosos asesinados reciben el título de "beatos" e incluso "santos", ¿que título habría de darse a los alcaldes, concejales, políticos, sindicalistas, escritores, profesores, artistas, ¡tanta gente! también asesinados por su afiliación, por su significación, por sus ideas, por sus actitudes sociales, profesionales..., por su trabajo cívico y social? ¿No es el equivalente esta palabra: "héroes", puesto que muchos se jugaron la vida para salvar otras vidas incluso de sus oponentes? ¿No se merecen mayoritariamente, cuando menos, el título de "hijos predilectos" -si nacieron donde les asesinaron-, o "hijos adoptivos" -si procedían de otros lugares-, e hicieron una labor cívica que hemos de admirar?

          Será cuestión de estudiar también los casos, entre las muchas decenas de miles de asesinados durante la guerra y la larga posguerra que le siguió. Sin rencor, sin revancha; también como un acto de justicia, tal como supongo la Iglesia católica hace con estos religiosos a los que sube a los altares.
Moisés Cayetano Rosado

miércoles, 21 de noviembre de 2012


GUERRA Y REPRESIÓN EN EL SUR DE ESPAÑA
Por Moisés Cayetano Rosado
El escritor argentino-chileno Ariel Dorfman escribía en su libro “Rumbo al Sur, deseando el Norte”, publicado por la editorial Planeta en 1998: “El golpe del general Pinochet se había llevado a cabo fundamentalmente para devolver el poder económico y político a quienes lo habían ejercido durante siglos. Pero también tenía claro que la contrarrevolución estaba pensada como una lección, una admonición. Pinochet estaba tratando de que millones de personas se arrepintieran del acto mismo de rebelarse, el hecho de que se hubieran atrevido a soñar una humanidad alternativa, un sendero diferente del que la vida anónima les había marcado desde antes de que nacieran” (pg. 354).
No encuentro palabras mejores que las de esta larga cita para indicar el sentido del libro que acaba de publicar el historiador Francisco Espinosa Maestre, del que es sobradamente conocida su actividad investigadora y divulgadora, destacando trabajos como La guerra civil en Huelva (1996), La justicia de Queipo de Llano (2000), La columna de la muerte (2003) o Callar al mensajero (2010). Control del poder por una minoría oligárquica y aleccionamiento a la mayoría popular para que comprenda que su destino es el de obedecer, imponiendo severos castigos que disuadan incluso de pensar en una alternativa diferente.
Así, con Guerra y represión en el Sur de España, publicado por la Universitat de València, vuelve a darnos un toque de atención sobre lo que es su obsesión de historiador comprometido y riguroso con los sucesos que acabaron con la II República española, las consecuencias del golpe militar de julio de 1936 y el duro batallar por conseguir investigar las consecuencias que sobre los vencidos tuvo la guerra y el triunfo de los golpistas, así como los pactos de silencio de los políticos de casi todos los signos a lo largo de nuestra democracia. Obra, por tanto, de muestra y síntesis de sus principales preocupaciones y líneas fundamentales de trabajo.
Dividida en tres partes, la primera  trata de “La destrucción de la II República”, con cinco aportaciones breves y otra de mayor extensión -53 páginas-: “Una historia común: Lepe, 1936”, sobre las represiones, depuraciones, condenas a muerte, ejecuciones en una población que confió en el Frente Popular con entusiasmo y que una vez tomada Sevilla por los golpistas será ocupada por una columna del militar y marqués Ramón Carranza Gómez, formada fundamentalmente por  guardias civiles. Nadie había huido y ninguna resistencia se ofreció, pero las represalias fueron brutales y las razones para las condenas a muerte que se dictaron, de lo más nimias y absurdas: “intervino en los destrozos de la iglesia”, “haber puesto un cigarro de papel en la boca de una imagen”, “asaltar una tienda”, “destrozar cirios”, o facinerosas: ser “teniente de alcalde socialista” (pg. 56).
Guardia civil, como brazo ejecutor,  e iglesia como instigación, aparecen también en otros trabajos de este apartado, donde el problema de la tierra y la reforma agraria subyacen como cuestiones de fondo en los enfrentamientos. Ambas instituciones eran la barrera protectora de unos propietarios indiferentes a la miseria de los pueblos del sur, hambrientos de pan y de trabajo. En este sentido, la gestión de los alcaldes republicanos es resaltada por Espinosa, siendo el último capítulo -referido a Jesús Yuste, alcalde republicano de Villafranca- especialmente conmovedor, por su actuación social y las persecuciones y calvario de que sería objeto.
La segunda parte, bajo el epígrafe de “Las consecuencias del 18 de julio en el Sur de España”, contiene igualmente seis trabajos, breves, siendo el de mayor extensión “La leyenda de Queipo”. De él se ocupa también en el que lo precede y el que sigue, donde queda patente el doble objetivo: golpe militar y plan de exterminio, que guiarán su actuación de “represión salvaje” hasta febrero de 1937 (pg. 171) y sistematización de la depuración de elementos hostiles y no adeptos.
Los otros tres trabajos de esta parte lo constituyen una interesante crónica comentada del coronel Puigdengolas, del 25 de julio al 5 de agosto, en Badajoz, con sus luces y sus sombras, y dos testimonios personales, siendo especialmente conmovedores los apuntes manuscritos de Manuel Carcela, con vivencias y recuerdos del terror.
La última parte, “El poder y la memoria”, también consta de seis breves apartados, donde Espinosa vuelve a dejar sentado de un lado lo que significó el 18 de julio: acción militar y calculado exterminio, además de su contribución al fascismo, pues  “el terror jugó un papel fundamental” (pg. 217) y “fue objeto de especial atención por los Pinochet y Videlas de todo el mundo” (pg. 219). De otro, insiste reiteradamente en las dificultades que en democracia (antes, ni pensarlo) han tenido los investigadores para acceder a los documentos y las cortapisas a los familiares de las víctimas asesinadas para proceder a su localización física y documental; al mismo tiempo, es muy crítico con  “la política del olvido (1977-1981) y la suspensión de la memoria (1982-1996)” (pg. 221) de la mayoría de las fuerzas políticas, el “no mirar atrás”, recordándoles que “la dictadura franquista, con el respaldo absoluto de esa misma Iglesia que sigue con sus beatificaciones, sí promovió políticas de memorias para los suyos” (pg. 262).
Expone una dura crítica a los “historiadores” revisionistas, encabezados por Pío Moa, que criminalizan la República y sentencian que en realidad “la guerra civil la inició la izquierda en octubre del 34” (pg. 239), al tiempo que se niegan a reconocer la sistematización duradera de la represión. Tampoco historiadores “liberales y posmodernos” (pg. 241) escapan a sus críticas.
Para finalizar, antes de reivindicar con insistencia justicia, exige que se dé “a las víctimas del genocidio franquista la consideración que merecen y de ofrecer a sus descendientes la información, el trato y los derechos que hasta ahora les han sido negados, dejando claro que, incluso así, nunca igualarán lo que el Estado hizo entonces por las víctimas de los vencedores y por sus descendientes” (pg. 263).
Todo un alarde de investigación y compromiso a lo que el historiador Francisco Espinosa Maestre nos tiene acostumbrados.