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domingo, 19 de agosto de 2018


DEPORTACIONES DE INMIGRANTES EN LA ESPAÑA DE LOS AÑOS CINCUENTA
Palacio de las Misiones. Exposición Internacional de Barcelona, 1929.
Lugar de concentración para la deportación inmediata.
Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia
Tras la Guerra Civil española se detuvo el flujo migratorio,  sangría de la España contemporánea -dirigido principalmente a Ultramar-, que ante la saturación del mercado americano se intensificó en el interior del país. La periferia minera e industrial (principalmente la cornisa cantábrica y Cataluña) fue recibiendo trabajadores provenientes del sector agrario, en especial andaluces, castellanos y extremeños. Y aunque los años cuarenta serían de “paralización migratoria”, la situación en los campos del sur era desesperada para los jornaleros, que en los años cincuenta comenzarían a salir de sus lugares de origen para buscar acomodo en esas zonas de “prosperidad” que eran Asturias, País Vasco y Cataluña.
Las avalanchas de inmigrantes “a la aventura” serían considerables, hasta el punto de que enseguida se rebasaba la oferta, originándose otros problemas anexos, fundamentalmente el de la vivienda, que los nuevos obreros resolvían de manera primaria, construyendo ilegalmente barracones, chabolas, todo tipo de infraviviendas, dando lugar a barrios sin infraestructuras de ninguna clase.
La Comisión Católica Española de Migración divulgaba en 1956 una circular, haciéndose eco de una carta del Capellán de los Obreros de Llanes-Avilés, donde se daba cuenta “de encontrarse en esta localidad de Avilés muchos obreros de esa y otras regiones de España sin trabajo y sin recursos”, ante lo cual el Capellán ruega que “los Curas de Parroquias avisen públicamente a sus feligreses sobre este estado de cosas, con objeto de que no sigan viniendo y agravando el problema”, pues gran parte “están a merced de la caridad, debido a que dichos obreros vienen por su cuenta y riesgo, en contra de los avisos oficiales cursados a esas regiones”.
El problema era aún más grave en Barcelona, localidad fundamental de destino en esos años cincuenta, por lo que el Gobernador Provincial, Felipe Acedo Colunga, tomó una tajante decisión. El 4 de octubre de 1952 dictó una Orden, publicada en el Boletín Oficial de la Provincia dos días después, en la que -alegando “la necesidad de hacer frente al complejo problema de la vivienda”- ordenaba a los Ayuntamiento “el cierre o vallado de los predios urbanos que se encontraren enclavados dentro del casco habitable”, así como realización de “estadística completa de las ‘viviendas no autorizadas’, con expresión de sus habitantes y de los cabezas de familia que aparecieren como titulares, con el dato obligado de su profesión y contrato de trabajo”. Ordenaba a Alcaldes, Jefe superior de la Policía de la provincia, Comandantes del Puesto de la Guardia Civil y comisarías locales que impidan “la entrada y subsiguiente permanencia en los respectivos términos municipales, de aquellas personas que por no tener domicilio tuvieren que recurrir a la ‘vivienda no autorizada’, debiéndolos remitir a este Gobierno Civil para su evacuación por el Servicio que se encuentra a este efecto establecido”.
Lo de la “evacuación” es un eufemismo, que debemos sustituir por “expulsión” o, si se quiere, por “deportación”, pues una vez localizados los inmigrantes sin vivienda autorizada (las avalanchas humanas en los cinturones industriales no podían contar más que con infraviviendas ilegales), eran confinados en el antiguo Palacio de las Misiones desde donde se les reenviaba compulsivamente a su lugar de origen.
Este Palacio de las Misiones fue una obra del arquitecto Antoni Darder, para la Exposición Internacional de Barcelona, de 1929-1930. Tenía una superficie de 5000 m2, dedicados a dar a conocer la labor de las instituciones misioneras. Durante la Guerra Civil sirvió como prisión, y posteriormente fue un refugio de indigentes. Ahora iba a desempeñar esa función de reclusión temporal de inmigrantes, en tanto se tramitaba su retorno forzado.
“Ignorantes, inmorales, mendigos, delincuentes, etc., toda una serie de acusaciones se difundieron desde púlpitos y desde tribunas de prensa, sobre los inmigrantes venidos de otras partes de España. Un clima de animadversión social que facilitó la puesta en marcha de (estas) duras medias”, recordaba Manuel Peña Díaz el 11 de marzo pasado, en https://cronicaglobal.elespanol.com/.
Las estaciones de tren y de autobuses de Barcelona y poblaciones cercanas pasaron a estar permanentemente vigiladas por la policía armada, la guardia civil y los agentes del Servicio de Evacuación, que detectaban a potenciales inmigrantes, devolviéndolos a su origen fulminantemente. Esto dio lugar a que los trabajadores se las ingeniaran de mil formas para burlar la vigilancia: bajarse con cierta anterioridad y proseguir el viaje a pie; saltos por ventanillas y entre vagones; camuflarse entre equipajes…
En Madrid, un decreto similar a esta orden (aun que sin “centro de evacuación”) se dictaría desde Presidencia del Gobierno el 23 de agosto de 1957, publicado en el BOE el 21 de septiembre -y en el Boletín Oficial de la Provincia de Madrid tres días después-, en el que se decía que “las Empresas de toda clase se abstendrán de contratar productores que no acrediten su residencia en Madrid”, se procederá “al inmediato derribo de las cuevas, chabolas, barracas y construcciones similares realizadas, sin licencia, en el extrarradio de Madrid” y “llevará aparejada el traslado de los que en ellas habiten a su sitio de origen”.
Esta terrible “aventura” finalizaría cuando -con los Planes de Desarrollo de los años sesenta- se necesitara gran número de trabajadores sin cualificar para el “desarrollismo” subsiguiente a los Planes, de gran “explosión” industrial, servicios y construcción civil, a resultas de la liberalización en la entrada de inversiones y capitales extranjeros, desenvolvimiento turístico proveniente del exterior y apertura a los mercados internacionales. Ahora ya no importaba el problema de la vivienda -excusa del Gobernador de Barcelona y sus “imitadores” por otros lugares del país-, que siguió siendo la gran asignatura pendiente de los movimientos poblacionales interiores de esa década; ni importaba la infraestructura de agua, luz, pavimentaciones, saneamientos, escuelas inexistentes… de esos barrios de aluvión. Ahora todo era “productividad”, desarrollo desigual, consolidación de guetos donde “la ciudad cambia su nombre”, como tituló una de sus memorables novelas Francisco Candel -escrita en 1957-, emigrante también, que vivió en sus carnes el problema.
Bueno será, una vez más, con el problema de la emigración candente para nosotros que volvemos a marchar, y para aquellos que pretende entrar, por las convulsiones de las encadenas crisis que nos envuelven, reflexionar sobre este pasado reciente, por otra parte no suficientemente conocido.

miércoles, 25 de julio de 2018


VIAJE A BULGARIA Y MACEDONIA (I)
BULGARIA Y MACEDONIA: CÍRCULO DE CULTURAS.
Moisés Cayetano Rosado

Si desde nuestro origen coges el autobús con destino a Madrid, donde tomar el avión hacia Sofía, pararás media hora en Trujillo: no hay que perderse la vista de su Casco Histórico desde la estación, con su castillo a la derecha y las torres de iglesias y fortificación levantadas sobre el montículo en toda su amplitud.
Después, en Madrid, deberá quedar tiempo para dar un paseo y acercarse a alguno de sus extraordinarios museos, como fue el caso ahora del Thyssen, en que admirar la historia pictórica europea, y especialmente la impresionista, sin dejar atrás la pintura flamenca. ¡Cómo admiro y vuelvo a admirar el “Cristo en la cruz”, de Anton van Dyck, o esos magníficos paisajes de Renoir, que después me parecerá revivirlos en el lago Ohrid, de Macedonia!
Llegados a Sofía, desde las habitaciones del Hotel Balkan podrás ver las excavaciones arqueológicas a su frente -la antigua y populosa ciudad romana de Serdica- y observar el trabajo exploratorio; las extraordinarias avenidas en cuyo cruce se alza la imponente imagen de Sofía (con el búho de la sabiduría a la izquierda y corona de laurel a la derecha); uno de sus numerosos templos ortodoxos, de cúpulas y cupulillas achatadas y armónicos ventanales con arcos de medio punto en el tambor, y unas puestas de sol que parecen fuego que se aleja.
Necesariamente, hay que dirigirse al suroeste de Sofía, para visitar uno de los “emblemas turísticos” de Bulgaria: el Monasterio de Rila, Patrimonio de la Humanidad desde 1983, principal centro de la cultura cristiano-ortodoxa búlgara y el más grande del país, fundado en el siglo X por San Juan de Rila. Aunque destruido por un incendio a principios del siglo XIX, fue reconstruido a mediados de ese siglo, conservándose inalterados sus edificios más antiguos. Los frescos del exterior del templo y de su interior -siguiendo el estilo bizantino de fondos planos y figuras hieráticas, frontales, de gran expresividad mímica en las manos- cautivan por su colorido, la sabia combinación de azules celestiales, rojos, verdes y blancos de ropajes, dorados de los nimbos santificadores; los claros mensajes bíblicos, en que el Pantocrátor y la Virgen con el Niño son referencia omnipresente. El “horror vacui” hace que no quede resquicio sin pintar, espacio sin mostrar la santidad, escenas de la Biblia, mensajes celestiales que en el interior de las cúpulas adquieren fantástica grandiosidad y en las arcadas una minuciosidad de miniados de manuscritos.
Desde Rila, otro “salto” de unos 130 kilómetros, nos lleva al sur de Bulgaria, la ciudad entre montaña de Melnik, famosa por su producción de vino: los tintos que probamos en la casa-museo Kordopoluva son “para quitarse el sombrero”… y darse aire en la garganta, donde se detiene la densidad afrutada del líquido tinto y espeso. La casa-museo es todo un derroche de cojines, alfombras y kilims; su bodega laberíntica excavada en la montaña, un dédalo interminable en que se disponen barricas de vino envejeciendo en el reposo de una temperatura de privilegio.
Melnik es un pueblecito apacible de menos de 200 habitantes, que ocupa el hueco dejado por las montañas de aglomerado rocoso de los alrededores: roca cortada en vertical, que se sigue desplomando y amenaza carreteras y alrededores de la población, por cuyo medio discurre un río claro y sinuoso, y en su zona más alta conserva los restos de una fortaleza de muros verticales, de recios sillarejos y torreones defensivos estratégicos.
Antes de pasar a Macedonia, nos esperan dos sorpresas: una arqueológica y otra “espiritual”. Primero visitamos el yacimiento romano de Heraclea Sintika; después el cercano santuario de Baba Vanga, deteniéndonos entre ambos en unas aguas termales… ¡a 75 grados centígrados de temperatura! (ambas fuera de programa, y gracias a la eficaz gestión de nuestro conductor, Nicolai Georgiev).
La visita al primero no puede ser más agradable, con los arqueólogos y sus ayudantes en plena labor, y recibiendo las amabilísimas explicaciones de uno de sus expertos profesionales: ¡qué ciudad romana, con tan imponente foro, la enorme extensión de sus casas que albergaban entre 40 y 50.000 habitantes, las tiendas de cerámica, vidrio, metales; templos, termas… y tanto aún por descubrir!
El santuario y complejo de Baba Vanga (1911-1996) -vidente búlgara/macedonia de reconocidas predicciones, como la desintegración de la Unión Soviética y el ataque a las Torres Gemelas- constituye un agradable paseo en medio de la frondosidad de una zona llena de manantiales, jardines y objetos rituales, que hacen las delicias de los pueblos balcánicos, devotos de la vidente, ciega desde la niñez.

lunes, 17 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (I) 

RECALAR EN MADRID
Aunque nuestro destino era fundamentalmente Barcelona, decidimos estirarlo como si fuera un chicle, a un lado y otro y por el medio. Se trata de pasar unos días recorriendo la Península desde Badajoz hasta la frontera pirenaica oriental, degustando especialmente la ciudad condal y con un ligero internamiento en la Francia mediterránea, donde el recuerdo trágico de los exiliados republicanos españoles sigue presente en medio de la belleza del paisaje.
Estudiadas las diversas opciones, la mejor nos resultó coger el coche propio y dirigirnos a Madrid, reservando aparcamiento al lado de la Estación de ferrocarril de Atocha. Una vez llegados, visitamos el exuberante jardín tropical de la estación, en el antiguo edificio de viajeros, de hierro y cristal, donde se atesoran en sus 4.000 metros cuadrados 7.200 plantas de 260 especies, aparte de multitud de tortugas y peces de colores.
Al frente mismo nos queda el antiguo Palacio de Fomento, actual Ministerio de Agricultura, imponente edificio terminado en 1897, de factura neo-renacentista, uno de los más emblemáticos de la ciudad. A continuación, la Cuesta de Moyano, con sus librerías de viejos, algunas ya cerradas, en decadencia, pero con joyas bibliográficas envidiables todavía.
Un poco más arriba el Parque del Retiro, repleto como siempre, y donde era de rigor fotografiarse bajo el Ángel Caído, de Ricardo Bellver (1885), uno de los poquísimos monumentos de este tipo en el mundo, y el más significativo.
Ya en el Retiro -magnífico parque iniciado a principios del siglo XVII y abierto al público desde 1767 (hace ahora 250 años) y donde se come a placer entre su arboleda acogedora-, se hace casi preceptivo remar en una barca por el lago, tras pasar por el Palacio de Cristal. Siempre al principio parece difícil para el no iniciado “navegar” entre tanto turista despistado, y parece que estuviéramos entre coches chocantes de la feria, pero enseguida se le coge el truco.
Madrid da para mucho, pero disponíamos apenas de unas cuantas horas, por lo que se hizo necesario escoger, decidiéndonos por una ruta prácticamente circular en la zona central de la ciudad: Puerta de Alcalá, Paseo del Prado, fuentes de Cibeles y Neptuno, Carrera de San Jerónimo con su airosa escalinata del Congreso de los Diputados y los leones guardianes que parecen un poco despistados… y enseguida la Puerta del Sol.
Como en este punto cero de España “gobierna” el Corte Inglés y sus múltiples dependencia, y como voy con niños, se hace obligatorio subir y bajar por las escaleras mecánicas buscando ropas, zapatos deportivos, curioseando precios y modelos: ellos me ilustran de lo que apenas sabía, esa enormidad de marcas con sus precios subidos que constituyen el “sello de distinción” de las nuevas generaciones. Luego, calles antiguas, castizas, hasta llegar a la Plaza Mayor, atestada de turistas embobados con los “hombres estatuas” que se ganan la vida inmovilizando figuras legendarias, monstruos y héroes, en medio del calor que ya castiga.
Enseguida, mercado tradicional de San Miguel, en la Calle Mayor, ya casi transformado por completo en tiendas de refrescos para el turismo y bares-restaurantes abarrotados que invaden el antiguo espacio de las carnicerías, fruterías, pescaderías,  ultramarinos de antaño, pero que conserva el colorido y mantiene el bullicio de otros tiempos, recordándome un poco al de La Boquería barcelonesa.
Desembocamos en la Catedral de la Almudena -templo construido entre finales del siglo XIX y finales del XX-, tan enorme y pretenciosa en su neogótico interior y neoclásico de fachada, para seguir en su también neorrománico de la cripta, bosque de columnas y bóvedas de piedras bien talladas, donde aún quedan espacios libres para seguir ganando el cielo en sepulturas de privilegio.
Al lado, el barroco Palacio Real, como siempre, se luce con colas de curiosos que te hacen desistir de colocarte en fila bajo el sol, pero merece curiosear por su gran patio desde la enorme rejería exterior.
Pasan casi sin sentir las siete horas programadas para la capital y es tiempo de regreso a la Estación de Atocha, donde coger el AVE con el ánimo puesto en Barcelona, a donde se llega en poco más de dos horas, sin paradas intermedias esta vez. Casi la mitad de lo que tardamos en coche desde Badajoz a Madrid (400 kilómetros), aunque haya casi 250 kilómetros más. ¡Y no digo si nuestro primer trayecto lo hubiéramos hecho en tren, que hubiéramos tenido que echar también la cena en la talega!

Moisés Cayetano Rosado

miércoles, 26 de noviembre de 2014

TRILOGÍA DE LA GUERRA Y EL MIEDO

Moisés Cayetano Rosado
Conocía, desde hace muchos años, buena parte de la poesía de Alfonso Albalá, escritor y periodista nacido en Coria en 1924, y muerto prematuramente, en 1973. Sin embargo, su narrativa no había llegado a mis manos, pese a que ya en 1968 publicara dos novelas de su extraordinaria trilogía “Historias de mi Guerra Civil”: “El secuestro” y “Los días del odio”, ambas publicadas por la Editorial Guadarrama, de Madrid. Luego vendría, como obra póstuma, “El fuego”, editada por Magisterio Español en 1979.
En realidad, más que historias de la Guerra Civil española, se trata de historias y memorias durante la II República y su prosecución en la Guerra Civil.
“Los días del odio” podría leerse como la primera entrega de la trilogía, y en su título nos lo adelanta todo. El enfrentamiento soterrado, los rencores amasados año tras año, generación tras generación. La dudosa eficacia de la fórmula de “expresión de la voluntad popular” para llegar a una pacífica convivencia: “Frente al cartel, sobre la mesa del maestro, estaban esas como escupideras de la democracia, o de la dudosa y divertida voluntad general, que son las urnas, donde hacía el pueblo su micción de acuerdo con la voluntad de los caciques, ya fuera a la antigua usanza o de la nueva ola” (pg. 36).
Dura reflexión, sorprendente en un hombre tan moderado y conciliador como Alfonso Albalá, intachable, conservador, católico practicante, que más adelante nos sorprenderá con esta afirmación: “El caso es que los ricos eran los menos, y ésta es la hora  en que aún me pregunto por qué estábamos nosotros de su parte. Digo que sería porque éramos cristianos; pero es que luego he visto bien claro que era verdad lo que mi tío Ramón decía, que los menos cristianos eran, y aún lo son, los ricos. Porque a aquello de entonces no había derecho. Lo que vino tenía que venir, según mi tío, a la fuerza. Y tenía que venir contra los ricos necesariamente -insistía-, sobre todo si era cosa de Dios” (pg. 105).
Todo el relato está plagado de estas inquietudes, de estas denuncias, que lanza a un lado y otro de las líneas de enfrentamiento de aquellos años convulsos, dramáticos que le toco vivir.
En “El fuego”, que bien podría leer en segundo lugar, redunda en los recuerdos anteriores. Es como un complemento de la obra anterior, aunque más centrado en el acontecimiento tremendo del incendio intencionado de un bar con servicio de prostitución que pusieron en Coria, en ese tiempo de la República, teniendo Albalá alrededor de 10 años. De nuevo, la contradicción queda de manifiesto en este diálogo sorprendente (pg. 84):
“Mi padre fue a ver al dueño y le pidió, por nosotros, que no consintiera un hecho como aquél: un prostíbulo allí mismo, en la muralla del pueblo.
Y dijo el dueño:
- Es otra renta…
Y mi padre le dijo:
- Pero usted es católico, es rico y, además, de derechas.
Y él le dijo:
- Por supuesto. Pero es que es otra renta, señor mío…”.
En toda la narración -impregnada por la religiosidad del autor, su familia, sus allegados-, queda patente una firme denuncia de la hipocresía y el proceder, que condena, de los ricos del entorno, exentos de principios y atentos a la ganancia como fuera.
Y también, constantemente, la denuncia del proceder de los activistas locales de la República, cuya conducta reprochable pone de manifiesto, como ocurre cuando un grupo de monjas se dispone a participar en las votaciones políticas: “Una voz cantó, de pronto, aquella letrilla horrible que decía: Las derechas, sólo tienen/ presunción y cara dura,/ porque han sacado a votar/ a las putas de clausura” (pg. 89 de “El fuego”).
El niño que Alfonso Albalá era durante la II República (de siete a doce años de edad) está marcado en estas dos obras por el miedo. Un miedo constante a lo que ve en la calle, a lo que oye, a lo que ocurre, a lo que teme que ocurrirá, mirado desde el punto de vista de una familia conservadora, monárquica, católica; de un niño inspirado por estos ideales (que mantendrá a lo largo de su vida y obra), lo que no es inconveniente para que en “El secuestro” escriba:
“Es triste, muy triste, todo lo que viene ocurriendo. Es increíble. Un pueblo inhabitable, absurdo, despreciable, esto es España. Un pueblo dominado por ricos sin entrañas, por una derecha inmensa, inabarcable, cazurra, analfabeta. No hay más que visitar enfermos, un día con otro, para conocer esta dura y penosa realidad. Raigones de hombre diezmados por el hambre; esto son mis enfermos. Al principio me llenaba de lástima ver cómo volvía en el verano el horrible azote del paludismo, y comprobar cómo se consumen lentamente familias enteras por comer sólo tocino y pan” (denuncia puesta en boca del médico, Silverio, refugiado en un convento de monjas de clausura cuando el peligro de muerte con el estallido de la Guerra es inminente -pg. 182-). Palabras que nos recuerdan al Felipe Trigo de “Jarrapellejos” o de “El médico rural”, pese a sus distintas mentalidades personales.
La trilogía que conforman estas tres obras (muy similares las dos primeras en la trama: un niño testigo de los acontecimientos locales durante la II República en pueblo marcadamente dividido, y específica la tercera de lo que es una huida y ocultamiento de quien está en peligro por esa división al desbordarse en enfrentamiento violento), se nos ofrece con una narración marcadamente poética, llena de ritmo y de cadencia, de metáforas e imágenes impregnadas de belleza, amena de leer, pese a la dureza de los acontecimientos y el miedo general (y especialmente del niño) que todo lo impregna.
“Trilogía de la guerra presentida y el miedo sostenido” podría subtitularse esta obra emotiva, magnífica, que muy bien merecería una nueva reedición, que nos trajera a la actualidad a un autor, Alfonso Albalá, cuya “Poesía completa” acaba de publicar con acierto la Editora Regional de Extremadura.


lunes, 31 de marzo de 2014

CORRALES DE COMEDIA
MOISÉS CAYETANO ROSADO
Cuando yo era pequeño, en varios corralones de mi pueblo se representaban obras de teatro. ¿Cómo había perdurado esa costumbre a lo largo de casi cuatrocientos años, y luego desapareció completamente con aquel cambio brusco que llamamos el “desarrollismo europeo de los años sesenta” del siglo XX?
Los corrales de comedia fueron un modelo de recintos para la representación teatral que surgen en el siglo XVI, se desarrollan principalmente en el siglo XVII, perviviendo en el XVIII (y residualmente dos siglos más).
Venían a ser grandes patios interiores de edificios vecinales, posadas y mesones propios de las grandes ciudades españolas, y en las zonas rurales corralones de casas de labriegos. Allí se ponía en escena la dramaturgia del Siglo de Oro español, siendo los autores más representados Lope de Vega, Calderón de la Barca y Tirso de Molina, pasándose de la tragedia al drama, a la comedia, y de la representación religiosa a las obras profanas, ganando variedad, desenfado y adeptos la representación pública.
En cierto modo, cumplían una función de socialización, de encuentro vecinal, llegando incluso a ser una especie de “foro de opinión”, fundiendo lo que se representaba con lo que se vivía, algo no podía ser del agrado de las autoridades, aunque Felipe III y Felipe IV los apoyaron decididamente.
Oficialmente se decreta el cierre de estos corrales de comedia en el siglo XVIII, dando paso a los edificios específicos de representación, a la manera italiana, primero de tipología renacentista y luego barroca y rococó, algunos de gran vistosidad y lujosa monumentalidad.
Famosos fueron en la Edad Moderna los corrales de Valladolid, Valencia, Toledo, Granada…, si bien destacaban los de Madrid, y dentro de la capital el popular Corral de la Pacheca, administrado por la Cofradía de la Pasión, institución de beneficencia pública, que obtenía importantes recursos de las representaciones teatrales. A él sucedió en importancia el Corral del Príncipe, cercano al anterior, que pasa a remodelarse en 1745, llamándose Teatro del Príncipe; en 1802 -tras incendiarse- se convierte en el Teatro Español, entrando en funcionamiento en 1849, y manteniéndose con remodelaciones hasta la actualidad.
Plaza emblemática de Almagro. Ciudad que conserva en activo su Corral de Comedias.
De esa época gloriosa de la Edad Moderna se conservan aún instalaciones parciales, como el Corral de Comedias de Alcalá de Henares, pero sobre todo permanece completo el Corral de Comedias de Almagro (en la provincia de Ciudad Real). En él, anualmente se celebra el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, además de estar abierto a la visita turístico-cultural todo el año.
La frescura, espontaneidad, mezcla de grupos sociales que se daban en los corrales de comedias, se perdieron en los teatros aparatosos de los siglos XIX y XX. Pero en los pueblos, nuestros pueblos pequeños y olvidados, se conservaron con su frescura y espontaneidad, incluso en los años oscuros del franquismo.
Llevábamos nuestras sillas de casa, y llenábamos de algarabía los corrales de piedra y tierra de la vecindad, disfrutando con el voluntarioso hacer de unas compañías nómadas que improvisaban actuaciones, con base a unos libretos que heredaron de nuestra época brillante, la del Siglo de Oro y de la Ilustración.

La modernidad del “desarrollismo” fue haciendo que esta afición comunitaria se reemplazara por otras diversiones. El cine y la televisión ocuparon el hueco de aquellos corralones y su bullicio comunitario, popular. Hoy en día, con los ordenadores, los superteléfonos/supertodos, etc., las nuevas generaciones ni podrán imaginarse lo que supusieron esos recintos tan humildes y aquellas comedias que encendían nuestras vidas.