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lunes, 26 de diciembre de 2016

ELLOS, LOS VENCEDORES
Paco Ibáñez cantando a Luis Cernuda
¿Por qué, abrumadoramente, pasado el tiempo del olvido, los que hablan de no abrir viejas heridas, son los vencedores y sus descendientes?
¿Por qué dicen no abrir viejas heridas cuando se trata de heridas nunca cicatrizadas, abiertas como las venas de América Latina que diría Eduardo Galeano, e infectadas largamente?
¿Por qué en todas partes del lado de la bota vencedora se quieren borrar las pisadas de la historia, cuando es el conocimiento de la historia el que nos da talla de humanización?
¿Por qué se escatima desde la mano que dirige, desde la herencia inconfesable tantas veces, el bálsamo mínimo del redescubrimiento y la reparación?
¿Por qué no leen  aquellos versos conmovedores de Luis Cernuda?:
Ellos, los vencedores
caínes sempiternos,
de todo me arrancaron.
me dejan el destierro.

Una mano divina
tu tierra alzó en mi cuerpo
y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.

¿Tan remordidos están? ¿Tan mala conciencia tienen?


Moisés Cayetano Rosado

jueves, 14 de noviembre de 2013

UN ESPAÑOL HABLA DE SU TIERRA
Mi edad tenía Luis Cernuda cuando murió en México, D.F., el 5 de noviembre de 1963, hace ahora cincuenta años. Poeta del amor y del dolor; de la injusticia y de la incomprensión; de la profunda sensibilidad y la armonía… es siempre un referente al que volver. Volver como él no pudo a la tierra que en su exilio añoró tanto.
Vale la pena recorrer su vida y obra, comentarios y críticas, en este enlace que transcribo:
Pero yo ahora quisiera, brevemente, acercarme a su grandeza poética y vital, a través solamente de un poema que es todo un monumento al arte  y al estremecimiento humano del desgarro. Ese inolvidable Un español habla de su tierra, donde con un ritmo sosegado, con una dulce cadencia pegadiza, nos conduce al recuerdo más íntimo y a la denuncia más explícita; a las vivencias cotidianas que se pierden y lo irreversible del trauma del exilio, que congela la vida:
Las playas, parameras
al rubio sol durmiendo,
los oteros, las vegas
en paz, a solas, lejos;
los castillos, ermitas,
cortijos y conventos,
la vida con la historia,
tan dulces al recuerdo.

Ellos, los vencedores,
caínes sempiternos,
de todo me arrancaron,
me dejan el destierro.

Una mano divina
tu tierra alzó en mi cuerpo
y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Amargos son los días
de la vida, viviendo
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.

Un día, tú ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás. Entonces
¿qué ha de decir un muerto?

 Paco Ibáñez lo musicó y cantó con maestría, siendo para mí uno de sus logros mayores entre los muchos que ha tenido interpretando a múltiples poetas. Escucho con frecuencia dos versiones de ese mismo poema en boca del cantautor: magníficas ambas, pero sutilmente diferentes.
Pongo el enlace de las dos: aprecio en la primera, de 1969, una voz -juvenil, claro- donde se nota una llama de esperanza, el aguardo de tiempos que irían a cambiar las situaciones…; en la segunda -reciente-, la voz más resignada, escéptica, pasada por el tamiz del desengaño en el reverso de la historia. ¿Acaso vaya así aún más en consonancia con la esencia profunda de los versos?
(Paco Ibáñez en el Olimpia de París, diciembre de 1969)
 (Paco Ibáñez, actualidad)

¡Cincuenta años no es nada! Luis Cernuda seguro que volvería a firmar hoy con las mismas palabras el poema!

Moisés Cayetano Rosado