Mostrando entradas con la etiqueta Queipo de Llano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Queipo de Llano. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de marzo de 2016

EL ANTIMILITARISMO DE ADA COLAU
Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia 
La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, no ocultó su malestar por la presencia de militares en el Salón de la Enseñanza, que se celebra en Barcelona en estos días finales del invierno, y les dijo claramente que no le agradaba tenerlos en el certamen (https://www.youtube.com/watch?v=a0QIt4eH9Ls).
El desaire, manifestado al saludar a un coronel, al lado de su stand -aunque con muchas sonrisas por parte de la primera edil barcelonesa-, no deja de ser un acto insólito en las relaciones institucionales de la representación política con los representantes del Ejército de la nación.
Pienso que para muchas personas la imagen de los militares les viene dado por lo que en la historia, y concretamente la de los siglos XIX y XX, ha podido significar. No hay más que repasar los textos de nuestros más señalados escritores, o las mismas declaraciones de algunos mandos militares para entenderlo de esta forma.
Así, Valle Inclán, en la novela “La Corte de los Milagros” (1927), referida a la Corte de Isabel II (mediados s. XIX), escribe: Los héroes marciales de la revolución española no mudaron de grito hasta los últimos amenes. Sus laureadas calvas se fruncían de perplejidades con los tropos de la oratoria demagógica. Aquellos milites gloriosos alumbraban en secreto una devota candelilla por la Señora. Ante la retórica de los motines populares, los espadones de la ronca revolucionaria nunca excusaron sus filos para acuchillar descamisados. El Ejército Español jamás ha malogrado ocasión de mostrarse heroico con la turba descalza y pelona que corre tras la charanga.
Arturo Barea, en “La Ruta” (1951), referida a su experiencia en la Guerra de Marruecos contra los independentistas rifeños (en los años veinte del siglo XX), nos narra: El general que conquistó la kábila estaba en su tienda delante de una mesa: un cabo de vela encendido, una bandeja y dos botellas de vino, rodeadas de varios vasos. Iban entrando los oficiales de cada una de las armas que realizaron la conquista, con su lista de muertos y heridos. Cada oficial traía dos o tres muertos, diez o doce heridos. El ayudante del general apuntaba. El general invitaba a un vasito de vino. Los oficiales se iban soñando con las cruces que aquellos muertos les hincarían sobre la guerrera al lado del corazón. En la noche, luego, se oían los ronquidos del general, ronquidos de viejo borracho que duerme con la boca abierta, los dientes en el fondo de un vaso.
El general Queipo de Llano, en uno de sus discursos radiofónicos de 1936, al inicio de la terrible Guerra Civil, exclamaba: Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado de rojos cobardes (sic) lo que significa ser hombres de verdad. Y de paso también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berren y pataleen (https://www.youtube.com/watch?v=9weVo7tCvjc).
De esa “memoria histórica” pudiera venir el rechazo. Pero los tiempos son otros, las funciones son distintas, y la responsabilidad de las actuaciones militares caen precisamente en las filas de aquellos que, como Ada Colau, son elegidos por el pueblo: los políticos.
Tengo muchos amigos militares. En España, y especialmente en Portugal. Algunos -de este querido país vecino- han sido precisamente aquellos que derrumbaron la dictadura salazarista y propiciaron el régimen democrático que disfrutan desde 1974, jugándose la vida. Mis amigos son unos suboficiales, oficiales otros, jefes algunos más y también generales de distintas armas. Buena parte de ellos con estudios universitarios, con conocimiento de diversos idiomas, con afán investigador histórico, económico, social… en lo que se desenvuelven con brillantez.
Como en todas las profesiones, los hay con mejor y con peor disposición profesional y personal, pero no reconozco en ellos a los espadones sanguinarios que describe con tanta agudeza Valle Inclán; ni a los desaprensivos, crueles y egoístas que retrató Arturo Barea; ni a los brutales, deshumanizados, ofensivos que retrata en su misma persona Queipo de Llano.

Posiblemente Ada Colau se ha confundido de siglo, y de país, y de personas. Solo hay que ver la actitud del coronel que recibe la “reprimenda”. Aunque fuera únicamente por eso, merecería estar en el Salón de la Enseñanza: por lo que esa actitud serena y receptiva -y la de sus compañeros- nos enseña de cómo comportarse ante las contrariedades y desaires.

miércoles, 21 de noviembre de 2012


GUERRA Y REPRESIÓN EN EL SUR DE ESPAÑA
Por Moisés Cayetano Rosado
El escritor argentino-chileno Ariel Dorfman escribía en su libro “Rumbo al Sur, deseando el Norte”, publicado por la editorial Planeta en 1998: “El golpe del general Pinochet se había llevado a cabo fundamentalmente para devolver el poder económico y político a quienes lo habían ejercido durante siglos. Pero también tenía claro que la contrarrevolución estaba pensada como una lección, una admonición. Pinochet estaba tratando de que millones de personas se arrepintieran del acto mismo de rebelarse, el hecho de que se hubieran atrevido a soñar una humanidad alternativa, un sendero diferente del que la vida anónima les había marcado desde antes de que nacieran” (pg. 354).
No encuentro palabras mejores que las de esta larga cita para indicar el sentido del libro que acaba de publicar el historiador Francisco Espinosa Maestre, del que es sobradamente conocida su actividad investigadora y divulgadora, destacando trabajos como La guerra civil en Huelva (1996), La justicia de Queipo de Llano (2000), La columna de la muerte (2003) o Callar al mensajero (2010). Control del poder por una minoría oligárquica y aleccionamiento a la mayoría popular para que comprenda que su destino es el de obedecer, imponiendo severos castigos que disuadan incluso de pensar en una alternativa diferente.
Así, con Guerra y represión en el Sur de España, publicado por la Universitat de València, vuelve a darnos un toque de atención sobre lo que es su obsesión de historiador comprometido y riguroso con los sucesos que acabaron con la II República española, las consecuencias del golpe militar de julio de 1936 y el duro batallar por conseguir investigar las consecuencias que sobre los vencidos tuvo la guerra y el triunfo de los golpistas, así como los pactos de silencio de los políticos de casi todos los signos a lo largo de nuestra democracia. Obra, por tanto, de muestra y síntesis de sus principales preocupaciones y líneas fundamentales de trabajo.
Dividida en tres partes, la primera  trata de “La destrucción de la II República”, con cinco aportaciones breves y otra de mayor extensión -53 páginas-: “Una historia común: Lepe, 1936”, sobre las represiones, depuraciones, condenas a muerte, ejecuciones en una población que confió en el Frente Popular con entusiasmo y que una vez tomada Sevilla por los golpistas será ocupada por una columna del militar y marqués Ramón Carranza Gómez, formada fundamentalmente por  guardias civiles. Nadie había huido y ninguna resistencia se ofreció, pero las represalias fueron brutales y las razones para las condenas a muerte que se dictaron, de lo más nimias y absurdas: “intervino en los destrozos de la iglesia”, “haber puesto un cigarro de papel en la boca de una imagen”, “asaltar una tienda”, “destrozar cirios”, o facinerosas: ser “teniente de alcalde socialista” (pg. 56).
Guardia civil, como brazo ejecutor,  e iglesia como instigación, aparecen también en otros trabajos de este apartado, donde el problema de la tierra y la reforma agraria subyacen como cuestiones de fondo en los enfrentamientos. Ambas instituciones eran la barrera protectora de unos propietarios indiferentes a la miseria de los pueblos del sur, hambrientos de pan y de trabajo. En este sentido, la gestión de los alcaldes republicanos es resaltada por Espinosa, siendo el último capítulo -referido a Jesús Yuste, alcalde republicano de Villafranca- especialmente conmovedor, por su actuación social y las persecuciones y calvario de que sería objeto.
La segunda parte, bajo el epígrafe de “Las consecuencias del 18 de julio en el Sur de España”, contiene igualmente seis trabajos, breves, siendo el de mayor extensión “La leyenda de Queipo”. De él se ocupa también en el que lo precede y el que sigue, donde queda patente el doble objetivo: golpe militar y plan de exterminio, que guiarán su actuación de “represión salvaje” hasta febrero de 1937 (pg. 171) y sistematización de la depuración de elementos hostiles y no adeptos.
Los otros tres trabajos de esta parte lo constituyen una interesante crónica comentada del coronel Puigdengolas, del 25 de julio al 5 de agosto, en Badajoz, con sus luces y sus sombras, y dos testimonios personales, siendo especialmente conmovedores los apuntes manuscritos de Manuel Carcela, con vivencias y recuerdos del terror.
La última parte, “El poder y la memoria”, también consta de seis breves apartados, donde Espinosa vuelve a dejar sentado de un lado lo que significó el 18 de julio: acción militar y calculado exterminio, además de su contribución al fascismo, pues  “el terror jugó un papel fundamental” (pg. 217) y “fue objeto de especial atención por los Pinochet y Videlas de todo el mundo” (pg. 219). De otro, insiste reiteradamente en las dificultades que en democracia (antes, ni pensarlo) han tenido los investigadores para acceder a los documentos y las cortapisas a los familiares de las víctimas asesinadas para proceder a su localización física y documental; al mismo tiempo, es muy crítico con  “la política del olvido (1977-1981) y la suspensión de la memoria (1982-1996)” (pg. 221) de la mayoría de las fuerzas políticas, el “no mirar atrás”, recordándoles que “la dictadura franquista, con el respaldo absoluto de esa misma Iglesia que sigue con sus beatificaciones, sí promovió políticas de memorias para los suyos” (pg. 262).
Expone una dura crítica a los “historiadores” revisionistas, encabezados por Pío Moa, que criminalizan la República y sentencian que en realidad “la guerra civil la inició la izquierda en octubre del 34” (pg. 239), al tiempo que se niegan a reconocer la sistematización duradera de la represión. Tampoco historiadores “liberales y posmodernos” (pg. 241) escapan a sus críticas.
Para finalizar, antes de reivindicar con insistencia justicia, exige que se dé “a las víctimas del genocidio franquista la consideración que merecen y de ofrecer a sus descendientes la información, el trato y los derechos que hasta ahora les han sido negados, dejando claro que, incluso así, nunca igualarán lo que el Estado hizo entonces por las víctimas de los vencedores y por sus descendientes” (pg. 263).
Todo un alarde de investigación y compromiso a lo que el historiador Francisco Espinosa Maestre nos tiene acostumbrados.