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martes, 7 de agosto de 2018


ALONSO BARRENA MORENO: ENTRE LA SENCILLEZ Y LA EJEMPLARIDAD.

Autor. Alonso Barrena Moreno. Edición al cuidado de Rafael Navas Bohórquez.
Edita: Ayuntamiento de Ahillones y Diputación de Badajoz. Badajoz, 2018. 346 páginas.

Dentro de los muchos libros de memorias que giran alrededor de la Guerra Civil española y la larga postguerra -y que afortunadamente se están rescatando gracias a la labor de instituciones como la Diputación de Badajoz y ayuntamientos de origen de los protagonista-, algunos destacan por su especial fuerza, tensión sostenida en la narración, rigor y emotividad.
Este es el caso de Autobiografía. Memorias y comentarios de Alonso Barrena Moreno (1907 al 1997), que ha revisado, enriquecido con múltiples documentos fotográficos del autor, personajes y lugares de la época central del relato (Guerra Civil española), con una pulcritud elogiable, Rafael Navas Bohórquez, sevillano comprometido con Ahillones y la recuperación de la Memoria Histórica.
El libro, tras unas breves líneas aclaratorias del alcalde de Ahillones (Rosendo Durán Barragán), del propio editor (Rafael Navas Bohórquez) y del autor (Alonso Barrena Moreno), escritas poco antes de su muerte, se divide en cuatro capítulos o “etapas”.
En el primero -muy breve, de una decena de páginas- nos ofrece una ligera visión de su lugar de nacimiento, las penosas circunstancias socio-económicas de los trabajadores sin tierra como él y su familia, hasta su licenciamiento del servicio militar obligatorio, con 23 años.
El segundo, pasa someramente sobre las ilusiones de la II República, para centrarse a continuación en la Guerra Civil, hasta la derrota a finales de marzo de 1939. Capítulo vibrante donde va relatando de una manera amena, con una naturalidad admirable, todas las penalidades de la guerra, en el frente y en la retaguardia; su incorporación voluntaria como soldado, pero que enseguida cambiará por el grado de sargento, al haber terminado el servicio militar como cabo; sus esfuerzos por obtener y perfeccionar una cultura general y a la vez específicamente milita, que sirviera para una mayor utilidad a la causa de la República agredida por la traición de militares de carrera apoyados por los sectores más reaccionarios de la sociedad civil y eclesiástica; sus cursos académicos militares entremezclados con actuaciones en los frentes de batalla, hasta alcanzar el grado de capitán; su… aspiración de que todo acabara con el triunfo de las fuerzas progresistas para volver al pueblo y seguir su trabajo de campesino sin tierras pero soñando con el trabajo colectivista sin explotadores; la amargura de la derrota, acabando -como tantos- en el puerto de Alicante… donde no consiguió embarcar y terminaría prisionero de los vencedores, en tanto muestra su amargura por la entrega incondicional a los “nacionales” de lo que él denomina la “mal llamada Junta de Defensa” (pág. 177).
A lo largo de la contienda, Alonso Barrena había dado el paso de afiliarse al partido comunista, dejando su primera militancia socialista, y en él permanecerá hasta su fallecimiento a los noventa años de edad. Son, las más de ciento cincuenta páginas de este capítulo, muy esclarecedoras de las fatigas de los defensores de base de la República; de sus ilusiones y derrotas; de las esperanzas que se iban frustrando tanto en cuanto a la cohesión interna de las fuerzas republicanas como al apoyo internacional. Denuncia lo raquítico y finalmente inexistente de éste último, en tanto Franco tuvo unidad interior y a Hitler y Mussolini como esenciales colaboradores hasta el último momento.
El tercer capítulo resulta el más desgarrador. El que revela el sufrimiento inmenso de los perdedores. Su terrible aventura de torturas, hambre inmensa no saciada ni una sola vez en más de seis años de cautiverio, frío intenso en el invierno “combatido” con los más míseros harapos nunca renovados, y el calor de los veranos insufribles. El Campo de Concentración de Los Almendros y de Albatera en Alicante, primero; el de Porta-Coeli (¡Puerta del Cielo!), en Valencia, a continuación; el “Picadero”, de Badajoz, aún sin procesamiento; el de Santo Domingo, en Mérida, donde sería procesado y condenado a 30 años de cárcel, en uno de aquellos juicios sumarísimos y sin ninguna garantía ni posibilidades de defensa, que a otros compañeros llevaron a la pena capital, ejecutada noche tras noche; su traslado a Santander y luego a Oviedo para cumplir condena por “rebelión”… y por fin su libertad provisional el 19 de diciembre de 1945 y vuelta a Ahillones, que le frustra: “hacía cerca de diez años que faltaba de allí, e incluso hasta las cosas me parecían más pequeñas, ¡aquello tenía un aspecto desolador!” (pág. 326).
El cuarto capítulo vuelve a ser breve, doce páginas (a las que siguen la transcripción de unas cartas de amistad ya de los años ochenta). Nos da cuenta de su incorporación al trabajo campesino, “penosísimo” (pág. 330), en el que conoció a la que sería su mujer, Ana Rico Murillo; las penurias económicas, las dificultades sociales, y al final su marcha a la población navarra de Alsasua (primeros años cincuenta), en donde se enraíza y finalmente acaba sus días, junto a su mujer, en una Residencia de Mayores de la Seguridad Social: reconoce ser su etapa más serena y feliz, casi cercana al ideal comunista de igualdad de todos los habitantes de la misma, algo que continuará soñando hasta el final: “construir esa clase de Sociedad sin clases de máxima Igualdad (posible), verdadera Libertad, Fraternidad y Justicia Social (pág. 337).
Al principio, el autor nos había hecho esta advertencia: “no se crea el lector que va a leer la biografía de un gran personaje, ni mucho menos, sino la historia de un sencillo obrero del pueblo llano, de muy escasa cultura, contada por él mismo” (pág. 13). Y, sin embargo, este extraordinario hombre del Pueblo, que continuamente se esforzó en instruirse y formarse, que siempre actuó con firmeza y dignidad, nos ofrece una obra propia de los Grandes de verdad, un testimonio muy bien escrito; plagado de datos, nombres, situaciones y descripciones de precisión admirables; lleno de esa grandeza de los que saben alzarse desde la sencillez a la rotundidad del ejemplo para todos.
MOISÉS CAYETANO ROSADO

viernes, 3 de agosto de 2012


LA MUERTE DE VIRGINIA, de Leonard Woolf

Por Moisés Cayetano Rosado
Leonard Woolf (1880-1969) publicó su autobiografía en cinco volúmenes, que cubren desde su nacimiento hasta el mismo año de su muerte. De todos ellos, nos llega ahora en castellano el último, que recoge los treinta años finales de su vida, publicado por la editorial Lumen, con traducción de Miguel Temprano García.
Contiene el libro cuatro capítulos, bajo los títulos de “Las muerte de Virginia” -que se suicida en 1941-, “Hogarth Press” -la editorial que fundan y sostienen ambos con tanta ilusión-, “1941-1945” -relato sosegado y sobrecogedor del tiempo de la II Guerra Mundial-  y “Todos nuestros ayeres” -que es como un río de memorias y reencuentros con su pasado como representante del Gobierno inglés en Ceilán- .
Político, escritor, diplomático, editor, intelectual y memorialista, es más conocido por haber estado casado con la inolvidable Virginia, una de las escritoras más celebradas del siglo XX, pero en sí es uno de los personajes más completos, interesantes y ejemplares de su época, y narrador brillante, como demuestra en esta entrega.
El libro lleva el título de su primer capítulo, por cuestiones comerciales, pero todo él no tiene desperdicio. Prosa reposada, impecable, deliciosa. Y pensamientos dignos de resaltar. Así, en “La muerte de Virginia”, escribe: “Cuando no la encontré por ninguna parte de la casa ni en el jardín, tuve la certeza de que se había ido al río. Corrí por los campos y casi enseguida encontré su bastón tirado junto a la orilla. Estuve buscándola un rato y luego volví a casa y llamé a la policía. Pasaron tres semanas hasta que encontraron su cadáver cuando unos niños lo vieron flotando en el río” (pg. 98); con la misma serenidad termina el capítulo, hablando del enterramiento de sus cenizas: “Había allí dos olmos muy grandes con las ramas entrelazadas a los que siempre habíamos llamado Leonard y Virginia. La primera semana de enero de 1943, una fuerte tormenta derribó uno de ellos” (pg. 99). Es decir, dos años tras la muerte de Virginia, que tantas veces remarcó la inmensa felicidad que Leonard le había proporcionado siempre. Él le sobrevivió 28 años; no sabemos el olmo de la pareja…
El segundo desentraña las “batallas” por mantener a flote su pequeña editorial “Hogarth Press”, donde se publicaron a los autores y obras más importantes de la primera mitad del siglo XX, en los géneros más dispares: ficción, viajes, poesía, biografía, política, miscelánea, psicoanálisis… manteniendo lo que puede parecer un milagro en el mundo de la edición “no comercial”: equilibrio financiero y ventas.
El tercero es un capítulo sobrecogedor, pues relata los tiempos crueles de la II Guerra Mundial, sin olvidar la Primera, que también la sufrió. Extiende en él sus reflexiones hasta el momento de su muerte; el trabajo político, tantas veces realizado sin remuneración económica, como militante del Partido Laborista Británico, recorrido por una sombra de pesimismo, sin que falten gotas de humor y flema británica: “El mundo hoy y la historia del hormiguero humano en los últimos cincuenta y siete años serían exactamente los mismos si me hubiese dedicado a jugar al ping-pong en lugar de a formar parte de comités y a escribir libros y memorandos. Por eso debo hacer ante mí mismo y ante cualquiera que pueda leer este libro la más bien ignominiosa confesión de que cuento en mi haber con ciento cincuenta mil o doscientas mil horas de trabajo totalmente inútiles” (pg. 161). Arranque desesperado ante tantas calamidades vistas y padecidas, que tienen contrapartida en su labor admirable como político templado, ejemplar, desprendido, y como escritor notable, que tanto nos hacer disfrutar al leerlo.
Por último, en “Todos nuestros ayeres”, narra su vuelta a Ceilán, donde representó al gobierno colonial de su país, tratando de humanizar la ingrata labor de la ocupación territorial, y donde fue bien recibido y recordado. Esto le produjo -en sus años finales- una gran compensación por toda una vida de inquietudes y zozobras, marcada en los últimos años por el suicidio de Virginia, a la que estaba tan unido. “Uno ha aprendido -dice finalmente- la lección de que basta con haber vivido un día más. Y casi puede decir: “¡Envejece conmigo!/ Lo mejor aún está por venir,/ el final de la vida, para el que se hizo el principio.” (del poeta inglés Robert Browning). Y repetir, una vez más: “Lo importante no es llegar, sino el viaje” (pg. 213).
Y es que la vida ¿qué es? Viaje a ninguna parte, o hacia “la mar, que es el morir”, según las coplas de Jorge Manrique. Lo bueno está en el caminar, caminar siempre; tener una mano, unas manos a las que asirse en el camino. Y este libro es mano llena de sensibilidad y de dulzura, para acogerse a ella en nuestro humano transcurrir.