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miércoles, 28 de junio de 2017

De Las Batuecas y la Peña de Francia a la Sierra de Gata pasando por Coria, Ciudad Rodrigo y Almeida (IV)
OBJETIVO ALMEIDA CON PARADA EN SIEGA VERDE Y FUERTE DE LA CONCEPCIÓN
Dejando el paisaje de sierras, subimos por el noroeste hasta Ciudad Rodrigo, donde merece pernoctar al menos una noche, haciendo de la ciudad “cuartel general de sus alrededores”, como lo hicimos de La Alberca al venir desde Coria y desenvolvernos por los pueblos de la repoblación borgoñona. Dos noches en casa rural en este último caso; una noche en hotelito al lado de una de sus puertas fortificadas ahora.
Pero de mañana dejamos atrás la ciudad para seguir un poco más arriba hasta Siega Verde, zona arqueológica Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el 2010, como extensión de su vecina del Valle del Côa, con quien comparte el testimonio rupestre de grabados del Paleolítico Superior.
En su centro de interpretación -al pie mismo de la carretera que lleva desde Ciudad Rodrigo a Almeida, a mitad de camino- se pueden ver paneles informativos y un vídeo introductorio que son la antesala de una visita provechosa al otro lado de esa misma carretera, en las orillas del río Águeda.
Un guía bien informado, arqueólogo de larga experiencia, nos va ilustrando sobre las rocas grabadas, algunas verdaderamente fascinantes. Extraordinariamente bien preservadas. Realizadas con técnicas de grabado inciso y de piqueteado, vamos viendo representaciones de équidos, bóvidos, cápridos y cérvidos, además de signos abstractos, algunos superpuestos con una especie de “horror vacui” que presagia un barroco obsesivo. El realismo de las representaciones es fantástico, de un detallismo minucioso, con lo que hasta los no iniciados podrían distinguir si la silueta grabada es de una cebra o un caballo, un uro o un bisonte, que anduvieron por la zona hace entre 20.000 y 10.000 años.
De allí nos acercamos a la fortificación portuguesa de Almeida, no sin antes detenernos en el Fuerte de la Concepción, al lado de la población española de Aldea del Obispo, casi a un “tiro de piedra”.
El Fuerte de la Concepción tiene una grandeza increíble. Reconstruido entre 1730 y 1735 sobre otro anterior de 1663 (demolido un año después, tras la Batalla de Castelo Rodrigo), ahora acoge en su cuerpo principal, estrellado con cuatro grandiosas puntas abaluartadas, un hotel con encanto, que distribuye sus habitaciones, estancias comunes y comedor en casernas alrededor de un patio central, en tanto la recepción se encuentra en el revellín de acceso a la puerta principal.
Por camino cubierto, el Fuerte comunica con unas Caballerizas curvadas, de dos pisos (inferior para los animales y superior para tropa), con troneras en la terraza. El camino prosigue hasta un Reducto o fortín sobre padrastro con forma casi de hornabeque. Todo ello sufriría graves voladuras intencionadas (como la vez anterior), por orden del general inglés Robert Crawford -que lo había tomado- a mediados de 1810, para que no pudieran utilizarlo los franco-españoles. La restauración ha respetado el estado en que quedó el monumento, en un acertado trabajo que debe tomarse como ejemplo de actuación sobre el patrimonio histórico-monumental.
Y bien, de allí, ir hasta Almedia vuelve a ser un “paseo”. Paseo más que gratificante ante la monumentalidad admirable, de un tratamiento restaurador ejemplarizante. Esa fantástica “estrella irregular de seis puntas”, con otros tantos baluartes y revellines, y dos puertas de entrada (de Santo Antonio y San Francisco), es uno de los monumentos fortificados mejor conservados y tratados de la Península, y uno de los mejores ejemplares de fortificación estrellada del mundo.
Iniciada su construcción en 1641, recibirá sucesivos aportes en ese siglo y el siguiente, hasta convertir la fortaleza en una plaza inexpugnable, enriquecida en su interior por magníficas instalaciones militares, entre las que destaca su Quartel das Esquadras (de 1736-1750), el Corpo da Guarda Principal (1790; actual Câmara Municipal), la Casa dos Governadores (finales siglo XVII; actual Palacio de Justicia), las Casamatas o Quartéis Velhos (actual Museo Militar); Casas da Guarda dos revelines das portas de entrada (aprovechados como Puesto de Turismo el de S. Francisco y Centro de Estudios de Arquitectura Militar el de S. Antonio), y el Trem da Artilharía (del siglo XVII, y actual Picadero).
Son de admirar también los restos de su Castelo (de los siglos XIII-XIV/XVI), arruinado a causa de una tremenda explosión del polvorín instalado allí el 26 de agosto de 1810. No obstante, es admirable su planta cuadrangular irregular, el profundo foso, con escarpa y contraescarpa de cantería, y cuatro torres artilleras en los ángulos de planta circular.
Antes de volver sobre nuestros pasos para pernoctar en Ciudad Rodrigo (e incluso antes de hacer la visita por Almeida, porque hay que reponer fuerzas), tenemos una tentadora oferta culinaria en los restaurantes de sus glacis, previos a la Puerta de S. Francisco. Estupendo su cabrito o su cordero na brasa, pero la carta es generosa y podemos pasar a extraordinarios bacalaos, tanto asado como “dorado”, pulpo no forno, arroz de marisco, cozido à portuguesa… El vino tinto, siempre deseable, como sus postres caseros de galletas, bizcocho… chocolate, nata y hojaldre, para chuparse los dedos.
Otra “tentadora oferta”, cuando retornamos, es hacerlo por Vilar Formoso, que en su estación de ferrocarril tiene uno de los conjuntos de paneles de azulejos del siglo XX más extraordinarios de Portugal, representando significativos monumentos, paisajes y escenas costumbristas.

Moisés Cayetano Rosado

martes, 27 de enero de 2015

FORTALEZA DE OUTÃO: LA SERENA GRANDEZA
 
Moisés Cayetano Rosado

Resguardando la entrada al estuario del Sado por el oeste, frente a la lengua de arena que forma la península de Troia, se encuentra la magnífica Fortaleza de Santiago do Outão, garantizando la tranquilidad de Setúbal.
Ya en 1390 se construyó en el lugar una torre de vigilancia por orden de D.João I, que se mejora en el reinado de D. Manuel, al comenzar el siglo XV. Pero será a finales del XVI  y mediados del XVII cuando adquiera el porte impresionante que en la actualidad conserva.
A partir de 1572, se inicia la construcción de una cerca abaluartada, siguiendo el modelo italiano de defensa frente a los ataques de la artillería pirobalística de la época: tendría su “bautismo de fuego” defendiendo la independencia frente al Duque de Alba, en 1580, cuando se realiza la Unión Peninsular. Después, entre 1643 y 1657 -en la primera parte de la Guerra de Restauração- se ampliará, reconformándose al modelo que hemos heredado.
La fortaleza sería residencia veraniega de D. Carlos y Dña. Amelia en la última década del siglo XIX, e iniciado el XX pasó a adaptarse como sanatorio de tuberculosos, con lo que se levantan edificios apropiados para los enfermos y se remodela el interior. Otra década más tarde, será convertido en lo que hoy día sigue siendo: Hospital Ortopédico, dadas las buenas condiciones del lugar para dolencias óseas, por la influencia marítima y de la barrera inmediata de la Serra da Arrábida.
Desde entonces, se han efectuado diversas intervenciones de consolidación, especialmente en los años cincuenta, ochenta y noventa del siglo XX, en cuanto a las instalaciones interiores, cuidando con esmero el “cinturón” abaluartado, así como su singular capilla de la segunda mitad del siglo XVII, donde destacan valiosos paneles de azulejos y el retablo frontal.
Pasear hoy día por sus dos baluartes laterales (al este y al oeste), contemplando el mar, entrar en sus garitas cilíndricas, recorrer  el borde siguiendo la línea de los parapetos, en tanto oímos el azote del mar y vemos la lengua estrecha, larga y dorada de la península de Troia, el caserío de Setúbal y las playas recortadas del noroeste, es una experiencia grata, relajante, balsámica.
Observar la grandeza vertical de su cuerpo central desde la terraza principal, con el mar a nuestras espaldas y la Serra da Arrábida de frente, al fondo, resulta sobrecogedor, por su grandeza y armonía.
Entrar en la Capilla, dedicada a Santiago, con escenas de su vida en azulejería llena de movimiento, profundidad y detallismo, y extraordinario retablo dorado de fondo, nos envuelve en paz serena, pese a las escenas de luchas que allí contemplamos, en las que el insuperable virtuosismo artístico se sobrepone a la narración bélica, compensada también por escenas piadosas y tranquilas.
En la muralla central que da al mar podemos leer (con dificultad) una inscripción que resume los primeros momentos de la fortaleza: "A torre desta fortaleza de Santiago do Outão foi edificada por El Rei Dom João o Primeiro e depois cercada de muro por El Rei D. Sebastião e o sereníssimo D. João IV, libertador da pátria, mandou acrescentar a fortaleza para a parte do mar e terra com magnificência e grandeza que hoje se vê. D. Fernando de Menezes, conde da Ericeira, lhe lançou a primeira pedra em XXV de Julho de MDCILIII e sendo governador dela Manuel da Silva Mascarenhas e das armas de Setúbal e sua comarca e superintendente da fortificação João de Saldanha mandou pôr aqui esta memória ano de MDCILIX".
En plano de João Tomás Correia, de principios del siglo XVIII, vemos la estructura de la  fortificación: planta que apenas difiere de la que hoy disfrutamos. Solo cambia, claro, el alzado interior, que también nos muestra Correia en su estado de principios del siglo XVIII, por lo que al cuerpo central (principal) se refiere; pero la disposición de hoy nos evoca en gran parte la que contemplamos en el plano, aunque falta la ermita exterior y las escaleras que conducen a la planta superior, todo ello a la izquierda. Lo demás, apenas si difiere.

¡Gran lugar para ver ponerse el sol y oír batir las olas, con ligera playa a nuestros pies, donde los pescadores acaban la tarde echando sus cañas como siglos atrás se echaba el fuego de las potentes baterías contra los invasores de este tesoro que resguarda a Setúbal y sus alrededores!

sábado, 1 de febrero de 2014

MAJESTUOSA AZULEJERÍA DE LA ESTAÇÃO DE PORTO
Moisés Cayetano Rosado 
Cuando desde la Raia/Raya entramos en Portugal, en esos paseos que nos descubren un mundo previsor de fortificaciones, nos encontramos con la sorpresa delicada de sus estações ferroviarias. Algunas ya sin funcionar y otras resistiendo todavía, pero con ese porte artístico que le dan sus construcciones bien equilibradas y la azulejería de sus paredes, donde se muestran monumentos, faenas laborales campesinas y hazañas históricas fundamentalmente medievales y de la etapa de los descubrimientos.
La cronología del azulejo en Portugal se hunde en la lejanía del tiempo, realzándose con las aportaciones musulmanas, ya desde los primeros momentos de su presencia en la Península, allá en el siglo VIII. Pero en el siglo XVI y sobre todo en el XVII adquiere un esplendor inigualado, constituyendo una de las señalas de identidad artísticas de la nación.
Con la primera mitad del siglo XX, llegará su implantación en las estaciones y apeaderos de ferrocarril, teniendo una calidad artística admirable en la producción de pintores y acuarelistas como Leopoldo Battistini, Alves de Sá o Jorge Colaço.

Y sería éste último, que tan brillantes muestras dejó en estações como Marvão o Évora, el encargado de embellecer la ya de por sí admirable Estação de Porto, donde predomina la temática histórica, que tiene sus hitos fundamentales en la representación panorámica de sus paredes: Torneo de Arcos de Valdevez, efectuado en 1140; presentación de Egas Moniz con sus hijos ante el Rey VII de Castilla y León (también escena alusiva en el siglo XII a los enfrentamientos rayanos); entrada de D. João I y de D. Filipa de Lancastre en Porto, en 1387, o la Conquista de Ceuta, de 1415. Además de escenas naturalistas del Norte del país y un friso en el atrio dedicado a la historia de los transportes en Portugal hasta la inauguración del ferrocarril. Todo ello cubriendo más de 550 metros cuadrados de superficie, fundamentalmente en azul y blanco.
Jorge Colaço (1868-1942) los realizó entre 1905 y 1906, antecediendo a otras de sus obras memorables, entre las que destacan la azulejería del Palácio Hotel do Buçaco, en Luso, de 1907; el Palácio dos Viscondes de Alverca (ahora Casa do Alentejo) en Lisboa, de 1918-1919; el Pavilhão dos Desportos de Lisboa (1922) o el exterior de las Igrejas dos Congregados (1929) y Santo Ildefonso (1932) también de Porto.
Jorge Colaço, cuya obra está presente también en Inglaterra, Suiza, Argentina, Brasil y Cuba -entre otras naciones-, consigue en estos paneles de la Estação de Porto una grandeza extraordinaria en la plasmación historicista, consiguiendo en su combinación de blancos y azules una magnífica sensación de profundidad, espectacularidad, al tiempo que tensión dramática en los hechos narrados, grandeza en los personajes y armonía de los conjuntos.
Si bien la representación de que podemos disfrutar en otras estações ferroviárias es de una belleza notable, en ésta de Porto -por los grandiosos escenarios materiales que ocupan- adquieren la monumentalidad de los palacios y pabellones donde después trabajaría, con tanto acierto.

Inigualable, por tanto, Estação Ferroviária de Porto, que ha de visitarse reposadamente, como viajero sin prisa por este arte de la azulejería, en el que Portugal no tiene rival.

viernes, 24 de enero de 2014

CASA DO ALENTEJO: SORPRENDENTE TESORO EN EL CORAZÓN DE LISBOA
Moisés Cayetano Rosado
Quien se acerque a las Portas de Santo Antão -por la zona más concurrida de la ciudad, en la Baixa lisboeta, al lado de la Praça dos Restauradores-, se encontrará con la sede de la Casa do Alentejo, un sorprendente tesoro de la Raia/Raya en el corazón de Lisboa.
Situada en el antiguo Palácio dos Viscondes de Alverca -construído a finales del siglo XVII, aunque renovado a comienzos del siglo XX-, al detenernos ante su fachada no recibimos otra impresión que la de una casona de buen porte, pero que en modo alguno presagia lo que dentro veremos.
Subiendo unas breves escaleras de entrada, se nos abre un mundo de “fantasías orientales”: gran patio neoislámico, columnado, de corredor cubierto, con grandes arcos de ojiva abierta, angrelados, de alfiz con profusa ornamentación geométrica, rica azulejería, mobiliario en madera y cuero, grandes macetones “arborescentes” y fuente central, con gran luminosidad natural, resaltando los vivos y variados colores del conjunto.
La monumental escalera del fondo nos conduce al piso superior, donde se difumina el estilo oriental, dando paso a dos grandiosos salones (comedor y de representaciones), modelos Luis XV y Luis XVI, de una dimensión y elegancia extraordinarias. Amplios ventanales, con molduras rococó que llegan hasta el techo, magnífico mobiliario de madera y telas coloridas, pinturas murales y en los techos, entre grandes molduras de las que cuelgan lámparas ornamentales de cristal. Es de admirar, en especial, el gran fresco en el techo del salón-comedor, obra del celebrado pintor Benvindo Ceia (1870-1941).
Aparte de estas dos joyas palaciegas, son de destacar la extensa dependencia destinada en la actualidad a comedor abierto al público, la sala de lecturas y la de Olivença. Las tres están ricamente ornamentadas con azulejería de temática festiva campesina (el primero), de caza y “touradas” (el segundo) y alegorías basadas en la obra “Os Lusíadas” (la tercera); constituyen uno de los ejemplos más notables de la azulejería del siglo XX en Portugal, admirablemente policromada, con unos efectos de profundidad y movimiento insuperables. Su autor es el notable pintor Jorge Colaço (1868-1942), que al igual que el artista antes citado trabajaría allí entre 1918 y 1919, cuando se realizó la remodelación del inmueble, bajo la dirección del renombrado arquitecto António Rodrigues da Silva Junior (1868-1936).
Se completa lo anterior con la profusa decoración del hall de entrada al piso superior, pasillos y otras dependencias, con reminiscencias decorativas neo-renacentistas, neo-barrocas, neo-rococó… y más azulejería en frisos y paredes, de motivos geométricos, vegetales y florales, de la máxima calidad.
Toda esta riqueza, de tendencia romántica e historicista, fue consecuencia de la instalación en el lugar del “Magestic Club”, luego “Monumental Club”, a partir de 1917: casino de lujo que se mantuvo hasta 1928.
El edificio fue alquilado en 1932 al Grémio Alentejano (después Casa do Alentejo), que siguió manteniendo los juegos de azar, lo que le proporcionó importantes ganancias y le permitió la adquisición del costoso inmueble en 1981.
Hoy en día, sin esos ingresos del mundo del juego, y con uso fundamentalmente cultural (conferencias, recitales, presentaciones de libros…), artístico (exposiciones pictóricas, escultóricas, de artesanía; variados actos musicales), impulso de las potencialidades monumentales, turísticas, culturales del Alentejo, además de restaurante de promoción regional… difícilmente puede mantener tan costoso patrimonio, que exige permanentes cuidados de restauración.

Esta “embajada” de Alentejo, de la Raia/Raya en Lisboa, este tesoro en complicado estado de recuperación, bien merece una atención institucional para su sostenimiento, por su intrínseco valor y por lo que representa para las tierras del interior como “escaparate” en un lugar tan privilegiado de Lisboa.

jueves, 16 de enero de 2014

ESPLENDOR ARTÍSTICO EN LA AZULEJERÍA DE LAS ESTAÇÕES FERROVIÁRIAS
Llegamos a veces a estaciones ferroviarias que son todo un mundo de desolación; desapacibles, impersonales, laberínticas. Y vamos en otras ocasiones a destinos que ofrecen ante nuestros ojos un mundo de belleza, brillo y color, al tiempo que nos dan cumplida información de lo que nos espera en el lugar que representan.
Es éste último el caso de tantas estaciones y apeaderos de Portugal, que en la Raya/Raia tienen una rica representación, incluso en aquellas que ya dejaron de prestar su servicio de transporte, pero siguen haciendo esta labor divulgativa y artística con su estimable azulejería.
En las paredes de los inmuebles e incluso también en sus interiores, despliegan ese mundo mágico, insuperable, que ha sabido enriquecer iglesias, palacios, jardines, mobiliario urbano… por toda su geografía, y que en las estaciones pasa muchas veces inadvertido para el turista de urgencias, pero que bien merece un recorrido de excursión reposada y compartida.
Es lo que la pasada semana organizó, con gran acierto, el grupo extremeño ARQUEONATUREX (con exitoso “muro” en facebook) y la “Associação Projecto Raia Alentejana”, que mantienen con tesón Luis Lobato de Faria y Eunice Gomes, especialistas entusiastas de nuestros tesoros rayanos.
Factible ruta para todos: Elvas-Vila Viçosa-Estremoz-Évora. Dos estaciones en uso: la primera y la última. Las otras, dos testigos mudos de un antiguo esplendor ligado al transporte del magnífico mármol de la zona, que ya han pasado a ser Museo del Mármol la primera y edificio artístico urbano la segunda.
Los azulejos de la Estação de Elvas son -como es común- de figuración tradicionalista, plasmando monumentos de la población y la región, elaborados por el pintor y ceramista Leopoldo Battistini (1865-1936), con orla sinuosa neobarroca en blanco y dorado e interior en las más variadas gamas de azul. Consigue en ellos una profundidad increíble, que en la representación del Acueducto de Amoreira, la colina y Forte da Graça, así como las murallas y fosos urbanos, cobra una dimensión monumental.
El caso de Vila Viçosa es otro magnífico ejemplo de azulejería de principios del siglo XX, cuya elaboración parece ser que fue puntualmente revisada por el rey D. Carlos I (1863-1908). A diferencia de la anterior, la orla neobarroca de los paneles -más profusa en motivos vegetales- no utiliza otro color que el mismo azul del interior, con gran alarde de sombreados. Las escenas de labores agroganaderas, los extraordinarios monumentos de la ciudad,  recorren como gigantesco friso las paredes exteriores; destacando también la constancia histórica de la Guerra de Restauração contra el dominio español (1640-1668), impulsada por el Duque de Bragança, que desde Vila Viçosa partiría hacia Lisboa para ocupar el trono.
Estremoz -esta otra estación ya “sin tren”- vuelve a la policromía, con más aparatosidad en los adornos exteriores alrededor de los motivos centrales, destacando grandes búcaros con flores y frutos. También desenvuelven escenas campestres y representan monumentos urbanos, con primorosos matices dentro de un azul siempre brillante. Su autor es el célebre acuarelista y ceramista Alves de Sá (1878-1972), que los realizó en 1940; tanto en esta estación de Estremoz como en la de Vilar Formoso -igualmente de su autoría, en la frontera entre Ciudad Rodrigo y Almeida-, estamos ante uno de los conjuntos de azulejería del siglo XX de mayor calidad de Portugal. ¡Lástima que en este caso hayan tenido que proteger los paneles con mamparas de metacrilato a causa del vandalismo y el robo que ya han padecido, lo que resta valor al entorpecer la visión de la viveza de los colores y la apreciación del conjunto, interrumpida por traviesas de aluminio.
Por último, en Évora, podemos disfrutar  de otro de los conjuntos de azulejería en estación ferroviaria más importantes de todo el país, realizado por Jorge Colaço (1868-1942), célebre “azulejerista”, al que se deben obras de gran valor como buena parte de la Casa do Alentejo en Lisboa (Palacio de Alverca), el Hotel de Buçaco, la estación de S. Bento de Porto y las de Castelo de Vide y Marvão, así como otros distribuidas por todo el mundo, como el Castillo de Windsor en Inglaterra o el antiguo Palacio de las Naciones Unidas de Ginebra. El encanto de sus composiciones -también de motivos profesionales campesinos, monumentos urbanos y hechos históricos- son de un preciosismo apabullante. Encuadradas en marco cerámico verde y floreado polícromo en ángulos y separaciones, el azul y el blanco se combinan en juego mágico de matices, consiguiendo una sensación de volumen y movimiento imposible de superar.

Magnífica excursión, por tanto, para un día, que puede completarse con el “refuerzo culinario” de la zona. En esta ocasión, lo redondeamos en la Adega do alentejano, tradicional bodega donde la sopa de tomate, la açorda á aletajana, los pezinhos de coentrada, los lombinhos de porco preto na brasa, la carne de porco con ameijoas… se complementan con el vino tinto y denso de la tierra,así como los postres caseros que invitan a proseguir con fuerzas renovadas la ruta das estações de caminhos de ferro de nuestra Raya/Raia.

miércoles, 15 de enero de 2014

AZULEJERÍA EN LISBOA
Patio neomudéjar de la Casa do Alentejo en Lisboa. Comedor y expositor de libros.
Moisés Cayetano Rosado
Lisboa no tiene rival a la hora de extasiarnos en las magníficas muestras de azulejería, que constituyen una modalidad artística en que nadie supera a Portugal.
Plazas, jardines, palacios, caserones, iglesias, conventos, rincones y fachadas, son receptores de un despliegue excepcional de arte, creatividad, sensibilidad y buen gusto, que en las muestras de los siglos XVII y XX tienen para mí los máximos exponentes.
Confieso, en este sentido mi debilidad por el neoislámico Palacio de Alverca, donde tiene su sede la Casa do Alentejo (en la Rua Portas de Santo Antão, de la Baixa Lisboeta), cuya azulejería costumbristas del pasado siglo cubre las inmensas paredes del comedor, de los salones, salas, salitas, rincones y pasillos.
Sin embargo, hay dos hitos esenciales que, imperdonablemente, no he visto en directo todavía, y me urge visitar:
El Museu do Azulejo, en el antiguo Monasterio manuelino de la Madre de Deus, situado en la Rua Madre de Deus). Y, el Palacio de Fronteira -ese conjunto de villa y jardines del siglo XVII ampliados en el XVIII con traza renacentista italiana-, en el Largo de Santo Domingos do Benfica. ¡Insuperable su azulejería del siglo XVII, época de mayor explendor!
Lástima que éste último no abra los domingos. Ahora -en temporada baja- los demás días realiza visitas guidas (las únicas admitidas) a las 12’00 y 13’00 horas españolas. El Museu do Azulejo, en cambio, cierra los lunes, pero los demás días abre libremente de 11’00 a 19’00 horas españolas, siendo los domingos gratuito de 11’00 a 15’00 horas de España.
Así, la mejor opción estimo que es visitarlos un sábado, comenzando por el Palacio de Fronteira, pasando después al Museu do Azulejo. Así, a la hora de comer se recala en la Casa do Alentejo, con lo que -repuestas fuerzas- por la tarde se puede contemplar libremente su abundante azulejería.

¡Aún quedaría tiempo para deambular a lo largo de esa columna vertebral lisboeta que es la Baixa-Avenida da Liberdade y esas dos hermosas y variadas “alas de mariposa” que son ambos lados del eje, con su Chiado y Bairro Alto a un lado, y Alfama y Mouraria al otro! O contemplar al fondo el estuario do Tejo, bajando la monumental, magnífica Praça do Comercio.