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domingo, 2 de octubre de 2016

SALINAS DE CASTRO MARIM
Moisés Cayetano Rosado
Salinas, con Castro Marim al fondo
Recinto medieval y castillo
Siempre es un placer pasear por Castro Marim. Admirar al norte su recinto medieval -reconstruido en 1279, en el reinado de D. Dinis, tras la conquista a cargo de la Orden de Santiago-, donde se enclava uno de los castillos más interesantes de Portugal, de planta cuadrangular, reforzado por amplios cubos artilleros en sus esquinas, de la época del rey D. Manuel, a principios del siglo XVI.
Murallas del siglo XVII
Al sur, en su magnífico complejo defensivo de mediados del siglo XVII -levantado a causa de la Guerra de Restauração de 1640/1668- destaca el pequeño Forte de São Sebastião, flanqueado por dos grandes hornabeques, desde los que parten sendos lienzos de murallas que enlazan con el recinto medieval. Uno y otro coronan elevaciones y protegen el caserío, recogido al medio.
Revelim de St. António
A oriente queda el llamado Revelim de Sto. António, una imponente elevación artillada que vigila al río Guadiana y a la población de Ayamonte, y de donde las vistas de las salinas de Castro Marim son excelentes. En realidad, desde cualquiera de los puntos anteriores lo son, pues estas elevadas zonas defensivas “contemplan” ampliamente el grandioso espacio de llanuras, sembrado por el este  de las pequeñas “piscinas” de almacenaje de agua marina, que llega a través de un ramal abierto al Guadiana casi en su desembocadura.
Salinas de Castro Marim
Y es a esas salinas a donde ahora tenemos la oportunidad de dirigirnos, de entrar en ellas, de conocer un poco su funcionamiento, gracias a la gestión hecha en brevísimo tiempo por Nuria Guerreiro -que trabaja para el municipio y la Eurociudad del Guadiana-, demostrando la misma eficacia que cuando allá realizamos las III Jornadas de Valorización de las Fortificaciones de las Raya (http://moisescayetanorosado.blogspot.com.es/2014/09/celebradas-las-iiijornadas-sobre.html).
Vista de Castro Marim desde las salinas. Revelim a la iquierda;
abaluartados al centro; recinto medieval a la derecha.
¡Magnífico llano pantanoso de brillantes resplandores, caminos compactados y a los bordes rectángulos de inundación con distintos tonos en la evolución de la sal: desde el verdoso del agua que entra del Guadiana hasta el blanco impoluto de la sal, coronando los pequeños embalses! ¡Y qué decir de la silueta de Castro Marim desde allí: la visión de su monumentalidad (castillo, murallas medievales y modernas, fuerte, hornabeques, revellín…) y blanco caserío cubierto con teja roja, despuntando torres de iglesias y siluetas de molinos de viento delicadamente conservados!
El propio municipio tiene su parcela de explotación de salinas, para que sirva de impulso, acicate y apoyo a otras iniciativas particulares, en el sentido de seguir practicando la extracción artesanal de la sal, que se viene realizando desde tiempo inmemorial, ligada a la salazón de pescados especialmente, adquiriendo gran importancia durante el Imperio Romano para la fabricación del “garum” (salsa de pescado preparado con vísceras fermentadas).
Averiguamos que si durante la Edad Media y Moderna tuvo una importancia económica crucial para la zona -con gran actividad exportadora-, a finales del siglo XVIII entran en decadencia, por la competencia de otras explotaciones de la Península, quedando reducida su actividad en el siglo XIX al consumo de los mercados locales y de lugares próximos.
Vista de las salinas desde el castillo
Durante casi todo el siglo XX sigue el declive de esta industria artesanal, que únicamente cobra impulso a partir de finales del mismo, aunque coexistiendo la producción tradicional con los métodos industrializados, con una intensa mecanización que en forma alguna se da en los primeros, donde toda la labor es manual. Al ser ésta de más costoso proceso, encarece el producto, si bien resulta de una altísima calidad, con la conservación de todas las propiedades: pureza natural no “forzada” con métodos químicos, que la extracción con retroescavadoras hacen necesarios para eliminar impurezas de arrastre de arcillas, aceites, etc., pero eliminando propiedades y componentes esenciales como yodo, flúor, manganeso, hierro…
La Câmara Municipal de Castro Marim es un ejemplo de potenciación de estas “buenas prácticas extractivas”: recolección manual con rascador de madera unido a palo largo, con el que se arrastra la sal hasta los bordes de los recintos rectangulares en que se deposita el agua marina, tras pasar por distintos estanques (todos de arcilla compactada a mano) donde se va depurando el agua, calentando y evaporando.
Señalando la sal
Así obtienen una producción de altísima calidad tanto de “flor de sal”, (cristalizada en superficie por contraste térmico a la caída del sol, que únicamente puede recogerse -con pértigas de malla fina- en determinadas condiciones de “reposo” del viento, siendo recolección muy limitada, pero de inigualable valor gastronómico y en oligoelementos claves para nuestra salud), como de sal natural, en volumen quince veces mayor que el de “flor” (que cuesta en la compra casi esas quince veces más).
Ciertamente, se trata de un trabajo penoso para el operario que ha de cuidar tanto de la limpieza de los estanques como de la obtención de la sal por raspado y arrastre en los mismos, y su manipulación desde ellos hasta el exterior en pequeños sacos que transportan a hombros.
El encargado de la Salina municipal nos enseña a recoger la sal...
Las temperaturas en las mejores épocas de extracción (verano) pueden llegar en este espacio rebajado de la superficie a 50º y la humedad es enorme. Todo es esfuerzo de brazos, de hombros, para el que manipula el producto, a pleno sol. En nuestra visita, de hora temprana y tiempo suavizado de principios de otoño, lo hemos podido comprobar, como comprobamos la delicadeza, la entrega profesional del encargado de la explotación municipal que amable y pacientemente nos acompaña, sabe su labor y sabe explicar los pormenores, transmitiendo cariño por esta empresa de recuperación de tradición y calidad.

Trabajo duro para lograr un producto sin igual,  saludable y de gourmet, que Castro Marim ha sabido revitalizar, cuando la vorágine mecanizadora parecía que iba arrasar con lo que durante tantos siglos fue para la zona una señal de identidad. Hoy se exporta a todo Portugal, España, Reino Unido, Alemania, Holanda, EE.UU., etc., constituyendo un recurso económico importante para este municipio, por añadidura siempre en “pase de revista”, pulcro, agradable de recoger, de bello caserío y abiertamente acogedor.

lunes, 4 de julio de 2016

DE CASTELO BRANCO A PUEBLA DE SANABRIA Y REGRESO (III) 
Mapa en relieve del Lago de Sanabria
PUEBLA DE SANABRIA Y SU LAGO

Moisés Cayetano Rosado

La presencia y “querencia” del lago quizás ha ensombrecido el reconocimiento de Puebla de Sanabria. Riadas de turistas y habitantes de las cercanías lo acometen en verano como abejas en un panal de miel. Difícil es lograr un aparcamiento cercano para el coche y tanto o más lograr un puesto para refrescarse con cerveza en sus “zonas de aprovisionamiento”. Sin embargo, si vamos fuera de temporada, no podemos pedir una caña de barril, porque -como se queja el propietario del establecimiento que encontramos abierto- se disiparía sin apenas vender un 10%; tal es la falta de clientes-.
Lago de Sanabria
El lago de Sanabria está situado al norte de la provincia de Zamora, a 1.000 metros sobre el nivel del mar y es el mayor lago glaciar de la península Ibérica, con 3’47 km2, ocupando la cuenca hidrográfica sobre la que se asienta 127’3 km2 y teniendo una profundidad máxima de 53 metros. Se originó en la glaciación de Würm, última Edad del Hielo de la historia de la Tierra, logrando su mayor extensión hace 26.000 años.
Este espacio natural y sus alrededores fueron declarados Parque Natural en  1978, con más de veinte lagunas, además del lago principal, y alrededor de 30.000 hectáreas protegidas, formando parte desde 2015 de la “Reserva de la biosfera transfronteriza”, por declaración de la UNESCO. Desde comienzos del 2011 cuenta con un catamarán eólico-solar, para recorridos didácticos, turísticos e investigación subacuática.
Vista de Puebla de Sanabria
Al sur del lago está Puebla de Sanabria, que ya desde la carretera que nos trae desde Tras-os-Montes, o desde la autopista de Galicia a Castilla/León si vamos de este a oeste, ofrece una vista soberbia y señorial. Ver su castillo cuadrangular -de sillería de granito- a la derecha, la cortina de muralla al centro -resguardando iglesia y noble caserío- y plataforma artillera a la izquierda -sobre la empinada ladera rocosa-, resulta sobrecogedor.
Castillo de Puebla de Sanabria
El castillo -asentado en un escarpe sobre el río Tera y levantado en sillería de granito- fue mandado a construir en el siglo XV por don Rodrigo Alonso Pimentel y doña María Pacheco (IV Condes de Benavente), teniendo un doble uso inicial residencial y defensivo; pasa después a militar y municipal, hasta llegar al actual polivalente de visita turística (con entrada por la Casa del Gobernador, en el ala norte), Centro de Interpretación de las Fortificaciones (en su central Torre del Homenaje) y Casa de la Cultura en la fachada este (con sala de actividades múltiples, biblioteca pública y sala de exposiciones).
Los refuerzos abaluartados de su recinto amurallado y las troneras de sus torres perimetrales se realizaron en la Edad Moderna, por su situación estratégica de paso desde el norte de España a la región portuguesa de Tras-os-Montes, como defensa artillera. Sufrió la Guerra de Restauração portuguesa (1640-1668), la de Sucesión de la Corona española (1701 -1715), en que estuvo ocupada por los portugueses hasta el Tratado de Utrecht, y la Invasión francesa de 1808-1814.
Interior patrimonial de Puebla de Sanabria
En la hermosa plaza contigua recibimos una extraordinaria lección de arte militar (a la vista del castillo), religioso (Ermita barroca de San Cayetano, con airosa espadaña, e Iglesia de Santa María del Azogue, románica, con transformaciones en los siglos XVI, XVII y XVIII) y civil (el Ayuntamiento, renacentista, con galería porticada de tres arcos de medio punto en planta baja y de cuatro en la superior, flanqueado por sendas torres con acabado piramidal).

Panorámica interior de Puebla de Sanabria
Desde allí bajamos al admirable caserío, de nobles construcciones que alternan en fachada sillarejo y madera de guías, refuerzos, ventanas y balcones, rematándose en tejado de pizarra a “cuadros y abanicos”. Abundan las plazoletas, con tiendas y pequeños restaurantes tentadores, donde la trucha asalmonada del lago, la carne de ternera, el pulpo a la sanabresa y los omnipresentes habones de Sanabria son una incitación, que ha de rematarse con rosquillas asadas en sartén, manzanas y castañas también asadas (y estas última igualmente cocidas), regadas con vinos de la tierra y Sidra Sanabresa.

miércoles, 8 de abril de 2015

UNA PEQUEÑA JOYA EN BARBACENA

Moisés Cayetano Rosado
Barbacena es una pequeña población perteneciente al concelho  de Elvas, que tiene apenas 600 habitantes y se encuentra a 15 kilómetros al noroeste de la anterior, camino de Monforte.
Cuenta en sus alrededores con numerosos dólmenes, destacando el llamado Anta da Coutada -cerca de esa carretera de Monforte- y el Anta do Torrão -entre Barbacena y Santa Eulalia, al norte-. Dentro de la población, son dignos de admirar su Pelourinho -levantado sobre tres plataformas de granito y fuste rematado en cono con pequeña esfera, del siglo XVI-; su Fonte das Bicas -de mármol, con vaso octogonal, donde se centra la ornamentada columna compuesta de la que salen los chorros de agua-; su Igreja Matriz e Igreja de Nossa Senhora de Nazaré, de alto y airoso porte, así como las altas chimeneas de su caserío, tan altas a veces como las propias fachadas de las casas. Sin embargo, lo más destacable quizás sea su castillo abaluartado, en el que nos vamos a detener.
Barbacena fue conquistada por el rey Sancho II en la primera mitad del siglo XIII. En 1519, D. Manuel le daría un nuevo fuero y ordenó la reconstrucción de su primitivo castillo medieval. En 1536, pasa a D. Jorge Henriques, hombre de confianza del rey D. Juan III, quien la continúa. Ya en 1575, la fortificación es comprada por Diogo de Castro en Río, Caballero de la Orden de Cristo y noble de la Casa Real, primero en utilizar el título de Señor de Barbacena: es entonces cuando este castillo queda completamente conformado, con airosa planta cuadrangular y dos torreones cilíndricos hacia el oeste.
En el siglo XVII, en el comienzo de la Guerra de la Restauração(1640-1668), la fortaleza fue sometido a trabajos de modernización para adaptarse a los ataques de la artillería, con diseño del ingeniero militar francés Nicolau de Langres. No obstante, sufrirá en este periodo frecuentes ataques y saqueos, que se repetirán durante la Guerra de Sucesión Española (1701-1714), pues la fortaleza, enclavada en un llano, con escasa guarnición y limitadas defensas constructivas, no podrá detener el ataque español proveniente de previas conquistas en Arronches y Campo Maior.
No obstante, tanto la construcción interior del siglo XVI como los añadidos abaluartados del siglo XVII, reforzados en el siglo XVIII, se mantienen actualmente en buen estado. Al ser de propiedad particular, no podemos disfrutar de la visita interior, donde se conserva la antigua Casa del Gobernador, pero exteriormente sigue siendo un monumento de extraordinario valor, que podemos recorrer en sus caras norte y oeste (el sur y este quedan cercadas en la propiedad particular).
Curiosamente, la visión aérea del monumento no difiere del plano que realizó en 1665 Nicolau de Langres. Sigue en pie toda la planta cuadrangular interior, con sus dos torreones cilíndricos, así como el revestimiento abaluartado en las alas que podemos recorrer externamente: dos medios baluartes y su cortina, al norte, y el revellín previo a la entrada en el oeste, que se alarga y encuentra con los semibaluartes prolongados de esa cara occidental.
Este revestimiento externo del castillo resulta llamativo, porque la prolongación de los semibaluartes de la cara oeste podría haberse “cortado” para conformar baluartes completos, que al menos teóricamente defienden mejor la entrada de la fortaleza, como me comentaba (y dibujaba) hace unos días el ingeniero argentino Manuel Vila García, experto en estas construcciones. Eso sí, el propio revellín que protege al medio toda esta línea prolongada proporciona fuego cruzado con las puntas de los anteriores, algo que ya estudiaría en su día el ingeniero Langres.

Es una lástima que estos monumentos tan señeros de la defensa de nuestra Raya no puedan ser disfrutados al completo (con la visita exterior a todo su contorno y la interior a lo allí edificado), al ser de propiedad particular. Y más cuando observamos -como es el caso aquí- un lamentable estado de abandono en cuanto a ese interior, siendo un patrimonio clasificado como “Inmueble de Interés Público”, por Decreto de 1967.  Sería lo ideal que el propio Instituto Portugués de Patrimonio y la Câmara Municipal de Elvas (de quien depende Barbacena) gestionaran su adquisición para rehabilitarlo y ponerlo a disposición pública, como ya ha hecho la Câmara de Elvas, acertadamente, con otros inmuebles de similar valor.

lunes, 24 de noviembre de 2014

EL CASTILLO DE MONTJUIC EN BARCELONA: LUGAR DEFENSIVO, OFENSIVO, DE REPRESIÓN, DE OCIO Y DE CULTURA
Moisés Cayetano Rosado
Con el inicio de la Revuelta de los Segadores (1640) comienza a construirse el Castillo de Montjuic, en torno a la torre atalaya existente en lo alto de la montaña. Construcción defensiva que no impidió su toma por los ejércitos de Felipe IV en 1652.
Una refortificación del mismo va a tener lugar a finales del siglo XVII, a causa de los asedios marítimos de esas fechas, construyéndose una ciudadela, tres baluartes y una línea de redientes orientada hacia el mar.
Con la Guerra de Sucesión a la Corona española iniciada en 1701, volverá a tener nuevo protagonismo, al inclinarse Cataluña a favor del archiduque Carlos de Austria, en contra de Felipe V de Borbón. Las hostilidades se manifestarán en el año 1705, prolongándose hasta el final de la guerra, en 1714. El Castillo será un bastión de la defensa borbónica, en cuyo poder estaba, aunque muy brevemente, pues fue conquistado en octubre de 1705. A ello seguirá nueva ocupación borbónica en la primavera de 1706, otra retirada inmediata y una nueva ocupación -ya definitiva- por las tropas de Felipe V en septiembre de 1714.
Todas estas acciones de defensa y ataque -primero de la corona española de los Austrias (mediados s. XVII) y luego de los Borbones (principios s. XVIII), frente a independentistas o contrarios a la nueva dinastía de origen francés-, llevarán a una consideración del castillo de Montjuic de Barcelona como un elemento defensivo de primer orden, acordándose su remodelación y reforzamiento, que dotaría a partir de 1751 al castillo de una extraordinaria fortificación abaluartada. Prácticamente es la que nos ha llegado hasta nuestros tiempos.

El proyecto es del ingeniero militar Juan Martín Cermeño, y está constituido por un trapezoide adoptado a las curvas de nivel de la montaña. Tiene dos baluartes flanqueando la cortina de la puerta de entrada (de puente levadizo sobre el foso perimetral), dos largas cortinas laterales con profundo terraplén formando abruptos glacis, y hornabeque con revellín al medio en el extremo opuesto (zona suroeste) a la puerta de entrada. En 1799 se culminarían las obras, pero sus soberbias defensas no fueron obstáculo suficiente como para que durante la Invasión Napoleónica fuera tomado (sin resistencia), en 1808.
Esta “maquinaria de guerra”, con su “juego defensivo-ofensivo”, va a tener a partir de 1842 un nuevo y triste papel: el represivo. En ese año y el siguiente, el gobierno del general Espartero reaccionará por la revuelta barcelonesa de protesta contra su política autoritaria bombardeando sistemáticamente desde el castillo a la ciudad. Ocasionará cientos de muertos y de heridos, tremendos daños materiales y la huída de decenas de miles de habitantes.
Este papel coercitivo del castillo abaluartado contra su propia ciudad se volverá a repetir en 1856, con otro balance de cientos de muertos, ocupación militar de la ciudad por el gobierno conservador y represión extrema.
Todo el siglo XIX estará marcado precisamente por esta función controladora, represiva  de la ciudad desde el castillo. Y a partir de 1893 unirá nuevo uso directo de sus instalaciones militares: centro de detención y tortura para centenares, miles de opositores, especialmente anarquistas, sindicalistas en general y obreros participantes en huelgas y conflictos. A este respecto, destacan las detenciones y fusilamientos en sus fosos de la Semana Trágica de 1909 (el pedagogo libertario Francesc Ferrer i Guàrdia será una de las víctimas más famosas) y de la huelga de La Canadiense y conflictos consecuentes, entre 1919 y 1922.
Durante la II República española y la Guerra Civil volverá a tener nuevo protagonismo como prisión y ejecuciones políticas, primero dirigidas por organizaciones antifascistas y después por los militares franquistas, que lo ocuparon a partir de enero de 1939. Desde entonces, la concentración de miles de prisioneros y las ejecuciones sumarias no cesarán, siendo el caso más destacado el del presidente de la Generalitat, Lluís Companys, fusilado el 15 de octubre de 1940 en el foso de Santa Eulàlia, de la cortina sur de la fortificación.
El castillo sería prisión militar hasta el año 1960, en que fue cedido a la ciudad parcialmente, con encargo de construir en él un Museo Militar (exaltador de “las glorias castrenses patrias”, estando en funcionamiento desde 1963 hasta 2009).
En la actualidad, tras obtener la ciudad la cesión total y definitiva en 2007, acoge en sus fosos actividades deportivas variadas y en el interior exposiciones artístico-culturales temporales en sus galerías perimetrales, así como actividades lúdicas en su patio central. Las terrazas son miradores privilegiados hacia la ciudad y el mar.

Un objetivo de futuro es convertir este espacio (primero defensivo-ofensivo militar, luego de represión ciudadano-político-sindical contra la propia ciudad y sus habitantes, y ahora lúdico-deportivo-artístico-cultural) en un lugar para la Memoria, la enseñanza histórica y la reivindicación de la libertad y los derechos individuales y colectivos. Así lo señala el folleto que facilitan con la entrada al monumento, editado por el Ayuntamiento de Barcelona (“Castillo de Montjuic, Barcelona”, Ajuntament de Barcelona, 24 pgs.), con textos de Manuel Risques e Itineraplus, de donde he tomado fundamentalmente las ideas que expongo en estas líneas.

jueves, 20 de noviembre de 2014

CONCELHO DE ALANDROAL, LA TIERRA DE LOS TRES CASTILLOS
Moisés Cayetano Rosado

El concelho de Alandroal está pegado a la Raya en uno de los espacios más discutidos de nuestra frontera: la zona limítrofe de Olivenza. En los mapas y planos oficiales portugueses, esa separación no aparece, pues su reivindicación sobre todo el territorio oliventino continúa siendo materia apasionada.
Están separadas ambas comarcas (Llanos de Olivença y Concelho de Alandroal) por el río Guadiana, que al comenzar el concelho de Alandroal -en la freguesía de Juromenha- adquiere gran prestancia: estamos en la “cola del embalse de Alqueva”, ancha todavía en esta gran planicie. Antes de la construcción de la presa, en verano, podía pasarse de un lado a otro, con el río prácticamente sin agua en el lugar donde ahora barcas, barcazas, lanchas y otras embarcaciones a motor navegan a placer.
Juromenha -de la que en alguna ocasión hemos hablado-  es población mínima, de un par de largas calles, con casas primorosamente encaladas, de altas chimeneas, tan altas como las fachadas. Desde su fortificación se divisa un amplio territorio (en especial de Los Llanos de Olivenza) y el río, que ofrece magníficos espectáculos visuales, especialmente en los atardeceres.
Sus lienzos de muralla del siglo XVII se conservan en muy buena parte, con agudísimos ángulos, fosos profundos y baluartes de impresionante solidez. Dentro quedan los restos del castillo de origen musulmán, de tierra compactada, así como una hermosa iglesia, una capilla y diversas construcciones de estancias militares, pues el enclave fue históricamente importantísimo en la frontera tanto en tiempos medievales como modernos.
Dieciséis kms. más al suroeste está Alandroal. Su castillo -en el centro de la villa- fue fundado por D. Dinis, pero tiene amplias influencias musulmanas en su construcción. Con dos puertas de arcos góticos, al norte y al oeste, encerraba en su interior un caserío en semiabandono que ha sido demolido recientemente, ofreciendo una “plaza de armas” expedita. El recorrido por el adarve de la muralla resulta especialmente agradable, por la visión del caserío y de los alrededores que ofrece, así como las vistas a su interior, especialmente su Igreja de Nossa Senhora da Graça, de trazos renacentistas.
Son dignas de conocer en Alandroal la judería, así como las múltiples iglesias que ennoblecen con su porte la ciudad, y su fuente renacentista de mármol, en la Praça da República, donde también se encuentra la monumental Câmara Municipal.
La cocina de sus restaurantes es bastante seductora, y tiene gran fama A Maria, donde el cozido de grão, chispe assado no forno, borrego à Ti Maria, pezinhos de coentrada o su repostería se elevan a la categoría de arte. Pero no hay que desdeñar otros restaurantes menos afamados, aunque más visitados por los lugareños, como puede ser Zé do Alto, que une a sus assados de borrego, carne de porco à alentejana y sus bacalhaus unos deliciosos platos de peixes fritos, pescados en el Guadiana y servidos tan frescos que a veces nos encontraremos con la camioneta que los trae del río cuando accedemos a su interior.
Todo el concelho, en fin, es digno de recorrer con detenimiento. Y, en cualquier caso, no deberíamos salir de él sin visitar, 10 kms. más al sur, Terena, de esbelto castillo medieval, al que se llega atravesando su atractiva y sencilla rua directa, de portadas góticas, renacentista y barrocas, inmensas chimeneas y artístico pelourinho con fuste de pizarra.
A 1’5 kms. se encuentra el Santuário de Nossa Señora do Boa Nova, Monumento Nacional, mandado edificar por la reina castellana doña María -mujer de Alfonso XI e hija de D. Afonso IV el Bravo- al tener la feliz noticia de la ayuda portuguesa a Castilla, tras inicial oposición de la Corte, en la Batalla del Salado (1340). Con planta de cruz griega y almenas musulmanas, es una fortificación gótica de singular belleza, como una maqueta de castillo en el llano, de valiosas pinturas interiores. La romería que allí celebran en mayo conserva un sabor popular y medieval extraordinario, como ocurre con la Semana do Guadiana, organizada cada mes de junio por el concelho, en diversos lugares del mismo, incluidas estas tres poblaciones.

En los alrededores, la huella prehistórica se esparce en diversas dólmenes a los que se llega por caminos de encinas y alcornoques, rebaños de ovejas y de cabras, quedando en otros lugares (especialmente cerca de Terena) restos de castros celtas, en parajes que hacen las delicias de los senderistas.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

DE MOURÃO A ALCONCHEL, ATRAVESANDO LA RAYA
Sierras rayanas entre Mourão y Alconchel
Moisés Cayetano Rosado

En el Baixo Alentejo, marcado en la Raya por castillos y fortificaciones, lomas adehesadas y rebaños de ovejas, nos acerca Mourão, por la inmensa planicie, hasta Villanueva del Fresno.
Pero Mourão merece una visita, un paseo tranquilo por sus quebradas calles, y en especial subir a su Castelo, antes de cruzar la frontera. Castillo construido en 1343, bajo el reinado de D. Afonso IV, en un punto dominante de la villa, alternando la predominante pizarra con mármol y granito. Su planta rectangular se refuerza con seis torres cuadradas, accediéndose al interior por dos grandes puertas.
Maqueta y castillo real al fondo, Mourão
Las guerras medievales tendrán continuidad en la Edad Moderna, especialmente con la sublevación de Portugal contra la Unión Peninsular (1640-1668), por lo que se remodela la cerca exterior, dotándola con cuatro baluartes en los ángulos de la muralla, así como revellines protegiendo las cortinas de la misma. De todo ello, queda un patrimonio interesante que precisa, especialmente en los refuerzos abaluartados, de una rehabilitación que resalte su valiosa monumentalidad.
Villanueva también es otro símbolo contundente de nuestras luchas de frontera. De su fundación, seguramente templaria, apenas quedan en pie unos paredones del castillo defensivo: al capitular durante la Guerra de Restauración, fue saqueado y arrasado. De esa fecha, eso sí, nos resta el diseño de su traza urbana, de calles amplias y rectas, que salen de la plaza central donde se encuentran la Iglesia parroquial y el Ayuntamiento.
Villanueva del Fresno en las Guerras de Restauração (en 1662)
Importa destacar la armonía de este pueblo encalado, de los más representativos de nuestros pueblos blancos, muy agradable de pasear con sosiego y tapear en sus bares, sin olvidar una visita a la Iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción, neoclásica, del siglo XVIII, con importantes retablos barrocos.
Hacia el norte, a una docena de kilómetros, está Alconchel. Desde mitad de camino ya vamos disfrutando de la airosa vista del castillo. Impresionante fortaleza templaria, del siglo XIV, que culmina un monte en forma de triángulo equilátero casi perfecto. La Torre del Homenaje, prismática, de sección cuadrangular, domina un amplísimo entorno. El castillo tiene refuerzos para disponer armas pesadas de artillería, a causa también de la Guerra de Restauración, lo que contribuye a acentuar su carácter inexpugnable y de bronca belleza.
Vista de Alconchel desde el castillo
Desde allí, las vistas al caserío son excelentes, destacando la blancura de las fachadas, el rojo de las techumbres, el serpenteo de sus calles. Y en ellas, encontramos esa disposición para la copa y el tapeo tan propia de nuestros pueblos extremeños, que aquí se completa con la calidad y buen precio de la comida extremeña de sus restaurantes, cuidados y agradables.

Si fuéramos desde esta población a Badajoz, no estaría mal desviarnos hasta Cheles, en la frontera, al pie del Guadiana, en ese gran remanso que forma la cola del embalse de Alqueva, y donde se guarda el secreto de la preparación de los peces de río, que como en pocos lugares podremos disfrutar.

viernes, 20 de junio de 2014

CALATAÑAZOR: MÁS QUE EL LUGAR “DONDE ALMANZOR PERDIÓ EL TAMBOR”

Moisés Cayetano Rosado

Igual que a muchos, Calatañazor me “sonaba” como el lugar “donde Almanzor perdió el tambor” ante las tropas castellanas y leonesas en 1002. Y fue en El Burgo de Osma, yendo a Soria, donde un policía municipal nos dijo que no podíamos perdernos de manera alguna, la visita -a medio camino entre ambas poblaciones- de Calatañazor. El policía, muy bien informado y amable, también nos recomendó otros puntos, como La Fuentona, el Cañón del Río Lobos y la Laguna Negra, que son una delicia natural, y de lo que ya dije algo en otras páginas.
Pero Calatañazor, con sus 70 habitantes de avanzada edad, nos reservaba una sorpresa mayúscula y completa en todos los aspectos.
El origen del nombre parece surgir del árabe Qalat al-Nasur (o Calat al-Nusur, Calat en-Nossur y Calat-An-Asor..., según autores), que tiene el significado de castillo del buitre, nido de águilas para otros. Y el nombre no puede estar mejor puesto, pues se alza sobre un peñasco enorme, calcáreo, fuertemente karstificado, con unos espléndidos alrededores donde abundan los fósiles del Jurásico.
Precisamente, frente al castillo, en la amplia plaza del pueblo, al lado mismo de su recia picota (rollo) del siglo XV, podemos ver el fósil marino más destacado: huellas de palmera de entre 10 y 25 años de antigüedad, que llaman Piedra del Abanico, con impresiones precisas de las grandes hojas estriadas en una oquedad de la roca y en diversas partes de su superficie.
Y desde allí mismo, podemos contemplar la hondonada en toda su magnífica extensión. La llaman el "Valle de la Sangre". Seguramente el nombre se deba al color de las aguas del río Milanos cuando el sol, ocultándose, las refleja; pero la imaginación popular ha forjado una leyenda con la gran batalla que cristianos y moros (al mando de Almanzor) libraron: de sangre se empaparía la explanada, que tomó para siempre esa coloración.
Resiste en pie buena parte de la muralla circundante, construida en el siglo XII por Alfonso I el Batallador. Lo que aún perdura del castillo -impresionante en lo alto- se remonta al siglo XIV o XV, si bien algunas piedras aparejadas al modo árabe hablan de un origen anterior. Conserva también el foso, que lo aislaba y defendía por el lado de la población, derramada a sus pies.
Desde esa altura, la vista se pierde en la masa de 12 hectáreas del más puro sabinar de la provincia. Y vemos en la ladera, como a doscientos metros, tres sepulturas rupestres antropoides excavadas en roca viva, datadas sobre el siglo X, a las que resulta fácil acceder por una vereda desde este inmenso mirador.
En el centro del pueblo podemos admirar la iglesia románica de Nuestra Señora del Castillo (del s. XII, reformada en el XVI). Son de gran mérito la bóveda gótica del ábside y la portada enmarcada en alfiz con una guirnalda ondulada tipo califal; sobre ella tres arquillos ciegos, con columnillas -lobulado el central-, preceden a un óculo airoso, abocinado.
El pueblo está distribuido a ambos lados de la Calle Real, pavimentada con cantos rodados, porticada mediante puntales de madera de sabina que sustentan los pisos superiores y cubren la acera. Resulta armoniosa su diversidad de piedra, madera y barro, ligeramente tortuosa, con callejuelas a sus lados que nos ofrecen rincones deliciosos.
Casas de dos plantas, levantada en piedra la inferior, y pies derechos de sabina, unidos con entramado vegetal o muretes de adobe o tapial, enlucido de barro, la superior. Por fuera, ostentan balcones y aleros pronunciados, así como algunos blasones. Enormes chimeneas cónicas de ladrillos como en falsa cúpula,  y remate en chapas lanceoladas de hierro, destacan sobre los tejados.
Casas rurales que en nada desentonan con el medio y restaurantes donde ofrecen el sugerente lechazo al horno, completan una oferta tentadora. Todo en medio de lo apacible de este pueblo que parece parado a raíz de la batalla con Almanzor, y es un remanso de paz y de belleza, donde la mano del hombre ha puesto lo justo para completar con respetuoso urbanismo a la naturaleza.

A la entrada de la Villa, fuera del recinto amurallado, encontraremos la ermita de la Soledad, románica, bien restaurada, así como la ermita de San Juan Bautista, ya en la vega, de la que solamente quedan los muros y la puerta románica de medio punto. Alejándonos hacia La  Fuentona -esa joya de agua subterránea que mana desde inmensas galerías y forma como una gigantesca lágrima en medio del sabinar-, la vista en lo alto de Calatañazor se nos ofrece como un gran barco varado en el roquedo, alzado de los antiguos mares que cubrieron la zona y conformaron el paisaje calcáreo de páramos, valles, hoces y cañones.