Mostrando entradas con la etiqueta deportaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta deportaciones. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de enero de 2019


IGNORAR LA HISTORIA. OLVIDAR EL PASADO.

Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia

En la celebración del “I Congreso Mundial de la Ciudadanía Extremeña en el Exterior”, desde el público nos increpó airadamente un asistente, diciendo que se sentía ofendido por llamar emigrantes a los extremeños en Cataluña, pues él era un “ciudadano extremeño que se había desplazado dentro de España”, no que había emigrado.
Fue la primera vez que oí semejante argumento en los más de 45 años que llevo hablando de este tema dentro y fuera de nuestra región. Sin embargo, he vuelto a toparme con el mismo argumento en las redes sociales en distintas ocasiones desde entonces. ¡Madre mía! -pienso- cientos de trabajos universitarios, tesinas y tesis doctorales sobre movimientos migratorios interiores tendrán que ser revisadas, y ya veremos si no nos quitan a más de uno la titulación obtenida con esas investigaciones. Entonces, ¿ya no hablamos de 48% de saldo migratorio extremeño entre 1951 y 1975, sino del 6% de emigrantes: lo que marchó legalmente a Europa?
Por otra parte, cuando en algunos foros he mencionado expulsiones habidas en los años cincuenta de trabajadores con origen extremeño, andaluz, castellano… en Cataluña y Madrid, directamente se me ha dicho que es mentira. Y cuando he publicado la Disposición de 4 de octubre de 1952 del Gobernador de Barcelona ordenando la expulsión de los que allí no acreditaran vivienda y trabajo, internándolos en tanto duraba la tramitación en un Pabellón habilitado a tal fin, aún han seguido algunos negando la evidencia. Evidencia también para la provincia de Madrid que también he mostrado en el Decreto de 23 de agosto de 1975, publicado en el Boletín Oficial de la Provincia el 24 de septiembre (tres días después de que lo hiciera el Boletín Oficial del Estado).
En ese mismo Congreso, un ponente atestiguó que él había sido víctima del proceso en Barcelona, y parece que tampoco se le creyó lo suficiente. ¡Cuántos trabajadores hacían la última parte del trayecto a pie, para evitar la detención por parte de la entonces Policía Armada!
Pero como parece que lo de “negar tres veces” es una especie de maldición bíblica, también asisto últimamente a la aseveración contundente de que jamás hubo emigración ilegal a Europa. Nosotros -aseguran los convencidos de la verdad universal a través de su experiencia personal- siempre fuimos con contrato en regla, asistidos por las autoridades españolas, controlados en frontera y destino.
No vale que incluso el propio Instituto Español de Emigración (entonces encargado de la “emigración asistida”, legalizada) reconozca que entre 1961 y 1975 (los años en que hubo convenios bilaterales generalizados de prestación laboral) más del 35% de nuestra emigración fue irregular, contrastando las fuentes de padrones municipales de los lugares de recepción. No sirve que se explique que era práctica generalizada en esos años de “desarrollismo” acelerado, con premura continua por mano de obra en la industria y los servicios, que acudía desde Turquía (fundamentalmente a Alemania), España (Alemania, Francia, Suiza), Marruecos, Argelia y Portugal (estos tres esencialmente a Francia).
Precisamente el caso portugués podría servirles de reflexión: un millón y medio de emigrantes en esos quince años para una población de menos de nueve millones de habitantes, que entre 1961 y 1975 precisamente se vio envuelta en guerras coloniales con Angola (desde 1961), Guinea (desde 1963) y Mozambique (desde 1964), con masivo reclutamiento militar de población civil, dificultando extraordinariamente la salida al extranjero de los comprendidos entre 16 y 35 años de edad (los más demandados en Europa). ¿Cómo fueron casi el 40% de ellos? Pues cruzando ilegalmente las fronteras de España y Francia, en un periplo digno de novelas de aventuras en muchos de los casos.
¿Por qué hay quien se niega a aceptar que la movilidad interregional es movilidad migratoria? ¿Por qué califican de mentira las expulsiones que están acreditadas con disposiciones y decretos oficiales, aparte de testimonios personales? ¿Y por qué cerrarse en banda ante la aceptación de que nosotros también nos vimos envueltos en emigración exterior irregular (no olvidemos que la oferta laboral exterior establecía cupos inferiores a la demanda), cuando a los testimonios de los protagonistas se suman los razonamientos históricos, cual es el caso portugués y los padrones municipales de los lugares de recepción?

domingo, 19 de agosto de 2018


DEPORTACIONES DE INMIGRANTES EN LA ESPAÑA DE LOS AÑOS CINCUENTA
Palacio de las Misiones. Exposición Internacional de Barcelona, 1929.
Lugar de concentración para la deportación inmediata.
Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia
Tras la Guerra Civil española se detuvo el flujo migratorio,  sangría de la España contemporánea -dirigido principalmente a Ultramar-, que ante la saturación del mercado americano se intensificó en el interior del país. La periferia minera e industrial (principalmente la cornisa cantábrica y Cataluña) fue recibiendo trabajadores provenientes del sector agrario, en especial andaluces, castellanos y extremeños. Y aunque los años cuarenta serían de “paralización migratoria”, la situación en los campos del sur era desesperada para los jornaleros, que en los años cincuenta comenzarían a salir de sus lugares de origen para buscar acomodo en esas zonas de “prosperidad” que eran Asturias, País Vasco y Cataluña.
Las avalanchas de inmigrantes “a la aventura” serían considerables, hasta el punto de que enseguida se rebasaba la oferta, originándose otros problemas anexos, fundamentalmente el de la vivienda, que los nuevos obreros resolvían de manera primaria, construyendo ilegalmente barracones, chabolas, todo tipo de infraviviendas, dando lugar a barrios sin infraestructuras de ninguna clase.
La Comisión Católica Española de Migración divulgaba en 1956 una circular, haciéndose eco de una carta del Capellán de los Obreros de Llanes-Avilés, donde se daba cuenta “de encontrarse en esta localidad de Avilés muchos obreros de esa y otras regiones de España sin trabajo y sin recursos”, ante lo cual el Capellán ruega que “los Curas de Parroquias avisen públicamente a sus feligreses sobre este estado de cosas, con objeto de que no sigan viniendo y agravando el problema”, pues gran parte “están a merced de la caridad, debido a que dichos obreros vienen por su cuenta y riesgo, en contra de los avisos oficiales cursados a esas regiones”.
El problema era aún más grave en Barcelona, localidad fundamental de destino en esos años cincuenta, por lo que el Gobernador Provincial, Felipe Acedo Colunga, tomó una tajante decisión. El 4 de octubre de 1952 dictó una Orden, publicada en el Boletín Oficial de la Provincia dos días después, en la que -alegando “la necesidad de hacer frente al complejo problema de la vivienda”- ordenaba a los Ayuntamiento “el cierre o vallado de los predios urbanos que se encontraren enclavados dentro del casco habitable”, así como realización de “estadística completa de las ‘viviendas no autorizadas’, con expresión de sus habitantes y de los cabezas de familia que aparecieren como titulares, con el dato obligado de su profesión y contrato de trabajo”. Ordenaba a Alcaldes, Jefe superior de la Policía de la provincia, Comandantes del Puesto de la Guardia Civil y comisarías locales que impidan “la entrada y subsiguiente permanencia en los respectivos términos municipales, de aquellas personas que por no tener domicilio tuvieren que recurrir a la ‘vivienda no autorizada’, debiéndolos remitir a este Gobierno Civil para su evacuación por el Servicio que se encuentra a este efecto establecido”.
Lo de la “evacuación” es un eufemismo, que debemos sustituir por “expulsión” o, si se quiere, por “deportación”, pues una vez localizados los inmigrantes sin vivienda autorizada (las avalanchas humanas en los cinturones industriales no podían contar más que con infraviviendas ilegales), eran confinados en el antiguo Palacio de las Misiones desde donde se les reenviaba compulsivamente a su lugar de origen.
Este Palacio de las Misiones fue una obra del arquitecto Antoni Darder, para la Exposición Internacional de Barcelona, de 1929-1930. Tenía una superficie de 5000 m2, dedicados a dar a conocer la labor de las instituciones misioneras. Durante la Guerra Civil sirvió como prisión, y posteriormente fue un refugio de indigentes. Ahora iba a desempeñar esa función de reclusión temporal de inmigrantes, en tanto se tramitaba su retorno forzado.
“Ignorantes, inmorales, mendigos, delincuentes, etc., toda una serie de acusaciones se difundieron desde púlpitos y desde tribunas de prensa, sobre los inmigrantes venidos de otras partes de España. Un clima de animadversión social que facilitó la puesta en marcha de (estas) duras medias”, recordaba Manuel Peña Díaz el 11 de marzo pasado, en https://cronicaglobal.elespanol.com/.
Las estaciones de tren y de autobuses de Barcelona y poblaciones cercanas pasaron a estar permanentemente vigiladas por la policía armada, la guardia civil y los agentes del Servicio de Evacuación, que detectaban a potenciales inmigrantes, devolviéndolos a su origen fulminantemente. Esto dio lugar a que los trabajadores se las ingeniaran de mil formas para burlar la vigilancia: bajarse con cierta anterioridad y proseguir el viaje a pie; saltos por ventanillas y entre vagones; camuflarse entre equipajes…
En Madrid, un decreto similar a esta orden (aun que sin “centro de evacuación”) se dictaría desde Presidencia del Gobierno el 23 de agosto de 1957, publicado en el BOE el 21 de septiembre -y en el Boletín Oficial de la Provincia de Madrid tres días después-, en el que se decía que “las Empresas de toda clase se abstendrán de contratar productores que no acrediten su residencia en Madrid”, se procederá “al inmediato derribo de las cuevas, chabolas, barracas y construcciones similares realizadas, sin licencia, en el extrarradio de Madrid” y “llevará aparejada el traslado de los que en ellas habiten a su sitio de origen”.
Esta terrible “aventura” finalizaría cuando -con los Planes de Desarrollo de los años sesenta- se necesitara gran número de trabajadores sin cualificar para el “desarrollismo” subsiguiente a los Planes, de gran “explosión” industrial, servicios y construcción civil, a resultas de la liberalización en la entrada de inversiones y capitales extranjeros, desenvolvimiento turístico proveniente del exterior y apertura a los mercados internacionales. Ahora ya no importaba el problema de la vivienda -excusa del Gobernador de Barcelona y sus “imitadores” por otros lugares del país-, que siguió siendo la gran asignatura pendiente de los movimientos poblacionales interiores de esa década; ni importaba la infraestructura de agua, luz, pavimentaciones, saneamientos, escuelas inexistentes… de esos barrios de aluvión. Ahora todo era “productividad”, desarrollo desigual, consolidación de guetos donde “la ciudad cambia su nombre”, como tituló una de sus memorables novelas Francisco Candel -escrita en 1957-, emigrante también, que vivió en sus carnes el problema.
Bueno será, una vez más, con el problema de la emigración candente para nosotros que volvemos a marchar, y para aquellos que pretende entrar, por las convulsiones de las encadenas crisis que nos envuelven, reflexionar sobre este pasado reciente, por otra parte no suficientemente conocido.