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domingo, 19 de noviembre de 2017

LA ALARMANTE PÉRDIDA POBLACIONAL DE EXTREMADURA
Moisés Cayetano Rosado

En 1960, Extremadura alcanzó el más alto número de habitantes de su historia: 1.406.780 habitantes. Había sido tras un crecimiento sostenido a lo largo de todo el siglo (y los anteriores), con un ritmo incluso ligeramente superior al de España en la progresión. Sin embargo, a partir de esa fecha, todo se quiebra y se inicia un proceso irrefrenable en que Extremadura irá perdiendo población en todo el resto del siglo XX, especialmente en los fatídicos años sesenta y primeros setenta, a causa de una masiva, hemorrágica migración, que se llevó de su suelo al 40% de sus habitantes: los jóvenes en edad de producir y reproducirse, con lo que se envejeció nuestra pirámide de edades, que tradicionalmente había sido más joven que la del resto del Estado.
El que en los primeros años del siglo XXI tuviéramos una subida en el número de residentes (de 1.069.420 en el año 2000 a 1.107.220 en 2010) se deberá a un hecho insólito: la llegada de inmigrantes extranjeros, en número de 50.000 nuevos residentes en esa década (el total de España sube a 5.000.000), algo que con la crisis de 2008 se tuerce de manera radical, perdiendo de 2010 a 2016 quince mil de esos residentes extranjeros (para el total de España subiría a 1.300.000 el saldo de pérdidas).
Con todos estos datos en la mano, vemos que Extremadura tiene en la actualidad una población parecida a la que teníamos en 1920: poco más de un millón de habitantes, pero con una salvedad, ya que mientras en aquellos “felices veinte” teníamos un potente crecimiento vegetativo positivo (20 nuevos habitantes anuales por cada mil), ahora estamos en crecimiento alarmantemente negativo: -2’24 por mil anual. O sea, entonces se iba a una “región de jóvenes” en crecimiento, ahora estamos en una “región de ancianos”, con recesión poblacional.
Cierto que al resto de España no le va muy boyante, pues la contención de los nacimientos y las salidas migratorias afectan a todos de manera tremenda; pero aún el crecimiento vegetativo está casi “en tablas”: 0’005 por mil anual.
El futuro demográfico en general es bastante pesimista, pero por lo que a Extremadura se refiere no puede ser más negativo. Y tengamos en cuenta que nuestra densidad poblacional es de 25’92 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que el global estatal es de 92’15, o sea que tenemos 3’5 veces menos poblado el territorio, rozando en muchas partes el “desierto poblacional”.
 Este es, seguramente, nuestro principal problema. Y debería ser una preocupación primordial para todos, y especialmente para los dirigentes políticos, que deben generar dinámicas de atracción poblacional en un pacto con empresarios y sindicatos; con pequeños y medianos empresarios; con autónomos; con antiguos emigrantes y sus descendientes dispuestos al retorno productivo; con el gobierno central que debe dar cumplimiento a las disposiciones de compensación interterritorial para hacer competentes nuestras infraestructuras de comunicaciones, de polígonos de desarrollo, de potenciación de las áreas rurales, de la producción de calidad de producción autóctona… ¡Mucho por hacer para que este “encefalograma plano” del millón de habitantes que venimos sosteniendo en los últimos cuarenta años reinicie la ascensión que ya tuvimos en los sesenta primeros años del pasado siglo.




viernes, 27 de febrero de 2015

LA SECULAR POBREZA EXTREMEÑO-ALENTEJANA


Moisés Cayetano Rosado

Leemos en la emblemática obra del escritor extremeño Felipe Trigo -publicada por primera vez en 1914- “Jarrapellejos”: se estaba tan mal aquí, “tan rematadamente daos al mesmísimo demóngano que nada se perdiese por cambiá, manque hubiá de sel en el infierno”. Se refería a esta tierra de hambre y miseria que era Extremadura para una mayoría, para el inmenso “ejército” de jornaleros y trabajadores de la tierra, que soñaban con cambiar radicalmente su fortuna marchando a Suramérica.
Aquí y en miles de pueblos, ocurría la habitual y pequeña cosa de que los braceros, como por la langosta en la primavera anterior, como por la excesiva lluvia en el pasado otoño, volvían a pedir limosna. Ahora por la sequía, escribe más adelante, reafirmando que en cualquier circunstancia el destino era el mismo dentro de la región para los desposeídos.
Algo parecido les ocurría a nuestros vecinos alentejanos, afectados por el mismo mal del reparto desigual, magistralmente retratados por el escritor de  Albernoa (Beja), Manuel Ribeiro, en su obra de 1927 “Planície Heróica”. Y nos presenta con firmeza su “otro hambre”: A todos ruía uma ambição: -ter. Ter Terra, uma morada de casas, carro o parelha de bestas. Mas, por desgraça, a terra estava ainda em regime latifundiário. Alguns lordes dominicais, que ninguém conhecia, que nunca ninguém vira, senhoreavam as maiores herdades da redondeza, todas grandes como condados, e estendia o temeor da sua soberania absoluta por tudo quanto a vista abarcava, léguas e léguas quadradas de montado e lavra.
Sí, el “hambre de tierras” de los más, en tanto “los menos”, absentistas, lejanos, detentaban inmensas propiedades mal explotadas o abandonadas, servidas por braceros que trabajaban “de sol a sol” apenas por algo más que la comida.
De ahí que a lo largo del siglo XX las luchas campesinas hayan tenido como objetivo la Reforma Agraria, que fugazmente se realizaría durante la II República y la Guerra Civil españolas, así como en el período de intensificación de la Revolución portuguesa, tras el Golpe dos Capitães, conocido como Revolução dos Cravos. Ambas de escasa duración, aunque por motivos diferentes: traumático el primero y de “reconducción” el segundo.
Al margen de la lucha organizada, los campesinos trataron de buscarse el pan, en sus largos periodos de inactividad laboral por falta de trabajo, con métodos de subsistencia, como la rebusca de aceitunas, uvas, grano de cereales, tras la cosecha de los propietarios, la caza y pesca furtiva, el contrabando en la frontera… Actividades perseguidas, castigadas muchas veces con dureza a un lado y otro, como señala también en otra obra testimonial el escritor José Saramago, en “Levantado do Chão” (1980), localizada en Alentejo y que es una historia novelada de la región especialmente de los setenta y cinco primeros años del siglo veinte:
Até uma criança sabe que a guarda está aquí para guardar o latifúndio, Guardá-lo de quê, se ele não fuge, Dos perigos de roubo, saque e perversidades várias, que esta gente de que venimos falando é de má casta, imagine, uns miseráveis que toda a vida deles e dos pais e dos avós e dos pais dos avós tiveram fome. Sí, la “guarda”: GNR en Portugal y Guardia Civil en España,, cuyo papel de control y represión hasta la Revolução dos Cravos en Portugal y la implantación de la democracia en España fue de gran dureza.
Esta situación denunciada a principios de siglo XX (F. Trigo), tras iniciarse el segundo cuarto del siglo (M. Ribeiro) y en los “años de la esperanza” (J. Saramago), condujo al mayor éxodo que hemos tenido en nuestra historia: emigración hacia las zonas industriales de nuestros respectivos países y a Centroeuropa de casi el 50% de nuestra población entre 1955 y 1975; años de “la gran estampida migratoria”, que nos dejó sin el capital humano de la gente más joven, en edad de producir y reproducirse.

Hoy en día, con una población a duras penas renovada, envejecida, parece que también la historia se repite: nuevo éxodo forzado por falta de perspectivas laborales. Secular pobreza y secular emigración que nos desertifica.