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domingo, 19 de agosto de 2018


DEPORTACIONES DE INMIGRANTES EN LA ESPAÑA DE LOS AÑOS CINCUENTA
Palacio de las Misiones. Exposición Internacional de Barcelona, 1929.
Lugar de concentración para la deportación inmediata.
Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia
Tras la Guerra Civil española se detuvo el flujo migratorio,  sangría de la España contemporánea -dirigido principalmente a Ultramar-, que ante la saturación del mercado americano se intensificó en el interior del país. La periferia minera e industrial (principalmente la cornisa cantábrica y Cataluña) fue recibiendo trabajadores provenientes del sector agrario, en especial andaluces, castellanos y extremeños. Y aunque los años cuarenta serían de “paralización migratoria”, la situación en los campos del sur era desesperada para los jornaleros, que en los años cincuenta comenzarían a salir de sus lugares de origen para buscar acomodo en esas zonas de “prosperidad” que eran Asturias, País Vasco y Cataluña.
Las avalanchas de inmigrantes “a la aventura” serían considerables, hasta el punto de que enseguida se rebasaba la oferta, originándose otros problemas anexos, fundamentalmente el de la vivienda, que los nuevos obreros resolvían de manera primaria, construyendo ilegalmente barracones, chabolas, todo tipo de infraviviendas, dando lugar a barrios sin infraestructuras de ninguna clase.
La Comisión Católica Española de Migración divulgaba en 1956 una circular, haciéndose eco de una carta del Capellán de los Obreros de Llanes-Avilés, donde se daba cuenta “de encontrarse en esta localidad de Avilés muchos obreros de esa y otras regiones de España sin trabajo y sin recursos”, ante lo cual el Capellán ruega que “los Curas de Parroquias avisen públicamente a sus feligreses sobre este estado de cosas, con objeto de que no sigan viniendo y agravando el problema”, pues gran parte “están a merced de la caridad, debido a que dichos obreros vienen por su cuenta y riesgo, en contra de los avisos oficiales cursados a esas regiones”.
El problema era aún más grave en Barcelona, localidad fundamental de destino en esos años cincuenta, por lo que el Gobernador Provincial, Felipe Acedo Colunga, tomó una tajante decisión. El 4 de octubre de 1952 dictó una Orden, publicada en el Boletín Oficial de la Provincia dos días después, en la que -alegando “la necesidad de hacer frente al complejo problema de la vivienda”- ordenaba a los Ayuntamiento “el cierre o vallado de los predios urbanos que se encontraren enclavados dentro del casco habitable”, así como realización de “estadística completa de las ‘viviendas no autorizadas’, con expresión de sus habitantes y de los cabezas de familia que aparecieren como titulares, con el dato obligado de su profesión y contrato de trabajo”. Ordenaba a Alcaldes, Jefe superior de la Policía de la provincia, Comandantes del Puesto de la Guardia Civil y comisarías locales que impidan “la entrada y subsiguiente permanencia en los respectivos términos municipales, de aquellas personas que por no tener domicilio tuvieren que recurrir a la ‘vivienda no autorizada’, debiéndolos remitir a este Gobierno Civil para su evacuación por el Servicio que se encuentra a este efecto establecido”.
Lo de la “evacuación” es un eufemismo, que debemos sustituir por “expulsión” o, si se quiere, por “deportación”, pues una vez localizados los inmigrantes sin vivienda autorizada (las avalanchas humanas en los cinturones industriales no podían contar más que con infraviviendas ilegales), eran confinados en el antiguo Palacio de las Misiones desde donde se les reenviaba compulsivamente a su lugar de origen.
Este Palacio de las Misiones fue una obra del arquitecto Antoni Darder, para la Exposición Internacional de Barcelona, de 1929-1930. Tenía una superficie de 5000 m2, dedicados a dar a conocer la labor de las instituciones misioneras. Durante la Guerra Civil sirvió como prisión, y posteriormente fue un refugio de indigentes. Ahora iba a desempeñar esa función de reclusión temporal de inmigrantes, en tanto se tramitaba su retorno forzado.
“Ignorantes, inmorales, mendigos, delincuentes, etc., toda una serie de acusaciones se difundieron desde púlpitos y desde tribunas de prensa, sobre los inmigrantes venidos de otras partes de España. Un clima de animadversión social que facilitó la puesta en marcha de (estas) duras medias”, recordaba Manuel Peña Díaz el 11 de marzo pasado, en https://cronicaglobal.elespanol.com/.
Las estaciones de tren y de autobuses de Barcelona y poblaciones cercanas pasaron a estar permanentemente vigiladas por la policía armada, la guardia civil y los agentes del Servicio de Evacuación, que detectaban a potenciales inmigrantes, devolviéndolos a su origen fulminantemente. Esto dio lugar a que los trabajadores se las ingeniaran de mil formas para burlar la vigilancia: bajarse con cierta anterioridad y proseguir el viaje a pie; saltos por ventanillas y entre vagones; camuflarse entre equipajes…
En Madrid, un decreto similar a esta orden (aun que sin “centro de evacuación”) se dictaría desde Presidencia del Gobierno el 23 de agosto de 1957, publicado en el BOE el 21 de septiembre -y en el Boletín Oficial de la Provincia de Madrid tres días después-, en el que se decía que “las Empresas de toda clase se abstendrán de contratar productores que no acrediten su residencia en Madrid”, se procederá “al inmediato derribo de las cuevas, chabolas, barracas y construcciones similares realizadas, sin licencia, en el extrarradio de Madrid” y “llevará aparejada el traslado de los que en ellas habiten a su sitio de origen”.
Esta terrible “aventura” finalizaría cuando -con los Planes de Desarrollo de los años sesenta- se necesitara gran número de trabajadores sin cualificar para el “desarrollismo” subsiguiente a los Planes, de gran “explosión” industrial, servicios y construcción civil, a resultas de la liberalización en la entrada de inversiones y capitales extranjeros, desenvolvimiento turístico proveniente del exterior y apertura a los mercados internacionales. Ahora ya no importaba el problema de la vivienda -excusa del Gobernador de Barcelona y sus “imitadores” por otros lugares del país-, que siguió siendo la gran asignatura pendiente de los movimientos poblacionales interiores de esa década; ni importaba la infraestructura de agua, luz, pavimentaciones, saneamientos, escuelas inexistentes… de esos barrios de aluvión. Ahora todo era “productividad”, desarrollo desigual, consolidación de guetos donde “la ciudad cambia su nombre”, como tituló una de sus memorables novelas Francisco Candel -escrita en 1957-, emigrante también, que vivió en sus carnes el problema.
Bueno será, una vez más, con el problema de la emigración candente para nosotros que volvemos a marchar, y para aquellos que pretende entrar, por las convulsiones de las encadenas crisis que nos envuelven, reflexionar sobre este pasado reciente, por otra parte no suficientemente conocido.

sábado, 30 de septiembre de 2017

LA RAYA IBÉRICA. DEL CAMPO DE BATALLA AL DE LA EMIGRACIÓN. 

Moisés Cayetano Rosado
Me quedan solo los últimos retoques para acabar “La Raya ibérica. Del campo de batalla al de la emigración”. Es un conjunto de trabajos independientes e interdependientes que recogen una muestra de lo que ha sido mi dedicación laboral y vocacional de muchos años. De más de cuarenta años como profesional de la educación (lo que inicié en 1971… y aún colea), otros tantos de estudioso de la emigración (desde 1972, viviendo en Barcelona, pasando luego por la organización de congresos de emigrantes, tesina, tesis doctoral, novela, poemas, artículos, ensayos…), más de veinticinco de actuación y estudio de la Raia/Raya luso-española (desde 1990: concejal de relaciones transfronterizas en Badajoz, director de publicaciones, estudios, ensayos, publicaciones, organización de jornadas rayanas…), y otras inquietudes, entre las que destacaría las literarias: poesía, narrativa, estudios literarios, así como la historia político-social comparada.
Y es que la Raya Ibérica, desde el inicio de su conformación a mediados del siglo XII, hasta ya entrado en siglo XIX, ha sido un espacio de enfrentamientos fronterizos, de lo que es testimonio presente un patrimonio fortificado de extraordinario valor, construido con el sudor, el esfuerzo, el sacrificio, de los habitantes de un lado y otro de la frontera. Una frontera que sufrió la sangría de los enfrentamientos y que, una vez pacificada, verá esa otra sangría que fue la de la emigración, tan espectacular en el siglo XX y curiosamente de recepción de extranjeros en el despertar del siglo XXI, que se irá adormeciendo con la crisis iniciada en 2008 y mantenida largamente, como lo fue la de 1929 y 1973, impidiendo entonces la prosecución de nuestra hemorragia migratoria de aquellos años.
La muestra podría ser mayor; menor no creo, porque las poco más de trescientas páginas que he seleccionado pienso que no pueden ser reducidas, si quiero mostrar una suficiente selección que impulse las inquietudes que pretendo transmitir sobre estudio, patrimonio, sociedad, demografía, historia de la Raia/Raya y connotaciones político-religiosa de nuestro territorio peninsular. Aún así, es solo una “pequeña” invitación a la ampliación propia de conocimientos, reflexiones ya actuaciones.
Presentados buena parte en diversas “Jornadas de Valorización de las Fortificaciones de la Raia/Raya” (Badajoz, Castelo de Vide, Castro Marim, Chaves, Vila Viçosa, Almeida), en “Seminários Internacionais del Centro de Arquitectura Militar de Almeida”, “Congreso Internacional de Historia y Cultura en la Frontera” (Cáceres), en el IX Congreso de Escritores Extremeños (Alburquerque), en el “Congreso Internacional sobre Humberto Delgado” (Badajoz) o en el “VIII Congreso de Estudios Extremeños” (Badajoz), y muchos de ellos publicados en “Revista de Estudios Extremeños”, “Revista Transfronteriza O Pelourinho”, “Centro de Arquitectura Militar de Almeida”, “Callipole de Vila Viçosa”, “Elvas/Caia”, “Memória Alentejana”, “Revista Alentejo”, “Revista Española de Museología”, Colección de Estudios Portugueses de la Junta de Extremadura… estos capítulos han sido actualizados y remodelados para esta entrega sobre La Raya Ibérica.

Espero que este otoño que iniciamos sirva para culminar los trabajos preparatorios, como una siembra esperanzada, y que el invierno la cuide en su elaboración material, para que sea fruto de primavera que pueda servir de algún provecho para todos.

lunes, 17 de julio de 2017

LA IRRECUPERABLE POBLACIÓN DE EXTREMADURA

Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia

Cuando hacía mis investigaciones de tesina de licenciatura y tesis doctoral sobre los movimientos migratorios extremeños en el desarrollismo español (1961-1975), analicé la evolución de la población extremeña a lo largo del siglo XX y ya entonces veíamos claro que el declive demográfico extremeño iba para largo.
Desde 1900 hasta 1960, el crecimiento poblacional había sido siempre ascendente: comenzamos el siglo con 882.410 habitantes y llegamos a ese “arranque” del proceso migratorio masivo con 1.406.329 residentes en la región. Pero a partir de ahí comenzó el declive. En los quince años de la “riada migratoria” perdimos casi la mitad de nuestra población, con lo que a pesar del crecimiento vegetativo de esos años del “boom de nacimientos” y moderadas bajas por defunción, en 1975 no subíamos de 1.100.000 censados en Extremadura.
Iniciamos la década de los años sesenta con un crecimiento vegetativo superior a la media nacional: 13’36 por mil, frente al 12’7 estatal, pues éramos aún la población con más índice de juventud de España. Sin embargo, al cesar la sangría migratoria por la crisis mundial de 1973, ya se había invertido la tendencia: España mostraba un crecimiento vegetativo de 10’4 por mil y Extremadura de 5’35. Se nos habían marchado los más jóvenes, en edad de generar reemplazo poblacional, quedando en nuestro suelo la población más envejecida del país.
La esperanza estaba en el retorno. Un utópico retorno de emigrantes y sus hijos a una tierra que, aunque tímidamente, legisló algunas disposiciones para facilitarlo (incentivos de auto-creación de empleo, acceso a reserva de viviendas protegidas…). Pero era claramente insuficiente, pues faltaba lo esencial: puestos de trabajo, oportunidades reales de desenvolvimiento.
Ni siquiera el hecho de la jubilación de aquellos emigrantes ha supuesto con los años un retorno masivo a los lugares de origen, a no ser por temporadas, con regreso a los lugares de adopción: allá quedaron “anclados” sus hijos y demás descendientes, que es donde han desarrollado su vida laboral y familiar, y donde las siguientes generaciones se sienten identificadas, viendo a esta primitiva tierra de sus ancestros como un lugar a lo más vacacional, cada vez más distanciado.
De esta forma, al finalizar 2016, la población extremeña no es más que de 1.077.715 habitantes, muy parecida a la que teníamos en 1920, a pesar de que España pasó en esos años de 21.388.551 a 46.468.102 habitantes, o sea más que a duplicarse. Con el agravante de que nuestro crecimiento vegetativo en 2016 es ya alarmantemente negativo: -2’24 por mil (el de España casi permanece plano: -0’005).
Aún así, hay otro elemento que obra en contra de la estabilidad poblacional: antes de la crisis de 2008 teníamos en nuestra región más de 50.000 inmigrantes extranjeros, que ahora, a finales de 2016, han descendido a 34.000, siguiendo la misma dinámica que el resto del país, donde llegó a haber 5.747.734 residentes en 2010, siendo en la actualidad 4.418.898.
Con todo, España tiene una densidad poblacional de 92’14 habitantes por kilómetros cuadrado, en tanto Extremadura solo alcanza 25’92, poco más de una cuarta parte porcentual, cuando antes de aquella sangría de los años sesenta -donde está el origen de nuestro “viaje sin retorno a la desertificación poblacional”- España apenas subía de los 60 habitantes por kilómetro cuadrado y Extremadura tenía 33’15: más de la mitad porcentual. ¡Siempre hemos un territorio significativamente despoblado, pero no en estas proporciones!
¿Y cuáles son las perspectivas para los próximos años? La población depende esencialmente (salvo catástrofes y guerras) de los siguientes factores: índice de natalidad, índice de mortalidad (que dan entre ambos el crecimiento vegetativo); emigración hacia el exterior e inmigración desde fuera (cuya diferencia es el saldo migratorio). Los primeros, factores naturales, y los segundos esencialmente laborales.
La natalidad en Extremadura apenas supera los 8’1 nacidos por mil habitantes; la mortalidad sube del 10’5 fallecidos por mil. O sea, un crecimiento vegetativo negativo de 2’4.
La emigración de nuestros jóvenes en busca de un trabajo fuera de nuestras fronteras también está creciendo, así como el retorno de inmigrantes, siendo entre ambos la cifra mayor que la de inmigrantes: el saldo migratorio negativo de los últimos años viene siendo entre 2.000 y 3.000 personas anuales.
Ante ello, las perspectivas en los próximos 10-15 años serán de una pérdida de entre 30.000 y 50.000 habitantes, lo que nos llevaría a muy poco más del millón de residentes… y aún más envejecidos. Destino que compartimos con las regiones menos desarrolladas de Europa, de esta Europa mediterránea que perdió su “capital humano” en la aventura migratoria, pero que no supo, no pudo o no le dejaron compensar este revés poblacional, que enriqueció con “savia nueva” a otras regiones y a la Europa Occidental.

 La recuperación poblacional, el desarrollo tecnológico y productivo, de los transportes y las comunicaciones, son los retos del futuro. Urge una política de reequilibrios regionales y justa compensación a la deuda adquirida con las tierras descapitalizadas en lo material y en lo humano, para dejar de ser proveedores de mano de obra barata y solar de una “tercera edad” cada vez más representada en las estadísticas.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

INMIGRACIÓN EN ESPAÑA Y PORTUGAL EN EL CAMBIO DE SIGLO (y II).
MASIVO MOVIMIENTO DEMOGRÁFICO.

MOISÉS CAYETANO ROSADO
Doctor en Geografía e Historia

LA INMIGRACIÓN EN PORTUGAL.
La llegada de inmigrantes extranjeros a Portugal se inicia imperceptiblemente en 1981, en que la población foránea es de alrededor de 50.000 personas, duplicándose en 1989. No dejará de subir en la siguiente década, llegando a 200.000 diez años después, e inaugurando el nuevo siglo con aportes poblacionales continuados, que se aceleran a partir de 2005 en que se alcanzan más de 250.000 extranjeros. La subida en los siguientes cuatro años va a ser significativa: 450.000 residentes venidos de fuera en 2009, el 4’3% del total poblacional.
Pero a partir de ese año se inicia el declive, pues ya los efectos de la crisis de la “burbuja inmobiliaria y bancaria” comienzo a causar sus efectos: se produce un parón en las entradas y cierto flujo de retorno por parte de los inmigrantes afectados por la falta de trabajo, si bien los movimientos de salida no serán muy significativos, pues tampoco la situación de sus países de origen dan para un retorno esperanzador.
En cualquier caso, este nuevo ciclo migratorio (inédito por pasar a ser Portugal zona de recepción, cuando tradicionalmente lo fue siempre de emigración) se cierra, como se cerró el de salidas en los años del desarrollismo europeo. Éste supuso quince años de sangría para Portugal, y el reciente casi otros quince de recepción de “savia nueva” para su envejecida pirámide poblacional, ya que los emigrantes siempre son abrumadoramente personas en edad útil laboral.
La procedencia de los inmigrantes en Portugal, antes de iniciarse el “grueso” del proceso, había sido la tradicional: sus antiguas colonias africanas (Cabo Verde, Angola y Guinea) y Brasil, que entre las cuatro suponían el 60% del total. Al final del mismo, se mantiene su importancia, aunque desciende al 40%, irrumpiendo con fuerza la presencia de ucranianos (11% del total) y rumanos (9%), que se sitúan en importancia numérica tras los brasileños (si bien éstos suponen casi el 30% de todos los inmigrantes, cuando diez años antes no llegaban al 10%).


LA INMIGRACIÓN EN ESPAÑA.
También al comienzo de la década de los años ochenta se inicia lentamente la afluencia de emigrantes extranjeros a España, que en 1991 alcanza la cifra de 360.000. Pero será a partir del inicio del siglo XXI cuando se masifiquen las llegadas, que en el año 2001 ya suponen 1.370.000 residentes extranjeros.
Ningún país europeo alcanzará la masificación migratoria que experimenta España en los diez primeros años del siglo XX, alcanzándose casi los seis millones de residentes extranjeros, para una población de cuarenta y seis millones de habitantes. Esto supone un 13% del total poblacional, tres veces más porcentualmente que los recibidos por Portugal y casi el triple de los emigrantes españoles de la etapa del desarrollismo (1961-1975). Algo inédito para España en toda su historia, y que supera la emigración recibida por el resto de los países europeos.
A partir de 2010 la emigración se ralentiza, a causa de la citada crisis de 2008, y ya no volverá a remontar. Al contrario, en los cinco años siguientes se perderán un millón de extranjeros, la mayoría por retorno a sus países de origen, si bien no hay que descartar los que se nacionalizan como ciudadanos españoles, al cumplir los requisitos legales. En cualquier caso, la etapa inmigratoria se cerró, como en el caso general de nuestros vecinos, y en particular de Portugal.
La procedencia de los inmigrantes en España es esencialmente de cuatro países, que en el momento álgido de su presencia (2011), cuando se alcanza los 5.730.667 extranjeros, es: rumanos, 15’6%; marroquíes, 13’7%; de Reino Unido, 6’95%, y de Ecuador, 5’4%. Todos ellos emigración esencialmente laboral, menos en el caso de Reino Unido, que se trata mayoritariamente de residentes de tercera edad.
Es de destacar que tanto en el caso español como en el portugués todas las nacionalidades presentes en su territorio bajan su presencia entre los años de afluencia masiva (2000-20010) y la actualidad… menos la comunidad china, que aumenta espectacularmente en estos cinco últimos años, triplicándose en el caso portugués y duplicándose en el español. Y a diferencia del resto de los emigrantes que se emplean mayoritariamente en el peonaje agrícola, de servicios y construcción civil, los chinos lo harán como autónomos en la restauración y el comercio.


¿Y EL FUTURO?
En los momentos actuales, cuando aún estamos inmersos en la terrible crisis económica desatada alrededor de 2008, es impredecible el futuro. Por lo pronto, el retorno de los que eligieron nuestros dos países en los años de bonanza, no es fácil, dado que la situación en sus lugares de procedencia sigue siendo pésima; en cuanto a la población de origen español y portugués, especialmente la juventud, vuelve a cifrar sus esperanzas en la Europa Central y Norteamérica: no se trata ahora de peonaje sin cualificar, como en los años sesenta del siglo pasado, sino de jóvenes preparados, bien formados en gran parte de los casos, con dominio de idiomas, que en la Península ibérica no encuentran salida laboral y prueban suerte, como generaciones anteriores, en la Europa más de desarrollada, en Canadá y EE.UU.

Los movimientos migratorios actuales están ralentizados, pero no cesan, asistiéndose de nuevo a una pérdida de capital humano como era tradicional, exceptuado ese paréntesis de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, donde por una vez en la historia contemporánea nos convertimos en la “tierra prometida”.

martes, 1 de noviembre de 2016

INMIGRACIÓN EN ESPAÑA Y PORTUGAL EN EL CAMBIO DE SIGLO (I).
PRECEDENTES Y “ARRANQUE”.

MOISÉS CAYETANO ROSADO
Doctor en Geografía e Historia

NUESTRO PRECEDENTE MIGRATORIO.
España y Portugal han sido tradicionalmente países de emigración, de trabajadores que buscaron fuera de sus fronteras una oportunidad laboral como salida a una situación de dificultades e incluso miseria en sus lugares de origen.
Los flujos de salida en los años del “desarrollismo europeo”, entre 1960 y 1975, serían realmente extraordinarios, fundamentalmente dirigidos hacia Europa, especialmente con destino a Francia, Alemania y Suiza, a puestos de peonaje y mano de obra en general sin cualificación.
Si los datos registrados por nuestros dos países ya son en sí importantes, las estadísticas de los lugares de recepción son aún más extraordinarios, pues a los que aquí podemos cuantificar como “salidas asistidas”, legalizadas, en destino se añaden los que acceden sin cobertura de los Institutos de Emigración. De esta forma, entre 1961 y 1975 serían más de dos millones los españoles (un millón trescientos mil asistidos y más de setecientos mil que marcharon “a la aventura”) y casi un millón y medio los portugueses (subiendo de medio millón los ilegales).
Altas cifras en ambos casos, pero porcentualmente más abrumadoras en el caso portugués, que representan el 17% de su población de 1960, siendo en el caso español el 6’6%.
En cuanto a los lugares de destino, es más concentrada la emigración portuguesa, dirigida fundamentalmente a Francia (casi el 44%), con mucha diversidad de otros destinos, entre los que sobresalen los de Alemania, Estados Unidos, Canadá y Brasil. En el  caso español, se reparte fundamentalmente entre Alemania (30%), Suiza (30%) y Francia (20%).
Esta corriente migratoria sufriría un parón prácticamente total a consecuencia de la crisis económica mundial de 1973, cortándose dicha sangría migratoria de manera significativa, y no volviendo a retomarse hasta que la nueva, gravísima y continuada crisis iniciada alrededor de 2008 “empuja” especialmente a los jóvenes de entre veinte y treinta años a buscarse un porvenir fundamentalmente dentro de la Europa Comunitaria a que pertenecemos y Norteamérica.

LA LLEGADA DE INMIGRANTES A NUESTRA PENÍNSULA IBÉRICA.
La crisis económica mundial de 1973, agravada aún más en 1979, con los conflictos en Oriente Medio y la subida de los precios del petróleo, retuvo los flujos migratorios en esos años y la década posterior, ya que las fronteras de la Europa del desarrollismo se cerraron de manera contundente para la mano de obra extranjera de cualquier tipo. Más bien se produjo un retorno de los muchos trabajadores que quedaban sin trabajo.
Por lo que respecta a España y Portugal, la contención en movimientos de salida se aparejó con tímidos retornos, pues nuestra situación no daba para una acogida laboral ni de compatriotas ni de extranjeros, por supuesto.

Sin embargo, en los años noventa se comienza a ver una tímida recuperación económica generalizada, que en España y Portugal tiene síntomas esperanzadores, por el impulso de la industria turística y el desenvolvimiento inmobiliario (urbanizaciones, hoteles, complejos de ocio…) que llevó aparejado. En el caso español fue una “fiebre constructiva” sin precedentes ni parangón en toda Europa, que demandó grandes cantidades de mano de obra. Estábamos a las puertas de un fenómeno nuevo: la recepción de emigrantes extranjeros en la Península ibérica.

jueves, 22 de enero de 2015

LA SANGRÍA POBLACIONAL EXTREMEÑA
Moisés Cayetano Rosado
En los años del “optimismo”, o sea, cuando comenzaba el siglo actual y la emigración desde Europa del Este, Latinoamérica y el Magreb cambiaba el signo siempre negativo de las migraciones españolas, parecía que entrábamos en un crecimiento poblacional rejuvenecedor sin vuelta atrás.
España recibió más de cinco millones de extranjeros que se asentaron en el país antes del golpe de la crisis de 2008, y Extremadura participó en la “novedad”, contabilizando a más de 50.000. No gran cosa, pero vistos nuestros precedentes de continua sangría desde mediados del siglo XIX hasta finales del XX, no estaba mal.
Sin embargo, aquello era una ilusión basada en la “cultura del ladrillo”, el espejismo inmobiliario, junto a la especulación del capital financiero, que nos iba a costar caro a todos los países y zonas del “arco occidental”, en cuanto se desinfló la burbuja.
Ahora, de nuevo volvemos a la sangría de la emigración, que solamente se contiene porque tampoco la oferta exterior está como para salir corriendo detrás de ella.
Extremadura inauguró el siglo con menos habitantes (1.058.000) que los que tenía en 1920 (1.064.000), en tanto España los duplicaba: pasó de 21.389.000 a 40.500.000. No habían servido las tímidas políticas regionales de favorecimiento del retorno, pues en esos años de autocomplacencia en que “¡por fin se está retornando!”, pasamos de 1.065.000 habitantes de 1981 a 7.000 menos en el cambio de siglo; España, en cambio, sí ganó tres millones de habitantes en esos años: su población estaba menos envejecida y por ello hubo más recambio y aumento generacional, aparte de que iban llegando los primeros inmigrantes.
¿Qué podemos esperar para el futuro, con una de las densidades poblacionales menores de Occidente y uno de los mayores índices de envejecimiento? La sangría poblacional extremeña del siglo XX, y especialmente de los años cincuenta y sesenta hipotecó a largo plazo nuestro futuro. Nos colocó a la cola del progreso que siempre es impulsado por el “capital humano” y en el olvido político, que ha ido dejándonos a la cola de las infraestructuras y los proyectos de modernización en todos los sectores, especialmente el industrial, las comunicaciones y los transportes.
Aquel pequeño respiro de la “burbuja de los sueños, los ladrillos y cantos de sirena de las inmobiliarias” se ha desvanecido y ya no habrá retorno. Hicimos unos planes urbanísticos que a veces llegaban a lo disparatado, recalificando suelo y programando barrios fantasmales, de los que Badajoz es un ejemplo para estudiar en las escuelas de geografía humana y de arquitectura. Y ahora los jóvenes vuelven “a la maleta”.

En tanto, los políticos asentados en el poder se vanaglorian de sus consecuciones. “Gobernar es poblar”, dijo Juan Bautista Alberdi refiriéndose a Argentina a mediados del siglo XIX. “Gobernar es poblar” ha de ser el empeño en Extremadura, que en los últimos 150 años (los que hace, más o menos del lema) ha ido siempre haciendo precisamente lo contrario: no llega ahora, a comienzos de 2015, a los 1.100.000 habitantes -55.000 menos que en 1930-, en tanto España en su conjunto pasó en ese período al doble de habitantes.