martes, 2 de enero de 2018

Un siglo de la historia de la Guardia Civil en Extremadura. Desde su fundación a la lucha contra el Maquis (1844-1944)

Autor: Francisco Javier García Carrero.
Edita: Diputación de Badajoz, 2017. 518 páginas.

Cuando conocí en Barcelona, en 1972, al novelista Tomás Salvador, me recomendó su novela “Cuerda de presos”, a la que tenía especial cariño. La acción discurre a finales del siglo XIX y relata la conducción por dos guardias civiles de un asesino en serie y violador desde León a Vitoria durante once días, primero a pie y luego en tren, mostrándonos las penalidades cotidianas del servicio de estos agentes del orden en la España decimonónica.
La novela había sido escrita en 1953, el mismo año en que  el también novelista Ignacio Aldecoa terminó su obra “El fulgor y la sangre”, ambientada en las duras tierras de Castilla, con el asesinato de un cabo de la Guardia Civil, en una feria de pueblo, en tanto los familiares de los guardias envueltos en el servicio aguardan la llegada sin saber cuál es el desafortunado. El autor se vale del recuerdo de las mujeres de los guardias para mostrar la dureza de sus vidas cuartelarías y del discurrir de todos ellos desde los años difíciles, trágicos de la II República y la Guerra Civil.
Y como siempre he ido alternando la literatura que recrea la historia con el estudio documentado de la misma, me han servido estos dos amplios relatos para ponerle “acción” a la investigación profunda que el profesor, doctor en Historia, Francisco Javier García Carrero ha publicado bajo el título de Un siglo de la historia de la Guardia Civil en Extremadura. Desde su fundación a la lucha contra el Maquis (1844-1944), ganadora del Premio Arturo Barea-2016, de la Diputación de Badajoz.
Esa función de persecución y conducción de transgresores de la ley está muy presente en la obra del investigador, que nos ofrece detalladas estadísticas de los servicios efectuados, por períodos y modalidades: con delincuentes, ladrones, reos-prófugos, desertores, de faltas leves y contrabando. Y es que, como dice García Carrero en la “Justificación” inicial: “la Guardia Civil es uno de los pilares fundamentales de la seguridad española desde hace más de ciento cincuenta años” (pág. 21).
Y la vida sacrificada -acuartelados, aislados diríamos que “disciplinariamente” del entorno en que actúan, sometidos ellos y sus familiares a la tensión de un trabajo muchas veces arriesgado y malamente aceptado por las clases populares, en el período analizado en esta investigación e incluso durante la mayor parte de la etapa franquista- queda de manifiesto en esta obra. Dice en la Introducción (“Cien años en la historia del mundo rural extremeño”) el profesor Fernando Sánchez Marroyo: “Agrupados en la Casa Cuartel, los miembros de la Guardia Civil mantenían una prudente distancia con respecto a sus convecinos” (pág. 13), siendo “percibida por algunos como instrumento protector de los terratenientes y patronos y, por el contrario, perseguidor de los campesinos pobres y jornaleros” (pág. 14).
García Carrero divide su trabajo en 11 capítulos, más una breve Conclusión de seis páginas, que resume todo el abultado estudio; Anexo de los Jefes del Tercio en Extremadura durante los cien años estudiados, biografías de los principales oficiales y mandos que aparecen en la obra; ilustraciones fotográficas; fuentes y una amplísima bibliografía.
El primer capítulo lo dedica a “La seguridad interior antes de la fundación de la Guardia Civil”, detallando la historia de Hermandades, Apellido, Somatén, Guardas del General, Ballesteros del Centenar, Guardas de la Costa del Reino de Granada, Migueletes, Mozos de Escuadra y otros cuerpos regionales, señalados como remotos precedentes.
Un segundo capítulo, “Entre el absolutismo y el liberalismo: influencia francesa”, sigue repasando la evolución histórica de los cuerpos de seguridad, incardinados en la propia evolución de la historia nacional, impregnada en todo el siglo XIX por el condicionamiento de absolutistas y liberales. El tercero nos narra los “Últimos ensayos policiales previos a la creación de la Guardia Civil”, con diversos y “nuevos intentos por establecer ese cuerpo armado permanente” (pág. 69).
Ya el cuarto se entra en la “Creación de la Guardia Civil (1844)”, clarificando su misión principal de seguridad pública: “Cuerpo policial que tendría que especializarse en combatir la criminalidad, el bandidaje y los conflictos de orden público de media intensidad” (pág. 85), bajo un estricto código de honor, servicio y entrega a la sociedad.
En el siguiente capítulo, el quinto: “Estructura inicial de la Guardia Civil en Extremadura”, estudia la conformación del Cuerpo desde 1844 a 1861, detallando por bienios o trienios los servicios efectuados, y dando cuenta de la situación y evolución de las Fuerzas del Tercio a que se adscribe Extremadura.
Esta metodología estará presente en los siguientes capítulos, en los que la situación y evolución de las fuerzas gobernantes del país irán condicionando la actuación del Cuerpo. De esta forma, en el capítulo 6: “El Tercio IX y su ampliación: la Comandancia onubense”, nos indica que “La presencia progresista en el Gobierno, la aprobación de una Constitución democrática y el aumento de las libertades públicas generó en el campo extremeño numerosos conflictos de orden público en el campesinado que comienza a movilizarse. A destacar la invasión de fincas con la finalidad exclusiva en aquellos años de obtener los frutos para poder comer, sin cuestionarse entonces, el concepto de propiedad de la tierra” (pág. 161): algo que volverá a reproducirse, pero con una mayor intensidad y gravedad de enfrentamientos en la II República, como veremos, y además con un cuestionamiento ya manifiesto en cuanto al sistema de propiedad latifundista, enfrentada a la Reforma Agraria.
“La Guardia Civil extremeña en las postrimerías del siglo XIX” es el título del capítulo 7, en que pone de manifiesto “cómo las corporaciones locales, y los caciques de los pueblos, presionaban ante los mandos provinciales del Instituto o en la Dirección General del Cuerpo para que creasen un Puesto en determinada localidad” (pág. 201), como medio de control y represión del campesinado sin tierras por parte de los grandes propietarios. Algo que, dice García Carrero, “no fue del agrado de algunos mandos de la Guardia Civil” (pág. 201), pero que lógicamente han de acatar, por su supeditación reglamentaria al poder civil.
El siglo XX se inicia, y discurrirá en casi su primer tercio, con el reinado de Alfonso XIII. A ello se dedica el capítulo octavo: “La Benemérita en el reinado de Alfonso XIII (1902-1930)”. Época plagada de conflictos por motivos “económicos”, “escasez de trabajo”, “descontentos contra el resultado electoral” tan viciado por el caciquismo, o “anti-militares” (pág. 236). Los enfrentamientos campesinos-Guardia Civil son violentos de palabra y hechos, consiguiéndose el “deterioro definitivo de la imagen del Cuerpo ante las capas populares” (pág. 237). Ante ello, el autor de este trabajo subraya expresamente: “la culpa de esta situación no es tanto del Instituto armado como de la instrumentalización que se hizo del mismo” (pág. 237), en el mismo sentido que ya manifestó para la etapa anterior y, en el fondo, para todo el recorrido histórico de la Institución.
A continuación viene el capítulo más detallado en cuanto a conflictos, por ser el tiempo de mayores enfrentamientos, de un cariz trágico en gran parte de ellos, el noveno: “Guardia Civil y Segunda República (1931-1936)”. Expectación y esperanza; aguardo y frustración: “La llegada de la Segunda República -explica- abrió una etapa de intensa conflictividad social en el mundo rural extremeño como hasta entonces nunca se había conocido” (pág. 312). Y es que “Campesinos y obreros se sintieron engañados por un Gobierno al que acusaban de burgués” (pág. 312). El hambre se agudizaba en el campo extremeño, producto en buena parte de la crisis mundial de 1929 y del boicot a la República por los grandes propietarios absentistas, sin que el Gobierno hiciera las reformas exigidas por el movimiento obrero, los sindicatos y los partidos de izquierda.
Los enfrentamientos en multitud de pueblos son enumerados por Francisco Javier García Carrero con minuciosidad, describiendo la tragedia en algunos de ellos con especial atención, cual son los casos de Castilblanco, de Montemolín, de Santiago del Campo o Almoharín. Por todo ello, “la actuación de la Benemérita es que no sólo causó numerosas víctimas, con ser muy grave este dato, sino que generó un notable resentimiento hacia la Guardia Civil entre los campesinos más modestos que tardó muchos años en superarse” (págs. 337-338).
El penúltimo capítulo, el 10, trata de “Conspiración, Golpe y Guerra Civil: implicación de la Guardia Civil”, de entrega a la causa golpista manifiestamente en Cáceres y de muy escasa repercusión en Badajoz, pormenorizando por comandancias y puestos las actitudes y actuaciones de mandos y números.
Finaliza la obra -capítulo 11- con “Primer franquismo y Guardia Civil en Extremadura (1939-1944), analizando “la Ley de 15 de marzo de 1940 la que configuró la llamada Guardia Civil ‘nueva’” (pág. 417). Una Guardia Civil que “se tuvo que emplear a fondo en la lucha contra los guerrilleros antifranquistas” (pág. 426), lo que constituirá “su principal misión durante esta primera década” (pág. 431).
Así, en el último párrafo -en la Conclusión- de su profundo, detallado, documentado y ágilmente relatado libro, García Carrero afirma: “La Guardia Civil ‘nueva’ /…/ no al servicio del pueblo, sino al servicio del Estado que había ganado la cruenta Guerra Civil. Se convirtieron, por consiguiente, en los ‘guardias para una dictadura’” (pág. 454).
Unos “guardias” que atravesarán por diversas vicisitudes desde ese momento -1944- hasta la actualidad, lo que merecen otro estudio descriptivo, tan minucioso como el que ahora tenemos la oportunidad de leer. La interpretación crítica de vivencias está en la Memoria colectiva aún viva, novelada, cinematografiada, testimoniada, como en buena parte el periodo que en este libro se describe, y que en las dos novelas que al principio indiqué suponen un arranque y un final interpretativo, subjetivo, de amplio valor complementario para tan rico y documentado repaso histórico logrado por Francisco Javier García Carrero.
MOISÉS CAYETANO ROSADO


miércoles, 13 de diciembre de 2017

MEMÓRIAS ESQUECIDAS. A VIDA DO CAPITÃO ANTÓNIO BRAZ.
Moisés Cayetano Rosado

Chiado Editora publicaba en 2014 un extenso volumen (523 páginas), de Isabel Braz, biznieta del militar elvense António Braz, al que he accedido ahora en que preparo unas intervenciones sobre Portugal y la I Guerra Mundial, y que está a la venta pública en el Forte da Graça de Elvas, bajo un módico precio.
Se trata de un auténtico tesoro como documento histórico general de casi todo un siglo (de finales del XIX a mediados del XX). Y en especial desde las intervenciones portuguesas en la ocupación de los territorios mozambicanos y angoleños -dentro de la “carrera” colonial europea-, hasta los momentos finales del salazarismo, pasando por las iniciales guerras coloniales, la Primera Guerra Mundial, la I República y el Estado Novo en Portugal, así como la Guerra Civil española.
Pero también es un importante apunte socio-económico sobre el desenvolvimiento de Portugal, de sus colonias y de los países vecinos en esa conflictiva etapa de luchas internacionales, en la que el pueblo participó como “fuerza de choque”, desde su pobreza, su ignorancia y el escaso provecho que sacaba de unos conflictos que a unos pocos enriquecía y a ellos quedaba en la miseria.
Y, por añadidura, estamos ante una obra magníficamente escrita, ejemplarmente narrada, de un alto valor literario, que engrandece lo documental.
Está dividida en cuatro partes, más una breve necrológica de la muerte de António Braz a los 91 años -publicada por el director del “Jornal de Elvas”, el 11 de abril de 1968-, una útil cronología de su vida, relación de “Premios, condecoraciones y alabanzas” y extensa bibliografía. Esos grandes bloques son los siguientes:
Parte 1 - Forte de Murrupula, en que se relata su primera misión en África -concretamente en Mozambique-, donde iría destinado con diecinueve años de edad, y con el grado de 2º sargento, bajo las órdenes del mítico Mouzinho de Alburquerque. Sorprende el grado de observación respecto a la tropa que llevaban, su bajísima formación y desprotección, porque os jóvens pertencentes às familias aristócratas e burguesas, em troca de pagamento de uma quantia em dinheiro, livravam-se do cumprimento de servir a Pátria -pág. 13- (como ocurría en España); sus recuerdos de niñez, la vida en las poblaciones interiores de Portugal, la dureza de la vida campesina, su discurrir infantil por Elvas; la importancia de las colonias para un país en bancarrota…
Relata las difíciles campañas en Mozambique, sus enemigos variados: indígenas, potencias europeas en competencia, sede e calor (pág. 46). La vida de los primeros colonos portugueses, gente pobre e degradados (pág. 54), en una emigración desorganizada. El avance hacia el interior, construyendo fuertes de ocupación y defensa. La irremediable presencia de la malária, cólera e disentería (pág. 93), que afectaba a nativos y ocupantes, en tanto aquellas tierras iban siendo consideradas plenamente portuguesas, y por ello destino sistematizado de civiles y militares, que se sostendría en el tiempo.
Parte 2 – Forte de Nana-Candundo. Aquí continua su pormenorizada narración de la presencia del ya alférez y luego teniente António Braz por Angola y Mozambique, en este juego literario de recreación de memorias, conversaciones y relatos que tan bien conjuga Isabel Braz, haciéndonos revivir las tremendas dificultades, penalidades, carencias materiales, hambre, sed, peligros naturales y enfrentamientos que jalonan la vida de estos jóvenes militares en medio de la selva. Y así se llega a los momentos iniciales del conflicto mundial, en 1914, con la ameaça das tropas alemãs na África Ocidental e Oriental pues os exércitos coloniais alemães iniciaram avanços tácticos em direcção aos territórios de Angola e Moçambique (pág. 211), que además fomentaban rebeliões indígeneas (pág. 222).
Ahora se extremarán las necesidad, siendo la sed de los militares en campaña tan extrema que chegaram a armazenar a urina nos cantis que já não tinham agua para beber mais tarde (pág. 228). Los enfrentamientos con los indígenas -armados y entrenados por los alemanes- eran continuos, al tiempo que el hambre y la sed se extremaban para nativos, combatientes, animales de carga y pastoreo, que morían en masa, abandonados, regresando del horror el 3 de febrero de 1916, a un país también abatido por la crisis, y a punto de entrar abiertamente en la Guerra.
El teniente António Braz, promovido a capitán durante el conflicto, cambiará su batallar en África por otro nuevo en Francia, que no le va a ser ni mucho menos mejor.
Parte 3 – Fortaleza de Lille. Nos lleva ahora Isabel Braz, en su relato apasionante, detallado, riguroso e impecable, al escenario europeo, en los momentos más duros de la I Guerra Mundial, con Portugal ya como participante directo en el conflicto, y con su bisabuelo envuelto en los combates, dentro del Corpo Expedicionário Portugués, al que en Lisboa traduziram C.E.P. por “Carneiros de Exportação Portuguesa” (pág. 262).
El relato de las nuevas dificultades es pormenorizado. Unas tropas acostumbradas la batalla abierta han de transformarse en un cuerpo de resistencia en trincheras, acosados por una potente artillería enemiga y por gases venenosos que, a pesar de las máscaras antigás, les afectará con más gravedad que la metralla.
Ahora, además, el problema adicional vendrá del frío: O frio era cruel para nós e quando as temperaturas desciam abaixo de zero, o tormento era indescritível (pág. 272), y al tiempo as feridas das granadas formavam crateras nos corpos dos soldados que gritavam de dor. A carne soltava-se do corpo (pág. 273). Mal alimentados, pésimamente asistidos en cuanto a condiciones sanitarias, vivíamos com os ratos e como ratos (pág. 276).
Y el 9 de abril de 1918 se daría la famosa y trágica Batalha de La Lys, una masacre para los portugueses, que Isabel Braz nos relata, acompañando las vivencias de su bisabuelo, de una manera impactante. Así, a terra tremía entre a trovada e as granadas que continuavam no ar. Cai sobre nós um furioso ataque de gás (pág. 290), muriendo de su batallón de 30 oficiales y 780 plazas, 24 de los primeros y 637 de los segundos, pasando los demás a ser apresados en campos de concentración (relacionados en la pág. 292).
En el Campo de Rastatt -indicaría António Braz- comença verdadeiramente o nosso martírio, mil vezes pior do que o bombardeamento das trincheiras (pág. 296). Y a partir de ahí se extiende en el relato escalofriante del cautiverio, los maltratos alemanes, las enfermedades, el hambre terrible, la falta de atención del Gobierno portugués para con sus militares detenidos, algo que contrasta con los acuerdos de los aliados con los alemanes para facilitar un cautiverio humanizado, acorde con los convenios internacionales. Así, denuncia: Ninguém dos aliados entendía este abandono tão portugués, que chegaram a clasificar de absurdo (pág. 338), y se lamenta: : tinhamos mais fé que seriam os Aliados a conseguirem tirar-nos dali, do que as nossas autoridades que nos deixaram sempre ao abandono (pág. 359).
Cuando finalmente llega la liberación, el 28 de diciembre de 1918, Isabel Braz hace balance a través de su abuelo: Portugal movilizou mais de 100.000 homens e deixa nos campos de batalha mais de oito mil mortos. Depois de assinada a paz, foram devolvidos a Portugal pela Alemanha 6.767 prisioneiros. Lamento os 233 homens que não conseguiram aguentar-se e morreram em cativeiro (pág. 385).
Parte 4 – Forte da Graça. Regresado a su tierra natal, el capitão António Braz obtiene como destino la dirección del Forte da Graça en Elvas: Gobernador do Forte da Graça e Comandante do Depósito Disciplinar (pág. 391), donde desempeñará una actuación extraordinaria a la hora de rehabilitar el monumento y dignificar las condiciones de vida de los militares y civiles que redimían penas en el Fuerte.
Es admirable esta mentalidad tan abierta en cuanto a la actitud ante los presos, políticos, militares y comunes, tan comprensiva y humana. Como admirable es su visión de la monumentalidad del Fuerte, la necesidad de su preservación, así como de las murallas de Elvas, en tanto la tendencia generalizada es de derribos indiscriminados; sus propuestas para rehabilitación y uso de la fortaleza de la ciudad, sus dos fuertes y sus fortines son de un rigor irrebatible.
Van alternándose ahora el relato de las tareas oficiales en el trabajo con el discurrir de la vida familiar (que siempre han tenido una atención emotiva en todos los anteriores apartados, como hilo humanizante de la vida, con sus penas y alegrías; esperanzas y abatimientos; compensaciones y tragedias, especialmente por la muerte de una hija y un hijo del capitán).
Aquí se explica la decisión de António Braz de escribir su libro “Como os Prisioneiros Portugueses foram Tratados em Alemanha” (edición del autor, de 1936), para contradecir la versión oficial alemana de su actuación pretendidamente impecable; libro que disgustará a esas autoridades germanas, que hacen todo lo posible para silenciar la publicación, lo que en parte consiguen -con la colaboración del gobierno portugués- al coartar su divulgación mediante reseñas y críticas.
Muy interesante resulta la visión de la Guerra Civil española y la relación con los refugiados republicanos en Portugal, tan horrible también: Os espanhois até a comida dos cães chegavam a roubar… (pág. 458), dado su estado famélico. Y aporta el conocimiento de conductas emotivas: Havia quem chegasse a fazer pão para lhes dar, mas ninguém podia saber por causa da nossa polícia que estava sempre atenta para os denunciar (pág. 458), referenciando para ello Isabel Braz el libro de Rodrígues Ferreria “Guerra Civil de Espanha – Na Memória de Barrancos”, así como apasionantes experiencias familiares del momento.
Retirado de su actividad laboral en 1936, el capitán António Braz mantendrá una interesante actividad como articulista -ya iniciada unos años antes-, fundamentalmente en el Jornal de Elvas, el Correio Elvense y Linhas de Elvas, sobre su vida militar, experiencias en África, Francia y Alemania, así como defendiendo el patrimonio histórico de la ciudad (págs. 506 y 515-517).
Son también de interés, en las últimas páginas del libro, sus reflexiones sobre el salazarismo, lamentándose del Triste País este que se amarrou a um homem que já nada lhe pode oferecer (pág. 482).

Y finaliza con los años de la vejez, que siente como una muerte anunciada, un deseo de descanso, muy emotivo en las palabras finales: Sei que me vou juntar à mina velhinha e descansar finalmente. Descansar sí, de una vida agitada, difícil, sacrificada, pero plena y fructífera, admirable y ejemplar.

martes, 12 de diciembre de 2017

BUSCANDO EL PARAÍSO
Trasera de autobús
Moisés Cayetano Rosado
¿Qué buscan esos niños que corren detrás de los autobuses de turistas en las ciudades fronterizas del Estrecho, agarrándose a sus traseras, laterales, en plena marcha, con gran peligro de sus vidas? ¿Qué hacen colocándose como un reptil, aprovechando algún hueco imposible entre los guardabarros y la plataforma superior, pasando allí la noche, a la espera del viaje que presienten?
¿Por qué están en las calles, en los cruces de carreteras, al lado mismo de los puestos fronterizos, esperando una breve parada para deslizarse debajo del vehículo con una rapidez que apenas si nos permite verlos maniobrar? ¿Cómo soportan allí el humo, los gases, los vaivenes de la marcha, curvas, badenes, levantamientos peligrosos?
¿Cómo se atreven incluso a interceptar la marcha, colocando vallas, que nos hacen parar, lo que aprovechan para deslizarse vertiginosamente entre las ruedas?
Y al llegar a la frontera y ser desalojados, con mejores o peores maneras, tiznados de carbonilla, medio asfixiados y sucios; rotos sus pantalones y el abrigo con capucha, doloridos, renqueantes, ¿cómo se atreven a un nuevo y otro más, y más y más intentos, sonriendo al turista que los mira con incredulidad?
¿El paraíso al otro lado del Estrecho?
¿Qué paraísos buscan en este lado norte del Estrecho, donde alguno puede que llegue y se encuentre con un mundo de prisas, que no ha de detenerse a contemplar su desmoronamiento ante las luces que se apagan en su esperanza desgarrada pero nunca perdida, porque perdido sienten que ya lo tienen todo?
Una vez más los versos de Rosalía de Castro nos vienen al encuentro: ¡Cuánto en ti pueden padecer, oh, patria/ si ya tus hijos sin dolor te dejan. Pero tal vez no la dejen, no dejen a los suyos, su tierra, su familia, sin dolor, sino que ya el dolor es compañero de fatigas irremediablemente inseparable y han de buscan la vida que en su suelo no encuentran, y dirán -como Salvador Távora- que vinimos porque nos faltaba/ la sal pa el gazpacho/ y el aceite verde/ pa echársela al pan.

Veo, vemos, con asombro infinito, a esos muchachos de entre no más de diez años y puede que los mayores con dieciocho, que se empeñan en entrar en nuestro “paraíso” por la puerta bajera que conforma el chasis de nuestros autobuses. Son muchos. No se intimidan en su entrometida e imposible empresa ni ante la concurrencia de las calles de la ciudad, ni ante la peligrosidad de las carreteras, ni ante la amenazante presencia policial de la frontera. ¡No están dispuestos a perderse el paraíso que ven, que casi palpan, en los anuncios y las series brillantes de la televisión occidental! Está, en sus sueños, tan cerca, tan al alcance de la mano, que  no se perdonarán ellos mismos seguir impasibles ante el festín de la abundancia sin medidas.

martes, 5 de diciembre de 2017

FORTIFICACIONES PORTUGUESAS EN MARRUECOS (y II)
Siguiendo hacia el sur de la costa oeste marroquí, tras haber pasado por esos “hitos” de visitantes y turistas que constituyen esencialmente Tánger y Arzila -sin dejar de visitar Ceuta- nos enfrentamos con otro conjunto de fortalezas edificadas o reestructuradas por “manos” portuguesas, y que nuevamente la recurrencia a la sabiduría de Frederico Mendes Paula nos facilita su comprensión. Vamos a ir ahora de abajo hacia arriba, de Essaouira a Mazagão, como antes lo haríamos de arriba hacia abajo, desde Ceuta a Arzila, pasando por Tánger.
En 1506, D. Manuel ordenó a Diogo de Azambuja la construcción de un fuerte de estilo Manuelino llamado Castillo Real de Mogador en el local de la actual ciudad de Essaouira. Esta población -igualmente costera, mucho más al sur, a la altura de Marraquech- es de una especial belleza. Patrimonio de la Humanidad, conserva la traza amurallada portuguesa con bastante integridad y autenticidad, siendo sus vistas hacia el mar inolvidables, y esperándonos en su interior, al borde de las murallas sus magníficos puestos de pescado, y hacia dentro su entrañable medina, apacible, llena de recovecos y agradables sorpresas.
Essauira. De fortaleza portuguesa. Patrimonio de la Humanidad.
En Safim -yendo de Essaouira hacia el norte- el sultán de Fez estableció una factoría, siendo un importante centro comercial en el siglo XV. Pero en 1508 Diogo de Azambuja aprovecha el clima de desunión existente y la transforma en fortaleza, tomando al asalto la ciudad cuando un grupo de habitantes le pide protección. Durante la ocupación portuguesa de Safim, se construye una cintura de tres kilómetros de murallas, proyectada por los hermanos Diogo y Francisco de Arruda.
En 1514 los hermanos Diogo y Francisco de Arruda son llamados a una intervención en las murallas de la ciudad de Azamor, que  desde 1486 convirtieran sus habitantes en vasallo del rey de Portugal D. João II.
Mazagão (El Jadida)
En ese mismo año es fundada Mazagão, en el lugar donde D. Jaime, Duque de Braganza, había desembarcado para conquistar a Azamor. Fue el propio D. Jaime quien convenció a D. Manuel para construir allí una fortaleza. Después del abandono de las plazas de Safim y Azamor, las defensas de Mazagão son completamente remodeladas, para garantizar un punto de apoyo seguro para las flotas que hacían la Ruta del Cabo.
Así, desde la toma de Ceuta en 1415 hasta la fundación de Mazagão en 1514, Portugal crea una red de plazas fuertes en la costa marroquí, ya sea a través de la conquista de ciudades existentes, o de la construcción de ciudadelas o fuertes en lugares de importancia estratégica, que hoy son un patrimonio de visita indispensable para los amantes de la historia de las fortificaciones, del arte en general y de las construcciones defensivas en particular.
Para un conocimiento detallado de toda esta red de construcciones portuguesas en la costa marroquí, que sirva de guía más que provechosa a cualquier visitante reposado, nada mejor que entrar en el blog de Frederico Mendes Paula https://historiasdeportugalemarrocos.com/author/fredericomendespaula/, de una precisión, rigor y amenidad verdaderamente encomiables.

Moisés Cayetano Rosado

domingo, 3 de diciembre de 2017

FORTIFICACIONES PORTUGUESAS EN MARRUECOS (I)
Asilah. Fortificada por los portugueses en el siglo XV.
Como somos muchos los que por estas fechas festivas aprovechamos para visitar Marruecos, nuestros vecinos del norte de África, tan ligados por la historia a la Península ibérica, y especialmente a Portugal durante la Edad Moderna, es bueno que hagamos un repaso del legado defensivo que nos podemos encontrar. Menos “popularizado” que el mundo de los palacios y los zocos (principales centros de atracción turística), constituyen un patrimonio de primera calidad y de amplio ingenio, desplegado fundamentalmente por Portugal en Marruecos.
Buena parte de las fortificaciones que a continuación se repasan fueron edificadas o reedificadas por iniciativa portuguesa, convirtiendo antiguas murallas medievales -válidas en la época neurobalística, anteriores al uso generalizado de la artillería- en extraordinarias fortificaciones artilleras, adaptadas a la pirobalística, o sea, al uso de las armas de fuego, tanto como manera de defensa -sus amurallamientos abaluartados- como de ataque: cañoneras de fuego cruzado en baluartes y a distintas alturas, para lanzamiento a larga distancia, media y cobertura de fosos.
Siguiendo fielmente a uno de los mejores conocedores de las mismas, Frederico Mendes Paula, a continuación ofrezco una “guía” histórica de esa presencia portuguesa y sus actuaciones en el levantamiento de defensas, que en gran parte siguen en pie, para admiración de todos por su ingenioso poder defensivo y por su belleza artística-monumental, que constituyen actualmente uno de los principales atractivos de estas localidades.
Será precisamente la conquista de Ceuta quien marque el inicio de la expansión portuguesa en el mundo, de fuertes motivaciones económicas y estratégicas, como “llave del Estrecho”.
Ceuta era a principios del siglo XV la gran amenaza para los barcos portugueses y la costa del Algarve. Su conquista en 1415 representa un paso decisivo para contener las acciones de los corsarios marroquíes, siendo la ciudad  fuertemente fortificada. En el reinado de D. João III que se construyen las Murallas Reales, que incluyen baluartes, foso navegable y puente levadizo. Un paseo por la periferia de su casco histórico nos permite hoy día disfrutar de su grandeza y su belleza.
En 1437 se toma la decisión de atacar a su vecina Tánger, pues D. Henrique insistía en crear puntos seguros en la costa de África para proseguir la expansión más allá del mar. La ciudad fue abordada varias veces, pero los portugueses nunca lograron sobrepasar sus murallas, de importante consistencia.
En cambio, Alcácer Ceguer -un pequeño puerto en el estrecho de Gibraltar- es tomado en 1458 por D. Afonso V, tras dos días de combate, siendo  fortificado, al tiempo que la mezquita es transformada en iglesia, constituyendo una “punta de lanza” para una posterior actuación contra Tánger.
En 1471, D. Afonso V organiza la mayor armada alguna vez salida de Portugal, con destino a la conquista de Arzila, al sur de la ansiada Tánger, pues su conquista formaría una “pinza” con las anteriores, de cara a su toma.
La ciudad es abordada después de una sangrienta batalla que duró cuatro días, en la que participa el futuro rey D. João II. A partir de 1509, Diogo Boitaca es enviado a Arzila para sustituir las viejas murallas de tapia por murallas de piedra y cal. Esas viejas murallas fueron impotentes ante el ataque artillero desde los barcos portugueses, demostrándose su insuficiencia ante los cañones y la pólvora utilizada en los ataques.
Arzila va a ser un modelo de transición en la fortificación de las plazas defensivas, desde la construcción medieval a la moderna; de las murallas verticales y rectilíneas de alto porte a las abaluartadas, con esquinas reforzadas en este momento con grandes baluartes ultracirculares capaces de alojar cañones. Hoy en día podemos disfrutar en esta pintoresca, tranquila y artística ciudad de ese modelo de transición perfectamente conservado.
Tánger. Conquista portuguesa en el siglo XV.
Después de la toma de Arzila, los moros abandonan Tánger. Portugal la ocupa sin combate, a través de una fuerza comandada por D. João, hijo del Duque de Braganza. Los portugueses emprenden también en Tánger importantes obras de fortificación, especialmente en sus murallas y alcazaba, dirigidas por Miguel de Arruda. Otra vez más, en Tánger disfrutamos del espectáculo grandioso de sus murallas, que desde el mar nos ofrecen una visión potente cuando vamos accediendo desde Tarifa.

Constituyen, así, una “corona fortificada costera” de gran interés estratégico y vistosidad, al alcance de la mano de cualquier visitante, incluso con la urgencia de tan solo un fin de semana.
Moisés Cayetano Rosado

viernes, 1 de diciembre de 2017

EMIGRANTES Y EUFEMISMOS

Moisés Cayetano Rosado
Leo que a finales del 2018 se celebrará el “I Congreso Mundial de la Ciudadanía Extremeña en el Exterior”. Ya hace unos años también me pasaron por los ojos otros eufemismos “elegantes”, como “Ley de la Extremeñidad”. Ambas cuestiones se refieren a los emigrantes extremeños, esa enorme cantidad de paisanos que a lo largo de las tres cuartas partes primeras del siglo XX salieron de la región buscando, fundamentalmente, un porvenir que aquí no conseguían encontrar.
Sangría humana, hemorragia demográfica que convirtió a la región en casi un desierto poblacional, que solo se cortó porque la crisis económica mundial de 1973 impidió continuar huyendo de una tierra incapaz de ofrecer alternativas mejores que la salida de nuestro entorno, de nuestra gente, arrancando raíces.
Más del cuarenta por ciento de los habitantes de Extremadura dejaron la región, especialmente en los años del “desarrollismo español”: de 1961 a 1973. De los ochocientos mil emigrantes de 1900-1975, 650.000 salieron en esos trece años. Gente joven, en edad de producir y reproducirse.
Si nos echamos a soñar y echar números, resulta que de no haber ocurrido ese fenómeno obligado, ahora seríamos en Extremadura más de dos millones de habitantes, y no el escaso millón que habitamos esta tierra, donde nos faltan esa “ciudadanía en el exterior”, esos paisanos de la “extremeñidad”. Porque a esos ochocientos mil emigrados habría que unir sus descendientes, que no sé si los creadores de estos conceptos eufemísticos considerarán como parte de esa “ciudadanía extremeñista exterior”.
¿Por qué se utilizan estos epítetos desviacionistas? ¿Por qué jugamos al despiste, a engañarnos, a limar las asperezas de la historia creyendo que lo áspero sean las palabras y no los hechos a los que se refieren?

Hagan un Congreso de Emigrantes Extremeños, el Cuarto, puesto que ya que tiene tres precedentes, desde que en 1978 se celebrara el Primero, siendo el Tercero en 1986. Así lo están reclamando muchos emigrantes, de amplia trayectoria en trabajo asociativo, solidarizándose con una “Carta al Sr. Presidente de la Junta de Extremadura”, brillantemente escrita por Antonio Elviro Arroyo, desde Alcorcón. Su último párrafo dice: no es de recibo que se cambie el nombre de “Emigrantes Extremeños” por el de “Ciudadanía Extremeña en el Exterior”, ya que sería lo mismo que cambiar “Conquistadores Extremeños” por el de “Ciudadanía Extremeña Aventurera”. Pues eso: que no les de vergüenza, si es que no se consideran culpables de una situación de marcha laboral forzosa, en masa, irreversible.

domingo, 19 de noviembre de 2017

LA ALARMANTE PÉRDIDA POBLACIONAL DE EXTREMADURA
Moisés Cayetano Rosado

En 1960, Extremadura alcanzó el más alto número de habitantes de su historia: 1.406.780 habitantes. Había sido tras un crecimiento sostenido a lo largo de todo el siglo (y los anteriores), con un ritmo incluso ligeramente superior al de España en la progresión. Sin embargo, a partir de esa fecha, todo se quiebra y se inicia un proceso irrefrenable en que Extremadura irá perdiendo población en todo el resto del siglo XX, especialmente en los fatídicos años sesenta y primeros setenta, a causa de una masiva, hemorrágica migración, que se llevó de su suelo al 40% de sus habitantes: los jóvenes en edad de producir y reproducirse, con lo que se envejeció nuestra pirámide de edades, que tradicionalmente había sido más joven que la del resto del Estado.
El que en los primeros años del siglo XXI tuviéramos una subida en el número de residentes (de 1.069.420 en el año 2000 a 1.107.220 en 2010) se deberá a un hecho insólito: la llegada de inmigrantes extranjeros, en número de 50.000 nuevos residentes en esa década (el total de España sube a 5.000.000), algo que con la crisis de 2008 se tuerce de manera radical, perdiendo de 2010 a 2016 quince mil de esos residentes extranjeros (para el total de España subiría a 1.300.000 el saldo de pérdidas).
Con todos estos datos en la mano, vemos que Extremadura tiene en la actualidad una población parecida a la que teníamos en 1920: poco más de un millón de habitantes, pero con una salvedad, ya que mientras en aquellos “felices veinte” teníamos un potente crecimiento vegetativo positivo (20 nuevos habitantes anuales por cada mil), ahora estamos en crecimiento alarmantemente negativo: -2’24 por mil anual. O sea, entonces se iba a una “región de jóvenes” en crecimiento, ahora estamos en una “región de ancianos”, con recesión poblacional.
Cierto que al resto de España no le va muy boyante, pues la contención de los nacimientos y las salidas migratorias afectan a todos de manera tremenda; pero aún el crecimiento vegetativo está casi “en tablas”: 0’005 por mil anual.
El futuro demográfico en general es bastante pesimista, pero por lo que a Extremadura se refiere no puede ser más negativo. Y tengamos en cuenta que nuestra densidad poblacional es de 25’92 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que el global estatal es de 92’15, o sea que tenemos 3’5 veces menos poblado el territorio, rozando en muchas partes el “desierto poblacional”.
 Este es, seguramente, nuestro principal problema. Y debería ser una preocupación primordial para todos, y especialmente para los dirigentes políticos, que deben generar dinámicas de atracción poblacional en un pacto con empresarios y sindicatos; con pequeños y medianos empresarios; con autónomos; con antiguos emigrantes y sus descendientes dispuestos al retorno productivo; con el gobierno central que debe dar cumplimiento a las disposiciones de compensación interterritorial para hacer competentes nuestras infraestructuras de comunicaciones, de polígonos de desarrollo, de potenciación de las áreas rurales, de la producción de calidad de producción autóctona… ¡Mucho por hacer para que este “encefalograma plano” del millón de habitantes que venimos sosteniendo en los últimos cuarenta años reinicie la ascensión que ya tuvimos en los sesenta primeros años del pasado siglo.