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martes, 3 de diciembre de 2024

 RECHAZO A NUESTROS EMIGRANTES

Muchos han sido los estadounidenses que han votado a Donald Trump por su acérrima animadversión para con los inmigrantes. Hasta buena parte de los latinoamericanos que en su día emigraron a los EE.UU. -habiéndolo hecho de forma irregular, o manifiestamente ilegal- le han apoyado: como ya están establecidos, no quieren que otros compatriotas vengan a disputarles las migajas que consiguieron. Los hemos visto incluso en reportajes audiovisuales, encarándose en las vallas de contención de la frontera, forcejeando con los que, tras tantas penalidades como ellos en su día, han llegado hasta el borde de “la tierra prometida”.

¿Es esto peculiar de Norteamérica? Pues no. Véanse las redes sociales españolas y las muchas publicaciones que al respecto se divulgan, con similares características. Incluso, sí, de inmigrantes asentados en nuestro país -¡a saber tras cuántos sufrimientos!-, que no quieren que otros vengan a “disputarle” el pan que a duras penas muchos de ellos ganan. Y no digamos esos compatriotas nuestros obsesionados con que a estos desesperados inmigrantes se les obsequia nada más llegar con “paguitas y casas por la cara”, mientras a nuestras “abuelitas” se les dan pensiones de miseria.

¿Esta marginación para con los más desfavorecidos es una experiencia por la que nosotros no hemos pasado nunca? No voy a remontarme a nuestra emigración de finales del siglo XIX y principios del XX a Hispanoamérica, donde tanto hubo de forma similar. Ni a la llegada de exiliados/emigrantes republicanos en los años cuarenta del siglo XX, tan rechazados por los emigrantes “situados” de la anterior hornada. Pero sí voy a recordar a nuestra emigración de los años del desarrollismo español (1960-1975). Algunas noticias aparecidas en la prensa, y en concreto en los periódicos ligados a la agencia Logos, de la Editorial Católica, a la que pertenecía el periódico HOY de Extremadura, nos recuerdan que nosotros también fuimos en parte emigrantes clandestinos, y padecimos la cruda discriminación..

Así, en el periódico HOY, podíamos leer el 31 de octubre de 1962 un artículo del escritor Arturo Gazul informando de la frecuente detención y devolución a origen en la frontera de Suiza de todos los que tuvieran “pinta de obreros”.

El 9 de abril de 1963, Josefina Carabias escribía sobre las “chicas de servir” españolas, indicando que cada vez las amas de casa francesas las rechazan más, cuando antes habían sido tan estimadas, porque “no aprenden el idioma, gritan, meten en sus cuartos amigos y familiares, no cocinan bien, etc.”. Cinco y seis días después, esta misma periodista explicaba que para ahorrar en Paris hay que vivir miserablemente y trabajar muy duro. Sobre el rechazo por parte de los nativos, volverá en distintas ocasiones, como cuando el 16 de enero de 1965 se hace eco de la generalizada queja de muchos franceses por el “mucho ruido que hacen nuestros paisanos en sus casas y en los bares”.

José V. Colchero se hace eco de las dificultades de los “turistas camuflados”, trabajadores sin contrato en regla, que son detectados y expulsados por la policía de extranjeros. Son muchas las crónicas y reportajes que hace el periodista sobre las dificultades de la emigración en Alemania, que tras la crisis económica mundial de 1973 se endurecen; así, el 18 de octubre de 1975 denuncia el “stop” a la reagrupación familiar y los retornos coaccionados.

Juan Caño, redactor-jefe de Europa Press, denuncia frecuentemente la subrepticia explotación laboral. Por ejemplo, informa el 5 de julio de 1968 que “5.000 chicas españolas marchan a Inglaterra a aprender el idioma, hospedándose con una familia a cambio de ligeros trabajos en la casa no siendo más que ‘chachas’ baratas”.

La propia Comisión Episcopal de Migraciones indica que “hay racismo contra los emigrantes en Francia”, de lo que se hace eco una crónica de la agencia EFE, del 27 de febrero de 1974, que se repetirá en años posteriores. En varias ocasiones el propio periódico HOY en sus Editoriales denuncia estos rechazos y discriminaciones, e incluso también lo hacen corresponsales en distintos pueblos de la región.

Algo, por tanto, al parecer intrínseco en la “lucha por la vida”, en la que -como escribía Baltasar Gracián en el siglo XVII- “no cabe la solidaridad”. Mirar el pasado es como colocarse ante un espejo en el que contemplamos el presente.

sábado, 21 de mayo de 2022

 TAN PIADOSAMENTE VIOLENTA

(Encuentros con mujeres migrantes nicaragüenses)

Autoras: María Pachón (texto) y Elena Cayeiro (prólogo e ilustraciones).

Edita: Autoras y Fundación Maimona. Los Santos de Maimona, 2020 (reimpresión para la Fundación Caja Badajoz, 2022). 216 páginas.


Cuando investigaba en la prensa extremeña para uno de los capítulos de mi tesis doctoral sobre nuestra emigración a Europa de los años del “desarrollismo” (1960-1975), me encontré con diversas crónicas, escritas por la periodista Josefina Carabias, centradas la mayoría en las “chicas españolas de servir”. Éstas habían marchado “a la aventura”, de forma “legalmente irregular”, para encontrar un puesto de trabajo en París. Se empleaban en el servicio doméstico, donde a cambio de un modesto salario quedaban internas, a disposición total de sus empleadoras, en un medio hostil que se quejaba de su gregarismo, su vocerío, el “escándalo” que organizaban en sus encuentros, en las raras horas libres de que disponían los fines de semana.

Esas “chicas de servir” las tenemos ahora con nosotros y son en gran parte nicaragüenses. Jovencísimas muchachas en su mayoría, que han dejado atrás a sus hijos, al cuidado de las abuelas-madres, en tanto sus parejas masculinas se desentiende en gran medida de cualquier obligación, pero no se olvidan de pedir su parte de las remesas de dinero que las jóvenes nicaragüenses envían desde España. Como todo emigrante laboral, su obsesión es ahorrar, ahorrar cuanto puedan, quitándoselo de sus propias necesidades, para que sus familias en el lugar de origen puedan comer mínimamente y arreglar sus precarias infraviviendas, que son su orgullo y sueño para el regreso siempre tan aplazado.

Y de esto trata en gran medida un libro palpitante, conmovedor, entrañable y profundo, que ha escrito la periodista de Zafra María Pachón, e ilustrado y prologado la juripolitóloga de los Santos de Maimona Elena Cayeiro. Publicado esmeradamente por las propias autoras y con el apoyo de la  Fundación Maimona -de los Santos de Maimona- hace poco más de año y medio, y distribuido “artesanalmente” en su entorno comarcal fundamentalmente, ahora en 2022 lo presenta la Fundación Caja Badajoz, con interés por conseguir hacerlo más actual en la sociedad en general.

- Una introducción sustanciosa abre el volumen, sobre la situación de estas trabajadoras nicaragüenses en España y las circunstancias vividas en su maltratado país (que alboreó una Revolución progresista, acabada en cruel Estado represivo), con el trasfondo de la añoranza en la lejanía -cifrada fundamentalmente en los hijos, de los que se separaron tan traumáticamente-. Además consta de otras cuatro partes:

- Un prólogo de Elena Cayeiro, donde se explica el encuentro de ambas -aquí y en Nicaragua-, así como con el compañero de María -Bernardo Cruz-, y su disposición a darle forma a un proyecto de estos dos últimos, concebido bajo el significativo título de “Amor de madre”.

- La “historia de vida” de siete mujeres migrantes, dedicadas en nuestra tierra al cuidado de ancianos dependientes (bajo la advocación de siete violencias que centran sucesivamente en cada una: psicológica, patrimonial, institucional, laboral, física y simbólica).

- Dos entrevistas con expertas en la problemática de las mujeres en Nicaragua -tan cruel para con las mujeres-. Una al Grupo Venancia (colectivo feminista de Matagalpa) y otra a la doctora Kristin E. Yarris, que hizo su tesis sobre las “abuelas-cuidadoras” nicaragüenses, su lucha, sacrificio, soledad.

- Y un epílogo de seguimiento a las entrevistadas.

De pura casualidad abrí el libro -cuando iba a comenzar a leerlo- por las páginas 18-19 y me encontré con un dibujo de Elena Cayeiro que es una profunda radiografía de lo que a lo largo de las páginas del volumen escribe María Pachón. Sobre una mesa con cenicero, colillas de cigarros, mechero y cartera, hay una “hoja declaratoria”, fragmento de formulario cumplimentado por una de tantas mujeres migrantes. No me resisto a transcribir:

- SITUACIÓN LEGAL: Situación irregular.

- Nº HORAS SEMANALES DE TRABAJO: 140 horas.

- DESCANSO SEMANAL: Finde alterno cada 2 semanas+6 h/semana sin descanso.

- SUELDO MENSUAL: 850 euros.

- MENSUAL ENVIADO A NICARAGUA: 800 euros.

- RECEPTOR/A REMESAS: Pareja (no esposo).

- ACCESO SANIDAD PÚBLICA: Sin tarjeta sanitaria.

Ahí está condensado, ejemplificado, el modelo de mujer migrante nicaragüense en España, que podemos hacer extensivo a otras nacionalidades de Latinoamérica o de Europa del Este, y -en cuanto a lugares de recepción- a muchos otros de Europa Occidental y Norteamérica.

Inexistencia de contrato de trabajo aparejada a falta de permiso de residencia (dos pescadillas que se muerden la cola en su irresolución); horarios inflados; dependencia total; falta de asistencia legal sanitaria… Y ese “envío-trampa” a la pareja (afortunadas las que pueden enviarlo a las abuelas y que éstas no sean extorsionadas por dicha pareja, envilecida en el machismo y la holgazanería): conozco casos referidos a estos envíos; tras años de sacrificado ahorro, el dinero “vuela” a manos del que además suele haber sido en origen su maltratador, su verdugo.

En el libro queda detallada esta casuística de manera reiterada, como queda relatado ese ambiente hostil hacia la mujer nicaragüense en su propia patria, a manos de padres, parientes, parejas, tantas veces violadores en su propia infancia y primera juventud. También su miedo a lo que a sus hijas les pueda ocurrir durante su ausencia y el camino de peligros para todos sus familiares, así como a las represalias oficiales si su protesta por tantas injusticias se hace pública. Y está crudamente reflejado el sacrificio en nuestro suelo, sus penares, el deambular de un trabajo a otro (la dedicación a ancianos dependientes siempre es efímera, pues la muerte se presenta en breve para ellos en la mayoría de los casos).

La prosa que maneja María Pachón es ágil, certera, amena a pesar de los dramas extremos que presenta; fiel al dulce y firme discurso que suelen hilvanar estas mujeres. Y las ilustraciones de Elena Cayeiro son enternecedoras, dentro del aldabonazo de dolor.

Muchas veces -ellas lo reconocen- estas trabajadoras son “invisibles” en nuestra sociedad; en ocasiones, ni los propios hijos y parientes de los ancianos asistidos son conscientes de su existencia más allá de su corporeidad, y en otras oportunidades son “objeto de deseos inconfesables”, de los que han de defenderse como lo hicieron en su propia tierra: ¡siempre con los más cercanos!

Hagámoslas visibles con nuestra solidaridad y reconocimiento, con el justo aprecio y agradecimiento que las dos autoras nos invitan a tenerles en su emotiva obra, de tanto valor testimonial, literario y artístico.

MOISÉS CAYETANO ROSADO