Mostrando entradas con la etiqueta carnaval. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta carnaval. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de febrero de 2018


DE TOROTUMBO A DOÑA FLOR Y SUS DOS MARIDOS
Revista de Carnaval de Badajoz. Ayuntamiento de Badajoz, 2018

Moisés Cayetano Rosado
En 1962 publicaba el guatemalteco Miguel Ángel Asturias una novelita corta memorable. De una riqueza barroca en su léxico y estructura exuberante. Bajo el nombre de Torotumbo, el relato nos presenta a Estanislao Tamagás, un alquilador de disfraces a cuya casa va la gente buscando máscaras para las fiestas patronales, una especie de carnaval de los nuestros, pero religioso en lugar de rompedor. Allí, una niña se despista de su padre, quedándose sola, y ante un disfraz de diablo se asusta y grita, llamando la atención… y apetencia de Tamagás, que la viola y, en su brutalidad, la asesina. 
Para no ser descubierto, coloca sobre el cadáver el disfraz de diablo y sale a la calle. Después, regresa con el padre, haciéndole creer que ha sido el diablo quién la ha matado; éste recoge, temeroso, el cadáver, organizando un entierro que nos suena a “tumulto de carnaval”.
En el segundo párrafo del libro, leemos este fragmento magistral: Mientras su tata Sabino Quintuche y su padrino Melchor Natayá, cerraban el trato interminable del alquiler de los disfraces, arreos, máscaras, armas y adornos necesarios en los convites, bailes y ceremonias de la «Fiesta de Morenos», con un vejantón escurridizo, color de leche seca, vestido de negro ya vinagre, injertado con un salto de párpado, tic nervioso que involuntariamente le vestía y desnudaba el ojo zurdo, la pequeña Natividad Quintuche, sobandito los pies descalzos en los ladrillos, se deslizó a lo largo de una galería, ancho corredor cubierto del lado del patio, curioseando las flores de papel de plata, las hojas de trapo almidonado, las alas de hojalata de los ángeles, las palomas de cera y algodón, los candelabros, atriles, palmas de mártires, arcas, candeleros, santos envueltos en sábanas, ovejas de madera, vírgenes en nagüillas, todo oloroso a humedad e incienso, sin saber que en terminando aquel amago de cielo, se encontraría al Diablo. (https://es.scribd.com/document/355422540/torotumbo-pdf).
Leer, o releer, esta deliciosa y tormentosa narración es una buena alternativa para los “descansos” de carnavaleros en estos días de bullanga, como contrapunto: ¡vil tergiversación de la ignorancia de los débiles a manos de perversos (Tamagás es, además, confidente policial) y pervertidos. ¡Que no nos vayan a coger desprevenidos…!
Cuatro años más tarde, el novelista brasileño Jorge Amado también recurría a los jolgorios del Carnaval para comenzar su divertida novela -picaresca y también mágica en su lenguaje- Doña Flor y sus dos maridos (https://tlriidcchazcapotzalco.files.wordpress.com/2014/08/jorge-amado-doc3b1a-flor-y-sus-dos-maridos.pdf).
Doña Flor se casaría dos veces. La primera con Vadinho -juerguista irredento, conocido en todos los bares y burdeles de la ciudad- y excepcional, insaciable en sus amoríos. A causa de los excesos etílicos moriría en pleno carnaval. Teodoro, su segundo marido, es el “revés de la moneda”: rígido, mojigato y pudoroso, de vida intachable.
Al año de esta segunda boda, con gran asombro para doña Flor, el pícaro espíritu de Vadinho reaparece con la fogosidad sexual acostumbrada, ante lo que la dama se encuentra en un “aprieto y dilema”… decidiendo finalmente gozar de ambos “opuestos”: la formalidad melosa de Teodoro y la frescura volcánica de Vadinho.
Ya de entrada, la novela nos recibe a los pocos párrafos con este distendido “obituario”: Vadinho, el primer marido de doña Flor, murió un domingo de carnaval por la mañana, disfrazado de bahiana, cuando sambava en un grupo y en medio de la mayor animación, en el Largo 2 de Julio, no muy lejos de su casa. Al día siguiente, a las diez de la mañana, salió el entierro con gran acompañamiento. Ese lunes de carnaval por la mañana no hubo murga ni comparsa que se pudiera comparar en importancia y animación con el funeral de Vadinho. Ni de lejos.
Enfrásquense también en esta lectura (mejor, para el que pueda, en su versión original, de portugués brasileño), que subraya en sus primeras páginas lo que puede ser un carnaval popular en Brasil. Si la resaca de estos días no les permite leer “con claridad”, vayan a la película basada fielmente en la novela, disponible en youtube (https://www.youtube.com/watch?v=WHRGoqnuqg), aunque le reste algunos ratos de estar disfrutando del bullicio de la calle.
¡Menuda bullanguería que nos preparó Jorge Amado con tan original obra, de extraordinaria calidad literaria, como es la primera mencionada, aunque de contenido tan distinto: literatura de compromiso la primera; de divertida evasión esta segunda. Que de todo tenemos que ver y leer.

viernes, 14 de febrero de 2014

CARNAVAL OBLIGATORIO
Moisés Cayetano Rosado
Yo siempre había pensado que el carnaval era una transgresión, un revulsivo “antisistema” de eternos perroflautas. Y que se participaba en él con libertad, con desenfado, con desorden en todos los sentidos. Que era radicalmente contrario a todo tipo de institucionalización sistematizada. Que hervía en desenfreno, irreverencia, burla y espontaneidad. Que no aguantaba la mínima conducción “de instancias superiores”, sino que muy al contrario se burlaba de ellas, las zahería, ponía patas arriba su maquinaria de control.
Pero cuando veo a las autoridades dirigir sorteos sobre el orden de participación en los desfiles, sobre la salida al escenario, instituyendo premios, concursos reglamentados, siento que no hablamos de aquello que creía sino de una mascarada, que -eso sí- puede ser incluso divertida. Ahora bien, no es lo que perseguían los guardias civiles en mi pueblo cuando yo era pequeño, escondiéndose los atrevidos al disfraz y a la chanza en las esquinas, al tiempo que cantaban y que gesticulaban con gracia mordaz, improvisando su actuación.
Y dentro de esta vuelta de tuerca al contrario de lo que yo pensaba, están las programaciones que sobre el carnaval hacen muchos centros de los niveles de educación obligatoria. ¡Ale!, toda una clase vestidos de piratas (¡menos mal!); otra de príncipes y princesitas; la de más allá, de aves de corral, o de protagonistas del circo (con lo poco que les gusta a los pequeños hacer el papelón de “payasos” -en lugar de domadores y de trapecistas-, que a la hora del reparto les puede tocar “de forma obligatoria”).
Padres: a confeccionar los trajes que les “ordenan” en la escuela, o a comprarlo en las tiendas montadas al efecto, o incluso en librerías, que de todo hay que hacer para salir a flote en medio de la crisis. Y a soltar la pasta, claro, que este “uniforme” no se nos da como regalo.

¡Bonito carnaval, bien regulado, donde nada se deja fuera del encaje escrupulosamente cernido por los que deberían temerlo, pues su explosión y desahogo estaba destinado -aunque fuese levemente de “mentira”-  a poner en solfa sus valores!

viernes, 15 de febrero de 2013


VISIÓN DEL CARNAVAL DE LA MANO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
 
MOISÉS CAYETANO ROSADO
Juan Ramón Jiménez es el poeta de las soledades, de las intimidades, del recogimiento y la contemplación. Una especie de místico laico, de gran profundidad, vertida al interior.
Sin embargo, en su ternura, se asoma intensamente al pequeño mundo que le rodea en esa obra en prosa que es una joya siempre fresca y recurrente: “Platero y yo”. En ella,  los niños, los vecinos, los visitantes del pueblo por donde Platero hace su vida, las fiestas, los momentos del día compartidos, celebraciones del año acompañadas… están presentes de manera dulce y comunitaria.
Y siendo un libro tan sencillo y cercano, a veces resulta telegráficamente duro, como en el capítulo “Los burros del arenero”, o acerado en la crítica, como en “Los húngaros”, o de una contundente denuncia social, cual es el caso de “El tío de las vistas” o el desesperanzador “Juegos del anochecer”, sin olvidar su crítica al clericalismo egoísta en “Don José, el cura”.
Entre los múltiples temas que toca en sus casi ciento treinta breves capítulos, quiero traer ahora el referente al “Carnaval”.
Lo desarrolla en cinco párrafos, en el capítulo ciento veintiséis, y no deja de ser curioso que lo aborde un hombre tan contrario a las manifestaciones multitudinarias, aunque al mismo tiempo nacido y criado tan cerca de una de las zonas con más tradición en las celebraciones: Juan Ramón nació en Moguer, al oeste de las Marismas y de Cádiz.
¿Cómo aborda y enfoca el acontecimiento? Pues de la mano, claro está, de su burro Platero, que abre el capítulo, sacándole al poeta una exclamación de alabanza: “¡Qué guapo está hoy Platero!”. Y enseguida lo acompaña de “los niños”, todos disfrazados, llenos de colores y recargados de arabescos.
El segundo párrafo detalla el estado del tiempo, para situarnos en la estación del año en que se desarrolla: “Agua, sol y frío”. Párrafo explicativo (“viento agudo de la tarde”), que ya va predisponiendo su ánimo: “las máscaras, ateridas”, sin posicionarse plenamente todavía.
Se trata, por tanto, de una primera parte descriptiva de la situación, envuelta en una disposición positiva, por la transformación enmascarada de Platero, rodeado de niños, de inocencia.
Sin embargo, en el tercer párrafo hacen su aparición “unas mujeres vestidas de locas”, que rodean a Platero. Rompen, así, el encanto de la inocencia, del candor infantil, como atenazándolo entre sus bromas maliciosas. O sea, la presencia de personas de más edad perturba la contemplación serena del principio, rompiendo el encanto de la pureza.
El cuarto párrafo nos muestra la reacción de Platero, que es su propia reacción ante el revoltillo, la mezcolanza, la improvisación que el Carnaval significa: “Platero, indeciso, yergue las orejas, alza la cabeza y, como un alacrán cercado por el fuego, intenta, nervioso, huir por doquiera”. La situación, llena de gritos descontrolados, risas, canciones, “de coplas, de panderetas y de almireces…” no le satisface en absoluto. Le angustia, le impulsa a el apartamiento.
Y ya, en los cuatro renglones del párrafo quinto, muestra el desenlace rupturista: “se viene a mí trotando y llorando, caído el lujoso aparejo”. Roto el encanto, se aleja desolado, dejando atrás -abandonado- su disfraz, al que renuncia en plena fiesta de las transformaciones.
“Como yo -termina confesando Juan Ramón Jiménez-, no quiere nada con los Carnavales… No servimos para estas cosas…”.
Y es que, visto desde fuera, sin la participación directa, sin involucrarse, el Carnaval nos puede resultar hostil, incomprensible en su provocación y en sus trasposiciones. Solo viviéndolo, metiéndose en su nube, puede ser explosivamente  gozoso en la ruptura, sueños, desvaríos, disparatadas sinrazones.
Como el propio Juan Ramón en su Platero: “Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero”, escribe en el séptimo capítulo. “¡El loco! ¡El loco! ¡El loco”, le gritan los chiquillos al pasar, confiesa el poeta.
El loco, los locos, la locura inocente del Carnaval, que hace más llevadera la locura cierta de la vida.

martes, 12 de febrero de 2013


EL CONTROL DEL CARNAVAL
Entendía que el Carnaval era una fiesta alocada. Y como de niño lo viví estando prohibido; perseguidos los que se atrevían a disfrazarse haciendo de su capa un sayo, condenados por la Iglesia y escondidos de la Guardia Civil, pues lo internalicé como una fiesta enfrentada a la formalidad de los poderes, irreverente, desobediente.
Como cada uno intentaba hacer lo que le daba la real gana y se disfrazaba de lo que podía o quería, sin mirar para el lado a ver si el otro lucía mejor conjunto, y los grupos eran de lo más variado, disparatado y alocado, pensé que el Carnaval tenía que ser una fiesta totalmente a contracorriente de normas y de organizaciones, despreocupado, distendido, burlesco, pícaro, impúdico y lúbrico.
Sin embargo, lo veo cada vez más controlado, manejado en su organización por las autoridades a las que se supone debería zaherir, zarandear, vapulear. Lujoso, derrochador, artístico, de puesta en escena que a veces deja cortos a los montajes de Hollywood; creativo, sí, pero perfectamente estructurado, reglado, normativizado, dirigido.
Y, sobre todo, me llama la atención la “disfracera” de los niños en sus “coles”, que cada vez se impone y se generaliza hasta lo obsesivo: la clase de 1º A de elefantitos; la de 1º B de libélulas rojas; la de 2º A de pitufos y pitufas; la de 2º B de Supermanes… y así hasta los últimos del Centro, con medidas estándares, texturas, hechuras, tipo de colorete…
Eso está muy bien, y es una forma de “educar en la variedad consonante con la uniformidad”, que puede ser un objetivo de la “escuela renovada para los tiempos que el actual tiempo nos depara”. No obstante, yo sigo mirando el Carnaval con los ojos de aquel niño que fui, y veo a mis vecinos, temerosos, escondidos con sus disparatados y disformes andrajos, capiruchos, sotanas raídas y gorros militares desfondados, esperando a que pasara la “Ronda de Civiles” para volver al medio de la calle, canturreando disparates, que ponían boca abajo todas las estructuras terrenas y sobre todo celestiales.
Moisés Cayetano Rosado