sábado, 3 de octubre de 2026

 AZAGALA  Y FRANCIS NEGRETE

Moisés Cayetano Rosado

Me he pasado buena parte de esta tarde de primer sábado de agosto leyendo dos revistas que “teóricamente” tienen un alcance desigual: PÚBLICO, “de alcance nacional”, editada en Madrid, y contenido claramente reivindicativo, y AZAGALA, “de alcance local”, editada en Alburquerque, y contenido multifacético abierto al mundo.

Pues no, eso del “alcance” está claramente equivocado. El alcance nacional, o local, o general, se lo da el contenido, la capacidad de su director, consejo de redacción y colaboradores, para saber trascender, elevarse desde lo mínimo a lo mayor, desde “la patria chica” a la “patria universal”. Y si PÚBLICO lo consigue con sus abordajes reflexivos y militantes, AZAGALA lo realiza con la visión trascendente de la mayoría de sus entregas, entrañables, cálidas, serenas y que apuestan por la vida, los recuerdos y la proyección en el futuro.

Me entran deseos de ir nombrando a cada uno de sus colaboradores habituales (entre los que me encuentro, por generosa decisión de su dirección y consejeros), pero  no quiero hacer “pesada” mi reseña, aunque no me resisto -una vez más- a nombrar a Francis Negrete, que se prodiga siempre con varias colaboraciones (¡a ello se une su trabajo de dirección, maquetación, difusión, etc.!).

Francis es un gran “evocador”. Y a mí, con el paso de los años, cada vez me atraen más los escrito evocatorios, sobre todo los que hacen referencia al “paraíso perdido”, los doblados de las casas antiguas, los pasillos tan largos poblados de familias entrañables, abuelas y madres que cuentan historias increíbles, cantan romanzas, traen al oído misterios temblorosos…; cuartos repletos de tebeos para leer en grupo, para intercambiar; calles pobladas de vecinos, sin movimiento de motos y coches peligrosos; charcas en ríos de los alrededores para bañarse en las tardes calurosas del verano; descampados donde corretea y entabla épicas batallas la chiquillería; padres, hermanos, amigos, compañeros, con los que se bebe la alegría de vivir… Algo que se pierde día a día,  pues hemos abandonado los doblados, las colecciones de tebeos; las calles apacibles de sillas en las puertas en noches de calor; las historias narradas por nuestros mayores, con paciencia y cariño; las charcas de los ríos, que ahora son pedregales, como las fuentes de las orillas de caminos; los familiares, amigos, compañeros, vecinos, que se nos van muriendo…

En este número en concreto, aparte de crónicas de acontecimientos vividos en el pueblo e inevitables necrológicas, reseñadas con un profundo sentimiento, nos trae una impagable crónica de “Aquellos baños en Carrión”, que me recuerdan los baños en la ribera Troya de mi pueblo, llenos de vida y de jolgorio: ya no hay agua ni críos que busquen rincones de este tipo. Otra sobre “Emilio ‘Tronera’”, así como “Daniel ‘El Macareno’”, desbordantes de humanidad, nostalgia y reconocimiento a personajes buenos, que facilitan la vida a los demás. Sus impagables “Cartas a Manolín”, evocadoras de su hermano, de sus hermanos y familiares fallecidos, que nos llenan siempre de emoción, y que en esta ocasión tratan de un tema que se me había olvidado y ahora lo revivo como si fuera “cuando entonces”, hace más de sesenta y cinco años en mi vida: el inquietante, terrorífico relato de ese personaje de ultramundo que se nos va acercando a la casa, a la cama, pero que termina siempre en risas del familiar mayor que nos lo cuenta, y donde introduce una reflexión sobre “el miedo a los muertos”, a nuestros propios muertos, que todos hemos vergonzosa e inexplicablemente sentido.

Y este amante del cine evoca en otro de los artículos al actor Paco Rabal, al que entrevistó en Alburquerque, donde rodó la extraordinaria película “Los santos inocentes”, interpretando a Azarías, “el personaje de su vida”, como decía el inolvidable actor. Y como viajero, como incansable viajero y amante de Portugal, en compañía de Eli -su compañera de vida, fatigas y alegrías-, se adentra en lo recóndito de una ciudad querida, Setúbal, donde se encuentra con otro de sus “placeres”: la sencilla y buena mesa, en este caso en el restaurante “Villa Paviane”, donde hacen amistad con su propietaria, la brasileña Géssica.

Un lujo leerlo, adentrarse en ese mundo poliédrico, rico en matices, bien expresado y documentado. Incansable en su creatividad y volcánico en la exteriorización del mundo íntimo y sentido.

¡Larga vida a AZAGALA! Y que Francis pueda seguir, con tanta ilusión y acierto, dirigiéndola, maquetándola, gestionándola, llenándola de contenido propio y de los que, en la medida que podemos, colaboramos en el proyecto.

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