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jueves, 2 de abril de 2015

POBREZA, EMIGRACIÓN Y DESARROLLO


Moisés Cayetano Rosado
La voluminosa emigración laboral, sostenida durante todo el período desarrollista (1960-1973), además de ser un alivio en la presión de la demanda de empleo interno, supuso una fuente de ingresos decisivos para los países mediterráneos, endémicamente rozando índices masivos de pobreza por parte de su población asalariada y de pequeños y medianos propietarios.
El emigrante -en especial si marcha en solitario, dejando a su familia en el lugar de origen-, vive obsesionado con el ahorro, pues lleva en su pensamiento una cifra como condición del retorno, que desea cuanto antes, aunque muchos no pudieron cumplir sus objetivos y se vieron obligados a permanecer fuera, optando en el mejor de los casos por la reagrupación familiar. Pero esos años de la “Edad de Oro” del sistema capitalista -que impulsan la prosperidad en Centroeuropa- van a servir también para procurar un alivio a los emisores mediterráneos, que además recibirán de sus vecinos del norte una avalancha anual de turistas veraniegos, reactivándose el sector de la construcción, la hostelería, la restauración y los complejos de ocio y diversión, generando riqueza y empleos autóctonos en las zonas costeras. Si a ello unimos las inversiones de capital exterior que llevan aparejado, junto a otras inversiones en el impulso industrial de estos años, la Balanza de Pagos se verá extraordinariamente favorecida.
Este desahogo de la presión del paro en origen y la inyección económica de las remesas de emigrantes, siendo claramente factores positivos para las regiones emisoras de mano de obra, no significarían su despegue económico, como tampoco un hándicap para el desenvolvimiento de las receptoras, a las que se les detrae capital con dichas remesas y se les carga de servicios necesarios para la población extranjera (emigrantes y descendientes, con su necesidad de centros educativos, sanitarios, asistenciales, recreativos, de vivienda, etc.): las situaciones iniciales de zonas más demandantes de mano de obra y zonas pobres que la ofrecen se perpetúa con el tiempo.
Así, estudiando un indicador tan significativo como el Producto Interior Bruto por habitante antes (1950) y después (1977) del boom migratorio en la Comunidad Europea, comprobamos que con 27 años de diferencia a la cabeza de la riqueza están los grandes receptores de emigrantes, como Ile de France, Hamburg (Alemania), Brabant (Bélgica) y otras regiones de los países de mayor afluencia. En cambio, a la cola están las zonas emisoras de España, Portugal y Grecia: Extremadura, Alentejo, Islas de Portugal, Algarve, Kriti (Grecia), Epeiros (Grecia), etc.
Es decir, que el masivo proceso migratorio no significó un salto adelante para quien más población “excedentaria” perdió, sino que la situación desigual se ha mantenido, con pérdida -y eso es muy grave- de capital humano joven, en edad de procurar el reemplazo poblacional, dejando en origen una población notablemente envejecida, constriñendo por la base la pirámide de edades y ensanchándola en la altura: las edades no productivas, necesitadas de más servicios asistenciales y que no propicia el reemplazo generacional, desertificando poblacionalmente el territorio.

Así, la pobreza condujo a la emigración de zonas como Extremadura en España o Alentejo en Portugal, que perdieron entre 1955 y 1975 más del 40% de sus habitantes, los más jóvenes, productivos y “reproductivos”, sin obtener la contrapartida de un desarrollo regional que evitara lo que ahora se está nuevamente produciendo: nuevas salidas de jóvenes, esta vez con óptima preparación académica y profesional, camino de lo que parece que es nuestro destino inevitable: la búsqueda del “pan” que en la tierra de origen no pueden encontrar. ¿Volveremos, así, al fatídico destino de los años del desarrollismo, vaciándonos aún más de “capital humano”?

viernes, 26 de abril de 2013


LA CONSTANTE PRESENCIA DE LA EMIGRACIÓN
Estos días estuve en Madroñera, presentando en su Casa de la Cultura Emigración en Extremadura 1961-2011, exposición producida y coordinada por la Fundación Cultura y Estudios de CCOO, para la que colaboré con los textos, cuadros estadísticos, mapas y documentación de la época (pueden consultarse los paneles en el documento 28 de http://moisescayetanorosado.blogspot.com.es/p/paginaprueba.html).
La bibliotecaria, Isabel Moza Barquilla, me hablaba previamente de cómo el pueblo perdía cada año población, pues el índice de envejecimiento es muy alto y la natalidad escasa. Es un denominador común de las localidades que sufrieron la gran riada migratoria de los años sesenta y setenta del siglo pasado: se marchó gente joven, en edad laboral y de tener hijos, quedando en ellas los que ya iban pasando a la etapa de jubilación. Los pueblos del Sur (sur de España, de Portugal, de toda la Cuenca Mediterránea) sufrieron ese fenómeno de pérdida de capital humano, que los envejeció y no les redimió de su pobreza estructural.
Durante la charla-coloquio que di sobre este fenómeno -que en Extremadura se llevó en los años duros del proceso (1961-1975) al 40% de sus habitantes-, desde el público asistente se comentaron experiencias muy interesantes. Quiero resaltar dos, por lo que tienen de ilustrativas de lo que significó para los protagonistas.
Contaba una señora mayor que ella y su marido se marcharon a París a mediados de los años sesenta, y que su primera colocación fue en el servicio doméstico; pasó luego a lo que sabía hacer mejor: coser. Y en ello ganó dinero suficiente como para conseguir unos ahorros tranquilizadores, que le garantizaron un regreso digno. El esfuerzo -contaba- fue muy grande, el sacrificio intenso; las condiciones de vida, duras; la barrera del idioma bastante traumática en los primeros años; la integración, dificultosa. Aún así, solo decidieron el retorno porque una enfermedad del marido quebró su vida laboral.
Otra mujer, más joven, contaba la experiencia de su padre en Alemania, a donde marchó solo, quedado en el pueblo mujer e hijos: tremenda experiencia de soledad y desgarro familiar para unos y otros, que en ningún momento consiguieron la reagrupación; escasas ganancias económicas, pese a los muchos sacrificios personales, laborales; retorno sin cubrir las expectativas, las esperanzas creadas, que chocaban con la dura realidad del país: Alemania únicamente buscaba cubrir sus necesidades de mano de obra barata, sin atender a las demandas humanas del que espera una acogida humanizada.
Ni qué decir tiene que la inmensa mayoría de los asistentes al acto tenían parientes, amigos, conocidos en los más diversos puntos de nuestra emigración extranjera e interior.
¿Y ahora? El pueblo, nuestros pueblos: con una escasa población joven que no tiene esperanzas laborales en su tierra, pero que tampoco no las ve fuera, como en aquellos años de la estampida migratoria sí se tuvieron. Y una situación de desarrollo que no se ha sentido sostenida por el beneficio inmediato de aquella emigración: el alivio del paro que supuso, la entrada de divisas por sus remesas de dinero. Al contrario, se ha pasado de ser las zonas con población más joven del Estado a las más envejecida, a la más necesitadas asistencialmente, a las que tiene un futuro más difícil, dentro del difícil futuro para todos.
Moisés Cayetano Rosado

sábado, 21 de julio de 2012

NUEVA EMIGRACIÓN

        Me preguntan estos días desde diversos medios de comunicación sobre las tendencias migratorias que pueden producirse en los próximos años, en vista de que crece el número de españoles, portugueses, italianos... que salen de sus respectivos países con destino laboral a Gran Bretaña, Alemania, Canadá, Estados Unidos...

        Hemos sido los países de la Europa Mediterránea históricamente exportadores de mano de obra. Desde el descubrimiento de América, y sobre todo desde mediados del siglo XIX. Y aquella masiva emigración sirvió para aliviar las cifras de paro y la miseria de los lugares de origen, además de proporcionar divisas que equilibraron nuestras balanzas de pago nacionales, tan negativas en lo comercial. Sin embargo, no llevó nunca  un desarrollo estructural y seguiríamos dependiendo en Portugal, España, Italia, Grecia, de la riqueza generada por el turismo y de las divisas proporcionadas por las inversiones extranjeras y las remesas de emigrantes.

        Llegamos a vivir una época dorada a finales del siglo XX y principios del XXI, cuando hemos sido receptores de emigrantes venidos del Magreb, de Latinoamérica y países del Este de Europa, en cantidades ingentes, nunca vistas.

        Sin embargo, la crisis de los últimos años ha demostrado lo débil de nuestra estructura económica. Y cuando se ha paralizado el boom del sector de la construcción, quebrado el crédito bancario, retraído el turismo y las inversiones foráneas, así como frenado los envíos de nuestros antiguos emigrantes, de nuevo hemos pasado a la situación de partida: emigrar porque ni hay trabajo ni perspectivas de tenerlo a corto y medio plazo. Con una diferencia: ahora no se demanda mano de obra indiscriminada, sino trabajadores cualificados y no en las cifras masivas de las etapas anteriores.

        Ingenieros fundamentalmente, sabiendo idiomas y manejando los medios informáticos, son los que encuentran salidas estables; personal sanitario y técnicos en ramas electrónicas, mecánicas y similares, también pueden aspirar a empleos en los nuevos -viejos- países de promisión. El resto, la gran mayoría, no tienen perspectivas ni dentro ni fuera de nuestros países mediterráneos. Algunos marchan "a la aventura", como en los viejos tiempos. Como los subsaharianos que últimamente nos llegaban. Dándole vueltas a la manivela de la historia, que parece condenada a repetirse en estos lugares de siesta y caciquismos con nuevos utillajes, que no supieron ni quisieron aprovechar la riqueza que los mismos emigrantes y el atractivo de nuestros lugares (turismo e inversiones de fuera) proporcionaron, cuando las" vacas gordas" que ya se han esfumado.