Mostrando entradas con la etiqueta Francis Negrete. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francis Negrete. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de octubre de 2026

 AZAGALA  Y FRANCIS NEGRETE

Moisés Cayetano Rosado

Me he pasado buena parte de esta tarde de primer sábado de agosto leyendo dos revistas que “teóricamente” tienen un alcance desigual: PÚBLICO, “de alcance nacional”, editada en Madrid, y contenido claramente reivindicativo, y AZAGALA, “de alcance local”, editada en Alburquerque, y contenido multifacético abierto al mundo.

Pues no, eso del “alcance” está claramente equivocado. El alcance nacional, o local, o general, se lo da el contenido, la capacidad de su director, consejo de redacción y colaboradores, para saber trascender, elevarse desde lo mínimo a lo mayor, desde “la patria chica” a la “patria universal”. Y si PÚBLICO lo consigue con sus abordajes reflexivos y militantes, AZAGALA lo realiza con la visión trascendente de la mayoría de sus entregas, entrañables, cálidas, serenas y que apuestan por la vida, los recuerdos y la proyección en el futuro.

Me entran deseos de ir nombrando a cada uno de sus colaboradores habituales (entre los que me encuentro, por generosa decisión de su dirección y consejeros), pero  no quiero hacer “pesada” mi reseña, aunque no me resisto -una vez más- a nombrar a Francis Negrete, que se prodiga siempre con varias colaboraciones (¡a ello se une su trabajo de dirección, maquetación, difusión, etc.!).

Francis es un gran “evocador”. Y a mí, con el paso de los años, cada vez me atraen más los escrito evocatorios, sobre todo los que hacen referencia al “paraíso perdido”, los doblados de las casas antiguas, los pasillos tan largos poblados de familias entrañables, abuelas y madres que cuentan historias increíbles, cantan romanzas, traen al oído misterios temblorosos…; cuartos repletos de tebeos para leer en grupo, para intercambiar; calles pobladas de vecinos, sin movimiento de motos y coches peligrosos; charcas en ríos de los alrededores para bañarse en las tardes calurosas del verano; descampados donde corretea y entabla épicas batallas la chiquillería; padres, hermanos, amigos, compañeros, con los que se bebe la alegría de vivir… Algo que se pierde día a día,  pues hemos abandonado los doblados, las colecciones de tebeos; las calles apacibles de sillas en las puertas en noches de calor; las historias narradas por nuestros mayores, con paciencia y cariño; las charcas de los ríos, que ahora son pedregales, como las fuentes de las orillas de caminos; los familiares, amigos, compañeros, vecinos, que se nos van muriendo…

En este número en concreto, aparte de crónicas de acontecimientos vividos en el pueblo e inevitables necrológicas, reseñadas con un profundo sentimiento, nos trae una impagable crónica de “Aquellos baños en Carrión”, que me recuerdan los baños en la ribera Troya de mi pueblo, llenos de vida y de jolgorio: ya no hay agua ni críos que busquen rincones de este tipo. Otra sobre “Emilio ‘Tronera’”, así como “Daniel ‘El Macareno’”, desbordantes de humanidad, nostalgia y reconocimiento a personajes buenos, que facilitan la vida a los demás. Sus impagables “Cartas a Manolín”, evocadoras de su hermano, de sus hermanos y familiares fallecidos, que nos llenan siempre de emoción, y que en esta ocasión tratan de un tema que se me había olvidado y ahora lo revivo como si fuera “cuando entonces”, hace más de sesenta y cinco años en mi vida: el inquietante, terrorífico relato de ese personaje de ultramundo que se nos va acercando a la casa, a la cama, pero que termina siempre en risas del familiar mayor que nos lo cuenta, y donde introduce una reflexión sobre “el miedo a los muertos”, a nuestros propios muertos, que todos hemos vergonzosa e inexplicablemente sentido.

Y este amante del cine evoca en otro de los artículos al actor Paco Rabal, al que entrevistó en Alburquerque, donde rodó la extraordinaria película “Los santos inocentes”, interpretando a Azarías, “el personaje de su vida”, como decía el inolvidable actor. Y como viajero, como incansable viajero y amante de Portugal, en compañía de Eli -su compañera de vida, fatigas y alegrías-, se adentra en lo recóndito de una ciudad querida, Setúbal, donde se encuentra con otro de sus “placeres”: la sencilla y buena mesa, en este caso en el restaurante “Villa Paviane”, donde hacen amistad con su propietaria, la brasileña Géssica.

Un lujo leerlo, adentrarse en ese mundo poliédrico, rico en matices, bien expresado y documentado. Incansable en su creatividad y volcánico en la exteriorización del mundo íntimo y sentido.

¡Larga vida a AZAGALA! Y que Francis pueda seguir, con tanta ilusión y acierto, dirigiéndola, maquetándola, gestionándola, llenándola de contenido propio y de los que, en la medida que podemos, colaboramos en el proyecto.

miércoles, 11 de febrero de 2026

 LA GIGANTESCA APORTACIÓN DE CARTAS A MANOLÍN

Moisés Cayetano Rosado

Lo he dicho muchas veces y no me cansaré de repetirlo: leo con fruición, con deleite y aprovechamiento formativo cada número impreso de la Revista AZAGALA, empeño fructífero del Colectivo Cultural Tres Castillos, que preside con tanto acierto José Manuel Leal, y cuyo consejo de redacción lo integran magníficos amigos, amantes de la cultura, el bien social y probado amor por Alburquerque, lanzado a lo universal. Su director, Francis Negrete, es el alma de cada uno de los números, cuidando con un mimo extremo cada paso de su producción, desde la recepción de originales, la redacción de gran parte de su contenido, la maquetación de cada entrega y su distribución.

Pero ahora he de confesar un aspecto crucial, que también he nombrado alguna vez de pasada: en cuanto tengo la Revista en las manos me voy de inmediato a una sección escrita por Francis desde que ocurrió el fatal desenlace que le ha llevado a incluir este apartado fijo: la muerte de su hermano Manolín.

Muy pocas veces tendrá uno la oportunidad de leer algo tan sublime, nostálgico, evocativo, forjado con una prosa impecable, de extraordinaria belleza y desgarrado contenido. La evocación de la niñez perdida, de la cercanía física evaporada por las terribles circunstancias de la muerte, muerte acompañada de la de su otro hermano, Fernan, tan trágica, y la de sus padres, traída a la memoria en los instantes felices de la inocencia, las travesuras infantiles, la casa ahora abandonada, la vecindad alegre y solidaria, la calle con sus juegos, los desvanes misteriosos, los tebeos, las recordadas películas a la que tan aficionados eran, “herencia” de su padre, las bromas compartidas, las risas, los sueños, los ensueños, las periódicas celebraciones, tan sencillas y a la vez tan grandiosas… El reconocimiento de que todo ya ha pasado y no volverá nunca: los tiempos de candor, la férrea unión de la familia, la cercanía emocional y física, la añoranza de días felices. El “paraíso perdido”, como Francis dice, el ¡paraíso original! que se nos escapó desde el principio de los tiempos, en el poema de John Milton…

¿Quién no tiene -como nuestro querido director- esos puñales, que se van clavando en nuestro corazón cada vez de forma más profunda, a medida que perdemos la presencia de los fueron, más que cercanía, parte de nosotros mismos? Aunque en el caso de Francis la herida ha sido de lo más cruel, de lo más prematuro, de lo más inesperado. Pero él ha sabido, sabe en cada entrega, sublimar el dolor, ofrecernos un testimonio impagable, hacernos partícipes del homenaje que ello supone para lo que fue y sigue siendo presencia imborrable. Por eso, el consuelo  está en los versos, que en esta última entrega reproduce, del poeta William Wordsworth en “Oda a la inmortalidad”, magníficamente expresados en la película que Francis evoca, “Esplendor en la hierba”: “aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba/ de la gloria en las flores, no hay que afligirse/ porque la belleza siempre perdura en la memoria”.

Y así es en estas “Cartas a Manolín”, que espero un día sean recopiladas en un libro, con el que todos nos sentiremos identificados y gratificados en el humano dolor y la belleza del recuerdo que antes o después, con más o menos fuerza, nos acompaña. Francis, con estas cartas nos lleva a la felicidad de lo sencillo, lo familiar, la auténtica felicidad de lo "no contaminado", lo puro, lo entrañable; la compartida cotidianidad de los parientes cercanos, los vecinos, los amigos, el auténtico bienestar de la vida placentera salpicada de anécdotas inocentes, travesuras de niños, complacencias de mayores bien avenidos. ¡Pura poesía, canto a la grandeza despojada de alaracas! Grandeza -narrada desde la pérdida irreparable- de lo humilde y cercano, que es donde está la auténtica grandeza.

jueves, 26 de diciembre de 2024

 REVISTA AZAGALA: UN EJEMPLO DE CALIDEZ Y CALIDAD

Recibo en este comienzo de invierno el último número del año, el 149, de la Revista AZAGALA, que edita el Colectivo Cultural “Tres Castillos”, de Alburquerque, dirigida con incansable perseverancia por Francis Negrete. Y tengo que preguntarme, como nuestro gran poeta Jesús Delgado Valhondo, al titular uno de sus memorables libros: ¿Dónde ponemos los asombros?

Sí, dónde ponemos, en dónde pongo mis asombros, pues cada vez que cae en mis manos AZAGALA siento su calidad y su calidez como un enigma. Porque, ¿cómo consigue ese admirable Consejo de Redacción que dirige Negrete mantener semejante ejemplaridad de lo que debe ser una publicación periódica, digna, aprovechable, instructiva, entretenida y emotiva? ¡Bien orgulloso debe estar el presidente del Colectivo “Tres Castillos”, José Manuel Leal, por editar semejante publicación, que además tiene una versión digital que no le va a la zaga!

Aquí, además de una información local aguda, comprometida y defensora del progreso de la población, vigilante de su gobierno y gobernabilidad, exaltadora de sus valores sociales, encontramos los más variados “regalos” culturales, patrimoniales, históricos, literarios, vivenciales, que se abren a un entorno mayor, hasta darle a la publicación valor universal.

Relacionar sus distintos apartados y colaboradores se haría excesivamente extenso, pues cada uno merecería una detallada reflexión, si bien no puedo dejar de manifestar mi emoción al recordar la nostálgica sección del propio Francis Negrete, que bajo el sobretítulo genérico de “Cartas a Manolín” dedica a su hermano fallecido el pasado año. ¡Magnífica elegía extrapolable en homenaje a todos nuestros muertos! Sublima el dolor de una manera sencilla y “fieramente humana” -como escribía el extraordinario poeta Blas de Otero-, dándole a la fraternidad un sentido profundamente conmovedor.

 Invito fervientemente a todos a adentrarse en la revista, a “comulgar” con ella, haciéndose con esta publicación periódica que no tiene desperdicio y que hace honor a lo que indica en su “subtítulo”: revista independiente de información y cultura. Así que, a partir de 2025, ¡engrosen el número de lectores y de suscriptores, que no se sentirán decepcionados!

MOISÉS CAYETANO ROSADO

viernes, 26 de julio de 2024

 LA REVISTA “AZAGALA” NOS REFRESCA EL VERANO

Abro el buzón de cartas de mi casa en Badajoz y recojo, como una brisa de aire fresco en medio del tórrido verano, la revista AZAGALA, de julio de 2024.

Confieso que, como en las entregas anteriores, busco de inmediato la sección “Cartas a Manolín”, de nuestro compañero director y “Combatiente” Francis Negrete. Emociona hasta las lágrimas su enorme torrente de fraternidad, de esa fraternidad herida por la muerte temprana de su hermano, de sus hermanos. Por la pérdida irreparable de las más puras raíces que conforman la vida profunda y entrañable trenzada en la niñez.

Francis vierte su humanidad en una prosa hermosa, hermosísima, tierna y desgarrada, que es un homenaje a esos seres tan queridos que han dejado su presencia física para siempre, pero que están presentes en el espíritu del que queda y lo cuenta en una valiente confesión, en una elegía de imponente valor humano y alta calidad literaria, que le sirve de bálsamo, que poco a poco cicatrizará una herida tan profunda.

Y la revista es esto -que ya de por sí la encumbra en lo más alto de la comunicación entre personas- y tantas cosas más que la hacen singular, ejemplar como pocas:

- Sus noticias locales con sabor universal, por el sabio tratamiento de lo cercano, que sirve de ejemplo comparativo para cualquiera.

- Su reivindicación de sucesos históricos ejemplares.

- Su capacidad para sacar del olvido hechos antropológicos, etnográficos, sociales, culturales… de alto interés.

- Su valentía en encarar los hechos políticos con energía.

- La incorporación de colaboraciones de amigos de “otras geografías”, entre los que me encuentro, y entre los que destaco un “nuevo fichaje de alto voltaje”: el compañero de aventuras, viajes y asociación “Combatiente” Antonio Maqueda Flores, que nos regala en esta ocasión con un emotivo homenaje de “recordatorios” a Francis.

Porque estoy enfrascado por estos días en un libro sobre luchas campesinas, “hambre de tierras” y reformas agrarias, me interesa de manera especial una entrega de José Narciso Robles Orantos sobre los baldíos de Alburquerque. Hay que seguir escribiendo sobre este tema tan crucial para la población, para la historia social de Extremadura, para la historia del movimiento obrero. Hace bien el maquetador del artículo en ilustrar el trabajo con una pintura de Adelardo Covarsí sobre la entrega de los baldíos hecha efectiva en 1432 por don Enrique de Aragón, y con un recorte de prensa en el que se da cuenta de que “la recuperación de los Baldíos se aprobó con Emilio Martín”, alcalde de Alburquerque cuando la Junta de Extremadura realizó la ocupación legal, iniciada por decreto expropiatorio 119/1992 de 3 de noviembre.

Alguna vez habrá que volver a ello y reivindicar las figuras del equipo municipal que inició el proceso a mediados de los años ochenta del siglo pasado, formado por el Partido Comunista. Mucho he hablado del tema con el que entonces era primer teniente de alcalde, el compañero Esteban Santos Sancho, y el que entonces representaba a dicho partido en la población, el también compañero Gabriel Montesinos Gómez, de nuestro entrañable y dinámico grupo de “Combatientes”.

Refresquémonos, por tanto, con esta revista local, comarcal, ¡general! de alta calidad. Y compartamos el dolor y el amor que a manos llenas hay en ella.

Moisés Cayetano Rosado



jueves, 4 de abril de 2024

 SUBLIME DESPEDIDA

Leo -como siempre, con agrado- esa revista cálida y de calidad que es AZAGALA, publicación local de Alburquerque, que trasciende con acierto a lo universal, porque se tratan con sabiduría los temas cercanos para proyectarlos a la generalidad.

Su director, Francis Negrete, siempre “escarba” en mis escritos y me hace el honor de sacar alguna cosa con la que contribuyo humildemente a la tarea de ese grupo de redacción entusiasta.

Pero hay que reconocer que Francis despunta por su labor, su trabajo incansable, y sus escritos llenos de humanidad, sentimiento profundo y cariño hacia el entorno y su gente, valiente en la denuncia y cariñoso en la amistad, muchas veces haciendo una glosa en las irremediables despedidas definitivas.

Esta vez, en el número que me llega de marzo de 2024 (nº 143), entre otros trabajos que se leen como un bálsamo en medio de las agitaciones cotidianas, este infatigable director tiene la suficiente capacidad de superación de su propia angustia para escribir un par de páginas que se leen con el alma en la mano. Se trata de “La alegría de Manolín”, un recuerdo palpitante de su hermano mayor, muerto recientemente tras sucumbir a la maldición del cáncer contra el que llevaba varios años luchando.



Pocas veces podrá uno leer algo tan sublime, un homenaje tan hermoso, una declaración de amor fraternal tan emotiva. ¡Cómo se pueden expresar sentimientos tan profundos con palabras! ¡Cómo se nos puede hacer partícipes de algo tan desgarrador con esa serenidad que profundiza en lo mejor del alma humana!

Leed, leed con atención lo que constituye un testimonio escrito desde lo más profundo, con una prosa limpia, sincera y, a pesar de lo triste, de lo trágico e irreparable, llena de una gran hermosura.

Moisés Cayetano Rosado

martes, 1 de marzo de 2022

 EL DOLOROSO FIN DEL OLVIDO 


Autor:
Luis González Soto.

Edita: Diputación de Badajoz, 2009. 172 págs.

Aunque han pasado más de una docena de años desde su publicación (su divulgación no se hizo efectiva hasta seis años después, por desavenencias con el alcalde de Alburquerque, Ángel Vadillo), quiero reseñar este libro impactante, que no debe caer en el olvido. Libro que ya desde el título nos previene contra ello: El fin del olvido, porque hay que rememorar lo que merece tener presente para ser conscientes de nuestra fragilidad, nuestro posible envilecimiento, y la necesidad de prevenirnos contra ello. Libro testimonial, pero a la vez obra delicadamente escrita, de una prosa sencilla y narración bien tramada. Su autor, Luis González Soto, fallecía -nonagenario- en noviembre de 2021, por lo que esta reseña ha de ser un homenaje a su memoria.

Al respecto, recuerdo que el 19 de noviembre de 1971 compré en la Librería “El Drugstore” de Barcelona un poemario que me acompañaría siempre desde aquellos 19 años de edad y que ahora vuelvo a repasar: “Poesía, 1956-1970”, de Eladio Cabañero, un perdedor de la infame “Guerra”, un perdedor siempre de la vida acomodada. Me acuerdo de la fecha porque conservo casualmente el ticket de compra, como “señalador de página”.

Por ese tiempo frecuentaba el Hogar Extremeño de Barcelona, y allí conocí a personajes singulares de los que siempre he guardado un señalado recuerdo. Entre ellos, entrañablemente, siempre he tenido presente a uno de los miembros de su Junta Directiva, a Luis González Soto, con el que departí con frecuencia de poesía e incluso compartiría un premio poético del Hogar en 1972.

Hombre agradable, educado, cortés, siempre sonriente y de una elegancia natural que me estimulaba. Después, no he vuelto a coincidir con él, aunque por amigos comunes tuve cierta relación, en especial porque ambos colaboramos en la Revista “Azagala”, de Alburquerque, su pueblo natal. Mucho me hablaban de su vida Francis Negrete, el director de la Revista, y Esteban Sancho, uno de sus integrantes del Consejo de Redacción.

Y ocurre que, cuando ya no puedo intercambiar comentarios con Luis, Esteban me entrega un ejemplar de su libro autobiográfico El fin del olvido, poniéndome previamente un poco al día de su traumática experiencia en la Guerra Civil, que se le atravesó de niño, marcándolo de forma trágica.

Leyendo el libro he vuelto a recordar unos versos memorables de aquel poemario entrañable de Eladio Cabañero, de edad similar a Luis e igualmente golpeado por la sinrazón:

Y el campo, ¿cómo era

antes de que aquel cielo, aquellos hombres,

se fueran a la guerra para no volver nunca?

[…   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …]

Eran caras alegres como nunca haya visto.

Era antes de la guerra y yo tenía

de cuatro a cinco años.

Muchos ya no volvieron.

Algunos no volvieron a echar hato los lunes

para irse de semana, de vendimia.

El cielo no volvió ni fue tan claro.

La gente se hizo dura,

y a los niños dejaron de querernos.

Y nosotros, mis primos, mis amigos,

no volvimos tampoco de la guerra.

 

En El fin del olvido, Luis González Soto escribe una hermosa y desgarradora frase (podría haberla firmado el mismo Eladio Cabañero) que es el centro neurálgico de todo el libro, un libro que a medida que pasan las páginas se vuelve más desgarrador y trágico, y que en este párrafo de tintes poéticos marca un límite entre lo informativo que antecede y lo emotivo que sucede a continuación:

Muchos años después me daría cuenta de que lo que nos estaba ocurriendo en aquellos momentos de inseguridad y de miedo era que nos enfrentábamos a un fenómeno social desconocido para nosotros: la guerra. Con ella terminaba una época feliz, las excursiones a Panda en compañía de mi abuelo, el sencillo placer de merendar pan de centeno regado con aceite de oliva, el chocolate de las visitas de mi madre, las aceitunas aliñadas con tomillo de mi inefable tía Pascasia… Allí terminaba también mi propia infancia, que moría sacrificada por unos hombres que se habían propuesto arreglar el mundo a cañonazos sin tener en cuenta que las verdaderas víctimas de su intransigencia seríamos los niños, que no teníamos ninguna culpa de sus desacuerdo. [pág. 146]

 

Dividido en 31 capítulos, dos anexos y bibliografía, más acertado Prólogo de Francisco Rodríguez Criado, el libro sigue un orden cronológico. Se remonta especialmente al controvertido tema de la posesión de tierras comunales en la población de Alburquerque, los famosos Baldíos, tierras comunales acaparadas por un grupo de potentados, que van a ir marcando el acontecer socio-político de la villa; después se va deteniendo en las distintas etapas de la II República, para a continuación detallar de manera especial la tragedia de la Guerra Civil y la desesperante y vengativa posguerra que ha ido marcando a sus habitantes hasta el presente.

A través del “hilo conductor” de una familia venida de Cataluña para instalar una fábrica de corcho en Alburquerque (la familia Casanova) y de la suya propia -tan entrañable unida a ella, por el trabajo y trágico destino común de perdedores de una guerra en la que no tuvieron más parte que como víctimas inocentes-, Luis González Soto nos presenta una narración rigurosa, testimonialmente impagable.

Las inquietudes liberales, progresistas, de desenvolvimiento socio-económico de unos grupos capaces de transformar el destino sumiso de un pueblo sometido al caciquismo, para lograr la justicia social pacífica, se vieron cercenadas por la involución de los victoriosos, potenciados por los “nuevos” aires del fascismo, aliados al clericalismo tridentino. El “aire fresco” de la II República se vio emponzoñado por la violencia de la guerra y el correlato de una “victoria” que se impuso violentamente a la “paz”.

Digamos que Luis González Soto, en su El fin del olvido, rescata primeramente la “memoria” de los antecedentes remotos del problema social y económico de la población (tan similar al de su entorno, al “Sur” en general): la falta de tierras, de trabajo, de recursos de subsistencia para la inmensa mayoría; estudia después la esperanza de los nuevos tiempos republicanos y el empuje empresarial de la riqueza autóctona -especialmente el corcho-, y desemboca en la traumática guerra que puso fin a la esperanza: allí terminaba también mi propia infancia, escribe el autor, como Eladio Cabañeros había versificado: y a los niños dejaron de querernos.

Conforme avanzamos en la segunda parte, la de la guerra y posguerra, el relato se hace doloroso, insoportable, por la crueldad de los acontecimientos, por la saña en las persecuciones, las torturas, la violación, la muerte, la prolongada persecución y represalias tan crueles.

¡Cuánto debió sufrir el niño que fue Luis González Soto en los años cuarenta, en la adolescencia y primera juventud de los cincuenta, tan marcados por el odio y las continuas vejaciones hacia él y su familia, con el padre huido y muerto en Francia, sin volverlo a ver! O esa familia catalana tan terriblemente perseguida y mortificada. O tantas familias trabajadoras de Alburquerque, de Extremadura, de España, de cualquier lugar del mundo donde los vencidos son sujetos de todas las represalias, justificadas con la espada, la cruz o/y otros símbolos bajo el manto de sagrados.

Leer estas memorias resulta conveniente para entender el mundo, para acercarnos al alcance de la maldad humana. Y también para comprender la capacidad de sobrevivencia a que se puede llegar, aunque las heridas estén ahí, y se muera con ellas, como le ha ocurrido a este querido amigo, poeta, humanista, que siempre estará vivo en el recuerdo.

MOISÉS CAYETANO ROSADO

domingo, 21 de marzo de 2021

LA DIGNIDAD DE UN PUEBLO

Tenía yo un buen amigo en Alburquerque, que después se convirtió en alcalde. Un alcalde abrumadoramente votado por sus paisanos, lo que festejé con mucha alegría. Y le acompañé en fiestas; en recorrido por el propio Ayuntamiento; en mítines, compartiendo escenario. Después  experimenté un alejamiento que comenzó por sus decisiones sobre el patrimonio fortificado de la población, sobre el que ejerció una acción irreverente, destructiva, en lo que se vio respaldado por el partido por el que fichó tras largo tiempo de caminada con grupo propio: el PSOE. Algo traumático para mí; al principio no entendía la oposición de gente tan luchadora como Esteban Santos o Francis Negrete, a los que luego he tenido que dar la razón, y no solamente en esto sino en el gravísimo problema persistente del maltrato laboral a los funcionarios y trabajadores municipales.

Ahora, tras la huelga de hambre de uno de los funcionarios, policía municipal, así como la protesta de parte de los trabajadores que llevan sin obrar más de cuatro meses, me siento golpeado. Golpeado por aquel en quien creí y que ahora es el “asesor” de la alcaldesa incondicional a sus decisiones (él no puede seguir con el “bastón de mando” por inhabilitación judicial). Pero también golpeado por los dirigentes el partido que lo sustenta (PSOE) y que no toma la decisión necesaria de expulsarlos a ambos de su protección de manera pública y contundente.

El pueblo de Alburquerque, esta admirable población que desde muy pequeño vi como el “hermano mayor” del entorno (soy de la comarca, de La Roca de la Sierra), tan hermoso, monumental, lleno de historia, de arte y de naturaleza, maravilloso todo ello, merece otro destino, otra dirección, otra manera de tratar a sus propios habitantes y sus trabajadores.

Aún espero de la alcaldesa y de Ángel Vadillo una explicación de sus actitudes y decisiones; explicación al pueblo, a la sociedad en general, porque la situación es totalmente insostenible, y ya resulta absolutamente inaguantable, tras aquella huelga de hambre, las protestas cotidianas de trabajadores en la puerta del Ayuntamiento, y los actos de repulsa que se vienen sucediendo cada sábado en la plaza principal de la localidad.

Moisés Cayetano Rosado