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domingo, 15 de enero de 2023

 APAÑAR ACEITUNAS

                                                  Moisés Cayetano Rosado

Cuando fui a Barcelona en enero de 1971 para buscar trabajo, lo primero que hice fue visitar a mis paisanos en el barrio periférico de Verdún, donde vivía una amplia colonia. Había llegado en la gran oleada migratoria de los años sesenta, atraídos por la amplia oferta laboral, por el efecto “llamada” de unos a otros, al encontrar acomodo.

Era anochecido y, tras saludar a varios, tomando unos vinos en uno de los bares de la zona, comenté de pasada:

-¡Qué frío hace! Seguramente helará esta noche.

- Frío -contestó alguno- apañando aceitunas por los cerros del pueblo, y bien “putas” que las he pasado desde pequeños, por un sueldo de pena.

- ¡Eso -le apoyaban otros-, que aquí estamos trabajando bajo techo y siempre tenemos cinco duros para gastarlos donde se quiera!

-Y  ya puede llover o granizar, que siempre nos va a caer el jornal, no como allí, que si el día estaba malo tenías que quedarte en casa sin una peseta para comprar el pan -terciaba uno más.

Sí, esa era la diferencia, aunque luego la nostalgia nos royera, nos estuviera sumiendo en una tristeza contenida, malhumorada, que se desahogaba arremetiendo contra la tierra de origen, pero también contra la de recepción. De allí, maldiciendo de la costumbre de hablarte en su idioma y mirarte por encima del hombro, como perdonándonos la vida, ignorando nuestro cotidiano batallar (¡cuánto aprendí sobre ello de mi amigo Francisco Candel y su libro impactante y novedoso “Los otros catalanes”!); de aquí, despotricando de “los señoritos” avarientos, explotadores de la tierra y los hombres sin más recursos que sus manos.

Ahora, planeaba por encima de todas nuestras cuitas el recuerdo de la recogida de aceitunas. Levantarse antes de salir el sol, tomarse el café, alguna copa de aguardiente, una tostada… y marchar a pie, en bicicleta o en carro hacia los olivares. Todo blanco de escarcha, helado, con carámbanos en los charcos del camino y en las veredas y surcos de los olivos. Con un viento cortante, con neblina congelada azotándote la cara.

Se vareaban las ramas de donde caían las aceitunas disfrazadas de blanco, rojas como rubíes o negras como azabache al ir despertando con el día. Había que apañarlas a “mano desnuda”, una a una, lo que muchos hacían con admirable destreza, con una rapidez de máquina incansable.

En un claro de la arboleda se hacía la lumbre para que de cuando en cuando los jornaleros pudieran ir a calentarse, a desentumecer las manos insensibilizadas por el frío extremado.

Avanzaba el día y se hacía más llevadera la faena, pero el dolor de espaldas, las horas de estar agachados recogiendo aceitunas, o erguidos azotando con una vara larga las ramas de los árboles, iban derrotando los cuerpos esforzados.

Al llegar la oscurecida, se recogían los trastos esparcidos, las mantas, las fiambreras, los botijos del agua…, los sacos de aceitunas, y regresaban al pueblo para tomarse algún trago en la taberna, preparar la cena, descansar… y volver otra vez muy de mañana a la faena… si había suerte, te llamaban para continuar y… no llovía.

- ¡Aquello sí que era sufrir, por un sueldo de miseria!, me comentaban mis paisanos.

Sí, era una vida dura, una vida insegura, una vida plagada de necesidades de la que tantos (el 45% de los extremeños, como de otros regiones de la España rural, así como del Alentejo, las Beiras de Portugal, Tras-os-Montes…) marcharon hacia las zonas industriales, en los años del desarrollismo europeo (1960-1975), buscando en el peonaje de las grandes urbes su oportunidad para una vida mejor.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

INMIGRACIÓN EN ESPAÑA Y PORTUGAL EN EL CAMBIO DE SIGLO (y II).
MASIVO MOVIMIENTO DEMOGRÁFICO.

MOISÉS CAYETANO ROSADO
Doctor en Geografía e Historia

LA INMIGRACIÓN EN PORTUGAL.
La llegada de inmigrantes extranjeros a Portugal se inicia imperceptiblemente en 1981, en que la población foránea es de alrededor de 50.000 personas, duplicándose en 1989. No dejará de subir en la siguiente década, llegando a 200.000 diez años después, e inaugurando el nuevo siglo con aportes poblacionales continuados, que se aceleran a partir de 2005 en que se alcanzan más de 250.000 extranjeros. La subida en los siguientes cuatro años va a ser significativa: 450.000 residentes venidos de fuera en 2009, el 4’3% del total poblacional.
Pero a partir de ese año se inicia el declive, pues ya los efectos de la crisis de la “burbuja inmobiliaria y bancaria” comienzo a causar sus efectos: se produce un parón en las entradas y cierto flujo de retorno por parte de los inmigrantes afectados por la falta de trabajo, si bien los movimientos de salida no serán muy significativos, pues tampoco la situación de sus países de origen dan para un retorno esperanzador.
En cualquier caso, este nuevo ciclo migratorio (inédito por pasar a ser Portugal zona de recepción, cuando tradicionalmente lo fue siempre de emigración) se cierra, como se cerró el de salidas en los años del desarrollismo europeo. Éste supuso quince años de sangría para Portugal, y el reciente casi otros quince de recepción de “savia nueva” para su envejecida pirámide poblacional, ya que los emigrantes siempre son abrumadoramente personas en edad útil laboral.
La procedencia de los inmigrantes en Portugal, antes de iniciarse el “grueso” del proceso, había sido la tradicional: sus antiguas colonias africanas (Cabo Verde, Angola y Guinea) y Brasil, que entre las cuatro suponían el 60% del total. Al final del mismo, se mantiene su importancia, aunque desciende al 40%, irrumpiendo con fuerza la presencia de ucranianos (11% del total) y rumanos (9%), que se sitúan en importancia numérica tras los brasileños (si bien éstos suponen casi el 30% de todos los inmigrantes, cuando diez años antes no llegaban al 10%).


LA INMIGRACIÓN EN ESPAÑA.
También al comienzo de la década de los años ochenta se inicia lentamente la afluencia de emigrantes extranjeros a España, que en 1991 alcanza la cifra de 360.000. Pero será a partir del inicio del siglo XXI cuando se masifiquen las llegadas, que en el año 2001 ya suponen 1.370.000 residentes extranjeros.
Ningún país europeo alcanzará la masificación migratoria que experimenta España en los diez primeros años del siglo XX, alcanzándose casi los seis millones de residentes extranjeros, para una población de cuarenta y seis millones de habitantes. Esto supone un 13% del total poblacional, tres veces más porcentualmente que los recibidos por Portugal y casi el triple de los emigrantes españoles de la etapa del desarrollismo (1961-1975). Algo inédito para España en toda su historia, y que supera la emigración recibida por el resto de los países europeos.
A partir de 2010 la emigración se ralentiza, a causa de la citada crisis de 2008, y ya no volverá a remontar. Al contrario, en los cinco años siguientes se perderán un millón de extranjeros, la mayoría por retorno a sus países de origen, si bien no hay que descartar los que se nacionalizan como ciudadanos españoles, al cumplir los requisitos legales. En cualquier caso, la etapa inmigratoria se cerró, como en el caso general de nuestros vecinos, y en particular de Portugal.
La procedencia de los inmigrantes en España es esencialmente de cuatro países, que en el momento álgido de su presencia (2011), cuando se alcanza los 5.730.667 extranjeros, es: rumanos, 15’6%; marroquíes, 13’7%; de Reino Unido, 6’95%, y de Ecuador, 5’4%. Todos ellos emigración esencialmente laboral, menos en el caso de Reino Unido, que se trata mayoritariamente de residentes de tercera edad.
Es de destacar que tanto en el caso español como en el portugués todas las nacionalidades presentes en su territorio bajan su presencia entre los años de afluencia masiva (2000-20010) y la actualidad… menos la comunidad china, que aumenta espectacularmente en estos cinco últimos años, triplicándose en el caso portugués y duplicándose en el español. Y a diferencia del resto de los emigrantes que se emplean mayoritariamente en el peonaje agrícola, de servicios y construcción civil, los chinos lo harán como autónomos en la restauración y el comercio.


¿Y EL FUTURO?
En los momentos actuales, cuando aún estamos inmersos en la terrible crisis económica desatada alrededor de 2008, es impredecible el futuro. Por lo pronto, el retorno de los que eligieron nuestros dos países en los años de bonanza, no es fácil, dado que la situación en sus lugares de procedencia sigue siendo pésima; en cuanto a la población de origen español y portugués, especialmente la juventud, vuelve a cifrar sus esperanzas en la Europa Central y Norteamérica: no se trata ahora de peonaje sin cualificar, como en los años sesenta del siglo pasado, sino de jóvenes preparados, bien formados en gran parte de los casos, con dominio de idiomas, que en la Península ibérica no encuentran salida laboral y prueban suerte, como generaciones anteriores, en la Europa más de desarrollada, en Canadá y EE.UU.

Los movimientos migratorios actuales están ralentizados, pero no cesan, asistiéndose de nuevo a una pérdida de capital humano como era tradicional, exceptuado ese paréntesis de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, donde por una vez en la historia contemporánea nos convertimos en la “tierra prometida”.

martes, 1 de noviembre de 2016

INMIGRACIÓN EN ESPAÑA Y PORTUGAL EN EL CAMBIO DE SIGLO (I).
PRECEDENTES Y “ARRANQUE”.

MOISÉS CAYETANO ROSADO
Doctor en Geografía e Historia

NUESTRO PRECEDENTE MIGRATORIO.
España y Portugal han sido tradicionalmente países de emigración, de trabajadores que buscaron fuera de sus fronteras una oportunidad laboral como salida a una situación de dificultades e incluso miseria en sus lugares de origen.
Los flujos de salida en los años del “desarrollismo europeo”, entre 1960 y 1975, serían realmente extraordinarios, fundamentalmente dirigidos hacia Europa, especialmente con destino a Francia, Alemania y Suiza, a puestos de peonaje y mano de obra en general sin cualificación.
Si los datos registrados por nuestros dos países ya son en sí importantes, las estadísticas de los lugares de recepción son aún más extraordinarios, pues a los que aquí podemos cuantificar como “salidas asistidas”, legalizadas, en destino se añaden los que acceden sin cobertura de los Institutos de Emigración. De esta forma, entre 1961 y 1975 serían más de dos millones los españoles (un millón trescientos mil asistidos y más de setecientos mil que marcharon “a la aventura”) y casi un millón y medio los portugueses (subiendo de medio millón los ilegales).
Altas cifras en ambos casos, pero porcentualmente más abrumadoras en el caso portugués, que representan el 17% de su población de 1960, siendo en el caso español el 6’6%.
En cuanto a los lugares de destino, es más concentrada la emigración portuguesa, dirigida fundamentalmente a Francia (casi el 44%), con mucha diversidad de otros destinos, entre los que sobresalen los de Alemania, Estados Unidos, Canadá y Brasil. En el  caso español, se reparte fundamentalmente entre Alemania (30%), Suiza (30%) y Francia (20%).
Esta corriente migratoria sufriría un parón prácticamente total a consecuencia de la crisis económica mundial de 1973, cortándose dicha sangría migratoria de manera significativa, y no volviendo a retomarse hasta que la nueva, gravísima y continuada crisis iniciada alrededor de 2008 “empuja” especialmente a los jóvenes de entre veinte y treinta años a buscarse un porvenir fundamentalmente dentro de la Europa Comunitaria a que pertenecemos y Norteamérica.

LA LLEGADA DE INMIGRANTES A NUESTRA PENÍNSULA IBÉRICA.
La crisis económica mundial de 1973, agravada aún más en 1979, con los conflictos en Oriente Medio y la subida de los precios del petróleo, retuvo los flujos migratorios en esos años y la década posterior, ya que las fronteras de la Europa del desarrollismo se cerraron de manera contundente para la mano de obra extranjera de cualquier tipo. Más bien se produjo un retorno de los muchos trabajadores que quedaban sin trabajo.
Por lo que respecta a España y Portugal, la contención en movimientos de salida se aparejó con tímidos retornos, pues nuestra situación no daba para una acogida laboral ni de compatriotas ni de extranjeros, por supuesto.

Sin embargo, en los años noventa se comienza a ver una tímida recuperación económica generalizada, que en España y Portugal tiene síntomas esperanzadores, por el impulso de la industria turística y el desenvolvimiento inmobiliario (urbanizaciones, hoteles, complejos de ocio…) que llevó aparejado. En el caso español fue una “fiebre constructiva” sin precedentes ni parangón en toda Europa, que demandó grandes cantidades de mano de obra. Estábamos a las puertas de un fenómeno nuevo: la recepción de emigrantes extranjeros en la Península ibérica.