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domingo, 14 de mayo de 2017

DEL CASTELO DE ALMOUROL AL DE AMIEIRA DO TEJO, PASANDO POR LA FORTALEZA DE ABRANTES Y EL CASTELO DE BELVER 

Moisés Cayetano Rosado

Siempre me ha resultado fascinante el Castelo de Almourol, en medio del río Tajo, en una pequeña islita a la que se accede en barca de la Junta de Freguesía de Tancos desde la orilla izquierda, gozándose desde el agua de unas vistas espectaculares del conjunto fortificado. Aunque muy retocado en el siglo XIX y especialmente en los años 40 y 50 del siglo XX, la impresionante Torre del Homenaje de esta fortaleza templaria y las dos cinturas de murallas, con ligeras torres albarranas en sus ángulos dirigidos aguas arriba y abajo del Tajo, forman un conjunto de “ideal romántico” de castillo de Plena Edad Media muy adecuado al ensueño del visitante.
Recorrer su interior, admirar el paisaje acuático y montañoso de los alrededores, pasear por el exterior de su perímetro en buena parte alamborado, siempre es una experiencia relajante, que nos “invita” a seguir una mínima ruta de “castelos vigilantes del Tejo”, cuya muestra más compleja se nos ofrece ligeramente al este, en la orilla derecha del río: la fortaleza de Abrantes y su complejo defensivo.
Abrantes tuvo inicialmente un castillo románico mandado construir por D. Afonso Henríques, reformado en el siglo XIII, con tipología gótica, y gestionado por la Orden de Santiago. De ello apenas resta la Torre del Homenaje, profundamente retocada, tras su destrucción por el terremoto de Lisboa, del siglo XVI.
El protagonismo de esta fortaleza y población en general como “chave da Província de Estremadura” durante los siglos XVIII y XIX (Guerra de Sucesión española e Invasiones francesas, respectivamente), hizo que sus defensas fueran reforzadas concienzudamente, con torres cilíndricas, baluartes y medios baluartes adaptados a las necesidades de la defensa pirobalística, dotándose los diversos cerros cercanos de construcciones adaptadas al empleo de baterías artilleras. Hoy en día, abierto al público libremente, padece cierto grado de abandono que se debería rectificar, pues el conjunto ofrece una interesante “lectura histórica” desde la conformación de Portugal como reino a mediados del siglo XII hasta mediados del siglo XIX.
Desde este emplazamiento complejo seguimos viaje unos cuantos kilómetros más al este, por la misma orilla del río, hasta llegar a Belver (gran sitio, dicho sea de paso, para comer “pernil de porco assado ao forno” o “lucio-perca assado” acompañado de una “açorda como ovos de peixes do río” y regado con vino tinto de la zona).
El castillo hospitalario de Belver es un ejemplo muy interesante de castillo románico, con Torre del Homenaje ocupando el centro del recinto y envoltura ovalada, de torres cuadrangulares, y curiosos refuerzos artilleros, destacando en especial dos protegiendo la puerta de entrada principal, de baluarte entero el occidental, con cortina de unión entre ambos y gran desnivel hacia elTajo, a cuyo mismo borde se alza.
Y de aquí, “saltamos” a la otra orilla, para llegar enseguida a una población privilegiada en cuanto a paisaje montañoso, de gran frondosidad y belleza: Amieira do Tejo, cuyo castillo sorprende al visitante por su magnífica silueta ligeramente rectangular, con torre cuadrada en cada extremo, siendo la que se eleva sobre la entrada principal de la fortaleza la Torre del Homenaje, más alta y voluminosa que las restantes.
El Castelo hospitalario de Amieira está considerado como el mejor ejemplo portugués de fortaleza gótica, de gran capacidad defensiva, con esas cuatro torres bien dispuestas para el flanqueo ya de uso artillero, un amplio y despejado patio de armas en el interior y fuerte barbacana perimetral, a la que seguía un foso actualmente desaparecido.

Para una jornada de visitas no está mal el recorrido, si bien se hace preciso comenzar temprano en la mañana, terminando cuando se anuncia la noche, pues al disfrute de esta red de fortificaciones (que podemos extender al este y al oeste, en esa línea bien protegida del río Tajo desde su entrada en Portugal hasta Lisboa) hemos de unir lo atractivo del paisaje, las muchas rutas senderistas de la zona, otros tesoros patrimoniales que van desde dólmenes, pinturas y grabados prehistóricos, iglesias, palacetes, caserío… indicadores firmes de que se ha de volver para realizar esas otras opciones también de irresistible interés.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

DE JEREZ A BURGUILLOS PASANDO POR EL DOLMEN DE TORIÑUELO
Vista de la Alcazaba de Jerez desde la carretera de circunvalación
Moisés Cayetano Rosado
Cuando vamos de Badajoz a Huelva y dejamos atrás los extraordinarios valles de inmensos encinares en que se cría el cerdo ibérico, nos aparece Jerez de los Caballeros, destacando sobre el caserío las esbeltas torres de sus iglesias.
Si entramos a la población por la circunvalación que conduce a su Alcazaba -de origen musulmán-, allí se nos despliega un mundo esplendoroso, dispuesto a una lección de arte que va desde este recinto defensivo, conformado después por los templarios, hasta la sucesión de estilos que representan sus iglesias, donde las torres constituyen lo más atractivo del lugar.
Jerez fue conquistada a los musulmanes en 1230 por Alfonso IX de León, con la ayuda templaria, a cuya Orden hace el rey donación de la villa. El Temple repuebla la comarca, si bien con su forzada disolución en 1312 pasa de nuevo a la Corona, que en 1370 se la cede a la Orden de Santiago, quien continuará su engrandecimiento.
Las guerras con Portugal de los siglos XVII y XVIII la afectarán negativamente, pero el legado monumental, especialmente religioso (iglesias, ermitas y conventos), llegará en aceptable estado a nuestros días.
De ese legado hemos de destacar especialmente sus iglesias de portentosas torres, como quedó apuntado.
Parroquia de Sta. María desde la Alcazaba
Así, la Parroquia de Santa María de la Encarnación -lindante con la Alcazaba-, uno de los templos católicos más antiguos de España (consagrado en 556), reconstruido en el siglo XVI, con recia torre concluida a principios del siglo XIX.
La Parroquia de San Miguel -en el centro de la ciudad-, santiaguista, construida en el siglo XIV y ampliada hasta mediados del siglo XVIII, en que se remata su torre (1756), de traza barroca, con gran riqueza decorativa.
Torres de San Miguel y de San Bartolomé, a los extremos del caserío
La Parroquia de San Bartolomé, más al norte -también intramuros de la antigua cerca medieval hoy conservada parcialmente-, del siglo XV, pero remodelada en el XVI, XVII y XVIII  (en que se levanta la torre campanario junto a la fachada principal, de clara influencia sevillana, con enorme riqueza ornamental en yeso policromado, barro vidriado y cerámica).
Parroquia de Santa Catalina
La última Iglesia Parroquial -ésta extramuros-, es la de Santa Catalina, una vez más de monumental torre, aunque más sobria que las dos anteriores, pero espectacular en su interior, donde destaca el inmenso retablo barroco del altar mayor, en madera policromada, dotado de bellísimas esculturas.
Palacios, casas solariegas, cuidadas plazas, puertas  del recinto amurallado (de Burgos -s. XIII- y de la Villa -s. XV-) completan un conjunto admirable, que en la Semana Santa redobla su atractivo, por la fama de sus Pasos: declarada de Interés Turístico Regional, está a poco de alcanzar la calificación de Nacional, que bien merece.
De ahí, si nos encaminamos hacia Zafra (que precisaría de otra “anotada visita” por sus valores monumentales y urbanos, aparte de su envidiable gastronomía, como también le ocurre a Jerez, sin duda), al salir de la población nos encontramos a la izquierda el Dolmen de Toriñuelo. Desde la misma carretera se ve el túmulo que lo conforma.
Entrada al dolmen de Toriñuelo
Este monumento funerario pertenece al Calcolítico, y bajo el pequeño “cerro” que exteriormente contemplamos contiene una cámara ovalada de 3’80 por 3’50 metros, con trece ortostatos (se conservan doce de estas grandes losas verticales) y cubierta en falsa cúpula. Destaca el largo corredor de acceso, de 25 metros, con altura máxima -a la entrada- de 1’42 metros.
Ya puestos en carretera, merece acercarse a Burguillos del Cerro, para subir a su portentoso castillo templario, levantado sobre construcción musulmana como en el caso de Jerez -con quien también tiene semejanza en su Iglesia Parroquial, especialmente en su sobresaliente campanario-, destacando la Torre del Homenaje, desde la que las vistas al entorno son inolvidables.
Vista parcial de Burguillos desde el castillo
 Interior del Centro de Interpretación de la arquitectura popular
Al subir habremos quedado atrás -en la falda del monte- a la Iglesia de Santa María de la Encina, edificación  del siglo XIV, convertida en cementerio en el siglo XIX, luego abandonada, y desde 2003 reconvertida en Centro de Interpretación de la arquitectura popular en Extremadura, con paneles, maquetas, audiovisuales, etc. que ilustran el modo de vida, la identidad cultural de los pueblos agro-ganaderos.
Burguillos, que ha sabido recuperar este monumento gótico tardío y darle un uso más que digno admirable, también ha logrado lo que -en la larga “batalla” de gestiones y captación de recursos económicos- pareció un sueño: transformar las ruinas lamentables de lo que fue su Parroquia de San Juan Bautista (igualmente del siglo XIV, luego cementerio y después destrozo y desolación) en Centro de Investigación, Turismo y Cultura, dedicado especialmente a la Orden del Temple.

Culminó el proceso en 2011, lo que se explica -con sus resultados- pormenorizadamente en un cuidado volumen publicado en 2015 por el Ayuntamiento de la localidad, mostrándonos el modelo que tantas localidades de nuestro entorno deberían seguir para recuperar, poniendo en valor y uso, su patrimonio monumental, sus “tesoros” heredados, que no podemos ni debemos condenar a la ruina, el olvido y abandono, como en tantos casos ocurre, por desgracia.

jueves, 4 de diciembre de 2014

NUEVA VISITA AL CASTILLO DE ALBURQUERQUE
Moisés Cayetano Rosado
Después de estar cerrado durante siete años, por unos proyectos quiméricos que pretendían llevar una Hospedería, alterando la fisionomía, la integridad y la autenticidad del monumento, hace un año que podemos volver a disfrutar del Castillo de Alburquerque.
Esta espectacular fortificación roquera sería levantada fundamentalmente en el siglo XV, tras haber sido disputado el lugar por cristianos y musulmanes en la Edad Media, pasando a la Orden de Santiago, cuyo Maestre, don Álvaro de Luna lo reformó, amplió y mandó construir la enorme Torre del Homenaje en 1445, visible a varias decenas de kilómetros a la redonda.
Su sucesor, don Beltrán de la Cueva, continuó la adecuación de las instalaciones, que se completan entre 1465 y 1472, dotándola de unas espléndidas murallas exteriores, con altura media de 10 metros. Hoy día, recorrer su adarve es todo un espectáculo, que nos regala la visión extraordinaria de la Sierra de San Pedro al medio y los extensos valles del norte y sur, de Extremadura y Alentejo.
La entrada al castillo ha de hacerse con guía, estando establecido en la actualidad un horario de turnos: a las 11,00 h., 12’00 y 13’00 por la mañana, y a las 16’00 y 17’00 horas por las tardes, menos los lunes. Dichas visitas son gratuitas, caso poco frecuente en este tipo de monumentos, en que no se nos libra de al menos 5 o 6 euros por persona. Tal vez sería conveniente ponerle algún precio, pues ya se sabe que “no se valora lo que no se paga” y todos hemos de contribuir a la conservación de lo que se disfruta, aparte de que la profesionalidad de quienes nos conducen es más que aceptable.
Además de la belleza de la Torre del Homenaje, con sus cinco pisos, es una grata experiencia el propio acceso a través de la Torre de las Cinco Puntas y el puente que las comunica, así como el recorrido perimetral por la Plaza de Armas y la Iglesia románica tardía de Santa María del Castillo, que allí se encuentra.
Desde lo alto de los paseos de ronda, mirando hacia la población, las vistas al caserío nos permiten contemplar la belleza del estilo constructivo rural medieval y sus expansiones posteriores, con las cubiertas de teja roja y el encalado de fachadas. También se observa desde allí la línea de defensa en forma de “redientes” levantada por los portugueses durante su ocupación en la Guerra de Sucesión española, a principios del siglo XVIII: el único vestigio de “fortificación abaluartada” efectuado en Alburquerque, y que aquel “sueño” de Hospedería alteró abriendo ventanales que simulan aspilleras y puertas en muros cuyo sentido histórico es de defensa cerrada.

Inmediatamente que salimos del castillo, nos encontramos con la Iglesia de Santa María del Mercado, gótica, de los siglos XIII y XIV, con añadidos barrocos del siglo XVIII. Monumento muy digno de visitar con detención, donde también efectúan un recorrido explicado por personal propio. En uno de sus laterales, hacia el Barrio de Villa Adentro, se conservan varias tumbas antropomorfas en roca viva.
Y ya en este barrio medieval, también llamado “de la Teta Negra”, disfrutamos de un callejero quebrado, adaptado a las curvas de nivel del montículo del castillo, con buen número de casas que conservan sus puertas de entrada ojivales, de granito. Barrio Judío hasta su expulsión a finales del siglo XV, que protege en buena parte la muralla medieval recogiéndolo, con dos magníficas puertas de entrada: la de Valencia, flanqueada por dos torreones cilíndricos de 13 metros de altura, y la Puerta de la Villa, por donde salimos a la plaza principal de la población.
En esta plaza podemos tomar -de entre las múltiples ofertas de bares y restaurantes de la zona- alguna copa y tapa en la antigua Ermita de Nuestra Señora de la Soledad, construcción barroca del siglo XVIII, convertida en discreta, agradable cafetería.

Alburquerque da, desde luego, para mucho más, pero en este breve recorrido motivado por la visita al castillo, no estará demás acercarnos  a unos abrigos rupestres que hay lindantes con las piscinas municipales, donde podremos contemplar diversas pinturas esquemáticas en la roca, que fueron declaradas Monumento Nacional en 1942, y que datan de la Edad de Bronce. Lugar, por cierto, desde donde las vistas del castillo y sus altivas torres son fantásticas, y nos confirman lo que ya sabíamos: que el de Alburquerque es uno de los castillos roqueros más grandiosos y admirables que podemos contemplar.