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miércoles, 26 de noviembre de 2014

TRILOGÍA DE LA GUERRA Y EL MIEDO

Moisés Cayetano Rosado
Conocía, desde hace muchos años, buena parte de la poesía de Alfonso Albalá, escritor y periodista nacido en Coria en 1924, y muerto prematuramente, en 1973. Sin embargo, su narrativa no había llegado a mis manos, pese a que ya en 1968 publicara dos novelas de su extraordinaria trilogía “Historias de mi Guerra Civil”: “El secuestro” y “Los días del odio”, ambas publicadas por la Editorial Guadarrama, de Madrid. Luego vendría, como obra póstuma, “El fuego”, editada por Magisterio Español en 1979.
En realidad, más que historias de la Guerra Civil española, se trata de historias y memorias durante la II República y su prosecución en la Guerra Civil.
“Los días del odio” podría leerse como la primera entrega de la trilogía, y en su título nos lo adelanta todo. El enfrentamiento soterrado, los rencores amasados año tras año, generación tras generación. La dudosa eficacia de la fórmula de “expresión de la voluntad popular” para llegar a una pacífica convivencia: “Frente al cartel, sobre la mesa del maestro, estaban esas como escupideras de la democracia, o de la dudosa y divertida voluntad general, que son las urnas, donde hacía el pueblo su micción de acuerdo con la voluntad de los caciques, ya fuera a la antigua usanza o de la nueva ola” (pg. 36).
Dura reflexión, sorprendente en un hombre tan moderado y conciliador como Alfonso Albalá, intachable, conservador, católico practicante, que más adelante nos sorprenderá con esta afirmación: “El caso es que los ricos eran los menos, y ésta es la hora  en que aún me pregunto por qué estábamos nosotros de su parte. Digo que sería porque éramos cristianos; pero es que luego he visto bien claro que era verdad lo que mi tío Ramón decía, que los menos cristianos eran, y aún lo son, los ricos. Porque a aquello de entonces no había derecho. Lo que vino tenía que venir, según mi tío, a la fuerza. Y tenía que venir contra los ricos necesariamente -insistía-, sobre todo si era cosa de Dios” (pg. 105).
Todo el relato está plagado de estas inquietudes, de estas denuncias, que lanza a un lado y otro de las líneas de enfrentamiento de aquellos años convulsos, dramáticos que le toco vivir.
En “El fuego”, que bien podría leer en segundo lugar, redunda en los recuerdos anteriores. Es como un complemento de la obra anterior, aunque más centrado en el acontecimiento tremendo del incendio intencionado de un bar con servicio de prostitución que pusieron en Coria, en ese tiempo de la República, teniendo Albalá alrededor de 10 años. De nuevo, la contradicción queda de manifiesto en este diálogo sorprendente (pg. 84):
“Mi padre fue a ver al dueño y le pidió, por nosotros, que no consintiera un hecho como aquél: un prostíbulo allí mismo, en la muralla del pueblo.
Y dijo el dueño:
- Es otra renta…
Y mi padre le dijo:
- Pero usted es católico, es rico y, además, de derechas.
Y él le dijo:
- Por supuesto. Pero es que es otra renta, señor mío…”.
En toda la narración -impregnada por la religiosidad del autor, su familia, sus allegados-, queda patente una firme denuncia de la hipocresía y el proceder, que condena, de los ricos del entorno, exentos de principios y atentos a la ganancia como fuera.
Y también, constantemente, la denuncia del proceder de los activistas locales de la República, cuya conducta reprochable pone de manifiesto, como ocurre cuando un grupo de monjas se dispone a participar en las votaciones políticas: “Una voz cantó, de pronto, aquella letrilla horrible que decía: Las derechas, sólo tienen/ presunción y cara dura,/ porque han sacado a votar/ a las putas de clausura” (pg. 89 de “El fuego”).
El niño que Alfonso Albalá era durante la II República (de siete a doce años de edad) está marcado en estas dos obras por el miedo. Un miedo constante a lo que ve en la calle, a lo que oye, a lo que ocurre, a lo que teme que ocurrirá, mirado desde el punto de vista de una familia conservadora, monárquica, católica; de un niño inspirado por estos ideales (que mantendrá a lo largo de su vida y obra), lo que no es inconveniente para que en “El secuestro” escriba:
“Es triste, muy triste, todo lo que viene ocurriendo. Es increíble. Un pueblo inhabitable, absurdo, despreciable, esto es España. Un pueblo dominado por ricos sin entrañas, por una derecha inmensa, inabarcable, cazurra, analfabeta. No hay más que visitar enfermos, un día con otro, para conocer esta dura y penosa realidad. Raigones de hombre diezmados por el hambre; esto son mis enfermos. Al principio me llenaba de lástima ver cómo volvía en el verano el horrible azote del paludismo, y comprobar cómo se consumen lentamente familias enteras por comer sólo tocino y pan” (denuncia puesta en boca del médico, Silverio, refugiado en un convento de monjas de clausura cuando el peligro de muerte con el estallido de la Guerra es inminente -pg. 182-). Palabras que nos recuerdan al Felipe Trigo de “Jarrapellejos” o de “El médico rural”, pese a sus distintas mentalidades personales.
La trilogía que conforman estas tres obras (muy similares las dos primeras en la trama: un niño testigo de los acontecimientos locales durante la II República en pueblo marcadamente dividido, y específica la tercera de lo que es una huida y ocultamiento de quien está en peligro por esa división al desbordarse en enfrentamiento violento), se nos ofrece con una narración marcadamente poética, llena de ritmo y de cadencia, de metáforas e imágenes impregnadas de belleza, amena de leer, pese a la dureza de los acontecimientos y el miedo general (y especialmente del niño) que todo lo impregna.
“Trilogía de la guerra presentida y el miedo sostenido” podría subtitularse esta obra emotiva, magnífica, que muy bien merecería una nueva reedición, que nos trajera a la actualidad a un autor, Alfonso Albalá, cuya “Poesía completa” acaba de publicar con acierto la Editora Regional de Extremadura.


viernes, 21 de noviembre de 2014

POESÍA COMPLETA, DE ALFONSO ALBALÁ


Autor: Alfonso Albalá.
Edita: Editora Regional de Extremadura. Serie Rescate. Mérida, 2014. 297 pgs.

En 1998, el Ayuntamiento de Coria editaba Poesía Completa, del escritor cauriense Alfonso Albalá (1924-1973). Ese volumen, difícilmente encontrable hoy en día, ha sido de nuevo publicado por la Editora Regional de Extremadura, en su Serie Rescate, trayéndonos a la actualidad un autor extremeño y universal que muchos no conocen o no conocen bien, pese a tener una densa obra publicada, no solamente por lo que a poesía se refiere, sino también como excelente periodista y como más que notable novelista, cuya trilogía sobre la Guerra Civil española es una obra de altura, que bien merecería también una nueva edición.
Poesía Completa está integrada por los tres poemarios que publicó en vida: Desde la lejanía (1949), Umbral de la armonía (1952) y El friso (1966), así como el libro póstumo Sonetos de la sed y otro poemas (1979), diversos villancico y poesía sueltas. Antecede a este repertorio su pequeño trabajo Notas para un ensayo sobre la armonía, precedido de un emotivo prólogo de Manuel Alvar y unas notas de sus hijas Gracia, María José y Paloma, que han sido las encargadas de la edición y notas aclaratorias a pie de página, que ascienden a 218 a lo largo del libro.
Ya en su ensayo sobre la armonía nos aclara Alfonso Albalá su poética y su concepto de la vida, hondamente religioso, al tiempo que profundamente humano: “El hombre camina, pasa el pasado, las fronteras del tiempo, para empezar a vivir el presente único, Dios, la Vida verdadera donde la muerte no existe, porque ni siquiera podrá ser un recuerdo. Allí, allí será la Armonía Total” (pg. 35).
Su primer poemario, Desde la lejanía, clarifica desde el título su contenido esencial: la añoranza de la tierra de nacencia desde el destino urbano a donde le han llevado sus estudios, el transcurrir de su vida, y que me recuerda a la romántica alentejana Florbela Espanca: “Esta es mi tierra, tierra Madre, Extremadura,/ árida tierra, seca, reseca, tierra dura,/ tierra sin horizontes, horizontal llanura/ que da a mi angustia vertical, ansia de altura” (pg. 54).
Es una evocación desgarradora y rebelde, que denuncia la situación de relegación en que se encuentra una tierra destinada a la tremenda emigración que, en pocos años de escritos estos versos, se llevará a casi la mitad de sus habitantes, por eso, por ser una “tierra dura,/ tierra sin horizontes”.
Pero el lugar donde reside, como a tantos miles de extremeños, tampoco le va a resultar acogedor: “Mi ventana está abierta a la ciudad,/ -cáncer de ruidos, sucio gris de invierno.-/ ¡Esta brumosa soledad,/ como un oscuro eterno” (pg. 75). Como nuestro Félix Grande o el poeta de Tomelloso Eladio Cabañero (amigo del anterior) manifestarán unos años más tarde, la ciudad le llena de angustia, de soledad, choca en el recuerdo con su apacible lugar de nacimiento, que hubo de abandonar.
Y en esa angustia, el recuerdo de la madre se acrecienta, como le ocurriera a Juan Ramón Jiménez en parecida despedida. “¿Recuerdas, madre, aquella despedida,/ el abrazarme con tus lágrimas,/ deteniendo mis prisas con tu pecho?” (pg. 79), escribe Albalá en su largo, desgarrador, emotivo “Poema del hijo ausente”.
Este primer libro, editado inicialmente por los Servicios Culturales de la Diputación de Cáceres, acaba con unos versos sosegados, que vuelven al sentido vital, religioso, que anima la vida del autor: “Te doy gracias por todo./ Cuida, Señor, mi sed,/ tu sed en mi paisaje./ Hazme tu salmo… Amén.” (pg. 107).
El segundo poemario, accésit del Premio Adonais, publicado en Madrid por Ediciones Rialp (como correspondía al galardón), ya lleva en su título (Umbral de la armonía) ese ideal del poeta: la armonía, la conjunción de la vida, del ser con los suyos, su entorno, el mundo. Va dedicado a su mujer, Josefina, de la que dice significativamente: “tú eres el Umbral de la Armonía” (pg. 115). Poemas a la amada, a sus seres querido y a Dios, que siempre está presente  en el poemario, como ocurriera tres años después en “Hombre y Dios”, de Dámaso Alonso: “Llamado estoy, Señor, a la armonía,/ desde este barro Alfonso, humilladero/ de mi afanoso uncir a tu madero/ nuestra nada en agraz y paganía” (pg. 145).
Uno de las más emotivas composiciones la dedicará a su madre, a la huella tremenda que dejó su ausencia: “¡Mi madre vive todavía!,/ ¿por qué me dicen que se ha ido?/ Todo está aquí: están aquí/ mis juguetes, y aquellos libros,/ todos con santos y con mapas…/ ¿Por qué me dicen que se ha ido?” (pg. 159).
Y sobre su madre, sobre el entierro de su madre, versará el tercer libro de poemas, último que publicó en vida.  También en Adonais, publicado por Rialp: El friso.
Para mi gusto, el mejor de todos. Una composición elegíaca de extraordinaria altura. Un libro singular, conmovedor, de una fuerza extraordinaria en sus metáforas, en el hilo conductor de un relato lineal: el traslado del féretro desde su casa al cementerio. “”Sobre su mismo surco, sobre el hombro/ de mis hermanos, pesaba/ su cuerpo horizontal/ bajo la lluvia” (pg. 175).
Volverá muchas veces sobre ese traslado a hombros, sobre esa lluvia incontenible, con un torrente de versos de una emoción y un amor indescriptibles: “Con su cuerpo obediente, hermoso y limpio,/ definitivamente muerto en la madera/ filial de la memoria,/ vamos allá con nuestra ofrenda” (183). Para finalizar con su mensaje trascendente: “abatido su tiempo en nuestros hombros, conforme/ el friso sideral acerca/ hacia el silo de Dios los corazones” (pg. 201).
En Ediciones Rialp también serán publicados sus Sonetos de la Sed y otros poemas, donde la constante espiritual estará presente con frecuencia: “En tu madero aguardo la agonía/ que cristifique en mí mi necesaria/ sazón de serte solo Eucaristía.” (pg. 223). En esta entrega van también dos poemas largos (“Encuentro con Polop”, recuerdo emocionado de su estancia en el pueblo alicantino de Polop de la Marina, y “El mendigo”, una de sus composiciones más desgarradoras y hermosas).
“El mendigo” alcanza para mí  la fuerza expresiva y la tensión del poemario El friso, pero esta vez con un claro mensaje de ternura y denuncia: “por el camino de los frailes/ iban, venían sus harapos,/ con su sabor a otoño, a tierra/ sucia, con su manta de trapo,/ con su ala rota sobre el hambre/ y el hombro caído de sus años” (pg. 251). Lo evoca desde sus recuerdos infantiles en el pueblo: “Me daba miedo del mendigo,/ de su voz blanda en mis zaguanes,/ contra mi sueño, asustadizo” (pg. 255). O más adelante, con esa insistencia, esa desgarrada sensación, esa profunda sensibilidad: “Y me acuerdo de aquel mendigo,/ de su llamar sobre mi puerta,/ de su mirada en mis juguetes” (pg. 260).
Ha sido un acierto más de la Editora Regional, que con esta Serie Rescate nos está devolviendo a autores que un poco se nos iban yendo de las manos, o que muchos no supieron en su momento, en nuestra propia tierra, apreciar en la medida de su clara grandeza.
MOISÉS CAYETANO ROSADO