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miércoles, 10 de junio de 2020


TIEMPOS CONVULSOS


Autora: Ana María Castillo Moreno.
Edita: Ediciones HOAC. Madrid, 2020. 501 páginas.

Ana María Castillo, escritora nacida en Berlanga (Badajoz), ya nos había proporcionado anteriormente diversas aportaciones literarias apreciables, como algunos libros de poesía y la obra narrativa La maestra cuentacuentos, pero ahora nos sorprende con una obra de notable valía, que pese a su extensión (más de quinientas apretadas páginas) se lee con sostenido interés, tensión y emoción: Tiempos convulsos.
Con esta obra, la editorial de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), una “superviviente” de los tiempos de publicaciones “comprometidas” antes y durante la transición política española, retoma la vertiente “creativa”, tras una dedición especialmente volcada al ensayo socio-político. Y lo hace precisamente con esta novela de corte realista, de claro afán testimonial, apostando por la intrahistoria y la microhistoria, sin perder por ello la calidad artística exigible a una obra de creación, lo que supera con creces.
Tiempos convulsos es un relato que se desenvuelve narrativamente en tierras de Euskadi, pero que envuelve principalmente a personajes autóctonos y emigrantes, siendo estos últimos procedentes de diversos rincones de Andalucía y Extremadura. Abarca temporalmente el periodo comprendido entre 1959 y 1980, y refleja lo que en esas dos décadas de los años sesenta y los setenta constituyó una seña de identidad de los pueblos de España: la emigración-inmigración, entrelazada con esa otra problemática tan señalada en Euskadi: la lucha por la identidad nacional, reivindicada por amplios sectores no solamente de los allí nacidos sino también de los descendientes de los que hasta esta zona se vieron obligados a emigrar.
Lo novedoso de la obra que comentamos es el trasfondo que nutre todo la obra. Algo muy poco tratado no ya por otros narradores sino por ensayistas e investigadores  de los fenómenos migratorios y nacionalistas: el papel de los movimientos obreros y de estudiantes cristianos en estos lugares conflictivos y de recepción demográfico-laboral: HOAC, JOC y JEC, que aquí adquieren un protagonismo esencial.
Los que hemos vivido en estos lugares de “aluvión migratorio”, o conocido de cerca el proceso, en Madrid, Cataluña, Euskadi… e incluso en lugares de recepción migratoria de Alemania, Francia, Suiza…, enseguida podemos entender que la apuesta  narrativa de Ana María Castillo Moreno es muy oportuna y acertada, pues en esos años del tardofranquismo, con la enorme problemática social, laboral, educativa, cultural, urbanística, de choque de mentalidades, etc., estos movimientos fueron cruciales para organizar los distintos colectivos (obreros, jóvenes, estudiantes…) dando cauce, voz y amparo a sus reivindicaciones, y siendo germen creativo de partidos y sindicatos.
Estando localizada la acción fundamentalmente en el País Vasco, la narración adquiere una mayor riqueza de circunstancias y problemáticas, pues a los naturales enfrentamientos de comunidades nativas y de llegada se unirán las reivindicaciones identitarias, nacionalistas e independentistas, entrecruzadas con el problema de la violencia y surgimiento de fuerzas con alto contenido rupturista, cual el caso de ETA. Y así, los desencuentros en la convivencia vendrán incrementados precisamente por la postura de los distintos personajes ante la actuación de la misma.
Página tras página, la obra se va engrandeciendo y creciendo en intensidad narrativa, en construcción de personajes y situaciones, en exposición histórica de hechos, dándole protagonismo no a los grandes personajes históricos del momento (que no aparecen en ningún momento, salvo el caso especial de contactos y posiciones del Papa, sin proporcionarnos el nombre del mismo) sino a los cotidianos: los trabajadores y trabajadoras; los jóvenes de los pueblos, barrios y caseríos; los militantes de las organizaciones cristianas y grupos independentistas; los guardias civiles (y sus familias) y policías.
Hay en la narración, y cada vez más, resaltando en las últimas páginas, momentos de intensa emoción, de un magistral relato en la forma de presentar el enfrentamiento de los personajes; en sus propias contradicciones y su difícil convivencia; en las penalidades de la vida cotidiana y los desencuentros por la visión política de las reivindicaciones; en la violencia explícita, en las muertes; en las ilusiones iniciales y los consiguientes desengaños; en las ganas de vivir y convivir.
Tras mucho penar, mucho perder, el mensaje de fondo y final de la obra no nos conducen al pesimismo, sino que se abren a la esperanza en la comprensión mutua, en el arrepentimiento y el perdón… tras los “tiempos convulsos” que en los años finales parecen irse superando, tras la agitación violenta de los años centrales.
Ana María Castillo lo simboliza en una frase hermosa con la que acaba la novela, donde proclama la libertad, al contestar uno de los personajes a la pregunta de por qué un muro de mariposas no es un muro de verdad: “Porque cuando lo tocas o te acercas, desaparece. ¡Todas las mariposas se van volando!”. Todas las personas se abren al futuro esperanzado, donde parecía que hubiera  una muralla de incomprensiones y dolor.
MOISÉS CAYETANO ROSADO

jueves, 24 de diciembre de 2015

PENDIENTES DE LOS NACIONALISTAS
Moisés Cayetano Rosado
Por vez primera en la democracia española posfranquista se produce una situación como la generada tras las elecciones del 20 de diciembre: la presencia de dos bloques claramente clasificados en la derecha y en la izquierda respectivamente, con similar número de diputados y sin que ninguno de los dos consiga la mayoría absoluta, establecida en 176 representantes.
Y una vez más, como ya ocurriera en otras ocasiones (si bien entonces con un partido claramente ganador), los nacionalistas tienen la “llave” de esa mayoría que permite la gobernabilidad sin obstrucciones en el encargo de gobierno y la acción del mismo en la legislatura… a cambio de concesiones a medida.
Esta vez, los conservadores logran 163 escaños: 123 del Partido Popular (PP) y 40 de Ciudadanos (C’s); los progresistas (por utilizar denominaciones “a bulto”, para entendernos, pero que necesitarían de matizaciones en una reflexión más extensa) 161: 90 el PSOE, 69 Podemos y sus distintas alianzas regionales, e Izquierda Unida-Unidad Popular 2. Lejos ambos de los 176 necesarios para gobernar sin más apoyos, suponiendo que dichos bloques estén dispuestos a firmar acuerdos para hacerlo.
Necesitarían cualquiera de ellos la participación por activa o pasiva (con voto positivo o abstención) de al menos dos fuerzas nacionalistas catalanas y/o vascas, con lo que la gobernabilidad se hace complicada.
Otra posibilidad es que uno de los dos grupos “históricos” (PP, PSOE) se abstuviera en la propuesta gubernamental del otro, lo que es difícilmente digerible. Y otra solución, la que desean en las instancias comunitarias europeas, la Banca, el gran capital, la gran patronal y similares (“a la alemana”), sería un acuerdo PP-PSOE, que sí tendría una mayoría más que absoluta.
Como estas dos últimas alternativas resultan al parecer imposibles -dado que el PSOE ha manifestado su rechazo-, queda el acuerdo de bloques junto a la negoción nacionalista. Dicho acuerdo es complicado, porque el novedoso C’s es consciente de lo que eso le supone de pérdida de credibilidad, por sus ataques al gobierno del PP, y el PSOE ha sido duramente criticado por el emergente Podemos y la histórica IU.
En cuanto al “auxilio” nacionalista, no es menos dificultoso, sobre todo por el “enquistado” problema catalán: los partidos autóctonos son abiertamente segregacionistas. Y si en anteriores legislaturas se resolvía el acuerdo con los conciertos económicos, ahora tenemos una cuestión más peliaguda: la decisión sobre la independencia catalana, previo referéndum, al que podría unirse una exigencia similar vasca, que no admiten ni el PP ni el PSOE.
El futuro podría pasar por nuevas elecciones, que a pocos interesa. Al PP porque teme seguir cayendo en el vacío, tras haber perdido más de sesenta diputados; al PSOE, porque se debate en una tesitura similar, tras una pérdida de 20 representantes; a Ciudadanos, porque en los días previos a la cita electoral iba perdiendo dramáticamente apoyos en las estimaciones de las encuestas. Izquierda Unida y los nacionalistas, posiblemente, no piensan que puedan superar lo conseguido ahora. Solamente Podemos podría estar interesado, ya que tras un bache en los últimos meses, volvió a remontar en los últimos días preelectorales con creciente fuerza.
Así, posiblemente los esfuerzos de la mayoría en estos tres próximos meses (máximo plazo para formar gobierno) se centren en encontrar una solución para esta situación inédita hasta ahora en España; el ejemplo reciente de Portugal tal vez pueda valer. En el país vecino, las fuerzas de la izquierda han conseguido sacar adelante una opción de gobierno que da ahora sus primeros pasos, pese a que la derecha obtuvo una representación mayor en la Asamblea de la República.

Pero está esa diferencia -¡menuda diferencia!-, que supone un escollo especial, dadas las reivindicaciones independentistas de Cataluña: la decisiva presencia de los nacionalistas, que nuestros vecinos no han tenido que afrontar. ¡Tiempo apasionante nos espera!

sábado, 8 de noviembre de 2014

Moisés Cayetano Rosado
Acabo de regresar de Cataluña. Allí me he entrevistado con antiguos compañeros, alumnos de hace decenas de años, dirigentes de asociaciones de emigrantes, amigos, conocidos, gentes de la calle… “Catalanistas” convencidos y “españolistas” que lo tienen absolutamente claro; pero también personas indecisas, expectantes ante el aluvión de argumentos y consignas.
He recorrido las cuatro provincias. Pueblos y ciudades. Sitios bulliciosos y recónditos. Todos magníficos lugares. Y extraordinaria gente, como me ha ocurrido en tantas ocasiones que allí he vuelto, tras haber vivido mi primera experiencia laboral hace ya varias décadas.
Cada uno un mundo, un argumento, una razón expresada con convencimiento, aunque también en muchos con cierto grado de inconsistencia, o de duda. Pero no he visto, en forma alguna, tensión, malos modos, incomodidad. Me recuerdan los versos de María Elvira Lacaci, de su poema “La Puerta del Sol”, a la que tantas veces he hecho referencia, cuando se preguntaba “¿Quiénes eran España?”: “Cada cual/ un amor, una lágrima,/ un rencor que no cesa./ Una perenne lucha. En su existencia”.
Porque he visto la preocupación cotidiana por la vida, el ansia de vivir, el temor, la alegría, el fatigar diario, la renovada ilusión, las recaídas y el nuevo levantarse en las múltiples facetas de la vida.
He visto, también, el deseo de expresarse. De la forma que cada cual entiende. Afirmando o negando. Reafirmándose en convicciones que no se pueden taponar, como no se pueden poner puertas al campo.
Y en ningún momento una Cataluña de buenos y de malos. De saqueadores y de saqueados.

¿No fue aquello de “Habla pueblo, habla”, lema de la Transición que tanto alabamos? Hablar es necesario, porque como decía el poeta extremeño Manuel Pacheco, “en boquita cerrada no entran moscas/ pero tampoco salen las palabras”, y es necesario que salgan las palabras para que no nos asfixien, agolpadas en nuestra garganta. Impedir ahora la consulta es mantener la incógnita de qué quiere mayoritariamente el pueblo que vive en Cataluña, y seguir dilatando el cacareo de políticos que en gran medida cuidan de su “huerto” con la excusa de mantener una u otra postura que a la postre es la razón de su estar en candelero.