LA GIGANTESCA APORTACIÓN DE CARTAS A MANOLÍN
Moisés
Cayetano Rosado
Lo he dicho muchas veces y no me cansaré de
repetirlo: leo con fruición, con deleite y aprovechamiento formativo cada
número impreso de la Revista AZAGALA, empeño fructífero del Colectivo Cultural
Tres Castillos, que preside con tanto acierto José Manuel Leal, y cuyo consejo
de redacción lo integran magníficos amigos, amantes de la cultura, el bien
social y probado amor por Alburquerque, lanzado a lo universal. Su director,
Francis Negrete, es el alma de cada uno de los números, cuidando con un mimo
extremo cada paso de su producción, desde la recepción de originales, la
redacción de gran parte de su contenido, la maquetación de cada entrega y su
distribución.
Pero ahora he de confesar un aspecto crucial,
que también he nombrado alguna vez de pasada: en cuanto tengo la Revista en las
manos me voy de inmediato a una sección escrita por Francis desde que ocurrió
el fatal desenlace que le ha llevado a incluir este apartado fijo: la muerte de
su hermano Manolín.
Muy pocas veces tendrá uno la oportunidad de
leer algo tan sublime, nostálgico, evocativo, forjado con una prosa impecable,
de extraordinaria belleza y desgarrado contenido. La evocación de la niñez
perdida, de la cercanía física evaporada por las terribles circunstancias de la
muerte, muerte acompañada de la de su otro hermano, Fernan, tan trágica, y la
de sus padres, traída a la memoria en los instantes felices de la inocencia,
las travesuras infantiles, la casa ahora abandonada, la vecindad alegre y
solidaria, la calle con sus juegos, los desvanes misteriosos, los tebeos, las
recordadas películas a la que tan aficionados eran, “herencia” de su padre, las
bromas compartidas, las risas, los sueños, los ensueños, las periódicas
celebraciones, tan sencillas y a la vez tan grandiosas… El reconocimiento de
que todo ya ha pasado y no volverá nunca: los tiempos de candor, la férrea
unión de la familia, la cercanía emocional y física, la añoranza de días
felices. El “paraíso perdido”, como Francis dice, el ¡paraíso original! que se
nos escapó desde el principio de los tiempos, en el poema de John Milton…
¿Quién no tiene -como nuestro querido
director- esos puñales, que se van clavando en nuestro corazón cada vez de
forma más profunda, a medida que perdemos la presencia de los fueron, más que
cercanía, parte de nosotros mismos? Aunque en el caso de Francis la herida ha
sido de lo más cruel, de lo más prematuro, de lo más inesperado. Pero él ha
sabido, sabe en cada entrega, sublimar el dolor, ofrecernos un testimonio
impagable, hacernos partícipes del homenaje que ello supone para lo que fue y
sigue siendo presencia imborrable. Por eso, el consuelo está en los versos, que en esta última
entrega reproduce, del poeta William Wordsworth en “Oda a la inmortalidad”,
magníficamente expresados en la película que Francis evoca, “Esplendor en la
hierba”: “aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba/ de
la gloria en las flores, no hay que afligirse/ porque la belleza siempre
perdura en la memoria”.
Y así es en estas “Cartas a Manolín”, que espero un día sean recopiladas en un libro, con el que todos nos sentiremos identificados y gratificados en el humano dolor y la belleza del recuerdo que antes o después, con más o menos fuerza, nos acompaña. Francis, con estas cartas nos lleva a la felicidad de lo sencillo, lo familiar, la auténtica felicidad de lo "no contaminado", lo puro, lo entrañable; la compartida cotidianidad de los parientes cercanos, los vecinos, los amigos, el auténtico bienestar de la vida placentera salpicada de anécdotas inocentes, travesuras de niños, complacencias de mayores bien avenidos. ¡Pura poesía, canto a la grandeza despojada de alaracas! Grandeza -narrada desde la pérdida irreparable- de lo humilde y cercano, que es donde está la auténtica grandeza.
