AZAGALA Y FRANCIS NEGRETE
Moisés Cayetano Rosado
Me he pasado buena parte de esta tarde de
primer sábado de agosto leyendo dos revistas que “teóricamente” tienen un
alcance desigual: PÚBLICO, “de
alcance nacional”, editada en Madrid, y contenido claramente reivindicativo, y AZAGALA, “de alcance local”, editada en
Alburquerque, y contenido multifacético abierto al mundo.
Pues no, eso del “alcance” está claramente
equivocado. El alcance nacional, o local, o general, se lo da el contenido, la
capacidad de su director, consejo de redacción y colaboradores, para saber
trascender, elevarse desde lo mínimo a lo mayor, desde “la patria chica” a la
“patria universal”. Y si PÚBLICO lo
consigue con sus abordajes reflexivos y militantes, AZAGALA lo realiza con la visión trascendente de la mayoría de sus
entregas, entrañables, cálidas, serenas y que apuestan por la vida, los
recuerdos y la proyección en el futuro.
Me entran deseos de ir nombrando a cada uno
de sus colaboradores habituales (entre los que me encuentro, por generosa
decisión de su dirección y consejeros), pero
no quiero hacer “pesada” mi reseña, aunque no me resisto -una vez más- a
nombrar a Francis Negrete, que se prodiga siempre con varias colaboraciones (¡a
ello se une su trabajo de dirección, maquetación, difusión, etc.!).
Francis es un gran “evocador”. Y a mí, con el
paso de los años, cada vez me atraen más los escrito evocatorios, sobre todo
los que hacen referencia al “paraíso perdido”, los doblados de las casas
antiguas, los pasillos tan largos poblados de familias entrañables, abuelas y
madres que cuentan historias increíbles, cantan romanzas, traen al oído
misterios temblorosos…; cuartos repletos de tebeos para leer en grupo, para
intercambiar; calles pobladas de vecinos, sin movimiento de motos y coches
peligrosos; charcas en ríos de los alrededores para bañarse en las tardes
calurosas del verano; descampados donde corretea y entabla épicas batallas la
chiquillería; padres, hermanos, amigos, compañeros, con los que se bebe la
alegría de vivir… Algo que se pierde día a día, pues hemos abandonado los doblados, las
colecciones de tebeos; las calles apacibles de sillas en las puertas en noches
de calor; las historias narradas por nuestros mayores, con paciencia y cariño; las
charcas de los ríos, que ahora son pedregales, como las fuentes de las orillas
de caminos; los familiares, amigos, compañeros, vecinos, que se nos van
muriendo…
En este número en concreto, aparte de
crónicas de acontecimientos vividos en el pueblo e inevitables necrológicas,
reseñadas con un profundo sentimiento, nos trae una impagable crónica de
“Aquellos baños en Carrión”, que me recuerdan los baños en la ribera Troya de
mi pueblo, llenos de vida y de jolgorio: ya no hay agua ni críos que busquen
rincones de este tipo. Otra sobre “Emilio ‘Tronera’”, así como “Daniel ‘El
Macareno’”, desbordantes de humanidad, nostalgia y reconocimiento a personajes
buenos, que facilitan la vida a los demás. Sus impagables “Cartas a Manolín”, evocadoras
de su hermano, de sus hermanos y familiares fallecidos, que nos llenan siempre
de emoción, y que en esta ocasión tratan de un tema que se me había olvidado y
ahora lo revivo como si fuera “cuando entonces”, hace más de sesenta y cinco
años en mi vida: el inquietante, terrorífico relato de ese personaje de
ultramundo que se nos va acercando a la casa, a la cama, pero que termina
siempre en risas del familiar mayor que nos lo cuenta, y donde introduce una
reflexión sobre “el miedo a los muertos”, a nuestros propios muertos, que todos
hemos vergonzosa e inexplicablemente sentido.
Y este amante del cine evoca en otro de los
artículos al actor Paco Rabal, al que entrevistó en Alburquerque, donde rodó la
extraordinaria película “Los santos inocentes”, interpretando a Azarías, “el
personaje de su vida”, como decía el inolvidable actor. Y como viajero, como
incansable viajero y amante de Portugal, en compañía de Eli -su compañera de
vida, fatigas y alegrías-, se adentra en lo recóndito de una ciudad querida,
Setúbal, donde se encuentra con otro de sus “placeres”: la sencilla y buena
mesa, en este caso en el restaurante “Villa Paviane”, donde hacen amistad con
su propietaria, la brasileña Géssica.
Un lujo leerlo, adentrarse en ese mundo poliédrico,
rico en matices, bien expresado y documentado. Incansable en su creatividad y
volcánico en la exteriorización del mundo íntimo y sentido.
¡Larga vida a AZAGALA! Y que Francis pueda seguir, con tanta ilusión y acierto,
dirigiéndola, maquetándola, gestionándola, llenándola de contenido propio y de
los que, en la medida que podemos, colaboramos en el proyecto.

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