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domingo, 25 de junio de 2017

De Las Batuecas y la Peña de Francia a la Sierra de Gata pasando por Coria, Ciudad Rodrigo y Almeida (I)
DE CORIA A LAS MESTAS
Subir por Coria para vivir el mundo mágico de Las Batuecas y la Peña de Francia, con escapada a Ciudad Rodrigo, cruzando la Raia/Raya para admirar Almeida, regresando después por la Sierra de Gata, es una invitación a la comunión con la naturaleza, el patrimonio urbanístico rural aún preservado, la admirable monumentalidad, la historia y la prehistoria, los sabores y olores tentadores.
Coria conserva la emotiva grandeza de sus murallas romanas, con añadidos árabes y medievales, más indiscretas ventanas modernas, que aprovechan los paños defensivos para asomarse al caserío. Su vistosa, elevada y meritoria catedral, gótica de transición, con magníficos añadidos platerescos, debe estar asustada por los “arreglos” que se le están haciendo en el atrio, con esos granitos pulidos, para sentarse y pisar en sus alrededores, que siguen la norma imperante de reinventar la restauración a base de actuaciones desafortunadas. Pero los palacios, palacetes, caserones en calles y callejas laberínticas, su magnífico castillo tardomedieval, te reconcilian con la ciudad que en cada mes de junio levanta barreras, empalizadas, enrejados, para celebrar las carreras callejeras de toros, que pueden tener su origen prehistórico en los vetones y son la pasión y orgullo de sus habitantes.
Llama la atención en la inmensa vega, a los pies de la ciudad, el puente renacentista de cinco arcos de medio punto que  cruzaba el antiguo cauce del río Alagón. Se desvió el curso fluvial, según unas fuentes, a causa del terremoto de Lisboa de 1755, que causó diversos estragos en la ciudad, resquebrajando muros, hundiendo el techo de la catedral y ocasionando numerosas víctimas; para el profesor Antonio Navareño Mateos, el desvío es de un siglo anterior, por causas no suficientemente acreditadas documentalmente, aunque las periódicas riadas, arrastres de materiales pétreos, diversos ramales en meandros de la zona periurbana, pudieron ser decisivos.
No nos detenemos más porque hemos de subir hacia el norte, atravesar Las Hurdes, que en sus míticos pueblos de Pinofranqueado, Caminomorisco, Cambroncino o Las Mestas ya no son ni por asomo aquellos lugares de miseria de hace menos de un siglo, sino sitios acogedores, bien comunicados, de discreto urbanismo y tentadoras ofertas culinarias: en Las Mestas comemos en la Casa Cirilo (que vende una miel extraordinaria, y cuyo padre, “el Tío Picho”, inventó el “Ciripolen”, bebida afrodisíaca que dio la vuelta al mundo en los años noventa del pasado siglo). ¡Estupendos gazpacho y estofado de cordero, cabrito o cochinillo!
Ya estamos en el límite de la provincia de Cáceres con la de Salamanca, y el río Batuecas nos ofrece una corriente clara y fresca para meter los pies, tumbado entre las rocas graníticas de sus orillas, así como senderos bien tratados, con profusa información geomorfológica, botánica, zoológica, de la zona -Parque Natural de las Batuecas-, que cuenta con un monasterio de clausura de monjes ermitaños Carmelitas Descalzos, fundado en 1597. La zona merecería una estancia reposada; haber recorrido algo de Las Hurdes y este Parque, pernoctando en la confluencia de las dos provincias. Disfrutar del caserío; los robledales, castaños, encinares; el sobrevuelo de las águilas y buitres; la fugaz presencia de corzos, ciervos, jabalíes, cabras montesas; el agua clara que no para de correr, el verde intenso, las bruscas curvas del paisaje, alternando los montes y los valles…
Pero donde vamos también disfrutaremos de estos dones, porque tenemos reservada casa rural en La Alberca, ligeramente por encima y a los pies de la Peña de Francia, aún dentro del mismo Parque Natural en el que hemos entrado por Las Mestas.

Moisés Cayetano Rosado

miércoles, 26 de noviembre de 2014

TRILOGÍA DE LA GUERRA Y EL MIEDO

Moisés Cayetano Rosado
Conocía, desde hace muchos años, buena parte de la poesía de Alfonso Albalá, escritor y periodista nacido en Coria en 1924, y muerto prematuramente, en 1973. Sin embargo, su narrativa no había llegado a mis manos, pese a que ya en 1968 publicara dos novelas de su extraordinaria trilogía “Historias de mi Guerra Civil”: “El secuestro” y “Los días del odio”, ambas publicadas por la Editorial Guadarrama, de Madrid. Luego vendría, como obra póstuma, “El fuego”, editada por Magisterio Español en 1979.
En realidad, más que historias de la Guerra Civil española, se trata de historias y memorias durante la II República y su prosecución en la Guerra Civil.
“Los días del odio” podría leerse como la primera entrega de la trilogía, y en su título nos lo adelanta todo. El enfrentamiento soterrado, los rencores amasados año tras año, generación tras generación. La dudosa eficacia de la fórmula de “expresión de la voluntad popular” para llegar a una pacífica convivencia: “Frente al cartel, sobre la mesa del maestro, estaban esas como escupideras de la democracia, o de la dudosa y divertida voluntad general, que son las urnas, donde hacía el pueblo su micción de acuerdo con la voluntad de los caciques, ya fuera a la antigua usanza o de la nueva ola” (pg. 36).
Dura reflexión, sorprendente en un hombre tan moderado y conciliador como Alfonso Albalá, intachable, conservador, católico practicante, que más adelante nos sorprenderá con esta afirmación: “El caso es que los ricos eran los menos, y ésta es la hora  en que aún me pregunto por qué estábamos nosotros de su parte. Digo que sería porque éramos cristianos; pero es que luego he visto bien claro que era verdad lo que mi tío Ramón decía, que los menos cristianos eran, y aún lo son, los ricos. Porque a aquello de entonces no había derecho. Lo que vino tenía que venir, según mi tío, a la fuerza. Y tenía que venir contra los ricos necesariamente -insistía-, sobre todo si era cosa de Dios” (pg. 105).
Todo el relato está plagado de estas inquietudes, de estas denuncias, que lanza a un lado y otro de las líneas de enfrentamiento de aquellos años convulsos, dramáticos que le toco vivir.
En “El fuego”, que bien podría leer en segundo lugar, redunda en los recuerdos anteriores. Es como un complemento de la obra anterior, aunque más centrado en el acontecimiento tremendo del incendio intencionado de un bar con servicio de prostitución que pusieron en Coria, en ese tiempo de la República, teniendo Albalá alrededor de 10 años. De nuevo, la contradicción queda de manifiesto en este diálogo sorprendente (pg. 84):
“Mi padre fue a ver al dueño y le pidió, por nosotros, que no consintiera un hecho como aquél: un prostíbulo allí mismo, en la muralla del pueblo.
Y dijo el dueño:
- Es otra renta…
Y mi padre le dijo:
- Pero usted es católico, es rico y, además, de derechas.
Y él le dijo:
- Por supuesto. Pero es que es otra renta, señor mío…”.
En toda la narración -impregnada por la religiosidad del autor, su familia, sus allegados-, queda patente una firme denuncia de la hipocresía y el proceder, que condena, de los ricos del entorno, exentos de principios y atentos a la ganancia como fuera.
Y también, constantemente, la denuncia del proceder de los activistas locales de la República, cuya conducta reprochable pone de manifiesto, como ocurre cuando un grupo de monjas se dispone a participar en las votaciones políticas: “Una voz cantó, de pronto, aquella letrilla horrible que decía: Las derechas, sólo tienen/ presunción y cara dura,/ porque han sacado a votar/ a las putas de clausura” (pg. 89 de “El fuego”).
El niño que Alfonso Albalá era durante la II República (de siete a doce años de edad) está marcado en estas dos obras por el miedo. Un miedo constante a lo que ve en la calle, a lo que oye, a lo que ocurre, a lo que teme que ocurrirá, mirado desde el punto de vista de una familia conservadora, monárquica, católica; de un niño inspirado por estos ideales (que mantendrá a lo largo de su vida y obra), lo que no es inconveniente para que en “El secuestro” escriba:
“Es triste, muy triste, todo lo que viene ocurriendo. Es increíble. Un pueblo inhabitable, absurdo, despreciable, esto es España. Un pueblo dominado por ricos sin entrañas, por una derecha inmensa, inabarcable, cazurra, analfabeta. No hay más que visitar enfermos, un día con otro, para conocer esta dura y penosa realidad. Raigones de hombre diezmados por el hambre; esto son mis enfermos. Al principio me llenaba de lástima ver cómo volvía en el verano el horrible azote del paludismo, y comprobar cómo se consumen lentamente familias enteras por comer sólo tocino y pan” (denuncia puesta en boca del médico, Silverio, refugiado en un convento de monjas de clausura cuando el peligro de muerte con el estallido de la Guerra es inminente -pg. 182-). Palabras que nos recuerdan al Felipe Trigo de “Jarrapellejos” o de “El médico rural”, pese a sus distintas mentalidades personales.
La trilogía que conforman estas tres obras (muy similares las dos primeras en la trama: un niño testigo de los acontecimientos locales durante la II República en pueblo marcadamente dividido, y específica la tercera de lo que es una huida y ocultamiento de quien está en peligro por esa división al desbordarse en enfrentamiento violento), se nos ofrece con una narración marcadamente poética, llena de ritmo y de cadencia, de metáforas e imágenes impregnadas de belleza, amena de leer, pese a la dureza de los acontecimientos y el miedo general (y especialmente del niño) que todo lo impregna.
“Trilogía de la guerra presentida y el miedo sostenido” podría subtitularse esta obra emotiva, magnífica, que muy bien merecería una nueva reedición, que nos trajera a la actualidad a un autor, Alfonso Albalá, cuya “Poesía completa” acaba de publicar con acierto la Editora Regional de Extremadura.