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martes, 1 de marzo de 2022

 EL DOLOROSO FIN DEL OLVIDO 


Autor:
Luis González Soto.

Edita: Diputación de Badajoz, 2009. 172 págs.

Aunque han pasado más de una docena de años desde su publicación (su divulgación no se hizo efectiva hasta seis años después, por desavenencias con el alcalde de Alburquerque, Ángel Vadillo), quiero reseñar este libro impactante, que no debe caer en el olvido. Libro que ya desde el título nos previene contra ello: El fin del olvido, porque hay que rememorar lo que merece tener presente para ser conscientes de nuestra fragilidad, nuestro posible envilecimiento, y la necesidad de prevenirnos contra ello. Libro testimonial, pero a la vez obra delicadamente escrita, de una prosa sencilla y narración bien tramada. Su autor, Luis González Soto, fallecía -nonagenario- en noviembre de 2021, por lo que esta reseña ha de ser un homenaje a su memoria.

Al respecto, recuerdo que el 19 de noviembre de 1971 compré en la Librería “El Drugstore” de Barcelona un poemario que me acompañaría siempre desde aquellos 19 años de edad y que ahora vuelvo a repasar: “Poesía, 1956-1970”, de Eladio Cabañero, un perdedor de la infame “Guerra”, un perdedor siempre de la vida acomodada. Me acuerdo de la fecha porque conservo casualmente el ticket de compra, como “señalador de página”.

Por ese tiempo frecuentaba el Hogar Extremeño de Barcelona, y allí conocí a personajes singulares de los que siempre he guardado un señalado recuerdo. Entre ellos, entrañablemente, siempre he tenido presente a uno de los miembros de su Junta Directiva, a Luis González Soto, con el que departí con frecuencia de poesía e incluso compartiría un premio poético del Hogar en 1972.

Hombre agradable, educado, cortés, siempre sonriente y de una elegancia natural que me estimulaba. Después, no he vuelto a coincidir con él, aunque por amigos comunes tuve cierta relación, en especial porque ambos colaboramos en la Revista “Azagala”, de Alburquerque, su pueblo natal. Mucho me hablaban de su vida Francis Negrete, el director de la Revista, y Esteban Sancho, uno de sus integrantes del Consejo de Redacción.

Y ocurre que, cuando ya no puedo intercambiar comentarios con Luis, Esteban me entrega un ejemplar de su libro autobiográfico El fin del olvido, poniéndome previamente un poco al día de su traumática experiencia en la Guerra Civil, que se le atravesó de niño, marcándolo de forma trágica.

Leyendo el libro he vuelto a recordar unos versos memorables de aquel poemario entrañable de Eladio Cabañero, de edad similar a Luis e igualmente golpeado por la sinrazón:

Y el campo, ¿cómo era

antes de que aquel cielo, aquellos hombres,

se fueran a la guerra para no volver nunca?

[…                                 …]

Eran caras alegres como nunca haya visto.

Era antes de la guerra y yo tenía

de cuatro a cinco años.

Muchos ya no volvieron.

Algunos no volvieron a echar hato los lunes

para irse de semana, de vendimia.

El cielo no volvió ni fue tan claro.

La gente se hizo dura,

y a los niños dejaron de querernos.

Y nosotros, mis primos, mis amigos,

no volvimos tampoco de la guerra.

 

En El fin del olvido, Luis González Soto escribe una hermosa y desgarradora frase (podría haberla firmado el mismo Eladio Cabañero) que es el centro neurálgico de todo el libro, un libro que a medida que pasan las páginas se vuelve más desgarrador y trágico, y que en este párrafo de tintes poéticos marca un límite entre lo informativo que antecede y lo emotivo que sucede a continuación:

Muchos años después me daría cuenta de que lo que nos estaba ocurriendo en aquellos momentos de inseguridad y de miedo era que nos enfrentábamos a un fenómeno social desconocido para nosotros: la guerra. Con ella terminaba una época feliz, las excursiones a Panda en compañía de mi abuelo, el sencillo placer de merendar pan de centeno regado con aceite de oliva, el chocolate de las visitas de mi madre, las aceitunas aliñadas con tomillo de mi inefable tía Pascasia… Allí terminaba también mi propia infancia, que moría sacrificada por unos hombres que se habían propuesto arreglar el mundo a cañonazos sin tener en cuenta que las verdaderas víctimas de su intransigencia seríamos los niños, que no teníamos ninguna culpa de sus desacuerdo. [pág. 146]

 

Dividido en 31 capítulos, dos anexos y bibliografía, más acertado Prólogo de Francisco Rodríguez Criado, el libro sigue un orden cronológico. Se remonta especialmente al controvertido tema de la posesión de tierras comunales en la población de Alburquerque, los famosos Baldíos, tierras comunales acaparadas por un grupo de potentados, que van a ir marcando el acontecer socio-político de la villa; después se va deteniendo en las distintas etapas de la II República, para a continuación detallar de manera especial la tragedia de la Guerra Civil y la desesperante y vengativa posguerra que ha ido marcando a sus habitantes hasta el presente.

A través del “hilo conductor” de una familia venida de Cataluña para instalar una fábrica de corcho en Alburquerque (la familia Casanova) y de la suya propia -tan entrañable unida a ella, por el trabajo y trágico destino común de perdedores de una guerra en la que no tuvieron más parte que como víctimas inocentes-, Luis González Soto nos presenta una narración rigurosa, testimonialmente impagable.

Las inquietudes liberales, progresistas, de desenvolvimiento socio-económico de unos grupos capaces de transformar el destino sumiso de un pueblo sometido al caciquismo, para lograr la justicia social pacífica, se vieron cercenadas por la involución de los victoriosos, potenciados por los “nuevos” aires del fascismo, aliados al clericalismo tridentino. El “aire fresco” de la II República se vio emponzoñado por la violencia de la guerra y el correlato de una “victoria” que se impuso violentamente a la “paz”.

Digamos que Luis González Soto, en su El fin del olvido, rescata primeramente la “memoria” de los antecedentes remotos del problema social y económico de la población (tan similar al de su entorno, al “Sur” en general): la falta de tierras, de trabajo, de recursos de subsistencia para la inmensa mayoría; estudia después la esperanza de los nuevos tiempos republicanos y el empuje empresarial de la riqueza autóctona -especialmente el corcho-, y desemboca en la traumática guerra que puso fin a la esperanza: allí terminaba también mi propia infancia, escribe el autor, como Eladio Cabañeros había versificado: y a los niños dejaron de querernos.

Conforme avanzamos en la segunda parte, la de la guerra y posguerra, el relato se hace doloroso, insoportable, por la crueldad de los acontecimientos, por la saña en las persecuciones, las torturas, la violación, la muerte, la prolongada persecución y represalias tan crueles.

¡Cuánto debió sufrir el niño que fue Luis González Soto en los años cuarenta, en la adolescencia y primera juventud de los cincuenta, tan marcados por el odio y las continuas vejaciones hacia él y su familia, con el padre huido y muerto en Francia, sin volverlo a ver! O esa familia catalana tan terriblemente perseguida y mortificada. O tantas familias trabajadoras de Alburquerque, de Extremadura, de España, de cualquier lugar del mundo donde los vencidos son sujetos de todas las represalias, justificadas con la espada, la cruz o/y otros símbolos bajo el manto de sagrados.

Leer estas memorias resulta conveniente para entender el mundo, para acercarnos al alcance de la maldad humana. Y también para comprender la capacidad de sobrevivencia a que se puede llegar, aunque las heridas estén ahí, y se muera con ellas, como le ha ocurrido a este querido amigo, poeta, humanista, que siempre estará vivo en el recuerdo.

MOISÉS CAYETANO ROSADO

martes, 14 de enero de 2014

COSECHA LÍRICA DESDE LA ERRANCIA EXTREMEÑA DESOLADA
Hace una docena de años, en el Hogar Extremeño de Barcelona conocí a un poeta de Jaraicejo (Cáceres), que llevaba muy a gala ambas identidades: la de ser poeta y la de haber nacido en tan hermoso pueblo de la Alta Extremadura. Allí me ofreció su primer libro, que iba por la tercera edición: Despierta, Extremadura, de tu sueño, que vio la luz en primera edición en 1984.
Tras esa primera incursión editorial vendrían dos más: Desde mi ausencia extrema y dura, de 1991, y Ramos de Rimas, de 1999. Las tres obras han contado con amplia aceptación y sus ediciones están agotadas en el momento en que surge un nuevo libro: Cosecha Lírica, amplio poemario editado en 2013.
Wenceslao Mohedas Ramos es un poeta infatigable. Tanto por lo mucho que produce como por lo mucho también que lo divulga. No solo en el formato impreso de libros, revistas, boletines…, sino también en audiovisuales muy logrados y entregas sistemáticas en las redes sociales, especialmente facebook, por medio de su propio “muro” y diversos grupos a los que pertenece.
Yo lo sigo desde aquel primer contacto en Barcelona, donde reside y donde “milita” como hombre comprometido con las letras y con la tierra de origen. Admiro su facilidad para versificar, especialmente en sonetos impecables, sonetillos y otras composiciones, siempre de rima cuidada y acertada. Su exigencia en este sentido es extrema, puliendo el verso como un escultor neoclásico; no quiere dejar nada a la ventura, sabe que detrás tiene a muchos autores que han cultivado el verso medido con maestría y no desea quedarse atrás en la presentación de sus composiciones.
Los temas tratados son variados, pero dentro de un latir humanista, comprometido con el hombre y la sociedad, crítico ante las desviaciones malsanas individuales y colectivas incluso con dureza; suave, tierno y melancólico hasta el desgarramiento cuando vuelve los ojos hacia la intimidad -personal, familiar y de la tierra que le vio nacer-, que siempre tiene presente en su trabajo.
¡Cuánto le duele la sangrante emigración!: Con nefasto desgarro, me separo/ de mi tierra materna, tan querida,/ tal la piel de la carne desprendida/ y arrancada de cuajo y sin reparo (pg. 57).
¡Cómo se trasluce el amor a Extremadura!: Vacaciones agosteñas:/ tras sus urbanas rutinas,/ retornan tal golondrinas/ nuestras gentes extremeñas/ fieles a tierras de encinas (pg. 132)
¡Qué añoranza de los suyos, lejanos, ausentes…!: Repiques de campana…, están de fiesta/ y yo, frente a tu nicho, estoy de luto,/ pagando en pena el filial tributo/ que me impuso tu muerte tan funesta (pg. 31).
Wenceslao es un poeta vitalista y al mismo tiempo elegíaco. Machadiano en muchas de sus concepciones y composiciones, como reconoce en el excelente prólogo del libro Juan Manuel Bermudo Ávila, catedrático de Filosofía Política de la Universidad de Barcelona. Declaradamente se manifiesta en “A nadie nada debo”, que comienza así: A nadie nada debo/ porque os doy más que me dan;/ con mi sudor pago el pan,/ el grato vino que bebo/ y el total de mi albarán (pg. 154).
Pero sabe también presentarnos vidas y situaciones con fina ironía: Yo conocí una beata/ tan amante del boato/ que no tuvo nunca trato/ con hombres por mojigata (pg. 87), para dejar tras ello una denuncia a las renuncias estériles y absurdas. Como también, por el contrario, censura con rigor las acciones rompedoras sin sentido: Tiene actitud transgresora/ por su maldad absoluta/ y sólo del mal disfruta/ siempre en pandilla, a deshora… (pg. 70), referido a una “Banda de vándalos”.
El poeta, que muestra tanta ternura cuando trata de su tierra, de la gente sencilla que en ella habita, de los emigrantes que se vieron obligados a dejarla, es crítico con todo lo que le desagrada, por su vaciedad, egoísmo, alienación, oportunismo… ¡y no digamos abuso y corrupción! Uno de sus poemas más rotundos en cuanto a esto último lleva por título “Los corruptos” y en él escribe: Empresarios, políticos, banqueros…,/ de sus cumbres se bajan a los fondos/ como buitres hambrientos, carroñeros (pg. 64).
No tiene Wenceslao Mohedas Ramos ningún reparo en desnudar sus sentimientos, en expresar sus denuncias, haciéndolo de manera trasparente, como lo hace con su amor al terruño, su añoranza, sus recuerdos de infancia, de familia. Y todo ello, con la fuerza y calidad de un poeta con garra, que vive la poesía con pasión y nos la ofrece a raudales cada día. Esta Cosecha Lírica es una afortunada muestra de lo que desenvuelve en su extensa producción.
MOISÉS CAYETANO ROSADO