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lunes, 3 de julio de 2017

LA MAESTRA CUENTA-CUENTOS
Autora: Ana María Castillo Moreno. Con ilustraciones de Aurora Samino Rodríguez y Emili Maud López Bernardino.
Edita: Tau Editores. Cáceres, 2017. 56 páginas.

Ana María Castillo Moreno es una autora de poemas experimentada, publicada, antologada y galardonada justamente. También ha visto reconocida su labor como narradora, y ahora reconfirma para el público lo que su alumnado ya sabía: es una “contadora de cuentos” apasionada y apasionante. Llena de imaginación pero pegada a la realidad; repleta de alegría, pero sabiendo que el suelo que pisamos no es precisamente de rosas y perfumes.
Maestra en Mérida, regala cada día a sus alumnos con lo que aquí plasma como “maestra cuenta-cuentos”, encarnada en doña Margarita, que abre cada sesión escolar con la luz de un mensaje lleno de magia, sueños, historias fantásticas que va sobreponiendo a una realidad hostil a la se le vence a base de tesón, constancia, fuerza de voluntad, humildad y generosidad.
En este pequeño volumen que acaba de publicar van tres de sus relatos: Elvira y los dos Reinos, Blanca, una nube muy valiente y El cofre de los bellos sueños (un cuento sobre la luna), tras una introducción sobre esta encomiable labor de doña Margarita.
Elvira y los dos Reinos nos coloca en un entorno fantasioso como “Alicia en el País de las Maravillas”, donde el color, la luz, el agua, dentro de un mundo subterráneo y permanentemente sorpresivo llevan a una niña huérfana, pobre y solitaria a superar pruebas y desafío de los que sale triunfadora, proyectándolo a su existencia real, dándole valor, seguridad y la felicidad que nunca había conocido.
Blanca, una nube muy valiente es como una especie de anti-“Coplas a la muerte de su padre”, de Jorge Manrique, en el sentido de que una nube que se convierte en río da vida, alarga y multiplica la vida de su entorno, y no “van a la mar, que es el morir” manriqueño. Cuento iniciático, dejando atrás raíces: la pequeña nube que pierde la protección cercana de una madre que ya no verá más, y se transforma -con toda la nostalgia- en algo nuevo, a la postre “para la felicidad”, como en el poema “Tus hijos”, de Kahlil Gibran.
El cofre de los bellos sueños tiene ligeras resonancia iniciales de “El Principito” de Saint-Exupéry, con su desenvoltura espacial, para tener momentos de tensión, cual “La cerillera” de Andersen, pero no se queda en su tristeza, sino que la supera para llegar al sueño de la reconciliación de una familia desestructurada, extrapolando el cuento a la realidad de una de sus alumnas, que vive con dolor la separación de sus padres y la frustración violenta familiar.
Esta recurrencia a comenzar el hilo del relato con los problemas que afectan a los niños es común en los tres cuentos de “doña Margarita”. Si en éste último es una niña pobre con graves problemas familiares, en el anterior la alumna que lo motiva viene atormentada por un traslado laboral paterno que trastocará su existencia y convivencia. Y en el primero otra vez más por la pobreza, que la niña indefensa ha de superar por la imaginación, el valor, la comunicación.
Siempre en los cuentos hay un río, un agua, una lluvia purificadores. Una niña que sufre y que resuelve con su voluntad las dificultades que le oprimen. Un mensaje de esperanza, una alegría que levanta el espíritu, tiernamente relatado por Ana María Castillo Moreno, poniendo en ello toda su alma de maestra y de poeta.
El libro está estupendamente ilustrado por dos de sus ex alumnas: Aurora Samino Rodríguez, la cual sigue desenvolviéndose en el mundo de la pintura y de la música, y Emily López Bernardino, también dibujante y naturalista, ambas con un candor, luz, color y sintonía con los relatos verdaderamente notables.
¡Cuántos cuentos más le quedarán por publicar, para deleite de todos (como ya lo son de su alumnado), a nuestra escritora-profesora que ahora nos trae esta muestra como un pequeño-gran tesoro, cual el que Elvira, la pequeña del primer relato, consiguió!

MOISÉS CAYETANO ROSADO

lunes, 18 de marzo de 2013


PARA EL DÍA DE MAÑANA
Moisés Cayetano Rosado
Siempre me ha fascinado esa advertencia propia de la “educación bancaria”, de la educación “depositaria” -tan bien expuesta en “Pedagogía del oprimido”, de Paul Freire- en la que todo se cifra para después. Guardar para luego, prever, acumular. Sacrificarse. Almacenar. Atesorar, porque “el día de mañana” nos hará falta.
Creo que fue uno de los primeros artículos que escribí, y publiqué, siendo adolescente. Una reflexión sobre esta precaución, que vale para cualquier edad, para cualquier circunstancia, y que forma una cadena “que va a dar en la mar,/ que es el morir”, como en las Coplas de Jorge Manrique.
¿Cuándo es ese día de mañana?
“Niño, has de hacer esto, lo otro, para que el día de mañana…”
“Joven, hay que sacrificarse  porque el día de mañana….”
“Tienes una edad madura; cuida esto y aquello, porque si no el día de mañana…”
“No puedes despilfarrar (dinero, esfuerzos, recursos, medios…) siendo tan mayor, porque en cualquier momento puedes necesitar…”
Siempre hay un día de mañana. Una razón para la contención, para la previsión, para mortificarse, con tal de que el día de mañana…
“Comer ahora la espina, para luego saborear la sardina”, decía mi maestro de primeras letras cuando sudábamos sangre y lágrimas con la tabla de multiplicar y los picos más altos de los sistemas montañosos.
No he sabido todavía cuál es ese ansiado día definitivo y final, sino es el de la mar de Jorge Manrique. Pero para eso, como decía el poeta Manuel Pacheco, no hay que tener “donde caerse muerto”, porque un muerto se cae en cualquier lado y no se preocupa de lo que pueda molestar.
Sigo pensando aún en la esencia esquiva de ese día, lleno de etapas parciales en que pararse como el corredor de fondo a beber agua: tan reparadora y placentera que ha de ser disfrutada plenamente, como si fuera el objetivo alcanzado de cada “día de mañana”. ¿Será, acaso, éste el ansiado día: las pequeñas paradas de refresco? ¡Disfrútense, entonces,  y sígase sosegada, recreada, saboreada, la carrera, hasta la meta!