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lunes, 18 de octubre de 2021

RUTAS PARA NO PERDERSE ESTE OTOÑO

Un día de "marcha"


Cuatro días, tres noches de marcha:

4 DÍAS: COIMBRA-PORTO 

PRIMER DIA. POR LA MAÑANA. Antes de entrar en Coimbra: Ruinas arqueológicas de Conimbriga, populosa ciudad romana, de ruinas bien conservadas y Museo. Comer en su restaurante o llevar comida para comer en su amplio merendero.

PRIMER DIA, POR LA TARDE y NOCHE. Coimbra, hotel y restaurantes enfrente mismo de Santa Clara-A-Velha, convento gótico visitable.

Paseo por la ciudad. A las dieciocho horas –o/y a las veintidós- portuguesa al cercano Café Santa Cruz (instalado en una antigua capilla de la Iglesia del mismo nombre (también visitable, junto a su portentoso claustro), para escuchar fado de Coimbra. Hay otros bares/restaurantes más de fados, cercanos. (Hotel en Coimbra)

SEGUNDO DÍA, POR LA MAÑANA. En Casco Antiguo, entrada por Arco de Almedina. Visita a la  Sé Velha, una inigualable catedral románica, que junto a las de Lisboa, Évora y Porto constituye la esencia del arte de la Baja Edad Media.

Recomendable visitar las instalaciones fundamentales de la Universidad: la inigualable Biblioteca Joanina, la Capilla de S. Miguel, el Palacio Real y el Laboratorio Químico (asombroso espacio interactivo que a nadie deja indiferente).

SEGUNDO DIA DIA, POR LA TARDE. Parque “Portugal dos Pequeninos”. Un poco más, hacia el interIor de esta zona, está la “Quinta das Lágrimas”, de los parques románticos más interesantes de Portugal, que encierra las leyendas de los amores de don Pedro I y doña Inés de Castro, de visita agradable. Hay más zonas de visita urbana para culminar las visitas. (Hotel en Coimbra)

TERCER DIA, POR LA MAÑANA. En poco más de cien kilómetros de autopista, estamos en Porto. En su Casco Antiguo, a pie, todo está relativamente cerca: el mismo Ayuntamiento (Câmara Municipal, en los Paços do Concelho), de un barroco grandioso, y la amplia Avenida dos Aliados, de hermosos edificios palaciegos, que nos llevan  a la Estação de S. Bento. Nada comparable a la azulejería de su interior.

TERCER DÍA, POR LA TARDE y NOCHE. Iglesia y Torre dos Clérigos (icono fundamental de Porto).

En las proximidades, ver azulejería exterior de la fachada de la Iglesia do Carmo; azulejería en otros templos, como Iglesia dos Congregados (al lado de Estação de S. Bento) o Capela das Almas (azulejería en todo el frontal y lateral) al este de los Paços do Concelho, o  Iglesia de Sto. Ildefonso, un poco más abajo.

Si la afluencia de público no fuese gigantesca (como suele ocurrir), se puede ver en esta zona de la Iglesia dos Clérigos, la archifamosa y neogótica Livraria Lello.

Cenar, deambular libremente por la orilla del Duero, en torno al Cais da Ribeira. (Hotel en Porto)

CUARTO DÍA, POR LA MAÑANA.  Contiguo a la Torre de los Clérigos: Centro Portugués de Fotografía (antigua Cárcel y Tribunal de Relação de Porto, de la que se conservan celdas e impactantes rejerías).

Se puede coger barco turístico para navegar por el río. O caminar por los puentes metálicos de Porto, especialmente el “doble” de Don Luis I, hecho por el ingeniero Teóphile Seyrig, discípulo de Gustave Eiffel.

Podemos acercarnos caminando hasta el Ponte do Infante Dom Henrique, espacio despejado, en cuyos bajos está una escultura extraordinaria, homenaje a las mujeres que cargaban sobre su cabeza fardos de hasta 50 kilos.

Entre ambos puentes, restos de muralla fernandina, del siglo XIV, cuyas empinadas escaleras adosadas nos llevan a la plaza de la Sé (catedral). En medio de la plaza, un monumental Pelourinho manuelino preside el amplio espacio-mirador.

CUARTO DÍA, POR LA TARDE. Una breve parada, al regresar, en cercana playa de Espinho.


5 DÍAS: "PERDIDOS" POR EL CENTRO PENINSULAR...

Guadalajara y su patrimonio religioso y urbano-; Torija y su castillo-; Sigüenza y su catedral, castillo y núcleo histórico-; Medinaceli y su núcleo histórico-; Monasterio de Piedra y su parque de cascadas-; Calatalud y sus castillos-; Monasterio de Veruela y "la sombra de Bécquer"-; Tarazona y su riqueza urbana y monumental; -Soria y sus iglesias románicas, la "sombra" de Antonio Machado y de Gerardo Diego-;  Calatañazor, urbanismo rural y paisajes...



 

jueves, 9 de septiembre de 2021

 COIMBRA-PORTO: UNA OFERTA TENTADORA 

Moisés Cayetano Rosado 


Antes de entrar en Coimbra, al lado mismo, hemos de hacer una parada en las Ruinas arqueológicas de Conimbriga, la populosa ciudad romana localizada en la vía militar que enlazaba Lisboa con Braga. Desde el siglo I a.C. al IV d.C. vivió su época de esplendor, del que dan cuenta sus asombrosos restos visitables y un Museu verdaderamente extraordinario.

El lujo, el notable desarrollo urbano, están presentes en los restos expuestos, entre los que destacan numerosos mosaicos y vestigios de casas, zonas comerciales, foro y extraordinaria muralla de finales del siglo IV, cuando la inseguridad obliga a fortalecerse, haciéndose de manera casi ciclópea.

La zona de pinos en la entrada es un buen lugar para hacer “un alto en el camino” y tranquilamente reponerse, bien comiendo en el restaurante del campo arqueológico o en el mismo pinar.

Después nos espera la siempre acogedora, plácida Coimbra, que desde la orilla izquierda del río Mondego ofrece una imagen triangular sorprendente, coronada por las edificaciones de su antigua, prestigiosa y monumental Universidad.


Aconsejo hospedarse en esa orilla izquierda del río, pues enseguida llegamos desde ahí al centro de la población, por el Ponte de Santa Clara. Al mismo tiempo, nos ofrece buena oferta de hoteles y restaurantes, enfrente mismo de Santa Clara-A-Velha, convento gótico admirable, que fue abandonado al hundirse en el terreno pantanoso y quedar casi inundando por las aguas del río. La visita a sus instalaciones es muy recomendable, como lo es también al Parque “Portugal dos Pequeninos” (especialmente si se llevan niños), donde podemos admirar réplicas en tamaño reducido de los principales monumentos de Portugal. Un poco más, hacia el interior de esta zona de expansión, está la “Quinta das Lágrimas”, uno de los parques románticos más interesantes de Portugal, que encierra las más sensibles leyendas de los amores de don Pedro I y doña Inés de Castro.


Si pasamos al Casco Antiguo, enseguida que atravesemos el Arco de Almedina (entrada de la fortificación medieval), nos encontraremos con la Sé Velha, una inigualable catedral románica, que junto a las de Lisboa, Évora y Porto constituye la esencia del arte arquitectónico y escultórico de la Baja Edad Media. Asombran desde fuera sus capiteles, jambas, arcos de medio punto, contrafuertes… Y en el interior, su bóveda de cañón central y de aristas laterales, su transepto, ábsides y absidiolos, donde ya contemplamos la transición al gótico.


Pero hemos de acudir (o a las dieciocho horas -o a las veintidós- portuguesa al cercano Café Santa Cruz (instalado en una antigua capilla de la Iglesia del mismo nombre, también visitable, junto a su portentoso claustro), para escuchar fado de Coimbra, en tanto degustamos sus deliciosos café y pasteles, o tomamos una cena reparadora, sin que el precio sea abusivo.

Y desde luego, no podemos abandonar Coimbra (o retornar tras visitar Porto, de regreso a nuestro sur) para conocer las instalaciones fundamentales de su Universidad: la inigualable Biblioteca Joanina, la Capilla de S. Miguel, el Palacio Real y el Laboratorio Químico (asombroso espacio interactivo que a nadie deja indiferente).

En poco más de cien kilómetros de autopista, estamos en Porto, donde al principio asusta su intensa circulación vial y la masificación turística, pero que bien programada la visita puede ser más que reconfortante.


Aconsejo hospedarse en la ronda exterior del Casco Antiguo, por razones de accesibilidad y aparcamiento. Una buena opción es por encima de los Paços do Concelho, al norte. Desde ahí, a pie, todo está relativamente cerca: el mismo Ayuntamiento (Câmara Municipal, en los Paços do Concelho), de un barroco grandioso, monumental, y la amplia Avenida dos Aliados, de hermosos edificios palaciegos, que nos llevan  a la Estação de S. Bento. Nada comparable a la azulejería de su interior, debida a la mano de uno de los artistas más sobresalientes de principios del siglo XX: Jorge Colaço. Las escenas históricas, de batallas, recepciones reales… no tiene rival.

De ahí, hemos de desplazarnos un poco hacia el oeste inmediato para unas visitas inolvidables: la Iglesia y alta Torre dos Clérigos (icono fundamental de Porto, que supera los 75 metros y tiene en su interior más de 240 peldaños), donde el barroco adquiere dimensiones épicas. Después habremos de acercarnos al contiguo Centro Portugués de Fotografía (antigua Cárcel y Tribunal de Relação de Porto, de la que se conservan celdas e impactantes rejerías, y que estuvo activa como tal hasta la Revolução dos Cravos), siendo el más completo del país en su género.

Es de admirar, en las proximidades, la azulejería exterior, que cubre todo un lateral de la fachada de la Iglesia do Carmo, algo que podemos comtemplar en otros templos de la ciudad, como Iglesia dos Congregados (al lado de la Estação de S. Bento) o la hermosísima Capela das Almas (con azulejería en todo el frontal y lateral) al este de los Paços do Concelho, o en la Iglesia de Sto. Ildefonso, un poco más abajo.


Pero, si fuera posible, si la afluencia de público no fuese gigantesca como suele ocurrir, podríamos ver en esta zona de la Iglesia dos Clérigos, la archifamosa y neogótica Livraria Lello (a la que hay que entrar previo pago, que descuentan de la compra de libros, si se efectúa), reconocida como una de las más bellas del mundo en guías de viaje y periódicos internacionales de prestigio.

Comer, cenar, deambular libremente… ha de hacerse por la orilla del Duero, en torno al Cais da Ribeira, donde se puede coger barco turístico para navegar por el río, admirar los puentes metálicos de Porto, especialmente el “doble” de Don Luis I, hecho por el ingeniero Teóphile Seyrig, discípulo de Gustave Eiffel. El tablero inferior conduce a vehículos y peatones de Porto a Gaia (también monumental y de atractiva oferta hotelera y de restauración) desde las orillas del río; el superior, nos lleva a la parte alta de ambas poblaciones.

Aguas adentro podemos acercarnos hasta el Ponte do Infante Dom Henrique, espacio despejado, en cuyos bajos me ha llamado siempre la atención una escultura extraordinaria, homenaje a las mujeres que cargaban sobre su cabeza fardos de hasta 50 kilos con ramajes para encender el fuego; monumento a la vida difícil, esforzada, sufrida, de la gente sencilla del puerto.


Entre ambos puentes están unos interesantes restos de muralla fernandina, del siglo XIV, cuyas empinadas escaleras adosadas nos llevan a la plaza de la Sé (catedral). Su visita a nadie dejará indiferente, por la combinación de artes sucesivos: románico, gótico y sobre todo barroco, con una presencia de azulejería en las paredes del claustro muy notables. En medio de la plaza, un monumental Pelourinho manuelino preside el amplio espacio, desde donde tenemos unas vistas extraordinarias de la ciudad y de Gaia, enfrente.

Una breve parada, al regresar, a la cercana playa de Espinho no estaría de más. Su oferta de mariscos es una tentación que no todos resisten…

Evidentemente, en todo este recorrido hay mucho más para ver, pero la muestra es suficiente para completar un “puente festivo” de arte, cultura, gastronomía y naturaleza de privilegio.

sábado, 1 de febrero de 2014

MAJESTUOSA AZULEJERÍA DE LA ESTAÇÃO DE PORTO
Moisés Cayetano Rosado 
Cuando desde la Raia/Raya entramos en Portugal, en esos paseos que nos descubren un mundo previsor de fortificaciones, nos encontramos con la sorpresa delicada de sus estações ferroviarias. Algunas ya sin funcionar y otras resistiendo todavía, pero con ese porte artístico que le dan sus construcciones bien equilibradas y la azulejería de sus paredes, donde se muestran monumentos, faenas laborales campesinas y hazañas históricas fundamentalmente medievales y de la etapa de los descubrimientos.
La cronología del azulejo en Portugal se hunde en la lejanía del tiempo, realzándose con las aportaciones musulmanas, ya desde los primeros momentos de su presencia en la Península, allá en el siglo VIII. Pero en el siglo XVI y sobre todo en el XVII adquiere un esplendor inigualado, constituyendo una de las señalas de identidad artísticas de la nación.
Con la primera mitad del siglo XX, llegará su implantación en las estaciones y apeaderos de ferrocarril, teniendo una calidad artística admirable en la producción de pintores y acuarelistas como Leopoldo Battistini, Alves de Sá o Jorge Colaço.

Y sería éste último, que tan brillantes muestras dejó en estações como Marvão o Évora, el encargado de embellecer la ya de por sí admirable Estação de Porto, donde predomina la temática histórica, que tiene sus hitos fundamentales en la representación panorámica de sus paredes: Torneo de Arcos de Valdevez, efectuado en 1140; presentación de Egas Moniz con sus hijos ante el Rey VII de Castilla y León (también escena alusiva en el siglo XII a los enfrentamientos rayanos); entrada de D. João I y de D. Filipa de Lancastre en Porto, en 1387, o la Conquista de Ceuta, de 1415. Además de escenas naturalistas del Norte del país y un friso en el atrio dedicado a la historia de los transportes en Portugal hasta la inauguración del ferrocarril. Todo ello cubriendo más de 550 metros cuadrados de superficie, fundamentalmente en azul y blanco.
Jorge Colaço (1868-1942) los realizó entre 1905 y 1906, antecediendo a otras de sus obras memorables, entre las que destacan la azulejería del Palácio Hotel do Buçaco, en Luso, de 1907; el Palácio dos Viscondes de Alverca (ahora Casa do Alentejo) en Lisboa, de 1918-1919; el Pavilhão dos Desportos de Lisboa (1922) o el exterior de las Igrejas dos Congregados (1929) y Santo Ildefonso (1932) también de Porto.
Jorge Colaço, cuya obra está presente también en Inglaterra, Suiza, Argentina, Brasil y Cuba -entre otras naciones-, consigue en estos paneles de la Estação de Porto una grandeza extraordinaria en la plasmación historicista, consiguiendo en su combinación de blancos y azules una magnífica sensación de profundidad, espectacularidad, al tiempo que tensión dramática en los hechos narrados, grandeza en los personajes y armonía de los conjuntos.
Si bien la representación de que podemos disfrutar en otras estações ferroviárias es de una belleza notable, en ésta de Porto -por los grandiosos escenarios materiales que ocupan- adquieren la monumentalidad de los palacios y pabellones donde después trabajaría, con tanto acierto.

Inigualable, por tanto, Estação Ferroviária de Porto, que ha de visitarse reposadamente, como viajero sin prisa por este arte de la azulejería, en el que Portugal no tiene rival.