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sábado, 24 de agosto de 2024

 FECUNDIDAD Y FUTURO DE LA POBLACIÓN

MOISÉS CAYETANO ROSADO

Doctor en Geografía e Historia

Cuando comenzó el siglo XX, la población mundial era de 6.226 millones de personas. En la actualidad somos 8.180 millones, según datos de la ONU. Los europeos suponíamos hace veinticuatro años el 11’8% del total; actualmente bajamos el 9’1%. El porcentaje de latinoamericanos apenas ha variado (de 8’5 a 8’3), y ligeramente bajó el de Norte América (de 5’1 a 4’6).

Asia -que nos alarmaba al comenzar el siglo, por lo que parecía una escalada imparable de la población, especialmente de China e India- se ha ido ralentizando, hasta disminuir su propio porcentaje, suponiendo en el año 2000 el 60’9% de la población mundial y ahora el 58’9%: la India, con 1.445 millones de habitantes -el país más poblado del mundo- tiene un índice de fecundidad similar a la media de reemplazo poblacional, que es el 2’1 hijos por mujer, lo que hace que su población se estabilice; China, que le sigue en población, con 1.425 millones, ha llegado a un crecimiento vegetativo negativo, pues su índice de fecundidad es de 1’39, con lo que mueren más personas que las que nacen. Oceanía tiene una representación insignificante en el total mundial de habitantes, aunque ha subido del 0’5 al 0’6: de 31 a 44 millones de personas.

La clave está en África, que pasó en algo menos de un cuarto de siglo a casi duplicar su población: de 811 millones en 2000 a 1.508 en la actualidad, lo que significa ascender del 13’2% del total al 18’4%. Esto se debe, claro está, a su alto índice de fecundidad: 4’7, más del doble del índice de fecundidad de reemplazo.

Los datos son categóricos y resulta esclarecedor contemplarlos, porque nos darán una idea de lo que puede ser el futuro de la población del planeta.

Según el Banco Mundial, siendo la fecundidad de reemplazo (la que mantiene una población estabilizada) de 2’1 hijos por mujer, hay 126 países por debajo de esa media y 94 países por encima. Ninguna nación de la Unión Europea llega a esa media, incluso con su población inmigrante, que es más fecunda que la de origen. Y España, tras Malta, se lleva el puesto de cola, con 1’19 hijos por mujer.

Con menos de 1’5 hijos por mujer hay 20 países en el mundo (de irremediable recesión poblacional): 15 europeos y 5 asiáticos (incluida China); India roza la media. Doblan la media de fecundidad de reemplazo 27 países: 25 son africanos y 2 asiáticos (Afganistán y Timor Oriental), y de ellos, la triplican 7, todos africanos.

O sea, el futuro poblacional, si se cumplen las expectativas a corto y medio plazo (a largo plazo es muy aventurado hacer cálculos, aunque se hacen y son aún más demoledores), Asia, Europa y Latinoamérica seguiremos perdiendo importancia poblacional en el contexto mundial; América del Norte y Oceanía mantendrán sus porcentajes, y África continuará encabezando el crecimiento.

En 2050, estos países africanos podrán suponer el 25’6% del total, con 2.489 millones de habitantes, sin que su desarrollo económico experimente el impulso necesario para mantener un mínimo bienestar, o al menos asegurar una situación de subsistencia y evitar las hambrunas. Con ello, la tendencia creciente a emigrar hacia Europa Occidental y Norteamérica no solamente continuará sino que ha de ser creciente, por meras razones de supervivencia. Únase a ello que Europa del Este y Latinoamérica, a pesar de que su población experimente un crecimiento menos expansivo, también sostienen unas expectativas de emigración elevadas.

Todo esto debe hacer actuar a las propias autoridades que “nos facilitan” estos datos estadísticos, ONU y Banco Mundial, así como la  Unión Europea, junto a otros organismos internacionales, para diseñar una política de apoyo y desarrollo económico “en origen” (ese “origen” del que tanto provecho sacamos en nuestra colonización y aún neocolonización actual, dadas sus riquezas naturales imprescindibles para la tecnología moderna), evitando el desarraigo que supone la emigración forzosa por razones de sobrevivencia y conflictos armados, la tragedia de las salidas clandestinas por selvas, desiertos y mares, ese triste espectáculo que constituye ahora “el pan de cada día”.

lunes, 29 de julio de 2024

 UN TRASVASE POBLACIONAL IRREVERSIBLE

Mientras la población mundial crece a un ritmo progresivo imparable, nuestro “Viejo Continente” contiene su crecimiento de manera alarmante, aunque las cifras generales no reflejan la realidad del decrecimiento de población autóctona.

En 1.950 vivían en el mundo 2.500 millones de personas, que al cambiar de siglo subirían a 6.144 millones, mientras que Europa pasaba de 550 a 727 millones de habitantes; o sea, el mundo multiplicaba sus habitantes por 2’45, en tanto Europa lo hacía por 1,32, según los datos de la ONU. Pero siguiendo con las cifras de la Organización de Naciones Unidas, al llegar a 2024 los habitantes de nuestro planeta rondan los 8.100; en nuestro continente ascienden a 746; es decir, representamos el 11’8% de la población mundial en el año 2000, en tanto que en la actualidad somos el 9’1%.

Las estimaciones para 2.040 nos sitúan más a la baja: el 7’9% de los habitantes del mundo (728 millones), subiendo la población general a 9.200 millones. Crece, por el contrario, el continente africano, que si en el año 2000 tenía 811 millones de habitantes, ahora supera los 1.500, y en 2040 llegará a 2.100. Los demás continentes apenas presentan progresión en todo el siglo, e incluso tienen unas décimas porcentuales de bajada.

Es decir, el crecimiento vegetativo se frena en Asia, América y Oceanía, mientras se hace negativo en Europa, en tanto que resulta claramente expansivo en África. Y es que la tendencia familiar a la natalidad, así como las políticas gubernamentales en los primeros tienden a ser de contención, no llegando en gran parte de los países a conseguir el “reemplazo poblacional”, mientras que en los africanos este reemplazo es notable, por su alta natalidad.

No obstante, en estas “tablas de población” hay que considerar un elemento importante que rompe con la dinámica del crecimiento vegetativo (nacimientos menos defunciones): el crecimiento migratorio, que en los años del “desarrollismo europeo” (1960-1975) provocó unos importantes trasvases de población hacia la Europa Occidental desde el Mediterráneo europeo, norteafricano y de Asia Menor. La Crisis de 1973, acentuada en 1979, los cortó de manera radical, y aparecerían de nuevo con el inicio del siglo XXI, incorporándose incluso España (tradicionalmente de tendencia a salidas migratorias) como receptora de nacidos en el Magreb, Europa del Este y Suramérica. Una nueva crisis, la de 2008, volvió a cortar los flujos, que desde hace apenas un lustro vuelve a repuntar con fuerza.

Si en 1975 apenas subíamos en España de 35 millones de habitantes, en el año 2000 superábamos a los 40 millones… pero con más de 2 millones de extranjeros, según el Instituto Nacional de Estadística. Ahora bien, actualmente tenemos 48.692.000 habitantes… porque residen aquí más de 8 millones de extranjeros: el 17’1% de la población. O sea, apenas rebasamos los naturales del país la población que teníamos en 1975, cuando la población mundial ha pasado de cuatro mil a nueve mil millones de habitantes. Europa pasó de 676 a 746 millones, igualmente gracias a la afluencia de emigrantes, fundamentalmente africanos.

Está claro que de por sí, Europa en general y España en particular, dada su baja tasa de natalidad -que no compensa demográficamente las defunciones-, son zonas “regresivas”. Solamente la inmigración nos hace crecer, y son  estos emigrantes los que presentan mayores tasas de natalidad, y por tanto de renovación poblacional.

La previsión a medio plazo (2040) es que tendremos más de 13 millones de extranjeros en España, y para 2050 pueden llegar a 17 millones, que representarían el 25 y 35% respectivamente de la población total. Algo generalizado en Europa Occidental. Un “trasvase poblacional irreversible”, que se nos manifiesta en el discurrir del día a día, y que en estos momento nos enfrenta a las terribles y crecientes cifras de “pateras” que arriban a nuestras costas, los “saltos” por las vallas de Ceuta y Melilla, así como en las islas y costas de Italia y Grecia. Y… esos jugadores subsaharianos (o descendientes de ellos) que son la “gloria” de nuestro fútbol patrio, o nuestros atletas europeos, nacidos o descendientes tantos más abajo del desierto del Sáhara, y que harán las delicias de los Juegos Olímpicos de París-2024.

jueves, 30 de enero de 2020


PÉRDIDA DEMOGRÁFICA Y VACIAMIENTO RURAL

Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia

Si al comenzar el siglo XX la población mundial era poco más de la que tiene China ahora -mil quinientos millones de habitantes-, en la actualidad la cifra se ha disparado a siete mil ochocientos millones, según los datos de las Naciones Unidas. Y si entonces Europa representaba el 25%, ahora no llega al 10%, con una tendencia a la caída porcentual preocupante, pues mientras el crecimiento vegetativo de nuestro viejo continente es del 0’4 anual (en la Unión Europea, 0’2%), América Latina tiene el 0’9%, Asia meridional el 1’2%, el Mundo árabe el 1’9% y África nada menos que el 2’7%, a pesar de sus altos índices de mortalidad infantil, debido a sus elevadas tasas de natalidad, como nos muestran los datos del Banco Mundial.
En este maremágnum de cifras, debemos señalar que solamente entre China y la India acaparan el 37% de la población del planeta, con 2.830 millones de habitantes, a los que si sumamos el Continente africano sube a la cifra de 4.150 millones: el 53% del total. Nuestra país, España, con sus cuarenta y siete millones, no representa más de un 0’6%, y casi seis millones de ellos son inmigrantes procedentes del norte de África, Europa del Este y Latinoamérica, zonas en proceso de expansión demográfica y densas salidas migratorias, controladas o no.
¿Qué nos revelan estos datos de cara al futuro? Por una parte, que el área africana en general, el Mundo árabe, Asia meridional y Latinoamérica seguirán creciendo exponencialmente, mientras que la Unión Europea (como también Norteamérica) perderá población propia, a causa del diferente crecimiento vegetativo de sus respectivas áreas. O sea, nosotros somos una población envejecida, con muy poco relevo poblacional, llegando a superar las defunciones a los nacimientos; las áreas “emergentes” o “Tercer Mundo”, por el contrario, tienen una población con altas tasas de renovación, muy joven, con necesidad de encontrar lugares donde desarrollar un proyecto de vida que en sus lugares de origen lo tienen más que difícil.
Por tanto, por un lado va a resultar cada vez más complicado retener los movimientos migratorios de esas áreas que se van superpoblando y buscan acomodo en estas nuestras que retroceden no solo en la participación porcentual sino en las propias cifras absolutas. Por otro lado, el hecho de tener una población propia galopantemente envejecida dificulta nuestro propio desarrollo productivo, por no decir el mantenimiento de la creciente “Tercera Edad”, los jubilados, que cada vez constituirán el grupo más importante de los habitantes del “mundo desarrollado”.
Por lo que a España respecta, en estos días, el INE, la AIReF, la ONU y Eurostat, han indicado que necesitaríamos quintuplicar el número de inmigrantes para sostener la jubilación. Y no únicamente para ello, sino también para evitar la despoblación y convertirnos en un país insignificante dentro del panorama mundial, donde ahora ocupamos aún el puesto número 30 del ranking poblacional por naciones. Pero el resto de Europa occidental no es ajena a esta necesidad, con lo que o ponemos “barreras al campo” y lo dejamos así, de recreo para los pocos que queden, o se abren sus espacios territoriales a una “nueva invasión de los bárbaros (extranjeros)”, que dinamicen y equilibren las pirámides poblacionales, aún a costa del “peligro civilizatorio”.
No creo que la fórmula de “animar” a la población autóctona a tener más descendencia surta efectos. Por una parte, porque el coste de la vida y las perspectivas laborales no están para muchos ánimos; por otra, porque si se alcanza un buen nivel de recursos materiales, hay una tendencia muy extendida en nuestras mentalidades actuales a disfrutar lo más libremente de ello: viajes turísticos, consumo, hobbies, etc. en que los hijos suponen un impedimento que muchos son los que no están dispuestos a asumir.
Y luego está el tema recurrente del despoblamiento rural (que se une al del despoblamiento general en nuestras áreas culturales). España tenía en 1900 un 20% de población propiamente urbana y 80% rural. En la actualidad es lo contrario. Tampoco en ello somos diferentes a la tendencia general de la Unión Europea. Aunque en esto parece que todo el mundo sigue la misma dinámica, si nos fijamos en los datos de las Naciones Unidas y el Banco Mundial: en 1960, el 67% de la población mundial habitaba zonas rurales; ahora es el 45%. Es decir, existe una tendencia generalizada e imparable a la concentración en grandes áreas, metrópolis, conurbaciones, abandonando extensos espacios rurales, de menores perspectivas laborales, infraestructurales.
Esta polarización se vive igualmente a la “pequeña escala regional”: véase nuestra Extremadura, con tendencia irrefrenable al despoblamiento general y al abandono rural. Ante estos datos objetivos, ¡a ver si los políticos son capaces de plantear remedios en medio de sus discusiones de “galgos o podencos”!