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martes, 18 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (II)
DE MONTSERRAT A LA SAGRADA FAMILIA Y REGRESO POR LAS RAMBLAS
Cuando llegas por la noche a la Estación de Sants, en Barcelona, puedes sentirte un poco despistado ante la inmensidad de sus plazas y las calles anchísimas, tan rectas, infinitas. Pero enseguida que te orientas un poco comprendes que el trazado de la expansión urbana barcelonesa es ideal para orientarse. El Ensanche, del arquitecto Ildefonso Cerdá, de mediados del siglo XIX, nos ha proporcionado una ciudad en cuadrícula con manzanas achaflanadas que permiten una visión peatonal y circulatoria dinámica y segura.
Alrededor de la Estación hay una oferta de hoteles para todos los gustos y posibilidades económicas (dentro de una carestía superior a la media española), con una boca Metro siempre a mano, pues la red del suburbano es de una densidad envidiable, como lo es la frecuencia de paso.  ¡Qué decir, también, de sus restaurantes y pequeños supermercados,  que parecen abiertos a toda hora y dispuestos a cualquier servicio… regentados y atendidos mayoritariamente por chinos, indios y norteafricanos (algo parecido habíamos visto en Madrid). No hay problemas para obtener en ellos comida italiana, alemana, española o mezclada de diversas nacionalidades, sin que su precio se suba por las nubes.
Y una vez descansados, hay que planificar la estancia. Optamos por coger un combinado en la Estación de Plaza de España, que nos lleva a Montserrat: tren de cercanías hasta Montserrat AERI (una hora), que hace un par de decenas de paradas antes de llegar; teleférico desde allí hasta los pies del Monasterio benedictino (donde se rinde culto a “la Moreneta”, imagen románica de la Virgen, encontrada según la tradición en el año 880), a donde se llega en 5 minutos en que podemos admirar el paisaje abrupto de la montaña y los valles de alrededor; paseo por el complejo creado en el lugar, y dos opciones nuevas: subir montaña arriba en el funicular de Sant Joan, o bajar en el de la Santa Cova.
Como al principio le coge a uno de refresco, lo mejor es cumplir ahora con la primera opción y echar unos minutos de funicular por el desfiladero que nos lleva a lo alto, de donde parten diversos caminos pedestres, el principal de los cuales nos permiten ascender aún más: de los 720 metros sobre el nivel del mar del Monasterio a los 1.028 de la ermita tardorrománica de Sant Joan. Es buen lugar para tomar un respiro, pero merece continuar ascendiendo por las diversas sendas, ya que el paisaje de las enormes moles de conglomerados (emergidos casi verticalmente del mar con la orogenia alpina hace alrededor de 50 millones de años) y los tremendos abismos entre ellos nos ofrecen unas vistas inigualables.
Cuando llegamos a los 1.200 metros de altura, procediendo de la ciudad que está a nivel mismo del mar, los oídos nos avisan de la altura. Y las sendas se hacen estrechas, cada vez más rocosas, protegiéndonos del “mareo” y el peligro vallas de madera a prueba de vértigo. Parece que estuviéramos en el “Caminito del Rey”, del desfiladero de los Gaitanes de Málaga, o el del Cares, en los Picos de Europa.
Descendiendo de nuevo, en la explanada donde tomamos el funicular de subida, también se nos ofrece el otro que baja a la Santa Cova, el lugar donde se encontraría a la Virgen. Éste nos deja en la senda (construida entre 1691 y 1704) que conduce a la cueva, pasando por las estaciones penitentes de los quince misterios, en cada uno de los cuales hay un bajo o altorrelieve, escultura exenta o grupo historiado, elaborados entre 1896 y 1916 por diversos artistas. La belleza del paisaje vuelve a ser cautivante: hacia arriba las tremendas montañas enmarcando al Monasterio y hacia abajo el valle inabarcable, lleno de verdor.
Como la oferta restauradora es amplia y no abusiva en precios, regresaremos a Barcelona con buen ánimo y estupendos recuerdos, ejercicio físico cumplido y recreo visual extraordinario, que podemos completar con un vistazo de atardecer y noche en la ciudad.
Una buena opción es acercase al Templo de la Sagrada Familia, la titánica obra iniciada por Antoni Gaudí en 1882 y que aún sigue en construcción, estando prevista su terminación para dentro de más de cinco años.
Esta obra modernista, evocadora del gótico más florido, llena de imaginación, ensueños y caprichos, es todo un derroche de originalidad, e igualmente nos evoca una catedral francesa de la altivez de Amiens o Reims, o una gruta gigantesca erosionada por el viento y el agua a lo largo de siglos, de milenios.
En Semana Santa, además, se tiene la oportunidad de asistir a un espectáculo de luces, de colores, sonidos y explicaciones en la fachada de la Pasión que nos hace sentirnos ante la prédica medieval de los clérigos, acercándoles el evangelio a los fieles iletrados, por medio de los conjuntos escultóricos que la abarrotan. ¡Cuánto fiel y curioso alrededor procedentes de los más diversos rincones del mundo, especialmente orientales, que todo lo invaden!
Terminado el espectáculo y rindiendo culto también al estómago entre la múltiple oferta gastronómica de la zona, qué mejor que encaminarse (vía metropolitano) a la Catedral y el Barrio Gótico del Casco Antiguo. Disfrutar en la penumbra de ese gótico recreado casi todo a finales del siglo XIX y principios del XX, llegando hasta la Plaza de Sant Jaume, donde se encuentra el Palacio de la Generalitat frente a frente con el Ayuntamiento, formando un conjunto monumental gótico-renacentista meritorio.
De allí -bullicio y deambular masivo- bajamos a Las Ramblas por la calle/carrer/ de Ferran (atestada de tiendas con todo tipo de souvenirs), no sin antes darnos una vuelta por la aledaña Plaza Real, neoclasicista, de mediados del siglo XIX, porticada con arcos de medio punto, atestada de veladores y de gente.

Por el medio de Las Ramblas -columna vertebral de la ciudad vieja- cogemos el metro en la estación Liceu, buscando el descanso de un día de ajetreo, al que esperan jornadas no menos movidas.
Moisés Cayetano Rosado

lunes, 28 de septiembre de 2015

VIAJE A ESLOVENIA, CROACIA, BOSNIA Y HERZEGOVINA, LA EXYUGOSLAVIA OCCIDENTAL (y V)

DUBROVNIK, LA JOYA RENACIDA
Cuando vas bajando de los montes que la rodean hacia la ciudad de Dubrovnik, te sorprende la grandeza de sus murallas, que ciñen su contorno con elegancia y enorme belleza.
Dubrovnik ha sido a lo largo de la historia una “joya codiciada” por las sucesivas invasiones que ha tenido Dalmacia, y fue la ciudad más importante de este territorio en el siglo IX, bajo el amparo de Bizancio, a quien sustituyó la República de Venecia. En 1358 ganó su independencia, llamándose República de Ragusa… con tributo anual al rey de Hungría, a quien sustituyen los Doges de Venecia.
Esas murallas que nos llaman tanto la atención se erigieron en el siglo XII, como protección ante las agresiones que alternativamente venían de Oriente y Occidente, perfeccionándose su estructura de continuo, hasta que un gran terremoto en 1667 destruyó casi por completo la ciudad y su cinturón amurallado, muriendo al tiempo el 40% de su población: unas 5.000 personas.
Se inicia a partir de entonces una nueva reconstrucción de las defensas y su interior, lo que no obstaculiza que en 1808 Napoleón la incorpore a su Reino de Italia, así como que en 1815 el Imperio de los Habsburgo tome posesión de ella tras los acuerdos del Congreso de Viena.
Las dos guerras mundiales del siglo XX supondrán nuevas ocupaciones, siendo de especial crueldad la alemana de 1943. Con la derrota de Hitler volverá la calma, integrada en el estado de Yugoslavia; pero en 1991, desmembrado el mismo, formará parte de la República independiente de Croacia, lo que le supondrán nuevos asedios por parte de las fuerzas serbias, que no acabarán hasta mediados de 1992.
Consecuencia de este cerco será otra destrucción terrible, muy presente en la conciencia colectiva de la ciudad, que lo muestra al visitante en paneles explicativos de las entradas de su fortificación, reconstruida de nuevo.
Este amurallamiento es lo más llamativo de la ciudad, con sus enormes paredes verticales de los siglos XIV y XV, reforzadas por torres exteriores troncocónicas del siglo XVII, como falsabraga artillera, a la que rodea un profundo foso perimetral. Podemos recorrer el fantástico paredón de casi dos kilómetros, que alcanza una altura máxima de unos 25 metros y estuvo armado con más de 120 cañones. Diversos fuertes exteriores contribuían a la defensa.
El interior de la ciudad está dividido en dos partes bien diferenciadas, de oeste a este, separadas desde la majestuosa Puerta Pile (conjunto en realidad de varias puertas defendidas por dos fuertes anexados en los ángulos del lienzo: Bokar al sur y Minceta al norte) hasta el Puerto por la concurrida avenida de Placa, donde se agolpan los turistas paseando, entrando y saliendo de sus abundantes museos, palacios, iglesias, restaurantes, comercios…
Quedan al norte de esta avenida unas vistosas, pintorescas, estrechas calles, que suben la colina en pronunciada cuesta escalonada. Faroles, macetas y ropa tendida de un lado a otro de las mismas, forman un conjunto armonioso, popular, que relaja del bullicio de Placa, pues los turistas parecen poco “aficionados” al “alpinismo” callejero. Prefieren el paseo de ronda de las murallas, la citada avenida y la plaza final de la misma, casi llegando ya al Puerto, y desde la que -entre magníficos palacios tardogóticos- llegamos a la Catedral y amplias plazoletas que rebosan de “apelmazada humanidad” procedente de todos los rincones del mundo.
Por eso, compensa de nuevo callejear por el ala sur de la ciudad, el sector más tranquilo, menos visitado, pero no menos delicioso para recorrer sin prisas.
Conviene, eso sí, volver sobre nuestros pasos, dirigirnos al Puerto y tomar allí alguna embarcación de las muchas que se ofrecen para hacer un breve paseo marítimo que nos ofrezca una nueva visión de Dubrovnik: sus poderosas murallas urbanas desde el mar; los fuertes de Lovrijenac al suroeste, Revellín al noreste, St. John al este y, coronando el conjunto, sobre la montaña Srd (a la que se accede con teleférico, al norte), el más “nuevo” Fuerte Imperial, construido en honor a Napoleón en 1810.
Cuando, desde aeropuerto de Dubrovnik, levantemos el vuelo de retorno, nos quedará el dulce recuerdo de una tierra zarandeada a lo largo de la historia por sucesivos choques de invasiones, ocupaciones y rebeliones, que ha sabido imponerse con vitalidad y hoy nos muestra sus tesoros con el dulce encanto de lo reconstruido con gusto, con tesón y paciencia. Tierra para recordar con agrado y volver de nuevo… ¡a pesar de las enormes hordas de turistas que colmatan espacios tan magníficos para saborear en soledad o con contada compañía!

Moisés Cayetano Rosado