Mostrando entradas con la etiqueta fuertes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fuertes. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de septiembre de 2015

VIAJE A ESLOVENIA, CROACIA, BOSNIA Y HERZEGOVINA, LA EXYUGOSLAVIA OCCIDENTAL (y V)

DUBROVNIK, LA JOYA RENACIDA
Cuando vas bajando de los montes que la rodean hacia la ciudad de Dubrovnik, te sorprende la grandeza de sus murallas, que ciñen su contorno con elegancia y enorme belleza.
Dubrovnik ha sido a lo largo de la historia una “joya codiciada” por las sucesivas invasiones que ha tenido Dalmacia, y fue la ciudad más importante de este territorio en el siglo IX, bajo el amparo de Bizancio, a quien sustituyó la República de Venecia. En 1358 ganó su independencia, llamándose República de Ragusa… con tributo anual al rey de Hungría, a quien sustituyen los Doges de Venecia.
Esas murallas que nos llaman tanto la atención se erigieron en el siglo XII, como protección ante las agresiones que alternativamente venían de Oriente y Occidente, perfeccionándose su estructura de continuo, hasta que un gran terremoto en 1667 destruyó casi por completo la ciudad y su cinturón amurallado, muriendo al tiempo el 40% de su población: unas 5.000 personas.
Se inicia a partir de entonces una nueva reconstrucción de las defensas y su interior, lo que no obstaculiza que en 1808 Napoleón la incorpore a su Reino de Italia, así como que en 1815 el Imperio de los Habsburgo tome posesión de ella tras los acuerdos del Congreso de Viena.
Las dos guerras mundiales del siglo XX supondrán nuevas ocupaciones, siendo de especial crueldad la alemana de 1943. Con la derrota de Hitler volverá la calma, integrada en el estado de Yugoslavia; pero en 1991, desmembrado el mismo, formará parte de la República independiente de Croacia, lo que le supondrán nuevos asedios por parte de las fuerzas serbias, que no acabarán hasta mediados de 1992.
Consecuencia de este cerco será otra destrucción terrible, muy presente en la conciencia colectiva de la ciudad, que lo muestra al visitante en paneles explicativos de las entradas de su fortificación, reconstruida de nuevo.
Este amurallamiento es lo más llamativo de la ciudad, con sus enormes paredes verticales de los siglos XIV y XV, reforzadas por torres exteriores troncocónicas del siglo XVII, como falsabraga artillera, a la que rodea un profundo foso perimetral. Podemos recorrer el fantástico paredón de casi dos kilómetros, que alcanza una altura máxima de unos 25 metros y estuvo armado con más de 120 cañones. Diversos fuertes exteriores contribuían a la defensa.
El interior de la ciudad está dividido en dos partes bien diferenciadas, de oeste a este, separadas desde la majestuosa Puerta Pile (conjunto en realidad de varias puertas defendidas por dos fuertes anexados en los ángulos del lienzo: Bokar al sur y Minceta al norte) hasta el Puerto por la concurrida avenida de Placa, donde se agolpan los turistas paseando, entrando y saliendo de sus abundantes museos, palacios, iglesias, restaurantes, comercios…
Quedan al norte de esta avenida unas vistosas, pintorescas, estrechas calles, que suben la colina en pronunciada cuesta escalonada. Faroles, macetas y ropa tendida de un lado a otro de las mismas, forman un conjunto armonioso, popular, que relaja del bullicio de Placa, pues los turistas parecen poco “aficionados” al “alpinismo” callejero. Prefieren el paseo de ronda de las murallas, la citada avenida y la plaza final de la misma, casi llegando ya al Puerto, y desde la que -entre magníficos palacios tardogóticos- llegamos a la Catedral y amplias plazoletas que rebosan de “apelmazada humanidad” procedente de todos los rincones del mundo.
Por eso, compensa de nuevo callejear por el ala sur de la ciudad, el sector más tranquilo, menos visitado, pero no menos delicioso para recorrer sin prisas.
Conviene, eso sí, volver sobre nuestros pasos, dirigirnos al Puerto y tomar allí alguna embarcación de las muchas que se ofrecen para hacer un breve paseo marítimo que nos ofrezca una nueva visión de Dubrovnik: sus poderosas murallas urbanas desde el mar; los fuertes de Lovrijenac al suroeste, Revellín al noreste, St. John al este y, coronando el conjunto, sobre la montaña Srd (a la que se accede con teleférico, al norte), el más “nuevo” Fuerte Imperial, construido en honor a Napoleón en 1810.
Cuando, desde aeropuerto de Dubrovnik, levantemos el vuelo de retorno, nos quedará el dulce recuerdo de una tierra zarandeada a lo largo de la historia por sucesivos choques de invasiones, ocupaciones y rebeliones, que ha sabido imponerse con vitalidad y hoy nos muestra sus tesoros con el dulce encanto de lo reconstruido con gusto, con tesón y paciencia. Tierra para recordar con agrado y volver de nuevo… ¡a pesar de las enormes hordas de turistas que colmatan espacios tan magníficos para saborear en soledad o con contada compañía!

Moisés Cayetano Rosado

martes, 5 de mayo de 2015

VIAJE A MALTA. LA MAGIA DE UNAS ISLAS SINGULARES: LAS TRES CIUDADES, ACORAZADOS MIRADORES (II)
Moisés Cayetano Rosado 
Cuando se han visto las Tres Ciudades desde los Jardines de Valletta que dan al Gran Puerto, el deseo de bajar hasta ellas se hace irresistible. Esa visión de las puntiagudas lenguas de tierra que se internan en el mar, tan azul, tan ajetreado de embarcaciones que entran y salen; esas impresionantes fortificaciones que blindan las entradas, con sus paños de murallas, baluartes, revellines, hornabeques, fuertes…, con un abigarrado y monumental caserío interior, nos deparan magníficas sorpresas.
Ocupado el espacio por los fenicios en el 800-700 a.C., ha visto pasar desde entonces todo tipo de invasores, que necesitaban el refugio de sus ensenadas en las rutas comerciales mediterráneas. Allí fracasarían los turcos en su Gran Sitio de 1565, ante los Caballeros Hospitalarios, que se instalaron en 1530. El ofrecer estas ciudades una resistencia heroica, les valió la nueva denominación de Vittoriosa, Senglea y Cospicua, a las que respectivamente se llamaban Birgu, L-Isla y Bormla.
Esta invasión llevó a reforzar lo que ya eran extraordinarias fortificaciones, que en los siglos XIX y XX serían de gran utilidad a los ingleses, como base de su flota en lugar tan sustancial del Mediterráneo. Pero eso mismo las haría blanco de los ataques del Eje en la II Guerra Mundial, que causó grandes destrucciones, posteriormente reparadas con tesón y acierto.
Si accedemos a ellas por tierra desde Valletta, llegaremos primero a Cospicua, tras atravesar el primer cordón de baluartes en semicírculo, que mirados cenitalmente parecen un inmenso collar de perlas puntiagudas, de 5 kilómetros de longitud.
Otro segundo collar rodea propiamente a la ciudad, reforzado por el inmenso fuerte rectangular de Santa Margerita, dotado en sus extremos de un baluarte y tres semibaluartes, así como tenaza delante de la puerta exterior. Los magníficos cuarteles que cubren todo el perímetro interior son actualmente viviendas residenciales, dotados de animada actividad vecinal.
Dentro de su intrincado caserío es de destacar la Iglesia colegiata de la Inmaculada Concepción,  del siglo XVI, cuyas escalinatas en rampa van a dar a un estrecho y largo puerto deportivo que nos lleva a la entrada de las otras dos ciudades del conjunto: Vittoriosa a la derecha y Senglea a su izquierda.
Vittoriosa resulta ser la más turística de las tres, con una oferta monumental extraordinaria, en que destacan -aparte de un paseo marítimo delicioso, repleto de embarcaciones de recreo- diversas iglesias y palacios, y en especial su Fuerte de Sant’Angelo, considerado “la joya de la corona” del patrimonio militar maltés, sede del Gran Maestre de los Caballeros Hospitalarios en el siglo XVI y símbolo de la resistencia al Gran Sitio Turco de 1565. Fue ampliamente reformado a finales del siglo XVII, siendo en el XIX cuartel general de la armada británica del Mediterráneo. En la II Guerra Mundial  sería la base de operaciones aliadas, siendo alcanzado 70 veces por los bombardeos ítalo-germanos. Actualmente está siendo rehabilitado en su interior, por lo que no pudimos visitarlo. Pero las vistas desde su base hacia el Gran Puerto, Senglea y Valletta resultan sobrecogedoras.
Senglea, enfrente de Vittoriosa, tiene una traza urbana en cuadrícula, como ocurre con Valletta y Floriana, al contrario que las tortuosas, medievales, de Vittoriosa y Cospicua (aunque esta última tiene cierta parte en trazado regular).
Como en las otras dos ciudades, resulta muy grato el paseo marítimo y las vistas exteriores. El amurallamiento es igualmente extraordinario, y resulta llamativa en especial su torre vigía -tipo gigantesca garita- situada en la punta septentrional, en cuyas paredes están esculpidos unos gigantescos ojos y orejas, como símbolos de su función de vigilancia. Desde allí, contemplar  el Gran Puerto (en donde atracan todo tipo de embarcaciones, incluidos los inmensos cruceros turísticos) y Valletta resulta una experiencia impagable, por su belleza y monumentalidad.

Pasar todo un día recorriéndolas sucesivamente a pie, relajadamente, constituye uno de los mayores alicientes de la isla para cualquier amante del ingenio humano desplegado en el urbanismo, las defensas abaluartadas y la contemplación monumental sosegada… porque, al contrario que la mayor parte de los puntos recomendables del archipiélago, no parece haber llegado allí la masificación de visitantes.

viernes, 24 de mayo de 2013


Elvas, Patrimonio Mundial
Por MOISÉS CAYETANO ROSADO
“La Guarnición fronteriza y fortificaciones de la ciudad de Elvas” fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad durante la 36ª reunión del Comité del Patrimonio Mundial celebrada en San Petersburgo, Rusia, entre el 24 de junio y 6 de julio de 2012.
Ello incluye las tres murallas medievales, la muralla y el Forte de Santa Luzia del siglo XVII, el Forte da Graça del siglo XVIII, los tres fortines del siglo XIX (S. Mamede, S. Pedro y S. Domingos), el Acueducto de Amoreira y también el Centro Histórico.
Proceso de la declaración de Patrimonio Mundial.
Esto constituye la culminación de un largo proceso, que tuvo un antecedente decisivo cuando en 2004 las fortificaciones elvenses fueron propuestas en la Lista Indicativa de Bienes Portugueses a Patrimonio Mundial, Cultural y Natural de la UNESCO por la Comisión Nacional de Portugal. Para ello se hizo valer que constituyen el mayor conjunto de fortificaciones abaluartadas terrestres del mundo, con una extensión de 8 a 10 kilómetros, aparte de sus enormes explanadas, sus glacis, y la ligazón entre el Forte de Santa Luzia, el Forte da Graça, los tres fortines, así como el acueducto de Amoreira, infraestructura de gran trascendencia logística.
Si el acueducto, construido entre 1537 y 1622, con más de 8 kilómetros de longitud (y otros varios de ramales subsidiarios y acopios subterráneos), constituye una de las obras de ingeniería más impresionantes del Portugal renacentista (con directores de obra tan señalados como Francisco de Arruda), la fortificación abaluartada sería la construcción culminante del genio artístico, técnico, logístico y militar de la Edad Moderna. Iniciada por el jesuita João Pascacio Cosmander en 1642 a instancias de D. João IV durante la Guerra de Restauração, sería continuada por Gilot, Lassart y Nicolau Langres, culminando en el siglo XVIII, en el Forte de Nossa Senhora da Graça, bajo las propuestas del mariscal conde Lippe y la dirección de los ingenieros Valleré y Étienne. Posteriormente, se reforzaría el conjunto con los fortines, dos flanqueando al Forte de S. Luzia y el otro al lado del acueducto, donde se inicia el profundo desnivel del valle que lleva a la Porta da Esquina.
Castillo y cercas medievales.
Pero la importancia de las fortificaciones de Elvas se remonta a tiempos anteriores. Así, su imponente Castillo medieval data del reinado de D. Sancho II, asentándose sobre una estructura musulmana con antecedentes en la Edad del Hierro, de la que aún se conservan parte de las murallas. La ciudad fue tomada a los moros -allí asentados desde el año 714- brevemente por D. Afonso Henríques en 1166 y, tras nueva conquista musulmana, la asedia Sancho I en 1200. Su castillo -y población- no se tomaría definitivamente hasta el reinado de D. Sancho II, culminándose su reedificación en 1228.
Torreones y matacanes del castillo se introdujeron en el reinado de D. Dinis, y ya en los mandatos de D. João II y D. Manuel I (finales del siglo XV y principios del XVI) se adaptó para la defensa artillera, al tiempo que adquiría un carácter más residencial, integrándose en el conjunto abaluartado seiscentista, como elemento de transición entre lo medieval y lo moderno.
A este legado monumental hay que unir la importancia de sus recintos amurallados del medievo. Se conservan vestigios aún de las dos cercas musulmanas que sucesivamente se construyeron a medida que se expandía la ciudad desde lo alto del castillo. D. Fernando (1367-1383) la dotó de una tercera cintura amurallada, reforzada por torres. Así, al iniciarse el siglo XVI, ostentaba triple amurallamiento, veinte dos torres, once puertas y barbacana, como podemos ver en el “Livro das Fortalezas” (1509) de Duarte de Armas.
Legado de la Edad Moderna.
Con los conflictos peninsulares de la Edad Moderna, el nuevo amurallamiento, que une aportaciones holandeses y propiamente de las escuelas portuguesas de ingenieros militares, adquirirá esa monumentalidad que hoy contemplamos. No solo la Guerra de Restauração (1640-1668) ya mencionada, sino la de Sucesión a la Corona española (1701-1714), la Guerra de las Naranjas (1801) y las Guerras de la Invasión Napoleónica (1808-1814), llevarán a un continuo perfeccionamiento y reforzamiento de lienzos, baluartes, medios baluartes, obra coronada, revellines, fosos, glacis, defensas exteriores… que forman ese impresionante conjunto monumental que afortunadamente hoy se puede contemplar.
Pero esta actividad bélica generó también una actividad constructiva interior extraordinaria ligada a las necesidades militares. Cuarteles de alojamiento de tropa, caballerizas, polvorines, almacenes de intendencia, cisternas, hospitales… serán construidos a lo largo de los siglos XVIII y XIX para dar servicio a una guarnición que en muchas ocasiones doblaba en número a la población civil, llegando a estar compuesta de más de 15.000 efectivos. De ello queda un importante legado, que casi nos ha llegado íntegro, y del que destacan el actual Museu Militar, antiguo cuartel que ocupó el Convento de Santo Domingos; el Quartel do Trem, hoy Escuela Superior Agraria; la Casa das Barcas, ahora Mercado Municipal, o el Hospital Militar, en la actualidad hotel de cuatro estrellas.
Patrimonio religioso.
A este patrimonio militar hay que unirle un extraordinario legado artístico monumental religioso, con sus veinte iglesias y seis conventos, que tiene sus hitos fundamentales en:
La Iglesia de Santa María de Alcáçova, templo construido en el siglo XIII a partir de una antigua mezquita musulmana, por debajo del castillo.
La Iglesia das Domínicas, junto a la primera cerca islámica, obra del siglo XVI, de planta octogonal, completamente revestida de azulejos del siglo XVII, frescos renacentistas y talla dorada.
La Iglesia de São Pedro, de 1227, edificada sobre parte de la segunda cerca musulmana, con portal románico-gótico muy singular y poco frecuente en el sur de la Península.
La Iglesia del convento de Santo Domingos, en el borde interior de la muralla fernandina, con fachada barroca, valiosas tablas de la escuela portuguesa del siglo XVI  y azulejería del XVIII; cabecera de gótico purísimo y excelente traza.
La Iglesia de Nostra Senhora da Assunção, ubicada “presidiendo” la Praça da República (antigua Praça Real, construida a partir de 1517). Iniciada ese año -en estilo manuelino- por Francisco de Arruda, sería Sé entre 1570 y 1881. Posee extraordinarios altares barrocos de mármol y portentoso órgano del siglo XVIII.
Otras más, como la Iglesia de S. Salvador, S. Juan de la Corujeira, la de la Orden Terceira de S. Francisco, la de S. Lourenço, S. Martinho, Misericordia, etc. completa el patrimonio, sobre el que se ha hecho en los últimos años un gran esfuerzo de rehabilitación.
Otros elementos.
Con ello no acaba el rico patrimonio de esta histórica ciudad rayana, marcada por los acontecimientos fronterizos, y a la postre enriquecida por ellos, como legado de ese pasado convulso.
Y así, cuenta con una Picota (Pelourinho) manuelina. Situada en la plazoleta de Santa Clara, delante de la Iglesia de las Domínicas y al lado de la Porta do Templo, del periodo almohade.
Cuatro arcos en sus cercas medievales: Miradero, de Nostra Senhora da Encarnação, del Reloj y del Obispo.
Espléndida Torre Fernandina, construida en el siglo XIV sobre la segunda cerca islámica, musealizada.
Enorme sinagoga, con tres naves, cuatro tramos y cobertura soportada por pilares octogonales, que pasó después a ser la Iglesia del Salvador y posteriormente Açougue Público, manteniéndola ahora la Câmara Municipal como almacén, que habría de poner en su valor original.
Interesante Cementerio de los Ingleses, al lado del mirador del castillo medieval, donde yacen militares ingleses caídos en las batallas contra la invasión napoleónica.
Un portentoso Coliseo, pabellón multiusos para 6.500 lugares sentados, donde se celebran acontecimientos multitudinarios, desde “touradas” a actuaciones musicales y pista de hielo. Una bien dotada Biblioteca Pública, abierta a múltiples actos culturales. Museo Municipal de Fotografía. Museo de Arte Contemporáneo. Diversas pistas de atletismo y campos de fútbol. Fuentes urbanas ornamentales. Espaciosos jardines. Santuarios exteriores… Sin olvidar su oferta comercial y gastronómica, que siempre han sido un reclamo importante en su entorno y para los españoles de la vecina Extremadura.
En fin, todo un tesoro multiforme que convierte a esta ciudad, justamente llamada “Chave do Reino” durante la Guerra de Restauração, en “Cofre de tesoros monumentales” que todos debemos descubrir.

jueves, 15 de noviembre de 2012


ELVAS DESDE EL AIRE
Por Moisés Cayetano Rosado
Elvas es una ciudad hermosa. Blanca; derramada desde lo alto de un cerro de mediano tamaño hasta un ligero valle que ve llegar la falda de otros montículos, formando como un papel de aluminio blanco y verde que se arruga suavemente. El verde de los campos que le rodean, de los glacis de su formidable fortaleza que la hizo invencible en todas la convulsa Edad Moderna y el siglo XIX. Y el azul de sus cielos que en el otoño completa la visión como una bandera muy particular: franja celeste al norte; verdosa hacia los lados y abajo; blanco de coronas rojas en el centro, bordeado por el granito y la caliza -pardo- de los cinturones de amurallamiento.
Vista desde  al nivel del suelo, es desde fuera una sorpresa conforme uno se acerca: de los glacis de tierra se llega a la contraescarpa, que se precipita en unos fosos portentosos. Y allí los caminos cubiertos, revellines, mediaslunas, las escarpas de cortinas, baluartes, dobles puertas… Por dentro el callejero laberíntico, los restos de las murallas fernandina y árabe; el castillo portentoso en la cima, tras ver antes iglesias, conventos, edificaciones militares, plazas, plazuelas… de una belleza que sorprende. Y sorprende por su propia concepción y por la meritoria conservación, preservación, autenticidad e integridad de tantos bienes que en numerosas poblaciones hemos visto esfumados a manos de la especulación, arrasados sin contemplaciones.
Pero si tenemos la oportunidad de ver todo este patrimonio, serenamente, despacio, a media altura, como ocurre cuando se hace desde un “balão de ar quente”, desde un globo aerostático, entonces la belleza del conjunto y lo asombroso de cada detalle cobran un valor que supera todas las previsiones.
Es desde el aire como se ve enteramente la grandeza del conjunto. Lo espectacular de una conjugación tan acertada de urbanismo popular (el caserío antiguo) con las nuevas trazas periurbanas que en modo alguno desentonan, pese a inevitables descuidos tan difíciles de prever. Los “cosidos” de la historia, por medio de murallas, torreones, delimitando en arcos de circunferencia espacios de las laderas a medida que va creciendo el número de habitantes. Los hitos memorables de plazas, plazoletas, palacetes, iglesias y cuarteles; la cintura definitiva de la muralla abaluartada con sus glacis tan afortunadamente preservados.
 Desde el aire, el acueducto, los fuertes, los fortines, son de por sí todo un espectáculo, hacia los que apuntan las flechas de los baluartes agudos de la “praça”. Y alrededor, el campo verde y alomado, los barrios periféricos, la arboleda, las huertas que milagrosamente sobreviven en una tierra que tuvo en ellas señal de identidad, pero que muchas poblaciones de estas comarcas rayanas han perdido.

Elvas, desde el aire, reafirma lo acertado de la distinción de la UNESCO al declararla Patrimonio de la Humanidad el pasado 30 de junio: es un legado ejemplar; testimonio excepcional de una civilización convulsa, conflictiva, llena de enfrentamientos en las luchas territoriales y de religión de la Edad Media, así como confrontaciones por anexiones, liberaciones y alianzas de la Edad Moderna. Un ejemplo sobresaliente como conjunto arquitectónico que ilustra esas etapas significativas de la historia europea. Una obra maestra del genio creativo humano, capaz de concebir y levantar tan gigantescas defensas, preservarlas en su autenticidad y legarlas en su integridad.
Una gran mayoría podemos acudir un día u otro día -y repetir- al reclamo de Elvas para un disfrute a pie, en un largo paseo que a mí nunca me cansa. Pero saborearla desde el aire puede que sean muy pocos los que consigan tener semejante oportunidad, tal privilegio. ¡Ojalá! que la experiencia sirva para que se institucionalice y sea convocatoria frecuente -al menos semestral, en las estaciones intermedias-, este Festival de “balões de ar quente”. Muchos pagaríamos con gusto por tener, repetir la experiencia. Y sería un reclamo cultural y turístico para la ciudad y la zona, que unir a sus propios atractivos y a esa distinción mundial obtenida con toda justicia por la ciudad.