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martes, 8 de julio de 2025

DEL “TRIÁNGULO POÉTICO” A LA SINGULARIDAD DE RUFINO FÉLIX MORILLÓN 

Moisés Cayetano Rosado 

En estos días en que comienzan los rigores del verano, el poeta extremeño Rufino Félix Morillón preparaba las maletas para pasar el estío a las orillas del mar de Cádiz. ¡Extremadura y Cádiz, grandes presencias en su obra sublime, de las que ya no gozará, pues le acaba de llegar la muerte a sus 96 años!

En el último tercio del siglo pasado dimos en llamar el “triángulo poético extremeño” al formado por Manuel Pacheco (1920-2020), Luis Álvarez Lencero (1923-2023) y Jesús Delgado Valhondo (1909-1993). Fuera del tan citado grupo nos quedó Rufino Félix Morillón, emeritense nacido en 1929. Premio de poesía Ciudad de Salamanca (2001) y Ciudad de Badajoz (2005), había sido previamente primer accésit del Premio Jesús Delgado Valhondo en 1989, con el poemario “Crestería de la sal”.

Rufino Félix Morillón publicó su primer libro “tardíamente”: “Tarde cerrada” (1989), cuando contaba con sesenta años de edad, aunque ya había hecho incursiones frecuentes en revistas y publicaciones colectivas; después se resarciría con casi una veintena de libros en versos y varios más en prosa, recopilatorios de artículos y otros escritos, gran parte publicados en el periódico HOY. El Ayuntamiento de Mérida, que le nombró “Hijo Predilecto” en 2003, ha publicado su obra poética en dos tomos impecablemente editados, de casi 700 páginas cada uno.

Ese “retraso” en dar a la luz sus poemarios puede estar en el origen de no incluir su nombre en el grupo de poetas de especial significación en la Extremadura de la segunda mitad del siglo XX, pese a sus merecimientos. Su obra es, además de compacta, un amplio conjunto sin fisuras en cuanto a la limpieza del lenguaje, la elegancia en la expresión y el acierto en las metáforas, su ritmo musical de cadencia admirable y la serenidad de un mensaje metafísico con timbre tan singular que ha conseguido un “sello poético” propio, como pocos autores lo han logrado. Más de una vez he afirmado que estamos ante uno de los escritores contemporáneos más completos de la poesía española y seguramente la voz extremeña más sublime y pura.

Últimamente, Rufino Félix Morillón nos adviertía que “llegó al final”. Final poético se entiende, como también vital, como ahora acaba de confirmarse. Así,  la Junta de Extremadura ha perdido la oportunidad de reconocer su valía con la Medalla de Extremadura -como fue solicitado oficialmente por diversas entidades, universidades, escritores y críticos literarios- e igualmente la Real Academia de Extremadura que no ha estimado incluirlo como uno de sus miembros. Dos reconocimientos que sí consiguió Pacheco, y que a Valhondo le llegó solo el primero (algo que le contrarió en sus últimos años de vida), si bien Lencero no logró, dada su prematura muerte en 1983, con 59 años.

Su último poema nos lo entregó a principios del pasado año con una frase lapidaria: “es el último que escribo”. Está dedicado a su gran amor: Extremadura. Y en él mezcla ese sentimiento de cariño por una tierra de “trigo para la eterna sementera” con el desgarro de la emigración de sus hombres del campo castigado: “de un tiempo hecho dolor y despedida/ tiempo para la incierta amanecida,/ tras lágrimas de adioses, cruel paciencia”, sin olvidar la gloria del pasado: “Extremadura allende, nuevas tierras y mares/ donde su recia sangre se desgrana”. En él va, finalizando, la eterna despedida: “Mas sé que cuando llegue a su agonía/ mi corazón, colmado de ilusiones, entregaré mi voz y mis canciones/ al surco de esta hermosa labrantía”.

Sus 96 años le han vencido, en medio de múltiples achaques, claramente apesadumbrado al verse relegado al olvido. A nosotros, a los extremeños que disfrutamos de su excelsa poesía, nos pesa que no se haya reconocido su valía con esas distinciones tan merecidas de la Academia de Extremadura y la Medalla de la región, que más que engrandecer al poeta hubiera engrandecido a nuestra propia tierra, a esta tierra suya tan querida.

Que la tierra le sea leve, como leve, suave, era su voz grandiosa de poesía sublime y rica de ansias de vivir.

jueves, 18 de julio de 2024

DEL “TRIÁNGULO POÉTICO” A LA SINGULARIDAD DE RUFINO FÉLIX MORILLÓN 

Moisés Cayetano Rosado

En estos días centrales del verano, entregamos a la imprenta el último tomo coral que edita la Fundación CB homenajeando a lo que en el último tercio del siglo pasado dimos en llamar el “triángulo poético extremeño”. Habíamos publicado primeramente el dedicado a Manuel Pacheco, con motivo del centenario de su nacimiento (1920-2020), seguido del de Luis Álvarez Lencero (1923-2023); quedaba por publicar el referido a Jesús Delgado Valhondo (1909-1993), que aunque nos quedaba fuera de celebraciones se hacía igualmente necesario homenajear, analizar, comentar, estudiar, revelar anécdotas y amistades.

Fuera del tan citado grupo nos queda Rufino Félix Morillón, emeritense nacido en 1929, y afortunadamente vivo y activo entre nosotros. Premio de poesía Ciudad de Salamanca (2001) y Ciudad de Badajoz (2005), había sido previamente primer accésit del Premio Jesús Delgado Valhondo en 1989, con el poemario “Crestería de la sal”, que precisamente se incluirá completo en este volumen que más atrás comentaba sobre Valhondo.

Rufino Félix Morillón publicó su primer libro “tardíamente”: “Tarde cerrada” (1989), cuando contaba con sesenta años de edad, aunque ya había hecho incursiones frecuentes en revistas y publicaciones colectivas; después se resarciría con casi una veintena de libros en versos y varios más en prosa, recopilatorios de artículos y otros escritos, gran parte publicados en el periódico HOY. El Ayuntamiento de Mérida, que le nombró “Hijo Predilecto” en 2003, ha publicado su obra poética en dos tomos impecablemente editados, de casi 700 páginas cada uno.

Ese “retraso” en dar a la luz sus poemarios puede estar en el origen de no incluir su nombre en el grupo de poetas de especial significación en la Extremadura de la segunda mitad del siglo XX, pese a sus merecimientos. Su obra es, además de compacta, un amplio conjunto sin fisuras en cuanto a la limpieza del lenguaje, la elegancia en la expresión y el acierto en las metáforas, su ritmo musical de cadencia admirable y la serenidad de un mensaje metafísico con timbre tan singular que ha conseguido un “sello poético” propio, como pocos autores lo han logrado. Más de una vez he afirmado que estamos ante uno de los escritores contemporáneos más completos de la poesía española y seguramente la voz extremeña más sublime y pura.

Últimamente, Rufino Félix Morillón, nos advierte que “llegó al final”. Final poético se entiende, y esperemos que no sea así, como también que la vida le siga regalando con el despertar de cada día. Y que, como llevamos pidiendo desde hace unos años,  la Junta de Extremadura reconozca su valía con la Medalla de Extremadura, e igualmente que la Real Academia de Extremadura lo integre como uno de sus miembros. Dos reconocimientos que sí consiguió Pacheco, y que a Valhondo le llegó solo el primero (algo que le contrarió en sus últimos años de vida), si bien Lencero no logró, dada su prematura muerte en 1983, con 59 años.

Sí, hace varios meses que nuestro poeta no escribe nada nuevo. Y su último poema nos lo entregó a principios de año con una frase lapidaria: “es el último que escribo”. Está dedicado a su gran amor: Extremadura. Y en él mezcla ese sentimiento de cariño por una tierra de “trigo para la eterna sementera” con el desgarro de la emigración de sus hombres del campo castigado: “de un tiempo hecho dolor y despedida/ tiempo para la incierta amanecida,/ tras lágrimas de adioses, cruel paciencia”, sin olvidar la gloria del pasado: “Extremadura allende, nuevas tierras y mares/ donde su recia sangre se desgrana”. En él va, finalizando, la eterna despedida: “Mas sé que cuando llegue a su agonía/ mi corazón, colmado de ilusiones, entregaré mi voz y mis canciones/ al surco de esta hermosa labrantía”.

Sus 95 años ya le pesan. Que no nos pese a los extremeños no haber reconocido su valía con esas distinciones tan merecidas de la Academia de Extremadura y la próxima designación de la Medalla que más que engrandecer al poeta engrandece a nuestra propia tierra, a esta tierra suya tan querida.