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jueves, 18 de julio de 2024

DEL “TRIÁNGULO POÉTICO” A LA SINGULARIDAD DE RUFINO FÉLIX MORILLÓN 

Moisés Cayetano Rosado

En estos días centrales del verano, entregamos a la imprenta el último tomo coral que edita la Fundación CB homenajeando a lo que en el último tercio del siglo pasado dimos en llamar el “triángulo poético extremeño”. Habíamos publicado primeramente el dedicado a Manuel Pacheco, con motivo del centenario de su nacimiento (1920-2020), seguido del de Luis Álvarez Lencero (1923-2023); quedaba por publicar el referido a Jesús Delgado Valhondo (1909-1993), que aunque nos quedaba fuera de celebraciones se hacía igualmente necesario homenajear, analizar, comentar, estudiar, revelar anécdotas y amistades.

Fuera del tan citado grupo nos queda Rufino Félix Morillón, emeritense nacido en 1929, y afortunadamente vivo y activo entre nosotros. Premio de poesía Ciudad de Salamanca (2001) y Ciudad de Badajoz (2005), había sido previamente primer accésit del Premio Jesús Delgado Valhondo en 1989, con el poemario “Crestería de la sal”, que precisamente se incluirá completo en este volumen que más atrás comentaba sobre Valhondo.

Rufino Félix Morillón publicó su primer libro “tardíamente”: “Tarde cerrada” (1989), cuando contaba con sesenta años de edad, aunque ya había hecho incursiones frecuentes en revistas y publicaciones colectivas; después se resarciría con casi una veintena de libros en versos y varios más en prosa, recopilatorios de artículos y otros escritos, gran parte publicados en el periódico HOY. El Ayuntamiento de Mérida, que le nombró “Hijo Predilecto” en 2003, ha publicado su obra poética en dos tomos impecablemente editados, de casi 700 páginas cada uno.

Ese “retraso” en dar a la luz sus poemarios puede estar en el origen de no incluir su nombre en el grupo de poetas de especial significación en la Extremadura de la segunda mitad del siglo XX, pese a sus merecimientos. Su obra es, además de compacta, un amplio conjunto sin fisuras en cuanto a la limpieza del lenguaje, la elegancia en la expresión y el acierto en las metáforas, su ritmo musical de cadencia admirable y la serenidad de un mensaje metafísico con timbre tan singular que ha conseguido un “sello poético” propio, como pocos autores lo han logrado. Más de una vez he afirmado que estamos ante uno de los escritores contemporáneos más completos de la poesía española y seguramente la voz extremeña más sublime y pura.

Últimamente, Rufino Félix Morillón, nos advierte que “llegó al final”. Final poético se entiende, y esperemos que no sea así, como también que la vida le siga regalando con el despertar de cada día. Y que, como llevamos pidiendo desde hace unos años,  la Junta de Extremadura reconozca su valía con la Medalla de Extremadura, e igualmente que la Real Academia de Extremadura lo integre como uno de sus miembros. Dos reconocimientos que sí consiguió Pacheco, y que a Valhondo le llegó solo el primero (algo que le contrarió en sus últimos años de vida), si bien Lencero no logró, dada su prematura muerte en 1983, con 59 años.

Sí, hace varios meses que nuestro poeta no escribe nada nuevo. Y su último poema nos lo entregó a principios de año con una frase lapidaria: “es el último que escribo”. Está dedicado a su gran amor: Extremadura. Y en él mezcla ese sentimiento de cariño por una tierra de “trigo para la eterna sementera” con el desgarro de la emigración de sus hombres del campo castigado: “de un tiempo hecho dolor y despedida/ tiempo para la incierta amanecida,/ tras lágrimas de adioses, cruel paciencia”, sin olvidar la gloria del pasado: “Extremadura allende, nuevas tierras y mares/ donde su recia sangre se desgrana”. En él va, finalizando, la eterna despedida: “Mas sé que cuando llegue a su agonía/ mi corazón, colmado de ilusiones, entregaré mi voz y mis canciones/ al surco de esta hermosa labrantía”.

Sus 95 años ya le pesan. Que no nos pese a los extremeños no haber reconocido su valía con esas distinciones tan merecidas de la Academia de Extremadura y la próxima designación de la Medalla que más que engrandecer al poeta engrandece a nuestra propia tierra, a esta tierra suya tan querida.

jueves, 15 de mayo de 2014

NOMBRE OFICIAL Y POPULAR EN LOS MONUMENTOS URBANOS
Moisés Cayetano Rosado
Hay veces que los nombres que se le colocan a los monumentos no pueden estar más lejos de la visión que ellos mismos ofrecen a la ciudadanía. De ahí que la sabiduría popular haga un requiebro y los bautice con su atinado proceder dándole el sentido que realmente expresan y no el que le quieren otorgar.
En Badajoz -la ciudad más poblada de la Raia/Raya- se está especialmente dotado para este trueque, porque de buenas intenciones están… las rotondas llenas. Bautizadas en muchas ocasiones con grandilocuencia, el sentido real baja el nombre oficial a la altura del imaginativo popular, que tiende, eso sí, a ser mordaz y lapidario.
Véase si no, lo que llaman formalmente el “Monumento a los tres Poetas”, en la cabeza del Puente de la Autonomía, a los pies de la Alcazaba. Un magnífico trío badajocense de la segunda mitad del siglo XX: Jesús Delgado Valhondo, Manuel Pacheco y Luis Álvarez Lencero, cuyas cabezas se sostienen desgarradas sobre una base común, que forman varios libracos que más que pliegos de poesía parecen tesis doctorales. Claro, para el común de los viandantes es el “Monumento de los Cabezones” o la “Rotonda de los Ahorcados”. Triste apelativo para quienes fueron unos dinámicos agentes culturales en una época oscura, tiernos y humanos, buenos amigos con los que compartí momentos entrañables que no se pueden olvidar.
O no digamos el “Monumento de Bienvenida a los Portugueses”, en la entrada a Badajoz desde Elvas, representado por una mujer hierática, con los brazos en cruz y las palmas de las manos hacia abajo. ¡Vaya manera de dar la bienvenida! Si al menos le hubiesen puesto los brazos un poco abombados y las manos con las palmas hacia adentro, podría parecer que iba a abrazar; pero así, más parece que vaya a lanzarse hacia el vacío. No es malo, por tanto, su nombre alternativo: “Rotonda de la Suicida”. ¡Y es que está a punto de saltar hacia el abismo… del asfalto!
Por último, traigo el monumento levantado -este mismo año- a los afectados por el atentado terrorista en Madrid el 11 de marzo de 2004. Bajo el nombre de “Monumento a las Víctimas del Terrorismo” se alzan sobre pequeños mástiles especies de siluetas coloreadas de corazones, con una base de florecillas entre los pinos de una rotonda de la Avenida Sinforiano Madroñero, una de las arterias principales de la ciudad. Pues bien, he aquí la alternativa: “Rotonda de las piruletas”. Pese a lo serio y respetable de la idea, la plasmación escultórica pienso que no da para un nombre diferente del que se ha popularizado.

¿Falta de imaginación del artista? ¿Falta del “hálito divino” a la hora de encontrar la inspiración y su consiguiente plasmación? ¿Interferencia de las “autoridades” pertinentes a la hora de encargar el monumento? ¿Ganas de “diferenciarse”, ser original, sin que “la Gracia del Señor” los acompañe? De todo un poco. Y a lo mejor también nuestras ganas de buscarle a todo las cosquillas…