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jueves, 12 de octubre de 2017

MEMORIA HISTÓRICA Y MÁRTIRES

Moisés Cayetano Rosado
Tal vez por deformación académica y profesional, me obsesiona la reivindicación de la memoria histórica. Como profesor de la materia, y por haber hecho mi tesina y tesis doctoral sobre temas de historia contemporánea, casi de “tiempo presente”, la apreciación de la historia de los últimos años se me hace especialmente necesaria. Porque hay que conocer nuestros antecedentes sociales, y especialmente los cercanos, para tomar lección de ellos; porque hay que procurar cerrar sin falsedades y tapujos las heridas; porque los agraviados y sus íntimos merecen un justo conocimiento y reconocimiento; porque el recuerdo, la memoria nos humaniza, si la tomamos con naturalidad, reflexión, sereno enjuiciamiento, firmeza y comprensión.
De ahí que me sorprenda todavía oír a los que dicen, con respecto a los sucesos de la Guerra Civil de 1936-39, sus precedentes y consecuentes, que “hay que olvidar”, “dejar de remover el pasado”, llegando algunos al insulto, al sarcasmo, al desprecio, a la descalificación irreflexiva.
Y de ahí que cuando hace unos días, en un antiguo Seminario de Galicia, recogiera en una mesa de su claustro central un tríptico anunciando la “Beatificación de nuevos mártires vicencianos españoles: 60 mártires de la familia vicenciana”, que tendrá lugar en Madrid, el 11 de noviembre de 2017, lo viese como un acto de Memoria Histórica que la Iglesia Católica tiene a bien realizar para homenajear, ensalzar, a varios de sus hijos que dieron la vida a causa -o por defender- sus ideas, creencias, fe, opiniones. “Mártires de Cristo” los llaman, como dice el Cardenal Arzobispo de Madrid, haciéndose eco de la disposición del Papa Francisco.
Unos eran sacerdotes, otros frailes y otros seglares, pertenecientes a las archidiócesis de Madrid, Barcelona y Valencia, y a las diócesis de Gerona y Cartagena-Murcia. He leído sus biografías y no tengo nada que objetar. Ni nada que reprochar en cuanto a que “hay que olvidar”, “dejar de remover el pasado” y otras frases de tomo menos “conciliadoras” que son frecuentes en muchos que esto sí lo ven bien, pero que condenan la búsqueda de ciudadanos asesinados y aún desaparecidos en cunetas, canteras, bosques perdidos, fincas particulares donde no se deja indagar… Ciudadanos en muchos casos fusilados por militar en un sindicato, ser miembros de un partido republicano o concejales de su pueblo.
Alguna vez lo he dicho: ¿No sería de justicia también indagar en la biografía de estas víctimas, localizadas o aún sin aparecer, para poder dictaminar si se trata de mártires civiles, o sea, “persona que ha sufrido persecución y muerte por defender una causa”, plenamente legal, sin que utilizaran medios violentos ni la impusieran a otros por la fuerza? ¿No podrían, por ejemplo, los ayuntamientos revisar los expedientes de sus vecinos sacrificados hasta la muerte, y considerar la posibilidad de realizar esa especie de “beatificación civil” que es nombrarlos hijos predilectos (si nacieron en ellos) o hijos adoptivos (si procedían de fuera)?

Si respetable y “sin caducidad” es la reivindicación de la memoria de los mártires religiosos, también lo es la de los civiles, de un bando y otro, con todas las garantías del rigor histórico y la autoridad religiosa y civil en uno y otro caso. Y si para unos es justa y necesaria la glorificación, para los otros debería serlo igual, aunque parece que nadie (o pocos) se lo planteen con seriedad.

jueves, 28 de marzo de 2013



de la agencia efe y periódicos del día.
Día 28/03/2013
Las beatificaciones de los 58 "mártires del siglo XX", como llama la Iglesia española a los religiosos asesinados durante la II República española y la Guerra Civil, se anunciarán en fechas próximas. Según datos de la Iglesia española, los "mártires" de los años 1934 y 1936-1939 pueden ser unos diez mil. Ya han sido beatificados más de un millar y proclamados santos once.

          Pero, ¿no quedaban en que hay que olvidar el terrible enfrentamiento de la Guerra Civil, para no reabrir heridas aún en carne viva?

          ¿No quedamos en que debemos dejarnos de Memoria Histórica, relatorios, memoriales, apertura de fosas, etc.?

           ¿O es que solamente se ha de reivindicar lo que en exclusiva se reivindicó durante cuarenta años, y que luego con la democracia se siguió primando en aras inexplicables e inexplicadas de la concordia? Despiadada discriminación hasta que se comenzó a investigar "la otra mitad de la historia que nos contaron", como dice el investigador Cayetano Ibarra, dándole título a un libro memorable que fue Premio Arturo Barea de 2004 (Diputación de Badajoz), editado por la institución convocante al año siguiente.

          Olvidar, olvidar. Se les llena la boca de "olvidar", "perdonar", "reconciliar", pero la persistencia en el recuerdo sigue utilizando dos varas de medir para los que siempre tuvieron en sus manos "la vara de medir": "los nuestros al cielo, los vuestros al hoyo anónimo del suelo". ¡Porque hay que ver lo mal que llevan muchos que se localicen personas fusiladas hace ya más de setenta y cinco años, para darles a sus huesos un digno enterramiento!

          Y ya puestos, si los religiosos asesinados reciben el título de "beatos" e incluso "santos", ¿que título habría de darse a los alcaldes, concejales, políticos, sindicalistas, escritores, profesores, artistas, ¡tanta gente! también asesinados por su afiliación, por su significación, por sus ideas, por sus actitudes sociales, profesionales..., por su trabajo cívico y social? ¿No es el equivalente esta palabra: "héroes", puesto que muchos se jugaron la vida para salvar otras vidas incluso de sus oponentes? ¿No se merecen mayoritariamente, cuando menos, el título de "hijos predilectos" -si nacieron donde les asesinaron-, o "hijos adoptivos" -si procedían de otros lugares-, e hicieron una labor cívica que hemos de admirar?

          Será cuestión de estudiar también los casos, entre las muchas decenas de miles de asesinados durante la guerra y la larga posguerra que le siguió. Sin rencor, sin revancha; también como un acto de justicia, tal como supongo la Iglesia católica hace con estos religiosos a los que sube a los altares.
Moisés Cayetano Rosado