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viernes, 6 de febrero de 2015

OTRA NIÑEZ HUNDIDA EN LA TORTURA
Moisés Cayetano Rosado
Hace cuarenta años, la Editorial HOAC, de Madrid, me publicó un libro de ensayo-reportaje titulado Una niñez hundida en la tortura. Denunciaba el desamor, el maltrato y la crueldad que en muchos internados para niños desasistidos, huérfanos, víctimas de familias desestructuradas o en la indigencia, se practicaba más o menos sistemáticamente.
El tema era muy delicado y mis primeros informadores, que habían vivido en sus carnes la tremenda tortura en medio de su inmensa soledad, me conmovieron hasta lo indecible. Por entonces, impartía docencia en un internado de niños tutelados por una institución pública en Badajoz y uní a las reflexiones sobre aquellas vivencias que me fueron confiadas mis propias observaciones, donde si bien no se daban los casos terribles que había oído, sí pude palpar tremendas carencias afectivas y el terrible desamparo de muchos en su recogimiento.
Completé el trabajo expurgando bibliografía específica y visitando centros de este tipo por todo el país, incluyendo en el libro algunos reportajes que publiqué en prensa periódica sobre esta cuestión tan desgarradora.
¡Muchos dolores de cabeza me dio la publicación del libro, que en Extremadura tuve que retirar de las librerías para “tranquilizar” a las conciencias influyentes del periodismo y la política de la época (la Diputación Provincial de Badajoz de entonces estudió querellarse contra mí, aunque el texto iba mucho más allá de lo local o provincial, e incluso lo estatal, pues el fenómeno lamentablemente entraba en lo universal)!
Eso sí, no detecté ni se me denunció, por entonces, ningún caso de pederastia, de abusos sexuales contra los niños acogidos. Sin embargo, ahora están saliendo a la luz múltiples delitos de este tipo cometidos precisamente en internados, y en gran medida de la Iglesia, teniendo como víctimas a chicos de años incluso posteriores a los que yo investigué.
Nos constan en los lugares más diversos, y me insisten en la existencia de semejantes crímenes incluso en esta tierra de la que tuve que retirar mi libro (que, por cierto, pasó a venderse -¡y mucho!- de forma clandestina, para después volver a normalizarse su presencia).
No le importa a mi principal informante que escriba su nombre, y -porque lo conozco- sé de su trauma insuperable. Se trata de un apreciable artista que, a pesar de haber reconducido su vida, no olvida ni un momento los abusos padecidos a manos de alguien hoy precisamente imputado porque en su ejercicio “pastoral” ha seguido presuntamente con las prácticas que en una institución educativa confesional sufrió J.A.P. (no estimo conveniente publicar su nombre y apellidos), junto a otros muchos compañeros, que prefieren pasar página, olvidar, cerrar como quiera que sea la herida supurante.
Me consta que ha pedido audiencia al Papa, tras haber hablado con diversas jerarquías eclesiásticas sobre el caso, sin que se haya pasado de buenas intenciones con sordina. Y me consta, también, que otras autoridades -civiles- le han ayudado para tratar de desenmascarar a lo culpables.

Necesario es que a esta otra niñez hundida en la tortura se le haga la justicia del esclarecimiento de los hechos. Y que no queden sin castigo quienes tanto dolor les han causado, para que sirva de barrera a los que puedan venir y de bálsamo a los que necesitan que esta página oscura se cierre poniendo en su sitio a cada uno.

jueves, 28 de marzo de 2013



de la agencia efe y periódicos del día.
Día 28/03/2013
Las beatificaciones de los 58 "mártires del siglo XX", como llama la Iglesia española a los religiosos asesinados durante la II República española y la Guerra Civil, se anunciarán en fechas próximas. Según datos de la Iglesia española, los "mártires" de los años 1934 y 1936-1939 pueden ser unos diez mil. Ya han sido beatificados más de un millar y proclamados santos once.

          Pero, ¿no quedaban en que hay que olvidar el terrible enfrentamiento de la Guerra Civil, para no reabrir heridas aún en carne viva?

          ¿No quedamos en que debemos dejarnos de Memoria Histórica, relatorios, memoriales, apertura de fosas, etc.?

           ¿O es que solamente se ha de reivindicar lo que en exclusiva se reivindicó durante cuarenta años, y que luego con la democracia se siguió primando en aras inexplicables e inexplicadas de la concordia? Despiadada discriminación hasta que se comenzó a investigar "la otra mitad de la historia que nos contaron", como dice el investigador Cayetano Ibarra, dándole título a un libro memorable que fue Premio Arturo Barea de 2004 (Diputación de Badajoz), editado por la institución convocante al año siguiente.

          Olvidar, olvidar. Se les llena la boca de "olvidar", "perdonar", "reconciliar", pero la persistencia en el recuerdo sigue utilizando dos varas de medir para los que siempre tuvieron en sus manos "la vara de medir": "los nuestros al cielo, los vuestros al hoyo anónimo del suelo". ¡Porque hay que ver lo mal que llevan muchos que se localicen personas fusiladas hace ya más de setenta y cinco años, para darles a sus huesos un digno enterramiento!

          Y ya puestos, si los religiosos asesinados reciben el título de "beatos" e incluso "santos", ¿que título habría de darse a los alcaldes, concejales, políticos, sindicalistas, escritores, profesores, artistas, ¡tanta gente! también asesinados por su afiliación, por su significación, por sus ideas, por sus actitudes sociales, profesionales..., por su trabajo cívico y social? ¿No es el equivalente esta palabra: "héroes", puesto que muchos se jugaron la vida para salvar otras vidas incluso de sus oponentes? ¿No se merecen mayoritariamente, cuando menos, el título de "hijos predilectos" -si nacieron donde les asesinaron-, o "hijos adoptivos" -si procedían de otros lugares-, e hicieron una labor cívica que hemos de admirar?

          Será cuestión de estudiar también los casos, entre las muchas decenas de miles de asesinados durante la guerra y la larga posguerra que le siguió. Sin rencor, sin revancha; también como un acto de justicia, tal como supongo la Iglesia católica hace con estos religiosos a los que sube a los altares.
Moisés Cayetano Rosado