domingo, 29 de septiembre de 2013

EL PORTENTOSO ACUEDUCTO DE CAMPILLO DE DELEITOSA (CÁCERES)
Moisés Cayetano Rosado
Llegas a Campillo de Deleitosa, a poco más de veinte kilómetros al sur de Navalmoral de la Mata (Cáceres), y lo primero que piensas es que el tiempo se nos ha detenido. Detenido como su iglesia parroquial, comenzada a construir en el siglo XVII y que -aunque ha sido retocada en diversas ocasiones- conserva un aire tardo renacentista bien marcado en sus puertas de arcos de medio punto -con grandes dovelas graníticas- y en sus contrafuertes sobresalientes, más el toque arcaizante en la espadaña, con dos hermosas campanas y nido de cigüeñas.
El pueblo se asienta en una enorme raña (depósito sedimentario de la Era Terciaria que recubre los materiales paleozoicos, con disposición horizontal, englobando cuarcitas y pizarras en base arcillosa y arenosa), escondido entre montículos mayores.
Una vecina amable (la señora María) nos ofrece perrunillas y nueces; después, café. Otro vecino extraordinario (Javi) acompaña al grupo por el paraje hermoso de los alrededores, donde se construyó un acueducto de más de cinco kilómetros, en las laderas del río de Descuernacabras, y que nos lleva desde los restos del martinete (“molino”) de las Herrerías hasta las ruinas de la central hidroeléctrica, que proporcionó energía a la zona, dándole una vida de la que ahora se resiente.
El acueducto es increíble. Puede recorrerse casi en su totalidad por dentro del vaso del canal, que salva el vacío en algunos momentos con más de 7 metros de altura constructiva y más de veinte arcos consecutivos de medio punto, todo con el material cuarcítico y pizarroso de la zona, impermeabilizado con fuerte mortero.
Me atrae el paisaje. Viejo roquedo levantado en la orogenia herciniana, hace más de 350 millones de años. Anticlinales arrasados por la erosión y sinclinales rellenos, especialmente durante la Era Secundaria, a lo largo de doscientos millones de años.
Vemos enormes crestas de cuarcita resaltando en lo alto de los montes; derrames de pizarras en laderas y depositadas al fondo de los valles, junto a areniscas y conglomerados. Por el camino, las glaciaciones del Cuaternario han depositado bloques de estos materiales metamórficos en las faldas y gargantas, formando enormes pedreras desnudas, contrastando con la vegetación exuberante del resto del terreno.
La disposición de las pizarras que vamos esquivando es de buzamiento casi vertical, erosionadas en “dientes de perro”, de los que hemos de cuidarnos, por lo afilado de sus láminas, finas como hojas de un libro.
El valle es rico en enebros, fresnos, quejigos, loreras, higueras, alcornoques, encinas, jaras, madroños, zarzamoras, hierbas aromáticas… Da para oler, mirar e incluso “masticar”…
Hoy todo es silencio y soledad. Y unos ochenta vecinos, entre los que no hay niños que reemplacen a los habitantes que fallecen. Y una vegetación que crece libre donde antes se labró a fuerza de arado y bestias subiendo por las laderas empinadas: donde no podían, estaba la mano del hombre con su azada… Mucho sacrificio, pero salvó del hambre cuando el hambre se extendió por todos los lugares. Y sirvió de refugio a las partidas de maquis que en la zona no eran solo de milicianos sino de familias enteras, con niños y con viejos, que encontraron resguardo en el monte contra la represión. Javi nos proporciona estos datos con pasión y con serenidad.

Portentoso acueducto. Magnífico paisaje. Extraordinario pueblo con poca y buena gente, que merecen la visita y la atención de todos. Especialmente de las instituciones responsables de velar por el patrimonio rural, paisajístico, monumental (monumento grandioso es su acueducto) y humano. Todo ello lo atesora Campillo de Deleitosa, ahora fuera de ruta, aunque fuese ruta trashumante esencial, por sus notables pastos y su abundante agua, que se precipita desde las crestas que encajan el arroyo de Descuernacabras, y canta limpia en las fuentes y pilares del pueblo todavía.

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