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miércoles, 18 de octubre de 2017

QUE NO SEA DEMASIADO TARDE
(con un “desliz” al relacionar a Felipe V de España en la relación de reyes portugueses)


Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia

El Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, que fue nombrado Capitán General para la conquista de Portugal por Felipe II -aspirante al vacante trono luso-, reunió sus ejércitos en Badajoz, dirigiéndose a Lisboa en junio de 1580. El 25 de agosto de 1580 venció a las fuerzas portuguesas en la batalla de Alcántara, frente a Lisboa, entrando triunfante en la capital del reino.
No estaban sus oponentes suficientemente preparados y pertrechados, unidos y prevenidos, por lo que el avance por la línea de penetración Madrid-Lisboa fue un “paseo triunfal” que colocó en el trono portugués a los Austrias españoles, reinando Felipe II de España (nieto por vía materna de don Manuel I de Portugal) como Felipe I, al que seguirían sus descendientes Felipe III (II de Portugal) y Felipe IV (III de Portugal).
Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV), Capitán General del Ejército de Portugal, trató de hacer algo similar en 1663, durante la Guerra de Restauração (1640-1668), en que los portugueses se levantaron contra la monarquía, imponiendo la propia, en la figura de don João IV, de la Casa de Bragança.
Pero el tiempo había pasado. Desde 1640 se había fortificado “a la moderna” gran parte de esa Línea Madrid-Lisboa en la frontera lusa, presentando una extraordinaria barrera. Ante la imposibilidad de tomar Elvas y Estremoz, avanzó hasta Évora -menos fortificada y pertrechada-, que se rindió sin lucha. Animado por el éxito de la “correría”, volvió hacia Estremoz para tomarla, pero ahora estaba cogido entre dos fuegos: el que le venía de auxilio desde Lisboa y el de los ejércitos que había dejado atrás, concentrados en el Cuartel General de Estremoz. En la “Batalla de Ameixal”, cerca de esta última población, el 8 de junio de 1663, sería radicalmente derrotado, iniciándose el principio del fin de la Unión Ibérica.
¿Qué enseñanza podemos extraer de estos dos tiempos históricos sucesivos? Pues que no hay una regla única en la estrategia militar, ¡ni en la vida social! Que lo que vale para un momento: la sorpresa, la fuerza impositiva… no es útil para otro, porque “enfrente” ya se les coge prevenidos y fortalecidos. Y que lo que se ocupa, arrasa por violencia se nos puede volver contra nosotros sin remedio.
Por cierto, que algo a tener en cuenta por lo que hace a la aplicación de “remedios” nos ocurrió en el caso de la pérdida de Cuba. A finales de 1897, el presidente del Gobierno español, Práxedes Mateo Sagasta, a la vista de la masiva rebelión en la Isla, que avanzaba arrolladoramente, decidió destituir al Gobernador de Cuba, capitán general Valeriano Weyler, odiado por los nativos dado sus métodos represivos inflexibles: creía que aún se estaba a tiempo de remediar una situación de dilatados desencuentros, en que la apelación al diálogo fue desestimado como una debilidad, incompatible con nuestro convencimiento de legalidad.
Con el general Ramón Blanco, su sustituto, se intentó una amplia autonomía y un armisticio. Pero era tarde demás para un arreglo pacífico, por lo que la lucha por la independencia continuó… aprovechándose los Estados Unidos de que “la fruta estaba madura” para hincar el diente y entrar a recoger el botín de una independencia “figurada”, que regentó hasta la revolución encabezada por Fidel Castro casi sesenta años después.
¿Sirve para algo la historia? ¿Podemos extrapolar algunas enseñanzas a estos momentos convulsos de nuestro tiempo presente?
¿Se puede actuar de manera inflexible en un territorio para impedir una votación de cientos de miles de personas, con unos pocos miles de fuerzas del orden, por mucho que se tenga la orden judicial de impedirlo, sabiendo que se enfrentarán a una “muralla humana” sólida y decidida, que se ha ido concienciando, preparando durante tanto tiempo? ¿Se puede “imitar” al Duque de Alba de 1580 con la estrategia de don Juan José de Austria de 1663?
¿No se impone una reconsideración en que un gobierno autonómico reconozca su “huida hacia adelante”, “echando por delante” a una población polarizada hasta el extremo de la ruptura social, la convivencia? ¿No debería convocar elecciones donde se exprese la ciudadanía y ponga a cada uno en su lugar, dándoles la representación real que en este momento crucial tienen?
¿Y no ha de ser lo mismo en cuanto al gobierno de España, tras tanta cerrazón, falta de tacto, comprensión de los momentos y de los escenarios? ¡Que los ciudadanos les demos, tras tantos “platos rotos”, una nueva vajilla con que servir la mesa del futuro!

Sería terrible que con esa torpeza, esa falta de sabiduría política, de capacidad para la negociación y valentía -¿por qué no se actuó antes y directamente contra los responsables políticos gubernamentales autonómicos, y sí luego con la inmensa masa del pueblo?-, se vieran en la tesitura de Sagasta en 1897 (hace ahora precisamente 120 años). Podría ser demasiado tarde, y todos lo sentiríamos sobremanera.

jueves, 3 de noviembre de 2016

LA PARADÓGICA ATENCIÓN A LOS REFUGIADOS

Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia

Sabemos mucho en España y en nuestra vecina Portugal de refugiados, de expulsiones, de huidas por el peligro para nuestra integridad. Los Reyes Católicos firman el decreto de expulsión de los judíos en 1492, tras que la Inquisición llevara tiempo actuando drásticamente contra ellos. D. Manuel de Portugal lo haría en 1496, en medio de cruentas represiones. Van a ser los territorios del norte de África y del Este del Mediterráneo quienes acojan en su diáspora a esta importante y emprendedora población.
Entre 1609 y 1613 será Felipe III quien eche de la Monarquía Hispánica a los moriscos. Nuevamente el norte de África y también el oeste europeo acogerán a la población desterrada, que supuso una enorme pérdida demográfica y productiva para España, sumada a la grave decisión anterior, tan lesiva para el desenvolvimiento y la prosperidad peninsular.
Las penalidades de judíos y moriscos en la Edad Moderna son bien conocidas por la amplia documentación divulgada en múltiples estudios publicados, que nos hacen ver lo ruin y ruinoso de unas decisiones tan injustas y traumáticas, tan crueles, tan desesperantes para las víctimas, que en su nuevo destino hubieron de abrirse camino  entre la desconfianza, la hostilidad, el menosprecio.
Pero esta violencia, las expulsiones y dificultades de refugio, no son exclusiva del choque por diferencia étnica o de creencias religiosas y de mentalidades. La doctora Emília Salvado Borges nos muestra en su documentadísima obra “A Guerra de Restauração no Baixo Alentejo (1640-1668)”, publicado por la lisboeta Edições Colibrí en diciembre de 2015, cómo en Moura se refugiaron  habitantes de aldeas cercanas de su propio término municipal (Póvoa y Amareleja) con las pocas cabezas de ganado ovino y caprino que les quedaban después de ser sistemáticamente robados por los vecinos enemigos españoles; participaban en las guardias y alarmas, pagando los mismos impuestos que los de allí, pero no les era permitido llevar sus rebaños a los pastos comunales, siendo multados por el poder municipal. También nos presenta casos de maltratos en la comarca de Beja a ganados y pastores alentejanos huidos de la primera línea de frontera, tildándolos de egoísmo y falta de solidaridad.
Dando un salto en el tiempo, vemos cómo los exiliados de la Guerra Civil española, a partir de 1939, atraviesan los Pirineos o el Estrecho de Gibraltar, encontrándose con las terribles alambradas de los campos de refugiados en playas sin abrigo y arenas de desierto. Campos de concentración y desesperación, de los que algunos republicanos optan por retornar a España, incluso sabiendo que les esperaba la implacable represión de los vencedores, “prefiriendo la cárcel e incluso la muerte”, como señala el catedrático de Historia Juan B. Vilar en “La España del exilio” (Editorial Síntesis, 2006 y 2012).
Después, los republicanos que logran llegar a México -gracias fundamentalmente al empeño personal del Presidente Lázaro Cárdenas-, sufrirán el rechazo no solo de buena parte de la población nativa, desconfiada de los “nuevos invasores”, sino -como escribe el poeta León Felipe en su desgarrador poemario “El español del éxodo y del llanto”- de “los viejos gachupines de América,/ los españoles del éxodo de ayer/…/ y ahora… nuevos ricos”.
¿Cómo extrañarse, entonces, de esta nueva, repetida, trágica avalancha de refugiados que vienen de las guerras de África, de las masacres de Oriente Medio, del juego de poderes mundiales que se libra en Siria, y ante la que se blinda Europa en las fronteras calientes del Mediterráneo?
Sin embargo, no todo es desesperanzador. No todo insolidaridad, egoísmo sin medida. Ahora publica Edições Colibrí en Portugal el libro de Dulce Simões “A Guerra de Espanha na Raia Luso-Espanhola” (al que antecedió su versión española, editado en 2013 por la Diputación de Badajoz, así como otro específico sobre Barrancos, población crucial en los sucesos, igualmente en español y en portugués). En él expone la fraternal acogida especialmente del Baixo Alentejo para con los huidos desde los pueblos limítrofes del norte de la provincia de Huelva y el sur de la de Badajoz: recibieron refugio, alimentación, abrigo… de la gente sencilla, trabajadora, así como del propio teniente de la Guardia Fiscal, António Augusto de Seixas, al mando en la zona, que improvisó campos de refugiados bajo su responsabilidad, y ello a pesar de la connivencia de la Dictadura portuguesa de Salazar con el ejército sublevado contra la República española.

Dos caras de la misma moneda: la actitud y acción humana frente a la adversidad del que se hunde en el espanto. Desoladora en los casos relatados en distintos momentos de la historia. “A luta desesperada das comunidades pela sobrevivencia, mas também o egoísmo e a falta de solidaridade”, que denuncia la citada Emília Salvado Borges. Pero esperanzada en esta “raya de luz” mostrada por Dulce Simões en “Frontera y Guerra Civil española”, que “unió a las poblaciones de Barrancos, Encinasola y Oliva de la Frontera a lo largo del tiempo independientemente de la política de los estados ibéricos” (pg. 364, en la edición de 2013). ¡Obligada lectura para todos y en especial para los que tienen en sus manos la responsabilidad directa de los actuales refugiados que mueren en el mar y entre las alambradas que se les ponen en nuestros territorios!