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lunes, 28 de octubre de 2019


EXILIADOS Y REFUGIADOS: NUESTRA HISTORIA OLVIDADA

Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia 
Ahora que una vez más se intensifica el drama de los refugiados por todo el mundo, no estará de más rememorar lo que a veces se esconde en los rincones del olvido. Aquello que  se vivió en el pasado de enfrentamiento civil y militar, del que guardamos una memoria confrontada: desplazamientos, refugio, exilio, huyendo de las represiones y la muerte.
En la Revista Transfronteriza “O Pelourinho”, que llevamos 25 años editando, bajo el patrocinio de la Diputación de Badajoz, publicábamos en 2018 un monográfico sobre “exilio, emigración y represión”, en que dábamos cuenta de nuestra tragedia de la Guerra Civil. Señalábamos la dureza en la desesperada huida de cerca de medio millón de españoles, mayoritariamente a través de los Pirineos, cuando la guerra estaba perdida para los republicanos.
Una de esas víctimas, Carlos Velo, lo narra así en el libro de Francisco Caudet “El exilio republicano de 1939”: “A patadas, a empellones, a culatazos, nos arrebañaron en una playa. Gente hambrienta, aterrorizada, liquidada toda esperanza./…/ Dormitábamos, que era estado permanente; esperar, sin esperar nada de nada. Y oímos de pronto un magnavoz. Salimos poco a poco. ¿Y sabes lo que estaba diciendo? Estaba diciendo: ‘¡Republicanos españoles: Lázaro Cárdenas, presidente de México, en nombre de su gobierno y de todos los mexicanos, les anuncia: México está abierto para ustedes; es su casa, será su nueva patria’. Hablaba de un barco que llegaría  de un momento a otro, de libertad, de pan, de respeto, de futuro”.
Fue decisivo para acelerar el proceso el informe del diplomático mexicano Isidro Fabela, enviado por el presidente Cárdenas, en el que señalaba al hablar del Campo de Concentración de Refugiados de Argelés: “Esta enorme avalancha humana de 100.000 personas quedó instalada frente al mar, sin otro límite que la playa y una cerca de alambre con púas fijadas en una extensión de dos kilómetros y medio de largo por uno y medio de ancho. Sin una tienda de campaña, ni una barraca, ni un cobertizo, ni un muro, ni una hondonada, ni una colina; ni tampoco árboles, arbustos ni piedras. Ni fuego para contrarrestar el frío invernal, ni un techo que les resguardara del cierzo, ni una pared que les defendiera de los aires marinos. Todos los días había muertos de frío y de hambre”.
Sí, sería especialmente México quien acogiera de forma definitiva a miles de exiliados españoles, que habían perdido la esperanza de un retorno más o menos cercano, tras refugiarse en un principio en Francia, Norte de África y la Raya con Portugal.
Precisamente de esto, de los republicanos “fronterizos” con el país vecino, tratará el próximo número de “O Pelourinho”, previsto para mediados de 2020. Ya en el anterior número aludido, la antropóloga Dulce Simões, escribía este adelanto: “O primeiro grande fluxo ocorreu na última semana de Julho de 1936, quando centenas de carabineiros e milicianos republicanos que haviam resistido às forças revoltosas de Pontevedra, Ourense, Tuy e Vigo procuraram refúgio no norte de Portugal. O segundo fluxo na fronteira do Caia, provocado pelos bombardeamentos e ocupação da cidade de Badajoz. O terceiro verificou-se a 12 de Agosto, quando os habitantes de Encinasola afetos ao golpe militar procuraram refúgio na vila vizinha de Barrancos, e foram acolhidos pelas autoridades locais. O ultimo êxodo registou-se na fronteira de Barrancos, nas margens do rio Ardila que serve de linha divisória entre Portugal e Espanha, após a ocupação da vila raiana de Oliva de la Frontera (Badajoz), a 21 de Setembro de 1936”.
El Portugal salazarista era muy poco receptivo a estos refugiados. Alrededor de 1.500 serían embarcados en octubre de 1936 con destino a la republicana Tarragona, procedentes de Extremadura, Andalucía y Galicia. Otros quedaron “escondidos”, viviendo cercanos a la frontera, e incluso en otros puntos de la geografía portuguesa, gracias a la solidaridad del pueblo vecino. Solidaridad que ha estudiado Dulce Simões con respecto al caso de Barrancos (que volverá a tratar), pero que en la publicación que estamos preparando nos expondrán para otros puntos geográficos Luis Cunha y Rui Rosado Vieira (caso de Campo Maior), Moisés Alexandre Antunes Lopes y Jacinto César (Elvas), Maria Fernanda Sande Candeias (que ha estudiado en general a refugiados en Alentejo), Bruno Sampaio Lobo (Figueira de Foz), Carolina Henriques Pereira (Caldas da Rainha), Jorge Fernandes Alves y Ángel Rodríguez Gallardo (con respecto a Galicia), y Paula Godinho, Manuel Loff, Fábio Faria, entre otros, sobre todo el proceso.
Lo había anticipado el mismo 13 de agosto de 1936 el periodista  Mário Neves en el “Diario de Lisboa”: “Os funcionarios do posto de Caia abriram uma subscrição entre os oficiais e outras pessoas presentes para matar a fome a os filhinhos dos emigrados”. ¡Historia de solidaridad que hoy más que nunca deberemos recordar!


En tanto se publicaba este texto en el Periódico HOY de Extremadura, visitando Sicilia, me encontré con estos dos testimonios escultóricos en la Capilla Palatina de Palermo y  en la catedral de Noto.
El primero, presentando un desembarco de africanos, tan frecuentes en la isla. Muy expresivo tanto por el monolitismo de los que están en tierra como por la esperanza actitud de los que desembarcan o están en la cubierta, de donde se disponen a bajar.
El otro encierra la tragedia de los naufragios, con el terrible añadido de que está construido con restos de maderas e hierros pertenecientes a una barcaza destruida en el mar: se conserva en el interior de la Catedral de Noto: dolor y esperanza, como dice el texto que acompaña a esta escultura de Elia Li Gioi.

lunes, 16 de abril de 2018


UNA ESCAPADA POR ALMERÍA (II)
Los refugios
Moisés Cayetano Rosado
Memoriales.
Cuando bajamos de la Alcazaba, una vez más cerca del Mercado, nos encontramos con otro elemento patrimonial singular, el más singular de todos los de Almería, que en extensión, conservación y significado no tiene rival en parte alguna: “Los refugios de la Guerra Civil”.
La ciudad de Almería sufrió 52 bombardeos por aire y mar, en los que cayeron un total de 754 bombas durante la Guerra Civil Española. Esto provocó que se decidiera construir unos refugios subterráneos, con más de 4 kilómetros de longitud en total, un quirófano de urgencia, salas de entretenimiento para niños, almacenes de provisiones alimentarias,  sesenta y siete bocas de salida a las calles adyacentes a su ramal principal y capacidad para albergar a unas 35.000 personas, de los 50.000 habitantes que entonces tenía la ciudad, dotada al mismo tiempo de otros refugios menores. Los trabajos comenzaron en octubre de 1936 y concluyeron en la primavera de 1938, siguiendo fundamentalmente el eje del actual Paseo de Almería, que lleva desde la Plaza de Purchena hasta las cercanías del Puerto, con pasadizo principal de dos metros de ancho y doble banco corrido en los laterales para sentarse.
A diferencia de otros refugios de la misma época, como los de CartagenaBarcelona o Jaén, estos han llegado prácticamente intactos hasta nuestros días. Otros refugios de gran importancia a nivel europeo, como los de Londres o Berlín sólo han sido recuperados en pequeñas extensiones.
No es el único recuerdo de los tiempos difíciles de la Guerra Civil y sus consecuencias inmediatas que tiene esta ciudad, tan castigada por los sublevados. Muchos de sus hijos tuvieron que huir camino del exilio para salvarse de una muerte segura, a manos de los sublevados contra la República que defendieron, y pasaron a Francia, donde les aguardaba la II Guerra Mundial, en la que participaron buena parte de ellos, siendo víctimas de otra nueva y cruel represión al ser apresados por los alemanes.
Monumento a los exiliados muertos en campo de concenetración
En su honor se levantó el monumento a las víctimas del campo de concentración de Mauthausen. Un complejo escultórico situado en el Parque de las Almadrabillas, que cuenta con 142 columnas, una por cada una de las víctimas almerienses del campo de concentración, formando un bosque alegórico de la permanencia de la lucha y del sufrimiento de estos andaluces. Al medio está un emotivo, expresionista altorrelieve, que evoca la tragedia, representando la escalera en la que muchos de los prisioneros del campo de Mauthausen murieron transportando pesadas piedras.
Monumento a los mártires de la libertad
Ambos memoriales, unidos a la columna sobre gran peana que conmemora el "Pronunciamiento de Almería o de los Coloraos", representan la lucha, el dolor y la dignidad de un pueblo que ama firmemente la libertad, lucha por ella y por ella se sacrifica.
Al lado mismo tenemos otro elemento singular de Almería: el “Cable Inglés”, enorme viaducto levantado para trazar el carril que une la estación de ferrocarril con el puerto, para transportar mineral, construido a cargo de la sociedad The Alquife Mines and Railway Company Limited, y terminada en 1904, siguiendo la escuela de “arquitectura del hierro” de Eiffel; estuvo en uso hasta 1970, y ahora es uno de los iconos de la ciudad.

jueves, 20 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (IV)
ATRAVESANDO LOS PIRINEOS ORIENTALES
Conducir por Barcelona es un placer. Esas avenidas y calles tan anchas, con semáforos que parecen dispuestos siempre a abrirse conforme vas llegando; esa visibilidad tan espectacular que ofrecen los chaflanes de las manzanas edificadas; esas enormes plazas con precisos indicadores de marcha… Así, partiendo de la Plaza de España -al suroeste-, vamos dejando atrás, por la Gran Vía de las Corts Catalanes, todo el Casco Antiguo y enfilamos en la Plaza de las Glòries Catalanes (donde contemplamos la grandiosa Torre AGBAR) la Avenida de la Meridiana, para salir al noreste camino de Gerona, sin sentir el stress circulatorio de otros grandes cascos urbanos.
Ya en Gerona, merece hacer una parada aunque sea mínima para acercase a su envidiable, dinámico y artístico casco histórico, donde el callejeo es una delicia. Los rincones, pasadizos, placitas, caserío en general, son un remanso de paz y de tranquilidad. Y la catedral, subida en el gran pódium que antecede una interminable escalinata, nos recibe con su portada-retablo: barroco de múltiples columnas y hornacinas, presidias por el gran óculo de su rosetón coronado, con el rótulo del año central de la construcción: 1733.
¿Qué decir también de sus espléndidas murallas carolingias, del siglo IX, las más extensas de Europa, paseables en su camino de ronda, y con base romana reconocible en muchos tramos? ¿Y de sus múltiples iglesias de torres airosas, gigantescas? ¡Lástima que no nos coja a la hora de comer, porque en sus terrazas y restaurantes podemos saborear una escudella (comido típico catalán), guisos, pucheros y estofados de ternera y cordero, con buenos complementos de las huertas cercanas, que nos quitan las prisas de momento!
Un pequeño contratiempo: no tomé nota del lugar donde aparcamos el coche, creyendo conocerlo, y nos costó algún rato y apuros dar con él. Y es que siempre hay que anotar el lugar donde se deja uno el vehículo, en lugares poco conocidos.
Pero hay que seguir y pasamos al lado de Figueres: otra tentación, y no solo por todo el legado de Dalí sino por ese fuerte sin igual que es el Castillo de Sant Ferran, de mediados del siglo XVIII, el más gigantesco de la Península y obra cumbre de la ingeniería militar de toda la Edad Moderna. De largo vemos su imponen silueta agazapada, como corresponde a todo fuerte enfrentado a la potente artillería del momento.
Allí hay que optar para atravesar los Pirineos: o al extremo oriental, por Portbou-Cerbère, o un poco más al interior, por La Jonquera-le Perthus. Decidimos hacer una ronda circular, entrando por el primero, para salir después por el segundo. Y así, enfrentamos las curvas y recurvas litorales, que nos dejan contemplar los bellísimos paisajes del Mar Mediterráneo; éstos no nos abandonarán hasta llegar a Collioure, la pequeña comuna francesa donde falleció, exiliado, el poeta español Antonio Machado, enterrado en su cementerio.
Es Collioure un pueblo apacible, crecido desde el fondo del valle hacia los montes de sus alrededores, y regalado por una playa concurrida, festiva y rodeada de fortificaciones, como corresponde a una población clave en la frontera franco-española, tan agitada en todos los tiempos, especialmente en los modernos. Admiramos dificultosamente sus vistas, porque resulta complicado encontrar aparcamiento: es lo que tienen las poblaciones encajadas en valles que desembocan en el mar, pero merece el riesgo de una parada comprometida…
A partir de ahí todo es remembranza de exiliados españoles, que un poco más arriba tienen recuerdos de escalofrío, en la vecina Argelès-sur-Mer. En su playa fueron recluidos y cercados por alambre de espinos -custodiados por tropas coloniales marroquíes y senegalesas de trato brutal- más de 100.000 de los 550.000 refugiados republicanos que huyeron de España en 1939, perseguidos por el terror, las bombas, la metralla de los vencedores de la guerra.
Precisamente entramos a Francia por uno de los pasos que más frecuentaron estos desafortunados: Portbou, y retornamos por la otra “gran puerta de entrada”: la Jonquera.
Pero en ese camino de vuelta, tras llegarnos hasta Perpignan, paramos casi en la mismísima frontera: en el Fuerte de Bellegarde (en lo alto de le Perthus), imponente construcción de finales del siglo XVII, de gran cuerpo central pentagonal alargado y amplio reducto adelantado hacia España, comunicados ambos por camino cubierto. Pasando de manos españolas a francesas en los siglos XVII y XVIII, fue durante la II Guerra Mundial cárcel de la Gestapo. Desde esta elevación pirenaica, las vistas hacia España y Francia son extraordinarias: todo verdor, montes y valles, exuberancia y tranquilidad en lo que un día fue tanto sufrimiento, dolor, humillación.
Bajando el puerto, el hambre nos hace aparición, porque había sido un día de bocadillos y chucherías. Mis nietos reivindican algo más contundente, que obtenemos en uno de los múltiples restaurantes rayanos.
No era hora de “tomar posesión” de un self service con 175 platos a elegir (¡o tomar de todos!), pero el chuletón de 400 gramos y los bistec de 300 gramos que nos ofrecen (más surtido de setas, patatas y huevos fritos, chorizo, ensalada…) no están mal… ¡aunque no sobraron más que los huesos! No obstante, Moi y Marco tomarían buena cuenta de salchichas alemanas, alitas de pollo y algunos aditamentos en el restaurante que descubrimos al lado de la estación de metro de Plaza del Centre (aledaño a nuestro alojamiento y cercano a la estación de Sants), regentado por chinos y servido por indios y magrebíes.
Entre una y otra refección, en la Plaza de España pudimos contemplar ese espectáculo único que ofrece la Fuente Mágica de Montjuïc y sus complementos de fuentecitas y cataratas: música, juegos de colores y movimientos artísticamente acompasados, que son la admiración de todos y embobamiento de neófitos.

Moisés Cayetano Rosado

jueves, 3 de noviembre de 2016

LA PARADÓGICA ATENCIÓN A LOS REFUGIADOS

Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia

Sabemos mucho en España y en nuestra vecina Portugal de refugiados, de expulsiones, de huidas por el peligro para nuestra integridad. Los Reyes Católicos firman el decreto de expulsión de los judíos en 1492, tras que la Inquisición llevara tiempo actuando drásticamente contra ellos. D. Manuel de Portugal lo haría en 1496, en medio de cruentas represiones. Van a ser los territorios del norte de África y del Este del Mediterráneo quienes acojan en su diáspora a esta importante y emprendedora población.
Entre 1609 y 1613 será Felipe III quien eche de la Monarquía Hispánica a los moriscos. Nuevamente el norte de África y también el oeste europeo acogerán a la población desterrada, que supuso una enorme pérdida demográfica y productiva para España, sumada a la grave decisión anterior, tan lesiva para el desenvolvimiento y la prosperidad peninsular.
Las penalidades de judíos y moriscos en la Edad Moderna son bien conocidas por la amplia documentación divulgada en múltiples estudios publicados, que nos hacen ver lo ruin y ruinoso de unas decisiones tan injustas y traumáticas, tan crueles, tan desesperantes para las víctimas, que en su nuevo destino hubieron de abrirse camino  entre la desconfianza, la hostilidad, el menosprecio.
Pero esta violencia, las expulsiones y dificultades de refugio, no son exclusiva del choque por diferencia étnica o de creencias religiosas y de mentalidades. La doctora Emília Salvado Borges nos muestra en su documentadísima obra “A Guerra de Restauração no Baixo Alentejo (1640-1668)”, publicado por la lisboeta Edições Colibrí en diciembre de 2015, cómo en Moura se refugiaron  habitantes de aldeas cercanas de su propio término municipal (Póvoa y Amareleja) con las pocas cabezas de ganado ovino y caprino que les quedaban después de ser sistemáticamente robados por los vecinos enemigos españoles; participaban en las guardias y alarmas, pagando los mismos impuestos que los de allí, pero no les era permitido llevar sus rebaños a los pastos comunales, siendo multados por el poder municipal. También nos presenta casos de maltratos en la comarca de Beja a ganados y pastores alentejanos huidos de la primera línea de frontera, tildándolos de egoísmo y falta de solidaridad.
Dando un salto en el tiempo, vemos cómo los exiliados de la Guerra Civil española, a partir de 1939, atraviesan los Pirineos o el Estrecho de Gibraltar, encontrándose con las terribles alambradas de los campos de refugiados en playas sin abrigo y arenas de desierto. Campos de concentración y desesperación, de los que algunos republicanos optan por retornar a España, incluso sabiendo que les esperaba la implacable represión de los vencedores, “prefiriendo la cárcel e incluso la muerte”, como señala el catedrático de Historia Juan B. Vilar en “La España del exilio” (Editorial Síntesis, 2006 y 2012).
Después, los republicanos que logran llegar a México -gracias fundamentalmente al empeño personal del Presidente Lázaro Cárdenas-, sufrirán el rechazo no solo de buena parte de la población nativa, desconfiada de los “nuevos invasores”, sino -como escribe el poeta León Felipe en su desgarrador poemario “El español del éxodo y del llanto”- de “los viejos gachupines de América,/ los españoles del éxodo de ayer/…/ y ahora… nuevos ricos”.
¿Cómo extrañarse, entonces, de esta nueva, repetida, trágica avalancha de refugiados que vienen de las guerras de África, de las masacres de Oriente Medio, del juego de poderes mundiales que se libra en Siria, y ante la que se blinda Europa en las fronteras calientes del Mediterráneo?
Sin embargo, no todo es desesperanzador. No todo insolidaridad, egoísmo sin medida. Ahora publica Edições Colibrí en Portugal el libro de Dulce Simões “A Guerra de Espanha na Raia Luso-Espanhola” (al que antecedió su versión española, editado en 2013 por la Diputación de Badajoz, así como otro específico sobre Barrancos, población crucial en los sucesos, igualmente en español y en portugués). En él expone la fraternal acogida especialmente del Baixo Alentejo para con los huidos desde los pueblos limítrofes del norte de la provincia de Huelva y el sur de la de Badajoz: recibieron refugio, alimentación, abrigo… de la gente sencilla, trabajadora, así como del propio teniente de la Guardia Fiscal, António Augusto de Seixas, al mando en la zona, que improvisó campos de refugiados bajo su responsabilidad, y ello a pesar de la connivencia de la Dictadura portuguesa de Salazar con el ejército sublevado contra la República española.

Dos caras de la misma moneda: la actitud y acción humana frente a la adversidad del que se hunde en el espanto. Desoladora en los casos relatados en distintos momentos de la historia. “A luta desesperada das comunidades pela sobrevivencia, mas também o egoísmo e a falta de solidaridade”, que denuncia la citada Emília Salvado Borges. Pero esperanzada en esta “raya de luz” mostrada por Dulce Simões en “Frontera y Guerra Civil española”, que “unió a las poblaciones de Barrancos, Encinasola y Oliva de la Frontera a lo largo del tiempo independientemente de la política de los estados ibéricos” (pg. 364, en la edición de 2013). ¡Obligada lectura para todos y en especial para los que tienen en sus manos la responsabilidad directa de los actuales refugiados que mueren en el mar y entre las alambradas que se les ponen en nuestros territorios!

jueves, 21 de abril de 2016

REFUGIADOS, EL MUNDO DEL DOLOR Y DE LA INCOMPRENSIÓN

Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia

En el tomo III de 2007 de la Revista de Estudios Extremeños publiqué un extenso trabajo sobre el exilio extremeño en México, en colaboración con el dirigente socialista y sindicalista Antonio Rodríguez Rosa, exiliado en aquel país, tras la Guerra Civil española de 1936-39.
Por los testimonios de este histórico republicano, los otros muchos que recogí entonces y la bibliografía y documentación que consulté, pude palpar el dolor de aquellos refugiados, huidos a través de la frontera con Portugal, el norte de África y, principalmente, por los Pirineos hacia Francia.
¿Qué les esperaba en las tierras de “acogida”? En el Portugal salazarista de entonces, la más que probable devolución a la España franquista. En el norte de África dominada por Francia y en este mismo país vecino (a donde se dirigió casi el 90 % de los más de 500.000 exiliados), las condiciones más penosas de miseria, incomprensión y dolor.
Isidro Fabela, diplomático mexicano, denunciaba en un extenso informe de 1939: “En Argelès (sur de Francia) se concentraron aproximadamente 100.000 hombres. Esta enorme avalancha humana quedó instalada frente al mar, sin otro límite que la playa y una cerca de alambre con púas fijadas en una extensión de dos kilómetros y medio de largo por uno y medio de ancho”.
Refugiados españoles en el campo de internamiento de Argelés-Sur-Mer
Tampoco la posterior acogida en Rusia y en México, así como otros países latinoamericano,s fue un “camino de rosas”, sino que al sufrimiento del desarraigo, la separación familiar, la pérdida de seres queridos en la guerra… se unió la falta de comprensión y solidaridad incluso de gente cercana en los lugares de acogida. El gran poeta exiliado León Felipe lo retrata en unos versos desgarrados: “los españoles del éxodo de ayer/ que hace cincuenta años/ huisteis de aquella patria vieja para no servir al Rey/ y por no arar el feudo de un señor…/ y ahora… nuevos ricos,/ queréis hacer la patria nueva/ con lo mismo,/ con lo mismo/ que ayer os expatrió”.
Esa es la historia de la gente sencilla, que sufre la ignominia y ha de huir hacia un destino inseguro donde no se les quiere, y que ahora contemplamos en aquellos que nos llegan desde distintos territorios de África en conflicto tras el abandono de las potencias coloniales de Occidente; de las naciones del Oriente Próximo, que han tenido la “mala suerte” de estar geoestratégicamente situados en un lugar excepcional y además tienen codiciadas reservas de petróleo…
Nuestros campos de internamiento, nuestras “alambradas” están situadas en los bordes del conflicto: Grecia, Croacia, Eslovenia, Turquía… que han de hacer de “muro de contención”, de escenario donde se representa el espectáculo trágico de la deshumanización.
Los gobiernos de Occidente (que tanta responsabilidad tienen en la inestabilidad de estos territorios) discuten qué hacer con tal cantidad de refugiados, en tanto los empujan al abismo. Y así, asistimos a diario a las escenas más brutales de contención de masas humanas desesperadas, concentración en zonas insalubres, cargas policiales contra los más desesperados, desolación y muerte de inocentes, entre los que los niños se están llevando la peor parte.

Ahora como entonces, como siempre. Las lecciones que nos da el pasado sirven de poco, de nada incluso, porque por encima de cualquier otra consideración va primando -en los que todo lo manejan y dirigen- el egoísmo, la más inhumana insolidaridad. Decimos muchas veces: “hay que conocer los errores de la historia, para no repetirlos”; pero parece que conocemos los errores de la historia para empeñarnos en profundizar aún más en los terribles despropósitos que tanto -al estudiarla- nos asombran.

domingo, 6 de septiembre de 2015

DE AQUELLOS POLVOS VIENEN ESTOS LODOS

Moisés Cayetano Rosado
La Cumbre de las Azores -reunión mantenida en las islas de este nombre el 16 de marzo de 2003 por los presidentes de Estados Unidos (George W. Bush), Reino Unido (Tony Blair), España (José María Aznar) y Portugal (José Manuel Durão Barroso)- llevó a la invasión de Irak el 20 de marzo de 2003, tras  lanzar un ultimátum de 24 horas al régimen iraquí encabezado por Saddam Hussein para su desarme.
Pero nunca se demostró la existencia en el territorio iraquí de armas químicas de destrucción masiva, principal argumento que se esgrimió para la declaración de guerra. Ni se llegó a la solución del conflicto árabe-israelí, que se esgrimió como argumento de “beneficios añadidos”.
La estrategia geopolítica de Estados Unidos, sus grandes intereses económicos petroleros en la zona y el campo de pruebas real para la industria militar estadounidense sí que estaban detrás de todo el “teatro de operaciones y argumentaciones”. Como lo ha estado detrás de todos los conflictos, de todas las facciones encumbradas, luego atacadas y destruidas, reemplazadas y vueltas a reemplazar en esos codiciados enclaves.
Los que en un momento eran aliados, héroes salvadores, se convertían al no doblegarse por entero a los intereses occidentales y, fundamentalmente, norteamericanos, en enemigos, monstruos a destruir, con toda una parafernalia propagandística ensordecedora de la enorme maquinaria militar desplegada, cedida, cambiada, vendida...
Y ha pasado como cuando se hostiga a un panal de abejas. Éstas se revuelven, atacan, agreden a lo que se mueve alrededor. Mantenía un orden la colmena, con sus normas a veces tan controvertidas para nuestros tipos de conducta (que por otra parte suelen saltarse los poderosos a su antojo), y aparecemos allí, codiciando su miel, apoderándonos de ella. Se defienden las que pueden, poniendo en marcha toda su potencia destructiva; otras, huyen despavoridas, buscan un nuevo lugar donde seguir subsistiendo, una vez su hogar ha sido arrasado: tal vez tratan de construir su nueva vida en el quicio de nuestra puerta, en un rincón de nuestras ventanas.
Leo una frase lapidaria del catedrático jubilado de la Universidad de Lisboa, Professor Doutor António Galopim de Carvalho: "Este drama começou nas Lages, Açores, com estes quatro senhores que a história há-de julgar". Se refiere a los presidentes de Estados Unidos (George W. Bush), Reino Unido (Tony Blair), España (José María Aznar) y Portugal (José Manuel Durão Barroso), que cité al principio.

Ahora, cuando tanto nos rasgamos las vestiduras por las consecuencias de los conflictos en la zona, con tantísimos miles de huidos que tratan de llegar al centro de la próspera Europa, y con la imagen terrible de un niño pequeño ahogado, solitario en la costa de Turquía, hemos de volver la vista atrás y reflexionar sobre lo que el doctor Galopim de Carvalho denuncia. Buscar en los orígenes del conflicto, cuyas consecuencias arrastramos todos, y causa millones de víctimas totalmente inocentes.

miércoles, 8 de enero de 2014

EL CAMINO DE LOS REPUBLICANOS ESPAÑOLES
(Setenta y cinco años después)
 
Moisés Cayetano Rosado
Cuando la guerra estaba perdida, los republicanos españoles tuvieron que huir ante el avance inmisericorde de las tropas sublevadas contra la II República. Desde el Levante marcharían al norte de África, en penosas condiciones, pero después el grueso de los exiliados lo hicieron por los Pirineos, especialmente desde Barcelona y la parte septentrional de Cataluña.
A primeros de abril de 1939, de los 450.000 refugiados, 430.000 estaba en Francia, la mayoría en “campos de acogida”, que suena mejor que “campos de concentración”, por el recuerdo de lo que éstos fueron en Cuba durante la guerra contra la metrópolis (España) o lo que después serían en Alemania, bajo el terror nazi.
He visto hace unos días el lugar donde apiñaron a más de cien mil de aquellos desgraciados: la playa de Argelès-sur-Mer, que desde la cercana Colliure (donde se refugió y murió nuestro gran poeta Antonio Machado) aparece hoy bucólica, tranquila. Allí, sobre la arena -sin resguardo la mayoría o con endebles barracones en algún momento, pasando un hambre atroz, sed, frío, azote de la arena en los frecuentes vendavales-, eran controlados por soldados principalmente senegaleses y argelinos que los trataban como a los peores y más peligrosos criminales
.
Antes habían atravesado -con la dureza del invierno- los terribles desfiladeros de los Pirineos Orientales, luchando con la nieve, la ventisca, el terror de los últimos bombardeos y un bloqueo incomprensible de las autoridades galas, que les retuvieron en frontera, sin ningún auxilio o consideración. Tras ello, la separación de las familias: los hombres por un lado, las mujeres y niños por otro (para al final también separarlos).
Desde la belleza de estos montes, su horizonte ondulado y la paz que en ellos se respira, no es posible comprender tanto dolor. Dolor que se prolongaría durante muchos años… Porque luego, con la invasión hitleriana, las condiciones extremas se profundizaron. Y muchos fueron entregados a los que habían vencido en nuestra guerra fratricida; otros, enrolados en la nueva contienda, conocieron más calamidades, campos de exterminio, horrible camino hacia la muerte; unos más tuvieron la suerte de embarcar para América, donde México sería el destino principal de la acogida… que no fue tan solidaria como a veces nos la imaginamos.

La adaptación en México contó siempre con la generalizada animadversión de los propios españoles emigrantes de anteriores hornadas, cómodamente instalados y prevenidos contra los republicanos españoles a los que se acusaba de “horribles comunistas y sanguinarios comecuras”. Tampoco muchas de las autoridades locales tuvieron la consideración que se debía, y abundó la extorsión que la propia ley facilitaba, pues cualquier extranjero alterador del orden podía ser expulsado del país: ¡cuánto abuso amenazando cumplir con lo legislado a base de mentiras!

Sí, terrible fue el exilio, el desarraigo, con su hambre, su dolor, con sus separaciones, enfermedades y carencias, incomprensiones, tratos vejatorios y torturas. Ahora lo veo, setenta y más años después de que ocurriera, desde los bellos acantilados de Colliure, desde los verdes pasos de Le Perthus en los agrestes Pirineos, y ante tanto sosiego, tan apacible tranquilidad, parece hasta mentira que allí se produjera ese horroroso episodio de nuestra historia colectiva.