martes, 11 de junio de 2013

CASTILLO DE SANTA CATALINA. CÁDIZ.
MOISÉS CAYETANO ROSADO
La fortaleza abaluartada de Santa Catalina (conocida como “Castillo”), en Cádiz, es otro ejemplo más de aceptable restauración y utilización acertada, con los que por fortuna me estoy encontrando últimamente. Deberían servir de modelo para los que solo ven un destino posible a nuestros fuertes: la de “contenedores” de restaurantes, salones de boda y hoteles de diseño y uso para unos pocos.
Esta impresionante maquinaria defensiva fue mandada construir por el rey Felipe II, en 1598, tras el terrible asalto inglés de dos años antes, que arrasó la ciudad, sometiéndola a pillaje, saqueo y destrucción. El proyecto fue del ingeniero militar Cristóbal de Rojas (autor de “Teoría y Práctica de la Fortificación”, el primer tratado de este género publicado en España), que fallecería en la ciudad antes de terminar la obra, pero que fue culminada con sus extraordinarias aportaciones.
Tras contribuir a la defensa de la ciudad a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX, el llamado Castillo de Santa Catalina (por albergar en su interior una capilla construida en 1693, dedicada a Santa Catalina de Alejandría), sería utilizado por el Ministerio de Defensa como prisión en diversas épocas, dejando de hacer uso del mismo en 1991.
Después de unos años de abandono, el Ayuntamiento se ha hecho cargo de la fortaleza, rehabilitándola (con algunas actuaciones controvertidas en las cañoneras y revoco de cemento) y poniéndola en uso y disfrute público, que es como ahora la encontramos.
Construcción pentagonal, que hacia el mar muestra una estrella de tres puntas -a manera de corona- y hacia tierra una tenaza por cuyo medio tiene la entrada, presenta dos niveles en sus estancias:
- En la planta baja está, a un lado y otro inmediatamente -en los antiguos polvorines-, una muestra museística del castillo y las fortificaciones de Cádiz, vista en su evolución histórica; en el centro, el patio de armas y al fondo una amplia sala de exposiciones, donde siempre hay una muestra temporal de pintura, fotografía, etc.; a la izquierda, la capilla de Santa Catalina, de alerón apoyado en pilastras y pequeña espadaña; a la derecha, otra sala de uso artístico.
Exposición fotográfica temporal en la planta baja.
- Subiendo a la planta alta, las vistas desde el paseo de ronda hacia la bahía y hacia el Fuerte de San Sebastián (en obras de rehabilitación) son extraordinarias. Y allá tenemos otra sala más de exposiciones, para muestras temporales, y unas amplias dependencias cedidas a distintos artistas locales de las más diversas disciplinas, que las utilizan como talleres de trabajo y creación, abiertas a la visita pública.
Exposición pictórica temporal en la planta superior.

Magnífico espacio para una ciudad que en los últimos años está poniendo en valor un patrimonio monumental religioso, civil y militar extraordinario, enclavado en una red urbana vitalista, llena de palacetes, caserones, placitas bien tratadas, jardines, restos arqueológicos que desde los fenicios nos llegan a la actualidad, pasando por los griegos y romanos… justificando su calificativo de “tacita de plata” con justicia.

domingo, 9 de junio de 2013

DE FUNNY GAMES A AMOUR: CINE MAYOR
MOISÉS CAYETANO ROSADO
Toda la filmografía del alemán Michael Haneke es -aparte de obras maestras indiscutibles- un ejercicio de tensión emocional que a veces resulta difícil de afrontar, a pesar de la impecable y rotunda “obra maestra” que resulta cada una.
Aunque quizás la última (Amour, 2012) rompe un poco la tendencia de violencia extrema en que se sitúan otros de sus títulos (especialmente uno de sus primeros, Funny Games, 1997), para inundar las pantallas de dulzura, dentro de la tristeza del drama, más bien tragedia, que viven sus protagonistas.
Funny Games (http://www.youtube.com/watch?v=9fxjbaOFSrk) ponía a prueba nuestra capacidad de aguante emocional, presentando una situación límite de crueldad gratuita. La actuación de dos jóvenes que se introducen en el chalet de una pareja y su hijo, interrumpiendo su tranquilidad con motivos nimios que van derivando a exigencias y violencias sin cuento, hasta que acaban lentamente con sus vidas, algo que ya habían hecho con unos vecinos y seguirían haciendo con otros más, como queda insinuado en el film.
Con una maestría extraordinaria, primeros planos contundentes, espacios fundamentalmente cerrados, mínimos recursos exteriores, Haneke se centra en los gestos, en los escasos diálogos, en los múltiples silencios, para crear una atmósfera psicológicamente irrespirable, atosigante, brutal, inexplicable en el desarrollo de los hechos para una mente medianamente sana. Y es que los jóvenes criminales representan un caso extremo de psicópatas, que como tales se recrean en su crueldad, a la que ven con naturalidad. Seductores, sagaces, ególatras, insensibles, fríos, no tienen ninguna cortapisa en su sadismo estéril.
La interpretación por parte de todos los protagonistas principales: el matrimonio, su hijo de diez años, los jóvenes asesinos, resulta intachable; su caracterización, genial: el estupor, la desesperación creciente de las víctimas, su deterioro físico en las horas de tortura…; la desenvoltura, indiferencia, el desparpajo de los verdugos.

Una película, en fin, extraordinaria en su concepción y desarrollo, al tiempo que desesperanzadora, pues poco puede hacerse ante esas mentes perturbadas con las que cualquiera podemos encontrarnos por la vida.
En cuanto a la reciente entrega de este director y guionista, Amour (http://www.youtube.com/watch?v=dxFVk-vM38Y), no es que rompa con su tradicional dramatismo, pero supone un respiro en medio de lo sobrecogedor a que nos tiene acostumbrados. Hay un sustrato de amor sostenido en el tiempo por parte de la pareja de ancianos protagonistas de la película, que nos reconcilia un poco con el mundo, aunque lo irreparable del deterioro físico, de la enfermedad galopante, de la enajenación mental y la invalidez, nos coloque ante una triste realidad, bastante presente en nuestra sociedad.
Si en la anterior nos mostraba el mundo horrible, la actuación extrema de una pareja de psicópatas, aquí nos presenta la vida apacible que se apaga de un par de ancianos que han vivido una vida plena en lo personal y profesional, pero a los que les ha llegado el derrumbe por la enfermedad de la mujer, que comprende su tragedia y no quisiera prolongarla, siendo el anciano quien ha de correr con la responsabilidad de cortar con la desgracia, precipitándose en otra tragedia.

Multipremiada el año pasado y el actual (Oscar, Premio BAFTA y Palma de Oro en 2012, y Globo de Oro en 2013, entre otros), esta última producción del cineasta -autor de obras tan rotundas como La Pianiste (2001), Caché (2005) o Das Weisse Band (2009)- vuelve a demostrar cómo con unos mínimos recursos, sin apenas rodajes exteriores, sin casi otros protagonistas que la pareja de ancianos en los momentos últimos de su existencia, da lugar a una obra magistral, sin fisuras, sin concesiones a la blandenguería y con una carga emocional sublime dentro de lo terrible del final irremediable de sus vidas.

jueves, 6 de junio de 2013



2013 JUNIO 6
por Moisés Cayetano Rosado
Paisaje de la Raya vista desde globo
          Desde el Minho portugués y la Galicia española, pasando por Tras-os-Montes, las Beiras y Castilla-León, descendiendo por Alentejo y por Extremadura, para acabar en el Algarve y Andalucía, todo un mundo fantástico de tesoros -unos naturales y otros moldeados por la mano del hombre- se nos ofrecen al alcance de la mano, al alcance de los ojos, del gusto, del olfato.

          Lo que es un macizo rocoso desgastado, primario, donde el granito aflora con sus grandes bolos y la pizarra crea espacios empinados de enormes hojas superpuestas, se ve suavizado por los depósitos de ríos que atraviesan la Raya remansados, acumulando sedimentos en lo que millones de años más atrás fueran entrantes marítimos que crearon plataformas calizas y marmóreas.

          El clima suave de la zona norte, de influencia atlántica, recrudecido en el centro por la influencia continental -salvo en los oasis montañosos-, se va mediterraneizando conforme descendemos hacia el sur, cambiando hayas, robles, nogales y castaños, por encinas y alcornoques, alternados con grandes pastizales, con jaras y romeros.

          Y en medio de ese paisaje: la huella humana de castros imponentes que ya presentan las orillas del Miño, o de los dólmenes que entre Beira y Castilla-León son abundantes, pero se multiplican en Alentejo-Extremadura, más los restos tartésicos abajo, siguiendo la desembocadura del Guadiana.

Elvas vista desde globo
          Por encima, dominante cerros y montes, el testimonio de los enfrentamientos medievales en castillos roqueros, que después se artillarían cuando los enfrentamientos hispano-portugueses de la Edad Moderna dan paso al nuevo sistema constructivo: el abaluartado. De nueva planta van a surgir nuestras mejores maquinarias defensivas, algunas de las cuales -como las fortificaciones de Elvas- han logrado la calificación de Patrimonio de la Humanidad, y otras preparan su candidatura, tan  adelantada en Valença do Minho, Almeida, Ciudad Rodrigo, Marvão, y con satisfactorios avances en Badajoz, Olivenza, Castro Marim, etc.

          Hay, también, en esta Raya, un patrimonio monumental religioso de alto valor histórico y artístico, que en el conventual de Alcántara alcanza una grandeza extraordinaria, pero que no es menor su valor en las increíbles iglesias de pueblos -hoy pequeños, semidespoblados- que en su día fueron puntos cruciales en el desarrollo de las órdenes militares, tan importantes durante y después de la reconquista cristiana, con la repoblación del territorio fronterizo.

Vista de Trujillo. Castillo y torres.
          En medio de tanta variedad geomorfológica, de toda esa carga histórica con su legado artístico, no es menor tesoro el gastronómico, que brevemente es marítimo en las puntas norte y sur, para desarrollar una variedad creativa extraordinaria en los cereales de secano -donde se hacen “milagros” con el pan-, los productos hortícolas, la oveja y el cerdo en todo el amplio resto, totalizando el conjunto más de mil doscientos kilómetros de frontera.

          La aventura de conocerla, de vivirla, es un apasionante reto lleno de sorpresas, un goce que implica a todos los sentidos.


miércoles, 5 de junio de 2013

CAÑONES DE TÁNGER
Cañones en el bulevar de Mohamed V.
MOISÉS CAYETANO ROSADO
Ha sido Tánger siempre un enclave apetecido. Su lugar estratégico -vigilando el Estrecho, entre el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico, con el sur de la Península Ibérica a la vista-, es una pieza codiciada para todo el que haya soñado con dominar el mundo.
Visitado por fenicios, griegos, romanos, vándalos, bizantinos…, sería dominado por los abasíes desde el año 788, pasando a los omeyas en el 921, que realizaron sus fortificaciones básicas. Posteriormente, asentarían allá sus reales almorávides y a continuación almohades, hasta constituirse en emirato de 1421 a 1471.

En esta última fecha, los portugueses logran conquistarlo, asentándose allí durante casi doscientos años, reforzando y artillando sus murallas portentosas. En 1661 ceden la población a Carlos II de Inglaterra, como dote al casarse con Catalina de Braganza. Pero el sultán Ismaíl de Marruecos, ayudado por las cabilas del Rif, la bloquean sin descanso, hasta que los británicos no tienen otro remedio que retirarse, en 1684, no sin antes arrasar sus construcciones y murallas.
Pasaría este codiciado enclave a condominio internacional en 1925, siendo cedido a Marruecos en 1960.
De todo este incesante pasar de civilizaciones y codiciosos pobladores, quedan huellas en su traza urbana, desde la tortuosa medina y la alcazaba, hasta las expansiones residenciales y la infraestructura compleja portuaria; desde los descendientes de musulmanes (mayoría), a judíos y cristianos, de toda condición, oficio y grado de convivencia.

Y asomando por las terrazas de sus murallas, en gran parte colmatadas por construcciones posteriores, contemplamos testimonios de la presencia defensiva, que en el bulevar de Mohamed V y en el puerto conserva la presencia “amenazante” de cañones de diversa procedencia, que hoy son delicia de fotógrafos, paseantes tranquilos y niños que galopan por los cilindros inclinados.


En un rellano de este bulevar hay cuatro cañones bien curiosos, pues dos son españoles (de mediados del siglo XVII, con fecha grabada -1639- el primero, reinando Felipe IV, y del siglo XVIII el otro, reinando Carlos III); uno portugués (también del siglo XVIII, siendo rey D. João V), y el restante francés, de 1692, estando el país galo bajo el poder del Rey Sol, Luis XIV.


Abajo, en la explanada amplia del puerto, contemplo un bello cañón marroquí, del que no puedo entender –lamentablemente- la leyenda, pero igualmente de la Edad Moderna. Otros posteriores asoman por distintas cañoneras de la muralla, de mayor calibre y pretensiones antiaéreas.

Y allá al lado, la bullente medina, el intrincado laberinto de comercios agrupados por gremios, el bullicio del día que solo se apaga de madrugada y es posible disfrutarlo sosegado por la mañana, cuando la ciudad va despertando: arriba, en las paredes exteriores de la alcazaba, los campesinos van exponiendo sus productos ecológicos y su afanoso empeño por sobrevivir, en medio de tantos siglos de azarosa historia y tanta vigilancia para con todos los puntos cardinales.


¡Ah!, los cañones de Tánger, cuánta historia y cuánto “sinvivir” para acabar en el reposo apacible de una plazoleta que llamaban vulgarmente “de los vagos”.

lunes, 3 de junio de 2013

VISITA A LA ILHA DE S. MIGUEL. AÇORES.
MOISÉS CAYETANO ROSADO
En las Islas Azores, o estás a los pies de un volcán, en las faldas del mismo, en la orilla de un cráter o dentro de la boca de éste. Apenas hay espacio para más. Todo es una continuidad volcánica, en la que muchas veces se superponen unos a otros, son continentes de algunos menores, que se alzan en las enormes bocas kilométricas.
Y entre ellas, la Isla de San Miguel -con sus 65 kilómetros de largo y 16 en lo más ancho (8 en las estrecheces), la más grande de todas-, nos ofrece en su verdor un espectáculo extraordinario de elevaciones abruptas, coronadas por lagunas apacibles, que en el caso de Furnas se rodea de fumarolas en que el vapor llena de humos blancos el ambiente, de agua en ebullición espasmódica rincones rústicos y urbanos, y de olor intenso a azufre el ambiente.
Al oeste, la doble Laguna Azul y Verde ofrece un espectáculo grandioso. Este inmenso cráter que las alberga, y donde se asienta la población de Sete Cidades, presenta diversos cráteres menores, regalándonos el conjunto un espectáculo único desde sus altos bordes. Bajando, nos vamos sumergiendo en un mundo forestal tupido, frondoso, tan alejado de lo que debió ser en su día el estallido y desahogo de los volcanes que se multiplican en la enorme cavidad de 4’35 kilómetros cuadrados.
Tomando desde allí la carretera sinuosa hasta el punto más occidental de la isla, la Ponta da Ferraria nos presenta una desolación de rocas apagadas tras haber sido sometidas a la más intensa quemazón: es un paisaje de roquedos calcinados, férreos, que se internan en el mar, con formas retorcidas, como espumas sólidas y negras, entre las que destacan cráteres menores y recodos marítimos en que el agua presenta una temperatura superior a la media del contorno e invita al chapuzón.
En este mundo de calderas inmensas, al centro de la isla tenemos otro de los grandes cráteres que nos regalan el grandioso espectáculo de los paisajes deslumbrantes: la Lagoa do Fogo, desde donde, al norte y al sur, vemos el mar que rodea a la isla, y en sus orillas las poblaciones blancas que se adaptan al espacio ligeramente llano de la costa: Ribeira Grande al norte, casi solitaria; Ponta Delgada, Lagoa, Vila de Agua de Pau, Ribeira Chã, Agua de Alto, Vila Franca do Campo… al sur. A saliente y poniente, la inmensidad verde de las faldas montañosas, con su frondosidad y… numerosas vacas que pastas tranquilas en las laderas empinadas.
Estas poblaciones ofrecen en sí un interés especial por su legado artístico, que en el caso de sus iglesias cobra especial relevancia. De un barroco esplendoroso, las portadas y ventanales se recargan en ondulaciones de piedra volcánica, con figuras geométricas variadas, en tanto el resto se encala en blanco puro. Las plazas y jardines son numerosos, amplios, armónicos, tranquilos, con abundancia de árboles grandiosos, retorcidos, casi fantasmagóricos.


Ponta Delgada, la capital, de 65.000 habitantes, es como un pueblo grande, donde predominan las casas de baja altura; las iglesias con ese barroco de sello isleño y torres elevadas, y a la orilla del mar el Forte de S. Brás -construido a mediados del siglo XVI para contener los ataques de piratas y corsarios-, cuya actividad defensiva llegó ininterrumpidamente hasta la II Guerra Mundial, en que se hicieron los últimos refuerzos exteriores: ahora sigue siendo la sede del Cuartel General de la Capitanía de las Azores, al tiempo que Museo Militar con importantes colecciones de armamentos y pertrechos de toda la Edad Moderna y Contemporánea. Una gruta volcánica (do Carvão), visitable, recorre Ponta Delgada de norte a sur, hasta llegar subterráneamente al mar.

Al este las lagunas desaparecen de las simas montañosas, pero los cortados de vértigo bajan hasta el mar; al lado mismo de la población de Nordeste, forman miradores naturales admirables, como el de Ponta do Arnel, de vistoso faro al fondo del abismo.
Pero seguramente lo que más nos llamará la atención es Furnas y su entorno. Esa Lagoa rodeada de fumarolas, con cavidades donde los lugareños introducen las ollas con cocido a portuguesa y feijoadas, que lentamente se van haciendo a lo largo de la mañana (unas cinco horas), y que podemos degustar en los restaurantes de la población. Los charcos hirvientes en el mismo casco urbano, y las fuentes de agua con fuerte olor sulfúrico, muy gaseosa y ferruginosa, bebible y “milagrosa” en proporciones comedidas, son de un atractivo especial.


Furnas lo tienen “todo”: volcanes sobre volcanes, laguna inmensa, considerables simas, valles encajados de verdor restallante, termas, vapores de agua en ebullición que -nos contaban- surgen espontáneos e inesperados incluso en los corrales (quintales) de las casas, tranquilidad, y el tiempo cambiante de la isla: tan pronto llueve y hace frío, nos envuelven las nubes, como escampa y el sol calienta e invita a desprenderse de la ropa que hemos tenido que ponernos sucesivamente.
Una isla, en fin, de sorpresas; acogedora en sus gentes, en sus paisajes, en sus discretas poblaciones tan tranquilas. Un remanso de paz y de belleza.