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jueves, 30 de junio de 2016

DE CASTELO BRANCO A PUEBLA DE SANABRIA Y REGRESO (I)
DE CASTELO BRANCO A JERUSALÉM DE ROMEU, PASANDO POR MARIALVA
Castelo Branco. Detalle desde el castillo.
Castelo Branco. Esculturas reales del Jardim Episcopal.
Moisés Cayetano Rosado
Hacía varios años que no pasaba por Castelo Branco y siempre he tenido ganas de volver. Subir a las ruinas de su castillo bajomedieval (templario o de D. Dinis, que defensores de una u otra autoría existen). Ver desde su privilegiada altura el Convento de Nossa Senhora da Graça, del siglo XVI, reconstruido en el XVIII y desde hace más de 180 años sede de la Santa Casa da Misericórdia. Contemplar a su lado el Paço Episcopal, del siglo XVII, que fuera saqueado por las tropas francesas de Junot en 1807. Deslizar la mirada a la derecha, hacia el magnífico Jardim do Paço Episcopal, precioso jardín barroco, con un derroche de fuentes, escalinatas, parterres, setos, azulejería, esculturas, extraordinario: qué curiosas las pequeñas esculturas de los reyes de la dinastía Austria (Felipe I, II y III), así como de su antecesor el Infante D. Henrique, castigado también por propiciar la llegada de los “vecinos invasores”; pequeñas representaciones en granito frente a la grandeza de los demás reyes portugueses.
Jardim episcopal de Castelo Branco.
Desde este privilegiado lugar vemos también la Igreja de S. Miguel (la Sé Catedral), de origen románico, pero reconstruida en los siglos XVII y XVIII con alarde barroco-rococó. Igualmente, queda a nuestros pies el caserío de la ciudad y los alrededores, unos alrededores que nos invitan a seguir el viaje por esta Beira interior que nos reserva tesoros inabarcables. Así, la tentación de desviarnos a las aldeas históricas del este: Medelim, Monsanto, Idanha-a-Velha, Penha Garcia…; bordear la Serra da Estrela, parándonos antes en Castelo Novo y a los pies de la cadena montañosa en Covilha, subiendo por Vale Formoso y Belmonte hasta Guarda (¡no digamos internarnos por Manteiga y su valle glaciar, o bordearla por el noroeste, de pueblecitos deliciosos...
Pero esta vez dejamos atrás estos tesoros, que se multiplican al este y al oeste, para acercarnos hasta un pueblo que aún desconocía, a pesar de haberlo repasado tantas veces en historias, leyendas, estudios, fotos: Marialva, poco antes del Parque Arqueológico do Vale do Côa.
Marialva. Ciudad medieval preservada.
Marialva es una ciudadela medieval fascinante. No perturbada en su esencia por las reconstrucciones que en los años 40 del pasado siglo alteraron la autenticidad e integridad de tantas otras de Portugal, por aquel afán historicista, medievalista ideal de Salazar y sus asesores en patrimonio histórico-monumental. La ciudadela de los siglos XII y XIII, es una estampa ruinosa pero dignísima de lo que sería en los siglos XII y XIII una próspera, rica ciudad reciamente fortificada, sabiamente adaptada a las curvas de nivel del terreno, con plaza central en la que reina el Pelourinho y el silencio de los siglos, Torre del Homenaje con anillo fortificado alrededor y cuatro puertas de entrada, una en cada punto cardinal. La escasa población que la “guarda” está en las faldas del montículo donde se alza esta joya medieval, así como más abajo, acercándose a la carreta que nos lleva a Trás-os-Montes.
Torre del Homenaje de la fortaleza de Marialva.
En alguno de sus pequeños bares-restaurantes podemos saborear los productos de la tierra, queijos, enchidos, ensopados, el bacalhau a que tan aficionados somos “los del interior” y su delicioso “licor de vino” -blanco o tinto-, de leve dulzor y 20º, que nos ofrecen con garantía artesanal los productores.
Y en Trás-os-Montes, antes de llegar a nuestro destino programado (Bragança), nos vamos a acercar también a otra de estas aldeas profundas del interior de Portugal que hasta ahora no había pisado nunca: Jerusalém de Romeu, perdida entre montículos y como olvidada en el silencio de los pocos ancianos que la habitan.
Jerusalém de Romeu. Medievalismo renovado.
El caserío de granito, con los accesos de las casas en alto, llegándose a las puertas desde amplios escalones, se alterna con casas renovadas, producto sin duda de los ahorros de emigrantes que mantienen raíces con su lugar de origen y curan su nostalgia levantando segundas residencias que llenan de vida en las vacaciones estivales. Un mundo de flores, especialmente rosas, constituyen su principal señal de despertar a la vida renovada. De Jerusalém -una de las primeras “aldeias melhoradas” del tiempo de Salazar-, habría que destacar su afamado restaurante “Maria Rita”, que mantiene con celo la tradicional cocina transmontana, y el Museu das Curiosidades, con mobiliario, aparejos agrarios, automóviles antiguos, bicicletas… pacientemente coleccionados por su propietario.

De estas pequeñas aldeas (las visitadas y las insinuadas), y también del mismo Castelo Branco, nos llevamos a Bragança ese silencio de los siglos… que tampoco veremos alterado en el norte transmontano, ni en su vecina -más al norte- zona de Sanabria, a donde nos pensamos dirigir.

jueves, 3 de julio de 2014

EL RICO TESORO GEOMORFOLÓGICO DE LA ROCA DE LA SIERRA, ENTRE CÁCERES Y BADAJOZ
La Roca de la Sierra (pueblo donde he nacido y vivido ¡tantos años!), enclavada en las estribaciones de la Sierra de San Pedro, tiene una situación geomorfológica privilegiada, con un legado natural edafológico que constituye un notable tesoro.
A ello hay que unir su patrimonio histórico-artístico, que va desde magníficos dólmenes de los alrededores, al Monasterio de San Isidro de Loriana -hacia (y de) La Nava de Santiago-, del siglo XV; puente medieval interior e Iglesia Parroquial tardogótica-renacentista de finales del siglo XIV terminada en el XV (ambos poseen bien labrada sillería granítica, aparte de notable portada principal de la iglesia, de magnífica arcada, e impresionante nave-salón de bóveda de crucería y retablos barrocos), casas blasonadas, etc.
Presenta al Suroeste (hacia Badajoz) terrenos llanos, de sedimentos arcillosos miocénicos, con buenos pastizales y tierra de labor, de amplios horizontes visuales.
Al Norte (hacia Cáceres): terrenos montuosos, donde se encuentran afloramientos de pizarra y cuarcitas ordovícicas, densas de vegetación mediterránea: encinas, alcornoques, jara y romero, muy aptas para la ganadería ovina y porcina extensiva.
Al Este y Sureste (hacia La Nava de Santiago y Montijo), roca ígnea, plutónica, en suelos ondulados: se elevan al exterior formaciones graníticas, elevadas y muy erosionadas (“bolos”, “hongos”, “dorsos de ballena”…); amplios berrocales muy aptos  como materiales constructivos. Generosas dehesas, ofrecen asiento a ovejas y cerdos de montanera.
Al Oeste (hacia Villar del Rey), metamórfica pizarra, muy valiosa para tejados, suelos, aislantes, en terreno de cerro y monte (sobresaliendo el de Valdevilano). Abrupto territorio de caza mayor, con algunas zonas de olivar y buen terreno para cabras y ganadería bovina en libertad.
Alrededor, alguna roca ígnea, volcánica: duro basalto, así como  canteras metamórficas, de cuarcitas. Entre ellas, buena tierra de labor.
De todo se han aprovechado siempre los canteros, faenando en medio de sus dehesas de encinas y alcornoques, con rico sotobosque y corrientes erosivas de aguas torrenciales, retenidas en charcas legendarias.
Por cualquier lado, caminos de vistas formidables, que invitan al senderismo y a la contemplación. Con todo, lo mejor, su Dehesa Boyal, de buenos pastizales, regada por la ribera Lurianilla, de extensos y elevados berrocales graníticos, con formas variadas, de espectaculares “dorsos de ballena”, “hongos” y “bolos”.
De allí, las rutas hacia la zona de dólmenes y Convento de Loriana serpentean por su ribera, rica en fresnos y zarzamoras, con molinos de agua que conservan -especialmente recuperado el de su Dehesa Boyal en la zona donde se celebra la Romería de San Isidro-, su estructura central y conducción de agua en arco de ballesta.
Todo un goce para los sentidos, al alcance de las manos de cualquiera.

Moisés Cayetano Rosado

jueves, 29 de mayo de 2014

LA MAGIA DE ALBURQUERQUE
Moisés Cayetano Rosado
De Badajoz hasta Alburquerque hay 44 kms. de deliciosa campiña, en un principio regada por el río Zapatón que va paralelo y cercano a la carretera hasta Bótoa; luego, se espesa un encinar-alcornocal que asciende por cerros y sierras que, a partir del Puerto de los Conejeros, nos dejan ver al fondo la imagen majestuosa del castillo de Luna, como un enorme cirio levantado en la roca gigantesca en que se alza Alburquerque.
A un lado y otro, como guardianes del entorno, la Sierra del Puerto del Centinela y la Sierra del Castaño, nos muestran los efectos caprichosos de la erosión diferencial sobre el granito y la pizarra de distinta consistencia: es una de las vistas más bellas que nos sean dado contemplar.
La población, declarada Conjunto Histórico-Artístico, no sólo atesora el castillo roquero de Luna, construido a partir del s. XIV, junto a la mayor parte de lienzos, torres y puertas del recinto fortificado que envolvía a la antigua villa, sino también diversos salientes abaluartados del s. XVII, levantados a causa de los continuos conflictos con Portugal. Pero, sobre todo, hemos de añadir su delicioso barrio medieval de puertas y ventanas ojivales y adinteladas en recia piedra de granito: afortunadamente se encuentra en continuo proceso de restauración, tras anteriores actuaciones “modernizadoras” desafortunadas. Ello se completa con el sinuoso y estrecho callejero, sus vueltas, revueltas, plazoletas, cuestas, terraplenes...
Uniremos a todo esto la notable iglesia de Santa María del Castillo, dentro del mismo, románica del s. XII; la de Santa María del Mercado, del s. XIV, de buena estampa gótica, en la explanada occidental de las fortificaciones, y la parroquial de San Mateo, herreriana, del s. XVI, al lado del restaurado y revalorizado Ayuntamiento, que da a su vez a una espaciosa plaza rectangular en dos niveles donde siempre podremos hilvanar una charla sustanciosa con los acogedores habitantes de la ciudad... comer por la mañana unos churros excelentes... y más tarde tapear en sus bares.
Desde el castillo, las vistas a la villa y al amplísimo entorno son inigualables. Queda a sus pies la auténtica dehesa mediterránea occidental satisfactoriamente conservada, y prolongándose al norte sucesivas cadenas montañosas que forman la Sierre de San Pedro, sucedida en Portugal por las Serras de Marvão y de San Mamede, inigualables tesoros ecológicos, todo ello declarado Reserva Natural, que invitan a las excursiones a pie, en bicicleta de montaña o a lomos de caballo.

Alburquerque, con esa sabiduría que conservan los pueblos nobles y antiguos, sabe conjugar el arte, el respeto urbanístico y ambiental, la recuperación histórica (magnífico es su Festival Medieval de finales de verano, en el que todos sus habitantes participan), la vida sosegada y en relación amistosa permanente entre sí y con los vecinos de un lado y otro de la raya, con los tesoros de la buena cocina. Tómese en sus variados restaurantes la cocina de caza: venado en caldereta, venado en dos salsas, arroz con liebre, perdiz estofada, jabalí al horno... o cochinillo, o codillo de cerdo, o revuelto de criadillas de tierra, y verá como el premio al anhelado cielo nos llega al paladar. Todo sin olvidar el antes aludido tapeo por sus múltiples bares (váyase en la plaza al instalado en su restaurada y apenas retocada Ermita), de generosa y gustosa variedad. Recomendable resulta también comprar embutidos: lomos, chorizos, morcilla, mondongo... de cerdo ibérico, curados en estas sierras que multiplican el sabor natural, al que se unen sus fórmulas mágicas de preparación.

domingo, 18 de mayo de 2014

LA POUSADA “COLUMNADA Y VIDRIADA” DE MONSANTO
Moisés Cayetano Rosado
Resulta un poco fatigante tener que estar continuamente denunciando las anomalías y atentados que se cometen en el patrimonio histórico-artístico-monumental de nuestros mejores enclaves. Una muestra de esa recurrente llamada de atención puede ser vista en los siguientes enlaces:
Ahora vuelvo de un viaje más a esa joya del legado arquitectónico y natural extraordinario que es Monsanto, a aldeia mais portuguesa de Portugal, de la que ya he tratado con admiración en este mismo blog (http://moisescayetanorosado.blogspot.com.es/2013/12/de-monsanto-castelo-novodiamantes-en.html).
Contemplo de nuevo el armónico conjunto de casas de granito (donde a veces los cimientos son una parte de ese mismo inselberg en que se asienta), subiendo ladera arriba hasta casi el picacho en que está su castillo. Gran cantidad de paredes del caserío son esa misma roca erosionado del morro original. Y hasta algunas viviendas tienen como techo enormes pedruscos del mismo material, e incluso a una la llaman a casa de uma só telha, pues está coronada y protegida por un enorme bolo granítico, tan grande como ella.
El callejero es sinuoso, siguiendo las curvas de nivel y obligado por la disposición de rocas gigantescas. Mirado desde arriba, todo es granito natural o tallado en sillares, sillarejos; cubiertas de teja árabe a dos aguas y portalones de madera…
Pero ahí tenemos la nota disonante: el Hotel Pousada, con su fachada pétrea a juego, remarcados los bordes de cada pieza, que dan la sensación de pulidas a conciencia para que podamos pasar por ellas la lengua; muchos ventanales acristalados, un piso saliente aterrazado, con columnas pintadas de amarillo, cornisa de blanco e interior de enormes cristaleras. Sobresale en un “tercer escalón” el cuerpo cúbico -todo cristal encintado- del ascensor, dispuesto al exterior supongo que para que el cliente al subir y bajar admire el valle extenso, proterozoico, de los alrededores, vibrante de verdor, “sembrado” de pueblecitos apacibles y con la Serra da Estrela al noroeste.
¿Cómo es posible concebir, diseñar, aprobar, construir, e incluso puede que enorgullecerse de esta disposición de un elemento hostil, tan disonante en el paisaje urbano de uno de los pueblos más armónicos y preservados de toda la Península? ¿Por qué un borrón tan destacado en medio de una “escritura” tan bien rotulada, armonizada, por la naturaleza y por el hombre a lo largo de los siglos?

Ya sé: en tantos lugares existe esta desarmonía -y muchos la celebran y jalean-, que… ¡no podemos quedarnos atrás, sin arrimarnos a la corriente del progreso! Pero, ¿por qué no han dejado a Monsanto, aldea inmaculada, mais portuguesa que ninguna, al margen de esta escisión, que rompe y corrompe la integridad, excepcionalidad y autenticidad atesorada durante tanto tiempo?

miércoles, 26 de marzo de 2014

DE ARROYOMOLINOS A MONTÁNCHEZ, EL ASCENSO A LAS FUENTES DEL AGUA
Moisés Cayetano Rosado 
Del mismo modo que un paseo por la Serra d’Ossa, en el centro de Alentejo, nos llevaba a un tesoro de la naturaleza que, aun no siendo totalmente rayano, es frecuentado por los que viven en la Raia/Raya, deambular por la Sierra de Montánchez es como completar la “otra cara del espejo”, igualmente envidiable.
Y entre las muchas rutas que podemos hacer en busca de esos tesoros que una malentendida “desruralización” no ha conseguido eliminar -¡pese a su empeño!-, está una atractiva caminada entre Arroyomolinos y Montánchez, siguiendo precisamente la Garganta de los Molinos, que tras siete kilómetros ascendentes nos deja de la primera en la segunda localidad.
Inmediatamente que salimos por el noroeste de la primera, se nos presenta la imagen sucesiva de los molinos que nos sirven de guía en la ascensión durante más de tres kilómetros. Serán una treintena de construcciones, presentando una misma estructura, aunque varios han perdido algunos componentes, especialmente la casa de molienda, y otros han sido reconstruidos, pero dejados ya en lamentable abandono.
De origen romano en buena parte, ha ido completándose el conjunto hasta el siglo XIX, manteniéndose en uso hasta los años sesenta del pasado siglo. Su tipología viene dada por la pronunciada pendiente del valle, que facilita la caída del agua desde una charca de embalsamiento en cada uno, a la que sigue un recio canal que acaba en un brocal de pozo con profundidad de unos 4 metros hasta la piedra de moler, en el cuarto o casa de molienda.
El agua que sale de cada uno es aprovechada por el siguiente, en esa sucesión como de cuentas de un rosario, de la que vamos disfrutando siguiendo una empinada vereda sinuosa, a cuyos lados se aprieta el matorral de jaras y retamas, escobas blancas y amarillas, tomillo, esparragueras. Las conducciones están labradas en piedra de granito y el terminal circular parece suspendido en el aire, abierto siempre al valle como una garita descubierta de fortificación.
Cuando hemos ascendido a los últimos molinos, la visión hacia el sur nos descubre un impresionante paisaje de valle fluvial en “V” abierta -excavada por riachuelos, torrenteras-, de donde afloran bolos de granito a veces gigantescos. Y al fondo la explanada de Cornalvo, la espléndida dehesa de encinas y alcornoques que nos lleva hasta Mérida.
Más arriba de esta Gargantea de los Molinos, conforme ascendemos, se nos presenta otra obra humana levantada con el esfuerzo y el tesón increíble del que sabe sacar el mínimo producto a la tierra: bancales graníticos que más parecen amurallamientos sucesivos, apretados. Así crean rellanos que posibilitan la presencia de olivos muy cuidados, donde la naturaleza de por sí no lo permitirían, o al menos no iba a facilitar su explotación.
Aquí las veredas se han convertido ya en caminos empedrados, que facilitan el acceso motorizado y la explotación de huertos, regados por abundantes torrentes, manantiales y fuentes que brotan de continuo.
Subiendo un poco más, pasamos a un terreno remansado, prácticamente llano, amparado el camino por altos muros de piedra que delimitan pequeñas propiedades, en cuyo acceso encontramos portales monumentales, estructuras adinteladas techadas con lajas de granito y vigas de castaño, que albergan olivos, vides y plantaciones hortícolas en su interior.
Ya cerca de Montánchez, un bosque de castaños, apretados como si fuera una alameda, nos acompaña casi hasta la visión del castillo portentoso de la ciudad. El camino, umbrío, tiene en sus muros de granito pegados musgos, líquenes, ombligos de Venus… que le dan un aire irreal, como si fuera un paisaje elaborado por nuestra fantasía.
Y al final, coronando un picacho elevado a más de 700 metros sobre el nivel del mar, el castillo medieval, abrazado por el caserío encalado y de techumbres rojas, precedidos de más bancales que resguardan higueras, vides y olivos.
Arriba planean las águilas. Abajo vuelan oropéndolas, currucas, ruiseñores, picapinos. Deambulan deprisa por el sotobosque los mirlos y también alguna culebrilla. Montánchez nos aguarda con sus tentadores anuncios de jamones y chacinas envidiables, curados por el aire puro de la sierra.

Hay que lamentar, eso sí, que no esté bien cuidada la señalización de la ruta y que estén sometidos a sistemático abandono esos tesoros patrimoniales que constituyen los molinos en cascada, maltratados por el hombre y el tiempo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

VALENCIA DE ALCÁNTARA, PURA RAYA
Fortificación abaluartada, castillo medieval e Iglesia de Rocamador
Moisés Cayetano Rosado

El nombre de Valencia de Alcántara va especialmente unido a su fabuloso patrimonio de dólmenes neolíticos y al bellísimo barrio judío de portadas graníticas ojivales. Arropada por la Sierra de San Pedro al norte y al este, la Sierra de Alburquerque al sur y la Serra de Marvão al oeste, la población se eleva sobre una fabulosa masa granítica de la que han ido saliendo los sillares de sus construcciones.
Valencia es sin duda una ciudad y un espacio geográfico hechos para el paseo. Paseo por las calles, callejuelas, plazas y plazoletas de su casco antiguo, de su barrio medieval; paseo por los cerros y sierras de los alrededores, con sus enormes encinas y alcornoques, sus castaños, robles y nogales, sus bolos graníticos, dorsos pétreos de ballena, gigantescos pedruscos de todas las formas y disposiciones.
Una entrada al barrio gotico de Valencia de Alcántara
La visita urbana debe comenzarse por el citado barrio gótico-judío, derramado por diecinueve calles en las que se atesoran más de 200 portadas en las que reina el granito y los arcos ojivales, conservándose una sinagoga de arcos de medio punto peraltado y columnas de fuste cilíndrico muy similar a la portuguesa de Tomar, y todo ello de traza y ambiente parecido a la judería de Castelo de Vide.
Cristo atribuido a Berruguete en la Iglesia de Rocamador
Al este se encuentra la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Rocamador, de los siglos XV y XVI, declarada de interés histórico-artístico, en cuyo interior se guarda una hermosa tabla de Luis de Morales y una talla de Cristo crucificado atribuida a Berruguete, sobrecogedora en su retorcimiento expresionista.
Al lado mismo está el castillo, de enorme torre de homenaje, que data del siglo XIII y se encuentra reforzado por un recinto abaluartado de los siglos XVII y XVIII, con recios paredones, bien restaurado, aunque las casas adosadas en buena parte del conjunto le resta prestancia exterior. Lamentablemente, de la fortificación abaluartada que rodeaba toda la ciudad a comienzos del siglo XIX, apenas queda una puerta, un baluarte y restos de otro y de una cortina de murallas, pues arrasó con ellos la expansión urbana.
Valencia de Alcántara desde el castillo
De allí hemos de volver al centro de la población, llegando ahora a la Plaza Mayor, pavimentada en 1873 con piedras calcáreas traídas de Portugal, remodelada posteriormente, pero conservando el antiguo trazado en ondas a dos colores. Ahí se encuentra el Ayuntamiento, de amplio atrio con arcos de medio punto y columnas cilíndricas; el Mercado de Abastos; la iglesia gótico-renacentista de la Encarnación; el Palacio del Gobernador de la villa, y la antigua Prisión, que forman un conjunto de gran belleza y armonía.
Con todo lo esbozado y ser de suma importancia además su acueducto de origen romano, los conventos de Santa Clara y San Francisco, sus paseos ajardinados de las expansiones del sur y los múltiples caseríos y pedanías de los alrededores, hemos de destacar especialmente el patrimonio megalítico, del que se conservan en el término municipal 33 dólmenes graníticos y 8 de pizarra, además de varios castros y construcciones de falsa cúpula de la Edad del Bronce.
La excursión para verlos siempre es una delicia, subiendo entre rocas y espesa vegetación, por veredas y caminos bien asentados, serpenteantes. Hay señalizadas y bien atendidas varias rutas, cada una de las cuales lleva a unos cuatro o seis dólmenes, donde lo impactante de los monumentos funerarios se une a la rica vegetación y la amplitud de vistas paisajísticas.

Buche de cerdo
Un regreso a la población, tras las excursiones, nos lleva al primor de su gastronomía. No debemos marcharnos sin probar el buche de cerdo (sólo en primavera), las cachuelas, el frite de cordero, la chanfaina, el gazpacho (de verano) y las migas, sin olvidar los platos a base de caza mayor y menor, así como la variadísima repostería, de la que los fritos borrachos, las roscas, tortas de chicharrones y bollos de Pascua son “bocati di cardinali”.

jueves, 6 de junio de 2013



2013 JUNIO 6
por Moisés Cayetano Rosado
Paisaje de la Raya vista desde globo
          Desde el Minho portugués y la Galicia española, pasando por Tras-os-Montes, las Beiras y Castilla-León, descendiendo por Alentejo y por Extremadura, para acabar en el Algarve y Andalucía, todo un mundo fantástico de tesoros -unos naturales y otros moldeados por la mano del hombre- se nos ofrecen al alcance de la mano, al alcance de los ojos, del gusto, del olfato.

          Lo que es un macizo rocoso desgastado, primario, donde el granito aflora con sus grandes bolos y la pizarra crea espacios empinados de enormes hojas superpuestas, se ve suavizado por los depósitos de ríos que atraviesan la Raya remansados, acumulando sedimentos en lo que millones de años más atrás fueran entrantes marítimos que crearon plataformas calizas y marmóreas.

          El clima suave de la zona norte, de influencia atlántica, recrudecido en el centro por la influencia continental -salvo en los oasis montañosos-, se va mediterraneizando conforme descendemos hacia el sur, cambiando hayas, robles, nogales y castaños, por encinas y alcornoques, alternados con grandes pastizales, con jaras y romeros.

          Y en medio de ese paisaje: la huella humana de castros imponentes que ya presentan las orillas del Miño, o de los dólmenes que entre Beira y Castilla-León son abundantes, pero se multiplican en Alentejo-Extremadura, más los restos tartésicos abajo, siguiendo la desembocadura del Guadiana.

Elvas vista desde globo
          Por encima, dominante cerros y montes, el testimonio de los enfrentamientos medievales en castillos roqueros, que después se artillarían cuando los enfrentamientos hispano-portugueses de la Edad Moderna dan paso al nuevo sistema constructivo: el abaluartado. De nueva planta van a surgir nuestras mejores maquinarias defensivas, algunas de las cuales -como las fortificaciones de Elvas- han logrado la calificación de Patrimonio de la Humanidad, y otras preparan su candidatura, tan  adelantada en Valença do Minho, Almeida, Ciudad Rodrigo, Marvão, y con satisfactorios avances en Badajoz, Olivenza, Castro Marim, etc.

          Hay, también, en esta Raya, un patrimonio monumental religioso de alto valor histórico y artístico, que en el conventual de Alcántara alcanza una grandeza extraordinaria, pero que no es menor su valor en las increíbles iglesias de pueblos -hoy pequeños, semidespoblados- que en su día fueron puntos cruciales en el desarrollo de las órdenes militares, tan importantes durante y después de la reconquista cristiana, con la repoblación del territorio fronterizo.

Vista de Trujillo. Castillo y torres.
          En medio de tanta variedad geomorfológica, de toda esa carga histórica con su legado artístico, no es menor tesoro el gastronómico, que brevemente es marítimo en las puntas norte y sur, para desarrollar una variedad creativa extraordinaria en los cereales de secano -donde se hacen “milagros” con el pan-, los productos hortícolas, la oveja y el cerdo en todo el amplio resto, totalizando el conjunto más de mil doscientos kilómetros de frontera.

          La aventura de conocerla, de vivirla, es un apasionante reto lleno de sorpresas, un goce que implica a todos los sentidos.