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jueves, 29 de junio de 2017

De Las Batuecas y la Peña de Francia a la Sierra de Gata pasando por Coria, Ciudad Rodrigo y Almeida (y V)
DE CIUDAD RODRIGO A LA SIERRA DE GATA
Como llegamos a Ciudad Rodrigo al atardecer, lo mejor es dar una vuelta por el paseo de ronda de sus murallas, y al hacerse de noche bajar a los glacis, para realizar el mismo recorrido desde el exterior. Saldremos por la Puerta del Sol, al este, dirigiéndonos hacia el sur, camino del castillo, observando el manso discurrir del río Águeda, que sirvió de “antemuralla”, por su propia presencia y por la cortadura que ha cavado hacia la población; pasado el castillo, podemos salir por la Puerta de la Colada, protegida por barbacana cuadrada, que baja al río. A continuación comienza la parte más fortificada, abaluartada en redientes con amplios glacis que ocupan todo el oeste, el norte y el este de la ciudad.
Siendo su catedral románica de transición al gótico -con altanera torre del siglo XVIII- todo un espectáculo de formas ojivales y estrelladas, con riqueza escultórica asombrosa, la iluminación de la noche desde los glacis la convierte en una hermosa nave que surca el adarve con troneras, lo rebasa y corona en blanco deslumbrante el paseo de ronda que previamente nos sirvió de mirador.
Ciudad Rodrigo es una ciudad espectacular, por su monumental Plaza Mayor, presidida por elegante Ayuntamiento renacentista; palacios, iglesias y conventos; el Castillo de Enrique II de Trastámara de finales del siglo XIV (hoy lujoso Parador), con torre caballera de un siglo después; las murallas del siglo XII, con más de dos kilómetros de longitud, a la que en el siglo XVIII se le adelantan los redientes artillados.
Y espectacular son también su farinato (embutido de miga de pan, grasa y carne de cerdo, pimentón y especias) con huevos fritos, sus patatas meneás, la chanfaina y el hornazo, por no hablar de su repostería de mazapán, floretas y obleas, sin olvidar las perronillas y mantecados.
Bajar de allí a la Sierra de Gata, al oeste de nuestros primeros destinos, es sumergirse otra vez en el paraíso de los robles, encinas y castaños. Media docena de pueblos esenciales deberían constituir nuestro recorrido: al norte, San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno, los “pueblos de la fala” (la lengua romance del subgrupo galaico-portugués), que podemos oír al menos a los más mayores en el remanso de sus plazas porticadas; más al sureste, Trevejo, Hoyos y Gata, con el tiempo igualmente detenido en su legado medieval y sus costumbres.
En San Martín de Trevejo corre el agua limpia por las calles -en intencionadas hendiduras-, que los propios vecinos “orientan” con barreras vegetales y piedras para que discurra bajando una u otra calle, con destino al riego de sus diversas huertas.
Y en su hermosa plaza nos refrescamos, bajo los soportales de bares y oímos a parroquianos mezclando el castellano con la “fala” en un hablar pausado, que no necesita de las prisas en este mundo reducido, autosuficiente en su humildad.
Después, en Hoyos, su Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Buen Varón nos dará una resumida lección de sucesiones estilísticas, mostrándonos el románico su portada principal, otra el gótico inicial y una más el gótico florido, además del renacentista de su torre, y si entramos en el interior el barroco de un retablo atribuido a José de Churriguera.
En Hoyos sería asesinado por los franceses el 29 de agosto de 1809 el obispo de Coria, Juan Álvarez de Castro, lo que se conmemora en un panel de azulejos policromados, levantado a la entrada del pueblo en el bicentenario de su muerte.
Desde Hoyos, tras comer de nuevo deliciosamente (ahí va una sugerencia: mojo de bacalao, crepes de boletos a la miel de la Sierra, caldereta de cordero, cochinillo al adobo extremeño, migas, biscuit de higos o boletus y tarta queso), bajamos para empalmar de nuevo con la carretera que tomamos en Coria subiendo nuestra “escapada”. Sencilla y provechosa, con muchas posibilidades de ampliación, pero suficiente para un pequeño respiro, siempre tan gratificante.

Moisés Cayetano Rosado

miércoles, 28 de junio de 2017

De Las Batuecas y la Peña de Francia a la Sierra de Gata pasando por Coria, Ciudad Rodrigo y Almeida (IV)
OBJETIVO ALMEIDA CON PARADA EN SIEGA VERDE Y FUERTE DE LA CONCEPCIÓN
Dejando el paisaje de sierras, subimos por el noroeste hasta Ciudad Rodrigo, donde merece pernoctar al menos una noche, haciendo de la ciudad “cuartel general de sus alrededores”, como lo hicimos de La Alberca al venir desde Coria y desenvolvernos por los pueblos de la repoblación borgoñona. Dos noches en casa rural en este último caso; una noche en hotelito al lado de una de sus puertas fortificadas ahora.
Pero de mañana dejamos atrás la ciudad para seguir un poco más arriba hasta Siega Verde, zona arqueológica Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el 2010, como extensión de su vecina del Valle del Côa, con quien comparte el testimonio rupestre de grabados del Paleolítico Superior.
En su centro de interpretación -al pie mismo de la carretera que lleva desde Ciudad Rodrigo a Almeida, a mitad de camino- se pueden ver paneles informativos y un vídeo introductorio que son la antesala de una visita provechosa al otro lado de esa misma carretera, en las orillas del río Águeda.
Un guía bien informado, arqueólogo de larga experiencia, nos va ilustrando sobre las rocas grabadas, algunas verdaderamente fascinantes. Extraordinariamente bien preservadas. Realizadas con técnicas de grabado inciso y de piqueteado, vamos viendo representaciones de équidos, bóvidos, cápridos y cérvidos, además de signos abstractos, algunos superpuestos con una especie de “horror vacui” que presagia un barroco obsesivo. El realismo de las representaciones es fantástico, de un detallismo minucioso, con lo que hasta los no iniciados podrían distinguir si la silueta grabada es de una cebra o un caballo, un uro o un bisonte, que anduvieron por la zona hace entre 20.000 y 10.000 años.
De allí nos acercamos a la fortificación portuguesa de Almeida, no sin antes detenernos en el Fuerte de la Concepción, al lado de la población española de Aldea del Obispo, casi a un “tiro de piedra”.
El Fuerte de la Concepción tiene una grandeza increíble. Reconstruido entre 1730 y 1735 sobre otro anterior de 1663 (demolido un año después, tras la Batalla de Castelo Rodrigo), ahora acoge en su cuerpo principal, estrellado con cuatro grandiosas puntas abaluartadas, un hotel con encanto, que distribuye sus habitaciones, estancias comunes y comedor en casernas alrededor de un patio central, en tanto la recepción se encuentra en el revellín de acceso a la puerta principal.
Por camino cubierto, el Fuerte comunica con unas Caballerizas curvadas, de dos pisos (inferior para los animales y superior para tropa), con troneras en la terraza. El camino prosigue hasta un Reducto o fortín sobre padrastro con forma casi de hornabeque. Todo ello sufriría graves voladuras intencionadas (como la vez anterior), por orden del general inglés Robert Crawford -que lo había tomado- a mediados de 1810, para que no pudieran utilizarlo los franco-españoles. La restauración ha respetado el estado en que quedó el monumento, en un acertado trabajo que debe tomarse como ejemplo de actuación sobre el patrimonio histórico-monumental.
Y bien, de allí, ir hasta Almedia vuelve a ser un “paseo”. Paseo más que gratificante ante la monumentalidad admirable, de un tratamiento restaurador ejemplarizante. Esa fantástica “estrella irregular de seis puntas”, con otros tantos baluartes y revellines, y dos puertas de entrada (de Santo Antonio y San Francisco), es uno de los monumentos fortificados mejor conservados y tratados de la Península, y uno de los mejores ejemplares de fortificación estrellada del mundo.
Iniciada su construcción en 1641, recibirá sucesivos aportes en ese siglo y el siguiente, hasta convertir la fortaleza en una plaza inexpugnable, enriquecida en su interior por magníficas instalaciones militares, entre las que destaca su Quartel das Esquadras (de 1736-1750), el Corpo da Guarda Principal (1790; actual Câmara Municipal), la Casa dos Governadores (finales siglo XVII; actual Palacio de Justicia), las Casamatas o Quartéis Velhos (actual Museo Militar); Casas da Guarda dos revelines das portas de entrada (aprovechados como Puesto de Turismo el de S. Francisco y Centro de Estudios de Arquitectura Militar el de S. Antonio), y el Trem da Artilharía (del siglo XVII, y actual Picadero).
Son de admirar también los restos de su Castelo (de los siglos XIII-XIV/XVI), arruinado a causa de una tremenda explosión del polvorín instalado allí el 26 de agosto de 1810. No obstante, es admirable su planta cuadrangular irregular, el profundo foso, con escarpa y contraescarpa de cantería, y cuatro torres artilleras en los ángulos de planta circular.
Antes de volver sobre nuestros pasos para pernoctar en Ciudad Rodrigo (e incluso antes de hacer la visita por Almeida, porque hay que reponer fuerzas), tenemos una tentadora oferta culinaria en los restaurantes de sus glacis, previos a la Puerta de S. Francisco. Estupendo su cabrito o su cordero na brasa, pero la carta es generosa y podemos pasar a extraordinarios bacalaos, tanto asado como “dorado”, pulpo no forno, arroz de marisco, cozido à portuguesa… El vino tinto, siempre deseable, como sus postres caseros de galletas, bizcocho… chocolate, nata y hojaldre, para chuparse los dedos.
Otra “tentadora oferta”, cuando retornamos, es hacerlo por Vilar Formoso, que en su estación de ferrocarril tiene uno de los conjuntos de paneles de azulejos del siglo XX más extraordinarios de Portugal, representando significativos monumentos, paisajes y escenas costumbristas.

Moisés Cayetano Rosado

martes, 5 de julio de 2016

DE CASTELO BRANCO A PUEBLA DE SANABRIA Y REGRESO (IV)
Torre de la Iglreja Matriz de Moncorvo
ARTE RUPESTRE PALEOLÍTICO EN LA FRONTERA: DE FOZ CÔA A SIEGA VERDE

Moisés Cayetano Rosado

Impresionan los 30 metros de altura de la Igreja Matriz de Torre de Moncorvo. Su construcción duró casi un siglo, de principios del XVI a primeros años del XVII, y destacan en su fachada principal el bello pórtico renacentista y su enorme torre que le da verticalidad a un conjunto extraordinariamente extenso, en cuyo interior sobresalen los múltiples retablos de talla dorada.
Torre de Moncorvo, deliciosa vila de sur de Tras-os-Montes, nos sirve de reposo -en la “Casa Da Avó” sorprende el moderado precio para alojarse y desayunar de una manera deliciosa en casa señorial con muebles palaciegos-, antes de meternos en la “máquina del tiempo” que nos ofrece el vecino Vale Foz Côa, clasificado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en 1998.
Sus grabados rupestres al aire libre, se cuentan por centenares, tal vez millares -muchos bajo las aguas del fondo del gran valle-, y representan fundamentalmente caballos, venados, cabras y bóvidos de gran precisión en el trazado, admirable realismo y una superposición de grabados, que son como páginas de un libro de Prehistoria escritas en la misma lámina. La datación, dentro del Paleolítico Superior, va de hace 22.000 a 10.000 años, lo que los convierte en una de las actividades humanas más antiguas de las que se tiene constancia en el mundo.
Los núcleos fundamentales para realizar visita a este legado (siempre guiada por personal especializado) son la Canada do Inferno (en la margen izquierda de Rio Côa), la Ribeira de Piscos (en Muxagata) y Penascosa (en la margen derecha del río).
Esta última estación arqueológica es la que ofrece más claridad en la visión de las muestras rupestres, a las que se accede desde el Centro de Recepción de Castelo Melhor, freguesia de Vila Nova de Foz Côa, de apenas 200 habitantes.
Castelo Melhor
En lo alto de un monte que le protege conserva los restos de un castillo de defensa del territorio de Ribacôa, con antecedentes de castro prerromano y construcción bajo el reinado de D. Dinis, tras el Tratado de Alcañices de 1297. Sería ampliado bajo el reinado de don Fernando (1365-1383) y artillado durante la Guerra de Restauração, para después pasar a la ruina y el olvido, pero ofreciéndonos hoy en día una impresionante estampa mientras se aguarda el viaje hasta la estación arqueológica de Penascosa, que se efectúa en coche todoterreno, por un paisaje intrincado de bellas panorámicas de viñedos plantados en bancales hasta coronar los cerros de los alrededores.
Viñedos del Alto Douro
Foz Côa-Siega Verde
Penascosa. Foz Côa
Impresiona ver los múltiples grabados en las rocas pizarrosas, utilizando las técnicas de percusión (golpeando a manera de cincel y martillo) y abrasión (desgaste por rozamiento), logrando las primeras figuras de gran definición, y más diluidas las segundas, pero cargadas de matices para un “ojo” educado en encontrar los misterios de estos admirables artistas paleolíticos.
De aquí merece acercarse “al otro lado de la Raia/Raya”, hacia el sureste, en la provincia de Salamanca, hasta Siega Verde, yacimiento arqueológico “hermano”, calificado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2010, como extensión de Foz Côa.
Sitio de arte rupestre prehistórico de Siega Verde, España.
El yacimiento español ofrece testimonios similares, habiéndose llegado a catalogar más de quinientos grabados, en las orillas del río Águeda. El acceso también ha de hacerse con personal cualificado. Pero la cercanía de la estación arqueológica al puente que salva al río en la carretera de Castillejo de Martín Viejo a Villar de la Yegua es tal que los grabados que se visitan están precisamente a un lado y el otro de dicho puente, por lo que la entrada desde el Centro de Recepción (allí mismo ubicado) se hace a pie.

¡Y que cerca de Siega Verde queda una escapada a las monumentales Almeida y Ciudad Rodrigo, en Portugal y España respectivamente, rodeadas a la vez de otra poblaciones monumentales de gran patrimonio medieval y moderno, como Castelo Rodrigo y Castelo Mendo al norte y sur respectivamente de Almeida (sin olvidar el cercano Vila Formoso, cuya estación de ferrocarril tiene una de las azulejerías más hermosas de Portugal), y San Felices de los Gallegos y Aldea del Obispo (con su Fuerte de la Concepción) al noroeste de Ciudad Rodrigo!