miércoles, 19 de septiembre de 2012


REVESTIR DE AUTORIDAD A UN MISERABLE

Por MOISÉS CAYETANO ROSADO
Hice el servicio militar obligatorio en Las Palmas de Gran Canaria, y tenía entonces veintiún años. Bastantes comparado con los cabos de segunda, voluntarios, que nos “puteaban” cuanto podían en la Escuadrilla del Cuartel de Aviación; con sus 18 años, se creían muchos de ellos generales de la Gestapo, cuando sabíamos que se hicieron militares voluntarios porque así se libraban de hacer la “mili a sorteo”, con el peligro de que les tocase la Península, algo que les aterrorizaba.
Algunos llegaban incluso a cabos de primera y entonces parecían Mariscales de Campo, pavoneándose por los dormitorios, buscando a quien castigar. En la calle, de paisano, eran lo que llamábamos “unos mierdas”, pero te la guardaban para el cuartel a poco que pudieran.
Este fenómeno de tiranía, al revestir de autoridad a un miserable, se daba frecuentemente con los judíos encargados de los barracones de otros desgraciados apresados por los nazis. Peor incluso que los policías de las SS, según testimoniaron algunos supervivientes.
De pequeño, en la escuela, viví algo similar: los alumnos encargados “del orden” por el profesor cuando se ausentaban eran extremadamente crueles. Unos perros fieles a los maestros más déspotas, que repartían mamporros sin compasión ni justificación alguna, librándose los “pelotas”.
Y lo he comprobado igualmente en muchos campos: profesionales y políticos, principalmente. Así, algunos compañeros míos aupados a la autoridad de jefecillos pasaban a ser unos auténticos estúpidos, intransigentes, cancerberos; pero a la vez serviles con los que estaban por encima, babosos, ceremoniosos, almibarados hasta la repugnancia, para mantenerse en el mandillo.
No digamos en política: aquel que incluso fuera compañero de peligros y fatigas, al ser nombrado para un puesto de figuroneo ya dejaba de estar disponible, siempre reunido -según su secretaria- si lo llamabas por teléfono o intentabas consultarle. ¡Y no digamos si lo tenías de superior jerárquico! Envarado, todo tieso, dispuesto a pisar al más fraternal de los antiguos compañeros, con tal de mostrar su miserable autoridad.
¡Ah! ¿Pero y al perder el pedestal? Otra vez quieren volver a la sencillez y a la campechanía, al buen rollo de viejos compañeros, camaradas, amigos de toda la vida. El cabo de segunda, el vigilante de hombres o de alumnos, el director o jefe de este o de aquel negociado, el político ilustrísimo sin lustre y sin ilustración…
¿Qué hacer con semejantes individuos? Muchas veces, los que éramos soldados bajo el mando de semejantes desgraciados, pensábamos en vengarnos dándole dos sopapos cuando se acabara nuestro período militar (valga para los otros al ser desposeídos de sus plumas de pavo real). Pero eran ganas de mancharse las manos de mocos y lágrimas de lloros. Mejor es condenarlos al desprecio; que mascullen aislados su miseria para toda la vida.

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