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lunes, 4 de noviembre de 2013

VALENCIA DE ALCÁNTARA, PURA RAYA
Fortificación abaluartada, castillo medieval e Iglesia de Rocamador
Moisés Cayetano Rosado

El nombre de Valencia de Alcántara va especialmente unido a su fabuloso patrimonio de dólmenes neolíticos y al bellísimo barrio judío de portadas graníticas ojivales. Arropada por la Sierra de San Pedro al norte y al este, la Sierra de Alburquerque al sur y la Serra de Marvão al oeste, la población se eleva sobre una fabulosa masa granítica de la que han ido saliendo los sillares de sus construcciones.
Valencia es sin duda una ciudad y un espacio geográfico hechos para el paseo. Paseo por las calles, callejuelas, plazas y plazoletas de su casco antiguo, de su barrio medieval; paseo por los cerros y sierras de los alrededores, con sus enormes encinas y alcornoques, sus castaños, robles y nogales, sus bolos graníticos, dorsos pétreos de ballena, gigantescos pedruscos de todas las formas y disposiciones.
Una entrada al barrio gotico de Valencia de Alcántara
La visita urbana debe comenzarse por el citado barrio gótico-judío, derramado por diecinueve calles en las que se atesoran más de 200 portadas en las que reina el granito y los arcos ojivales, conservándose una sinagoga de arcos de medio punto peraltado y columnas de fuste cilíndrico muy similar a la portuguesa de Tomar, y todo ello de traza y ambiente parecido a la judería de Castelo de Vide.
Cristo atribuido a Berruguete en la Iglesia de Rocamador
Al este se encuentra la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Rocamador, de los siglos XV y XVI, declarada de interés histórico-artístico, en cuyo interior se guarda una hermosa tabla de Luis de Morales y una talla de Cristo crucificado atribuida a Berruguete, sobrecogedora en su retorcimiento expresionista.
Al lado mismo está el castillo, de enorme torre de homenaje, que data del siglo XIII y se encuentra reforzado por un recinto abaluartado de los siglos XVII y XVIII, con recios paredones, bien restaurado, aunque las casas adosadas en buena parte del conjunto le resta prestancia exterior. Lamentablemente, de la fortificación abaluartada que rodeaba toda la ciudad a comienzos del siglo XIX, apenas queda una puerta, un baluarte y restos de otro y de una cortina de murallas, pues arrasó con ellos la expansión urbana.
Valencia de Alcántara desde el castillo
De allí hemos de volver al centro de la población, llegando ahora a la Plaza Mayor, pavimentada en 1873 con piedras calcáreas traídas de Portugal, remodelada posteriormente, pero conservando el antiguo trazado en ondas a dos colores. Ahí se encuentra el Ayuntamiento, de amplio atrio con arcos de medio punto y columnas cilíndricas; el Mercado de Abastos; la iglesia gótico-renacentista de la Encarnación; el Palacio del Gobernador de la villa, y la antigua Prisión, que forman un conjunto de gran belleza y armonía.
Con todo lo esbozado y ser de suma importancia además su acueducto de origen romano, los conventos de Santa Clara y San Francisco, sus paseos ajardinados de las expansiones del sur y los múltiples caseríos y pedanías de los alrededores, hemos de destacar especialmente el patrimonio megalítico, del que se conservan en el término municipal 33 dólmenes graníticos y 8 de pizarra, además de varios castros y construcciones de falsa cúpula de la Edad del Bronce.
La excursión para verlos siempre es una delicia, subiendo entre rocas y espesa vegetación, por veredas y caminos bien asentados, serpenteantes. Hay señalizadas y bien atendidas varias rutas, cada una de las cuales lleva a unos cuatro o seis dólmenes, donde lo impactante de los monumentos funerarios se une a la rica vegetación y la amplitud de vistas paisajísticas.

Buche de cerdo
Un regreso a la población, tras las excursiones, nos lleva al primor de su gastronomía. No debemos marcharnos sin probar el buche de cerdo (sólo en primavera), las cachuelas, el frite de cordero, la chanfaina, el gazpacho (de verano) y las migas, sin olvidar los platos a base de caza mayor y menor, así como la variadísima repostería, de la que los fritos borrachos, las roscas, tortas de chicharrones y bollos de Pascua son “bocati di cardinali”.

martes, 26 de febrero de 2013


COMER CON BUCHE
Buche dispuesto para cocer
Moisés Cayetano Rosado
Ahora, en tiempo de Cuaresma, comemos en muchos pueblos de la Raia/Raya luso-española, el “buche”. Una mezcla de costillas, orejas, lengua, rabo, tripas… de cerdo, que -condimentada con pimentón rojo- se introduce en el buche del animal sacrificado; bien atada la tripa, se pone a secar durante unos días.
Hay muchas formas de preparar este suculento, nutritivo y bastante potente manjar. Muchos lo prefieren con coles, otros con sopa de pan espeso, o con garbanzos…, pero a mí me gusta simplemente cocido, sin otro aditamento, puesto en la olla tras quitar la piel envolvente, hasta que se reblandece.
Una comida tan rotunda, propia de campesinos que gastan abundantes energías en el duro trabajo de las faenas agro-ganaderas, ligada a las matanzas familiares de esos tiempos que ya se nos escapan, exige buen estómago y ganas de hacer ejercicio para librar después las calorías acumuladas; al menos un largo paseo que nos libere en parte del colesterol…
Quesos/queijos; aceitunas/aceitunhas, de entrada.
Lechuga/alface rizada; aceite, vinagre y sal.
En esta raia/raya nuestra, tan sabia en tantas cosas, y especialmente en materia culinaria, suele precederse la ingesta del buche con unas entradas de queso (¡qué maravilla los pequeños queijos alentejanos o los algo mayores extremeños, de oveja merina, bien curados!) y aceitunas rajadas o machadas. Los bocados de carne se “suavizan” con alguna verdura que refresque la garganta, preferiblemente lechuga/alface rizada, preparada con aceite, vinagre y sal.
Pão alentejano
Todo lo anterior se degusta mejor con un buen pan espeso, rústico, de pueblo, hecho en horno de leña, a la manera antigua, con una miga bien compacta y corteza resistente. Ese pan que se hacía en los hornos familiares o comunales para toda la semana e impregnaba de aroma al pueblo entero.
Sobremesa
Para acabar, unos dulces de la tierra, donde no falte en su composición la almendra, el huevo, harina de trigo, azúcar, y -a poder ser- unas ameixas/ciruelas pasas acompañando el biscoito/bizcocho.
Bebidas da Raia/Raya
Todo ello, claro, hay que “regarlo”. Vino tinto de la Ribera del Guadiana, las Villuercas, o de la planicie alentejana, contribuyen a que se “aclare” la garganta. Y para “deshacer” esa especie de bomba a que el buche se parece, aguardiente/bagaço compartido con un café cargado -uma bica- o una infusión de hierbas, um chá (yo lo prefiero de limón/limão).
Es curioso que este producto rayano sea tan poco conocido a media que te apartas de la zona fronteriza. Y siempre resulta un agradable hallazgo para aquellos que tienen la suerte de descubrir este pequeño secreto campesino que en el territorio luso-español, tan herido de luchas y de confrontaciones, supuso un punto de unión que bien merecería ser conmemorado con fiestas populares y de hermanamiento.
Comer con buche. Convivencia alrededor de un buche, con amigos, vecinos, compañeros, festejando la vida sencilla y tan rica del territorio compartido en la frontera.