Mostrando entradas con la etiqueta Francia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francia. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (IV)
ATRAVESANDO LOS PIRINEOS ORIENTALES
Conducir por Barcelona es un placer. Esas avenidas y calles tan anchas, con semáforos que parecen dispuestos siempre a abrirse conforme vas llegando; esa visibilidad tan espectacular que ofrecen los chaflanes de las manzanas edificadas; esas enormes plazas con precisos indicadores de marcha… Así, partiendo de la Plaza de España -al suroeste-, vamos dejando atrás, por la Gran Vía de las Corts Catalanes, todo el Casco Antiguo y enfilamos en la Plaza de las Glòries Catalanes (donde contemplamos la grandiosa Torre AGBAR) la Avenida de la Meridiana, para salir al noreste camino de Gerona, sin sentir el stress circulatorio de otros grandes cascos urbanos.
Ya en Gerona, merece hacer una parada aunque sea mínima para acercase a su envidiable, dinámico y artístico casco histórico, donde el callejeo es una delicia. Los rincones, pasadizos, placitas, caserío en general, son un remanso de paz y de tranquilidad. Y la catedral, subida en el gran pódium que antecede una interminable escalinata, nos recibe con su portada-retablo: barroco de múltiples columnas y hornacinas, presidias por el gran óculo de su rosetón coronado, con el rótulo del año central de la construcción: 1733.
¿Qué decir también de sus espléndidas murallas carolingias, del siglo IX, las más extensas de Europa, paseables en su camino de ronda, y con base romana reconocible en muchos tramos? ¿Y de sus múltiples iglesias de torres airosas, gigantescas? ¡Lástima que no nos coja a la hora de comer, porque en sus terrazas y restaurantes podemos saborear una escudella (comido típico catalán), guisos, pucheros y estofados de ternera y cordero, con buenos complementos de las huertas cercanas, que nos quitan las prisas de momento!
Un pequeño contratiempo: no tomé nota del lugar donde aparcamos el coche, creyendo conocerlo, y nos costó algún rato y apuros dar con él. Y es que siempre hay que anotar el lugar donde se deja uno el vehículo, en lugares poco conocidos.
Pero hay que seguir y pasamos al lado de Figueres: otra tentación, y no solo por todo el legado de Dalí sino por ese fuerte sin igual que es el Castillo de Sant Ferran, de mediados del siglo XVIII, el más gigantesco de la Península y obra cumbre de la ingeniería militar de toda la Edad Moderna. De largo vemos su imponen silueta agazapada, como corresponde a todo fuerte enfrentado a la potente artillería del momento.
Allí hay que optar para atravesar los Pirineos: o al extremo oriental, por Portbou-Cerbère, o un poco más al interior, por La Jonquera-le Perthus. Decidimos hacer una ronda circular, entrando por el primero, para salir después por el segundo. Y así, enfrentamos las curvas y recurvas litorales, que nos dejan contemplar los bellísimos paisajes del Mar Mediterráneo; éstos no nos abandonarán hasta llegar a Collioure, la pequeña comuna francesa donde falleció, exiliado, el poeta español Antonio Machado, enterrado en su cementerio.
Es Collioure un pueblo apacible, crecido desde el fondo del valle hacia los montes de sus alrededores, y regalado por una playa concurrida, festiva y rodeada de fortificaciones, como corresponde a una población clave en la frontera franco-española, tan agitada en todos los tiempos, especialmente en los modernos. Admiramos dificultosamente sus vistas, porque resulta complicado encontrar aparcamiento: es lo que tienen las poblaciones encajadas en valles que desembocan en el mar, pero merece el riesgo de una parada comprometida…
A partir de ahí todo es remembranza de exiliados españoles, que un poco más arriba tienen recuerdos de escalofrío, en la vecina Argelès-sur-Mer. En su playa fueron recluidos y cercados por alambre de espinos -custodiados por tropas coloniales marroquíes y senegalesas de trato brutal- más de 100.000 de los 550.000 refugiados republicanos que huyeron de España en 1939, perseguidos por el terror, las bombas, la metralla de los vencedores de la guerra.
Precisamente entramos a Francia por uno de los pasos que más frecuentaron estos desafortunados: Portbou, y retornamos por la otra “gran puerta de entrada”: la Jonquera.
Pero en ese camino de vuelta, tras llegarnos hasta Perpignan, paramos casi en la mismísima frontera: en el Fuerte de Bellegarde (en lo alto de le Perthus), imponente construcción de finales del siglo XVII, de gran cuerpo central pentagonal alargado y amplio reducto adelantado hacia España, comunicados ambos por camino cubierto. Pasando de manos españolas a francesas en los siglos XVII y XVIII, fue durante la II Guerra Mundial cárcel de la Gestapo. Desde esta elevación pirenaica, las vistas hacia España y Francia son extraordinarias: todo verdor, montes y valles, exuberancia y tranquilidad en lo que un día fue tanto sufrimiento, dolor, humillación.
Bajando el puerto, el hambre nos hace aparición, porque había sido un día de bocadillos y chucherías. Mis nietos reivindican algo más contundente, que obtenemos en uno de los múltiples restaurantes rayanos.
No era hora de “tomar posesión” de un self service con 175 platos a elegir (¡o tomar de todos!), pero el chuletón de 400 gramos y los bistec de 300 gramos que nos ofrecen (más surtido de setas, patatas y huevos fritos, chorizo, ensalada…) no están mal… ¡aunque no sobraron más que los huesos! No obstante, Moi y Marco tomarían buena cuenta de salchichas alemanas, alitas de pollo y algunos aditamentos en el restaurante que descubrimos al lado de la estación de metro de Plaza del Centre (aledaño a nuestro alojamiento y cercano a la estación de Sants), regentado por chinos y servido por indios y magrebíes.
Entre una y otra refección, en la Plaza de España pudimos contemplar ese espectáculo único que ofrece la Fuente Mágica de Montjuïc y sus complementos de fuentecitas y cataratas: música, juegos de colores y movimientos artísticamente acompasados, que son la admiración de todos y embobamiento de neófitos.

Moisés Cayetano Rosado

jueves, 21 de abril de 2016

REFUGIADOS, EL MUNDO DEL DOLOR Y DE LA INCOMPRENSIÓN

Moisés Cayetano Rosado
Doctor en Geografía e Historia

En el tomo III de 2007 de la Revista de Estudios Extremeños publiqué un extenso trabajo sobre el exilio extremeño en México, en colaboración con el dirigente socialista y sindicalista Antonio Rodríguez Rosa, exiliado en aquel país, tras la Guerra Civil española de 1936-39.
Por los testimonios de este histórico republicano, los otros muchos que recogí entonces y la bibliografía y documentación que consulté, pude palpar el dolor de aquellos refugiados, huidos a través de la frontera con Portugal, el norte de África y, principalmente, por los Pirineos hacia Francia.
¿Qué les esperaba en las tierras de “acogida”? En el Portugal salazarista de entonces, la más que probable devolución a la España franquista. En el norte de África dominada por Francia y en este mismo país vecino (a donde se dirigió casi el 90 % de los más de 500.000 exiliados), las condiciones más penosas de miseria, incomprensión y dolor.
Isidro Fabela, diplomático mexicano, denunciaba en un extenso informe de 1939: “En Argelès (sur de Francia) se concentraron aproximadamente 100.000 hombres. Esta enorme avalancha humana quedó instalada frente al mar, sin otro límite que la playa y una cerca de alambre con púas fijadas en una extensión de dos kilómetros y medio de largo por uno y medio de ancho”.
Refugiados españoles en el campo de internamiento de Argelés-Sur-Mer
Tampoco la posterior acogida en Rusia y en México, así como otros países latinoamericano,s fue un “camino de rosas”, sino que al sufrimiento del desarraigo, la separación familiar, la pérdida de seres queridos en la guerra… se unió la falta de comprensión y solidaridad incluso de gente cercana en los lugares de acogida. El gran poeta exiliado León Felipe lo retrata en unos versos desgarrados: “los españoles del éxodo de ayer/ que hace cincuenta años/ huisteis de aquella patria vieja para no servir al Rey/ y por no arar el feudo de un señor…/ y ahora… nuevos ricos,/ queréis hacer la patria nueva/ con lo mismo,/ con lo mismo/ que ayer os expatrió”.
Esa es la historia de la gente sencilla, que sufre la ignominia y ha de huir hacia un destino inseguro donde no se les quiere, y que ahora contemplamos en aquellos que nos llegan desde distintos territorios de África en conflicto tras el abandono de las potencias coloniales de Occidente; de las naciones del Oriente Próximo, que han tenido la “mala suerte” de estar geoestratégicamente situados en un lugar excepcional y además tienen codiciadas reservas de petróleo…
Nuestros campos de internamiento, nuestras “alambradas” están situadas en los bordes del conflicto: Grecia, Croacia, Eslovenia, Turquía… que han de hacer de “muro de contención”, de escenario donde se representa el espectáculo trágico de la deshumanización.
Los gobiernos de Occidente (que tanta responsabilidad tienen en la inestabilidad de estos territorios) discuten qué hacer con tal cantidad de refugiados, en tanto los empujan al abismo. Y así, asistimos a diario a las escenas más brutales de contención de masas humanas desesperadas, concentración en zonas insalubres, cargas policiales contra los más desesperados, desolación y muerte de inocentes, entre los que los niños se están llevando la peor parte.

Ahora como entonces, como siempre. Las lecciones que nos da el pasado sirven de poco, de nada incluso, porque por encima de cualquier otra consideración va primando -en los que todo lo manejan y dirigen- el egoísmo, la más inhumana insolidaridad. Decimos muchas veces: “hay que conocer los errores de la historia, para no repetirlos”; pero parece que conocemos los errores de la historia para empeñarnos en profundizar aún más en los terribles despropósitos que tanto -al estudiarla- nos asombran.

jueves, 2 de abril de 2015

POBREZA, EMIGRACIÓN Y DESARROLLO


Moisés Cayetano Rosado
La voluminosa emigración laboral, sostenida durante todo el período desarrollista (1960-1973), además de ser un alivio en la presión de la demanda de empleo interno, supuso una fuente de ingresos decisivos para los países mediterráneos, endémicamente rozando índices masivos de pobreza por parte de su población asalariada y de pequeños y medianos propietarios.
El emigrante -en especial si marcha en solitario, dejando a su familia en el lugar de origen-, vive obsesionado con el ahorro, pues lleva en su pensamiento una cifra como condición del retorno, que desea cuanto antes, aunque muchos no pudieron cumplir sus objetivos y se vieron obligados a permanecer fuera, optando en el mejor de los casos por la reagrupación familiar. Pero esos años de la “Edad de Oro” del sistema capitalista -que impulsan la prosperidad en Centroeuropa- van a servir también para procurar un alivio a los emisores mediterráneos, que además recibirán de sus vecinos del norte una avalancha anual de turistas veraniegos, reactivándose el sector de la construcción, la hostelería, la restauración y los complejos de ocio y diversión, generando riqueza y empleos autóctonos en las zonas costeras. Si a ello unimos las inversiones de capital exterior que llevan aparejado, junto a otras inversiones en el impulso industrial de estos años, la Balanza de Pagos se verá extraordinariamente favorecida.
Este desahogo de la presión del paro en origen y la inyección económica de las remesas de emigrantes, siendo claramente factores positivos para las regiones emisoras de mano de obra, no significarían su despegue económico, como tampoco un hándicap para el desenvolvimiento de las receptoras, a las que se les detrae capital con dichas remesas y se les carga de servicios necesarios para la población extranjera (emigrantes y descendientes, con su necesidad de centros educativos, sanitarios, asistenciales, recreativos, de vivienda, etc.): las situaciones iniciales de zonas más demandantes de mano de obra y zonas pobres que la ofrecen se perpetúa con el tiempo.
Así, estudiando un indicador tan significativo como el Producto Interior Bruto por habitante antes (1950) y después (1977) del boom migratorio en la Comunidad Europea, comprobamos que con 27 años de diferencia a la cabeza de la riqueza están los grandes receptores de emigrantes, como Ile de France, Hamburg (Alemania), Brabant (Bélgica) y otras regiones de los países de mayor afluencia. En cambio, a la cola están las zonas emisoras de España, Portugal y Grecia: Extremadura, Alentejo, Islas de Portugal, Algarve, Kriti (Grecia), Epeiros (Grecia), etc.
Es decir, que el masivo proceso migratorio no significó un salto adelante para quien más población “excedentaria” perdió, sino que la situación desigual se ha mantenido, con pérdida -y eso es muy grave- de capital humano joven, en edad de procurar el reemplazo poblacional, dejando en origen una población notablemente envejecida, constriñendo por la base la pirámide de edades y ensanchándola en la altura: las edades no productivas, necesitadas de más servicios asistenciales y que no propicia el reemplazo generacional, desertificando poblacionalmente el territorio.

Así, la pobreza condujo a la emigración de zonas como Extremadura en España o Alentejo en Portugal, que perdieron entre 1955 y 1975 más del 40% de sus habitantes, los más jóvenes, productivos y “reproductivos”, sin obtener la contrapartida de un desarrollo regional que evitara lo que ahora se está nuevamente produciendo: nuevas salidas de jóvenes, esta vez con óptima preparación académica y profesional, camino de lo que parece que es nuestro destino inevitable: la búsqueda del “pan” que en la tierra de origen no pueden encontrar. ¿Volveremos, así, al fatídico destino de los años del desarrollismo, vaciándonos aún más de “capital humano”?

lunes, 2 de diciembre de 2013

LA CIUDAD-FORTALEZA DE PAMPLONA (I)

Moisés Cayetano Rosado
Cuando miras el plano de Pamplona, te sorprende el tajo practicado a su Ciudadela -a ese magnífico hexágono convertido ahora en “obra coronada”, al quedar en muñones dos de sus baluartes, los que dan al Casco Antiguo-, así como el “barrido” de buena parte de su amurallamiento, especialmente en el sur.
Luego lees a Juan José Martinena Ruiz, especialista en esta Plaza Fuerte, y comienzas a comprender. Una Real Orden -del año 1888- autorizó el derribo parcial de esos dos baluartes de la Ciudadela y la inutilización de su foso interior, para posibilitar la construcción del Primer Ensanche de la ciudad.
En 1905 otra Real Orden autorizó la reforma y demolición parcial de algunos portales del recinto amurallado, con el fin de dar mayor amplitud a los accesos a la ciudad, estrechos para nuevos carruajes y automóviles.
Le sigue nueva autorización de derribo el 7 de Enero de 1915, comenzando -en medio del júbilo popular- el 25 de julio de aquel año, para el Segundo Ensanche.
De ahí que pasemos de una poderosa y completa fortificación abaluartada de mediados del siglo XVIII -procedente de continuas actuaciones iniciadas poco antes de 1600- a este estado de mutilaciones (aunque ya desde tiempos de Pompeyo -75 a 74 a.C.- Pamplona ha sido considerado como un enclave estratégico para dominar los pasos desde Francia a través del Pirineo Occidental hacia Aragón y La Rioja, por lo que, salvo en algunos momentos concretos, ha estado siempre amurallada).

A pesar de estos atropellos, qué buen destino el actual de lo que queda. La Ciudadela es un inmenso espacio libre, de glacis y de fosos preservados en pradera e interior destinado a jardines, con antiguos edificios militares que acogen hoy muestras de arte contemporáneo y de vanguardia. Y los revellines del norte y del oeste presentan un estado de rehabilitación ciertamente envidiable.
De ello hablaré en la próxima entrega.

lunes, 18 de noviembre de 2013

EXILIO, INCOMPRENSIÓN, REPRESIÓN Y OLVIDO:
CAUTIVOS EN LA ARENA
El Stambrook, donde embarcaron los últimos huidos hacia Argelia
Vean estos vídeos: https://www.youtube.com/watch?v=f-5ltcJvxKg&t=122shttps://www.youtube.com/watch?v=BmHlWVoPnQ0&t=2019s
No es fácil encontrar un reportaje más emotivo, riguroso y ejemplar  como el de estos 93 minutos. Entrevistas a los protagonistas de los hechos, a historiadores; fotos y grabaciones de la época; textos de acompañamiento… forman un conjunto bien hilado de alta calidad artística, técnica, histórica, social y didáctica, que merece ser visto para comprender lo que significó el exilio republicano español.
En este caso, concretado en los últimos republicanos embarcados en Alicante hacia la Argelia bajo dominio galo, donde miles de exiliados se encontrarían con lo que ya estaba sucediendo en el sur de Francia: incomprensión y represión, hasta límites inconcebibles, por su inhumanidad y extrema crueldad.
Hambre, sed, enfermedades, confinamiento, trabajos forzados; calor extremo, frío hasta lo insoportable; suciedad, miseria indecible; castigos brutales, sistematización de la explotación… para con refugiados “amigos”, tratados como los peores criminales huidos y peligrosos enemigos.
Y luego, tras la liberación europea del nazismo -a lo que eficazmente contribuyeron tantos exiliados, y a los que se les prometiera su propia liberación, la liberación de España de la atadura del franquismo-, el espeso olvido, el desentendimiento, al que siguió la lacerante colaboración, que en la Guerra Fría se les hizo más “conveniente” a las democracias occidentales, encabezadas por EE.UU.
La España de Franco era una garantía contra el “enemigo comunista”, contra la URSS, aunque para los que quedaran dentro fuera un calvario de sistematizada persecución, un exilio interior durísimo para millares de derrotados o sospechosos de colaboracionismo con los que fueron derrotados. Una España del miedo, de la miseria y posterior emigración (léase sobre ello, como ejemplo, Equipaje de amor para la tierra, de Rodrigo Rubio: un libro denso sobre ese exilio interior y nuestra traumática emigración a Europa).
¡Triste España, triste mundo occidental, con este lastre histórico que a todos nos golpea!

Moisés Cayetano Rosado
Ante este trato injusto a nuestros exiliados, cobra aún más grandeza si cabe la actuación que tuvieron en Barrancos (Portugal) con más de mil refugiados de la frontera andaluza y extremeña en 1936: ayuda y solidaridad del pueblo llano tras la protección valerosa y arriesgada del teniente Seixas, y a pesar de la simpatía del régimen salazarista con los militares españoles golpistas. El libro "Barrancos en la encrucijada de la Guerra Civil Española" (Barrancos na encruzilhada da Guerra Civil de Espanha), de Dulce Simões da cumplida y brillante cuenta de ello.

viernes, 15 de noviembre de 2013

EL TERRIBLE EXILIO DE LOS REPUBLICANOS ESPAÑOLES


Moisés Cayetano Rosado
La trilogía La guerra perdida, reúne tres novelas de autobiografía familiar escritas por Jordi Soler, descendiente de republicanos españoles que tras perder la guerra,  huídos a pie por los Pirineos con dirección a Francia, recalan como exiliados en México, tras sufrir una dura experiencia concentrados en Argelés-sur-Mer (Francia).
Por separado, las novelas fueron editadas en 2004 (Los rojos de Ultramar), 2007 (La última hora del último día) y 2009 (La fiesta del oso), antes de que la editorial Mondadori  los presentara juntos en el volumen citado al principio, en 2012.
La primera se centra fundamentalmente en ese periplo terrible por los Pirineos, el confinamiento en campo de refugiados -que más era campo de castigo y exterminio- y la vida de refugiados en México, con sus luces y sus muchas sombras.
La segunda -para mí la mejor escrita, llena de gracia, al tiempo que de tensión, ironía y desenvoltura- transcurre en la hacienda fructífera -La Portuguesa- que logran levantar familiares y amigos exiliados en la selva mexicana, con sus dificultades íntimas, el desentendimiento con los nativos resentidos bajo el recuerdo de “los conquistadores de antaño” y el abuso delictivo de las autoridades locales.
La tercera, un poco a “contramano” de las anteriores, ajusta cuentas con un tío, hermano de su padre, que sobrevive en un lugar recóndito de las montañas pirenaicas, desenvolviéndose en medio de la extorsión, el robo e incluso un terrible asesinato de una niña, que lo lleva a la prisión y el mayor de los desprecios.
Cada día queda más desmitificada la actuación de los “amigos de la República”, según se van publicando investigaciones y sacando a la luz testimonios personales. En esta trilogía, además de la importancia literaria, relevante, queda patente esta desmitificación, de la que quiero resaltar tres mensajes capitales:
Lo sangrante de la huida de España: Los refugiados caminaban por la orilla de la carretera, sobre un suelo fangoso de nieve vieja y una altura de lodo que a veces les alcanzaba las rodillas, escribe en la página 36 (primera novela).
La “trampa” cruel del primer refugio: Los republicanos perseguidos por la ira franquista, buscaban asilo en Francia y el gobierno francés los recibía como si fueran criminales y los encerraba en un campo de concentración (pg. 414, en la tercera novela).
Lo lacerante del exilio: El artículo 33 de la Constitución mexicana que lo facultaba para echar del país a cualquier extranjero que atentara contra el orden y la feliz convivencia de la sociedad, cosa que desde la óptica del trabajador indígena y explotado, que era invariablemente la óptica del alcalde, calificaba como delito suficiente para echar a todos los extranjeros de La Portuguesa y del país; y aunque los patrones, formados todos en el Partido Comunista, en la guerra que habían perdido, y en la injusticia atroz del exilio, eran incapaces de explotar a nadie, no querían exponerse a discutir mucho el tema y simplemente aceptaban las multas preventivas que establecía el alcalde, unas multas cuyo pronto pago volvía sordos los oídos de los funcionarios (pg. 229, en la segunda novela).
Decía León Felipe en unos versos memorables de su libro “Español del éxodo y del llanto” (1939): Tuya es la hacienda/ la casa,/ el caballo/ y la pistola./ Mía es la voz antigua de la tierra./ Tú te quedas con todo/ y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ mas yo te dejo mudo… ¡Mudo!/ ¿Y cómo vas a recoger el trigo/ y a alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción? Pero él mismo acabaría diciendo en 1958: Yo no me llevé la canción. Nosotros no nos llevamos la canción Vosotros os quedasteis con todo: con la tierra y la canción... Al final todo se hizo grito vano, lamento hinchado.
Es decir, el desterrado lo perdió todo: la tierra, la ilusión y la esperanza. Obtuvo a cambio el tremendo sufrimiento de la incomprensión, la hostil acogida, la coacción, la represión. En La guerra perdida, Jordi Soler lo testimonia con maestría.

jueves, 10 de octubre de 2013

LA CIUDADELA DE ST. JEAN-PIED-DE-PORT: DE LA EFICAZ RESISTENCIA A LA UTILIDAD ACOGEDORA


Moisés Cayetano Rosado

St. Jean-Pied-de-Port es una atractiva población francesa situada en la entrada de Roncesvalles, que por su situación geoestratégica ha sido lugar codiciado por unos  y otros reinos a ambos lados de los Pirineos.
Fortificada por los reyes de Navarra en el siglo XII, fue ocupada por Fernando el Católico en 1512, pasando intermitentemente de un reino al otro.
En 1620, Luis XIII de Francia une las coronas de Francia y Navarra, construyendo -en lo alto del montículo en que se asienta St. Jean- una Ciudadela para su defensa de las intromisiones del sur. En 1680, Luis XIV encarga su modificación y reforma al ingeniero militar Sebastien le Prestre de Vauban, adquiriendo el porte soberbio que hoy día conserva.
Ya en 1728 se realizan durante dos años nuevas reformas y prolongación de las murallas de la población, que va a desempeñar un relevante papel durante la Revolución francesa y el Imperio napoleónico. En 1814 resiste ante el sitio a que fue sometida, gracias a su amurallamiento.
En 1920 se desclasifica como obra militar, algo que la experiencia en general nos enseña que es un momento de peligro para los monumentos militares, por el afán de arrasar con ellos.
Pero, afortunadamente, buena parte de las murallas medievales -adaptadas en sus merlones a la defensa artillera-, se mantiene en pie, con sus cuatro puertas de acceso (la de Santiago, por donde entraban los peregrinos del Camino de Santiago; la de Notre-Dame, que conducía al barrio español, en línea opuesta a la anterior, camino de España; la de Navarra -o del mercado-  y la de Francia).
En cuanto a su Ciudadela -desde donde se divisa el amplio valle de los alrededores y las montañas que lo circundan-, se conserva en un estado óptimo. Y lo que es muy importante: también de uso, pues en su interior contiene las instalaciones de un colegio público. Dentro y fuera de la fortificación, se oye el trajinar de los niños y sus profesores, y en los fosos de las murallas los vemos jugar al balón en discretas instalaciones que no perturban la armonía del conjunto.
Así, lo que fue sede de una eficaz guarnición a medio camino entre Pamplona (al Suroeste) y Bayona (al noroeste), es hoy acogedor centro educativo, aunque no está permitida la entrada de personas ajenas al recinto interior para no interrumpir la marcha de las clases.
Bueno sería que se facilitaran visitas en fines de semana. En tanto, el recorrido por el exterior, con vistazo consentido al interior, nos compensa y completa una visita más que recomendable a esta población donde sigue el continuo trajinar de peregrinos y turistas, que le dan vida y actividad, dentro de lo apacible, tranquilo, armonioso y bello del conjunto urbano.

(Ver vídeo grabado desde su Ciudadela: http://www.youtube.com/watch?v=79sbabthT6k&feature=youtu.be)

martes, 8 de octubre de 2013

Ciudadela de St Jean-Pied-de-Port en los Pirineos franceses

St. Jean-Pied-de-Port es una atractiva población francesa situada en la entrada de Roncesvalles, que por su situación geoestratégica ha sido lugar codiciado por unos y otros reinos a ambos lados de los Pirineos.
Fortificada por los reyes de Navarra en el siglo XII, fue ocupada por Fernando el Católico en 1512, pasando intermitentemente de un reino al otro.
En 1620, Luis XIII de Francia une las coronas de Francia y Navarra, construyendo -en lo alto del montículo en que se asienta St. Jean- una Ciudadela para su defensa de las intromisiones del sur. En 1680, Luis XIV encarga su modificación y reforma al ingeniero militar Sebastien le Prestre de Vauban, adquiriendo el porte soberbio que hoy día conserva.
Posteriores actuaciones en el siglo XVIII completaron sus fortificaciones.
Hoy es lugar frecuentado por turistas y peregrinos de la Ruta de Santiago, que lo atraviesa de norte a sur.
El valle a sus pies y las montañas de los alrededores, forman un paisaje de gran belleza, sosiego y tranquilidad.

viernes, 26 de abril de 2013


LA CONSTANTE PRESENCIA DE LA EMIGRACIÓN
Estos días estuve en Madroñera, presentando en su Casa de la Cultura Emigración en Extremadura 1961-2011, exposición producida y coordinada por la Fundación Cultura y Estudios de CCOO, para la que colaboré con los textos, cuadros estadísticos, mapas y documentación de la época (pueden consultarse los paneles en el documento 28 de http://moisescayetanorosado.blogspot.com.es/p/paginaprueba.html).
La bibliotecaria, Isabel Moza Barquilla, me hablaba previamente de cómo el pueblo perdía cada año población, pues el índice de envejecimiento es muy alto y la natalidad escasa. Es un denominador común de las localidades que sufrieron la gran riada migratoria de los años sesenta y setenta del siglo pasado: se marchó gente joven, en edad laboral y de tener hijos, quedando en ellas los que ya iban pasando a la etapa de jubilación. Los pueblos del Sur (sur de España, de Portugal, de toda la Cuenca Mediterránea) sufrieron ese fenómeno de pérdida de capital humano, que los envejeció y no les redimió de su pobreza estructural.
Durante la charla-coloquio que di sobre este fenómeno -que en Extremadura se llevó en los años duros del proceso (1961-1975) al 40% de sus habitantes-, desde el público asistente se comentaron experiencias muy interesantes. Quiero resaltar dos, por lo que tienen de ilustrativas de lo que significó para los protagonistas.
Contaba una señora mayor que ella y su marido se marcharon a París a mediados de los años sesenta, y que su primera colocación fue en el servicio doméstico; pasó luego a lo que sabía hacer mejor: coser. Y en ello ganó dinero suficiente como para conseguir unos ahorros tranquilizadores, que le garantizaron un regreso digno. El esfuerzo -contaba- fue muy grande, el sacrificio intenso; las condiciones de vida, duras; la barrera del idioma bastante traumática en los primeros años; la integración, dificultosa. Aún así, solo decidieron el retorno porque una enfermedad del marido quebró su vida laboral.
Otra mujer, más joven, contaba la experiencia de su padre en Alemania, a donde marchó solo, quedado en el pueblo mujer e hijos: tremenda experiencia de soledad y desgarro familiar para unos y otros, que en ningún momento consiguieron la reagrupación; escasas ganancias económicas, pese a los muchos sacrificios personales, laborales; retorno sin cubrir las expectativas, las esperanzas creadas, que chocaban con la dura realidad del país: Alemania únicamente buscaba cubrir sus necesidades de mano de obra barata, sin atender a las demandas humanas del que espera una acogida humanizada.
Ni qué decir tiene que la inmensa mayoría de los asistentes al acto tenían parientes, amigos, conocidos en los más diversos puntos de nuestra emigración extranjera e interior.
¿Y ahora? El pueblo, nuestros pueblos: con una escasa población joven que no tiene esperanzas laborales en su tierra, pero que tampoco no las ve fuera, como en aquellos años de la estampida migratoria sí se tuvieron. Y una situación de desarrollo que no se ha sentido sostenida por el beneficio inmediato de aquella emigración: el alivio del paro que supuso, la entrada de divisas por sus remesas de dinero. Al contrario, se ha pasado de ser las zonas con población más joven del Estado a las más envejecida, a la más necesitadas asistencialmente, a las que tiene un futuro más difícil, dentro del difícil futuro para todos.
Moisés Cayetano Rosado

sábado, 21 de julio de 2012

NUEVA EMIGRACIÓN

        Me preguntan estos días desde diversos medios de comunicación sobre las tendencias migratorias que pueden producirse en los próximos años, en vista de que crece el número de españoles, portugueses, italianos... que salen de sus respectivos países con destino laboral a Gran Bretaña, Alemania, Canadá, Estados Unidos...

        Hemos sido los países de la Europa Mediterránea históricamente exportadores de mano de obra. Desde el descubrimiento de América, y sobre todo desde mediados del siglo XIX. Y aquella masiva emigración sirvió para aliviar las cifras de paro y la miseria de los lugares de origen, además de proporcionar divisas que equilibraron nuestras balanzas de pago nacionales, tan negativas en lo comercial. Sin embargo, no llevó nunca  un desarrollo estructural y seguiríamos dependiendo en Portugal, España, Italia, Grecia, de la riqueza generada por el turismo y de las divisas proporcionadas por las inversiones extranjeras y las remesas de emigrantes.

        Llegamos a vivir una época dorada a finales del siglo XX y principios del XXI, cuando hemos sido receptores de emigrantes venidos del Magreb, de Latinoamérica y países del Este de Europa, en cantidades ingentes, nunca vistas.

        Sin embargo, la crisis de los últimos años ha demostrado lo débil de nuestra estructura económica. Y cuando se ha paralizado el boom del sector de la construcción, quebrado el crédito bancario, retraído el turismo y las inversiones foráneas, así como frenado los envíos de nuestros antiguos emigrantes, de nuevo hemos pasado a la situación de partida: emigrar porque ni hay trabajo ni perspectivas de tenerlo a corto y medio plazo. Con una diferencia: ahora no se demanda mano de obra indiscriminada, sino trabajadores cualificados y no en las cifras masivas de las etapas anteriores.

        Ingenieros fundamentalmente, sabiendo idiomas y manejando los medios informáticos, son los que encuentran salidas estables; personal sanitario y técnicos en ramas electrónicas, mecánicas y similares, también pueden aspirar a empleos en los nuevos -viejos- países de promisión. El resto, la gran mayoría, no tienen perspectivas ni dentro ni fuera de nuestros países mediterráneos. Algunos marchan "a la aventura", como en los viejos tiempos. Como los subsaharianos que últimamente nos llegaban. Dándole vueltas a la manivela de la historia, que parece condenada a repetirse en estos lugares de siesta y caciquismos con nuevos utillajes, que no supieron ni quisieron aprovechar la riqueza que los mismos emigrantes y el atractivo de nuestros lugares (turismo e inversiones de fuera) proporcionaron, cuando las" vacas gordas" que ya se han esfumado.