jueves, 29 de mayo de 2014

LA MAGIA DE ALBURQUERQUE
Moisés Cayetano Rosado
De Badajoz hasta Alburquerque hay 44 kms. de deliciosa campiña, en un principio regada por el río Zapatón que va paralelo y cercano a la carretera hasta Bótoa; luego, se espesa un encinar-alcornocal que asciende por cerros y sierras que, a partir del Puerto de los Conejeros, nos dejan ver al fondo la imagen majestuosa del castillo de Luna, como un enorme cirio levantado en la roca gigantesca en que se alza Alburquerque.
A un lado y otro, como guardianes del entorno, la Sierra del Puerto del Centinela y la Sierra del Castaño, nos muestran los efectos caprichosos de la erosión diferencial sobre el granito y la pizarra de distinta consistencia: es una de las vistas más bellas que nos sean dado contemplar.
La población, declarada Conjunto Histórico-Artístico, no sólo atesora el castillo roquero de Luna, construido a partir del s. XIV, junto a la mayor parte de lienzos, torres y puertas del recinto fortificado que envolvía a la antigua villa, sino también diversos salientes abaluartados del s. XVII, levantados a causa de los continuos conflictos con Portugal. Pero, sobre todo, hemos de añadir su delicioso barrio medieval de puertas y ventanas ojivales y adinteladas en recia piedra de granito: afortunadamente se encuentra en continuo proceso de restauración, tras anteriores actuaciones “modernizadoras” desafortunadas. Ello se completa con el sinuoso y estrecho callejero, sus vueltas, revueltas, plazoletas, cuestas, terraplenes...
Uniremos a todo esto la notable iglesia de Santa María del Castillo, dentro del mismo, románica del s. XII; la de Santa María del Mercado, del s. XIV, de buena estampa gótica, en la explanada occidental de las fortificaciones, y la parroquial de San Mateo, herreriana, del s. XVI, al lado del restaurado y revalorizado Ayuntamiento, que da a su vez a una espaciosa plaza rectangular en dos niveles donde siempre podremos hilvanar una charla sustanciosa con los acogedores habitantes de la ciudad... comer por la mañana unos churros excelentes... y más tarde tapear en sus bares.
Desde el castillo, las vistas a la villa y al amplísimo entorno son inigualables. Queda a sus pies la auténtica dehesa mediterránea occidental satisfactoriamente conservada, y prolongándose al norte sucesivas cadenas montañosas que forman la Sierre de San Pedro, sucedida en Portugal por las Serras de Marvão y de San Mamede, inigualables tesoros ecológicos, todo ello declarado Reserva Natural, que invitan a las excursiones a pie, en bicicleta de montaña o a lomos de caballo.

Alburquerque, con esa sabiduría que conservan los pueblos nobles y antiguos, sabe conjugar el arte, el respeto urbanístico y ambiental, la recuperación histórica (magnífico es su Festival Medieval de finales de verano, en el que todos sus habitantes participan), la vida sosegada y en relación amistosa permanente entre sí y con los vecinos de un lado y otro de la raya, con los tesoros de la buena cocina. Tómese en sus variados restaurantes la cocina de caza: venado en caldereta, venado en dos salsas, arroz con liebre, perdiz estofada, jabalí al horno... o cochinillo, o codillo de cerdo, o revuelto de criadillas de tierra, y verá como el premio al anhelado cielo nos llega al paladar. Todo sin olvidar el antes aludido tapeo por sus múltiples bares (váyase en la plaza al instalado en su restaurada y apenas retocada Ermita), de generosa y gustosa variedad. Recomendable resulta también comprar embutidos: lomos, chorizos, morcilla, mondongo... de cerdo ibérico, curados en estas sierras que multiplican el sabor natural, al que se unen sus fórmulas mágicas de preparación.

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