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jueves, 9 de octubre de 2014

UN PASEO POR LISBOA
Moisés Cayetano Rosado
Si tuviera que escoger lugares en Lisboa para hacer una visita rápida, de un día, me vería en un apuro indescriptible. Iba a ser necesario levantarme muy temprano y acostarme con la noche vencida para dar un mínimo vistazo a lo que luego tendría que dedicar varias jornadas y ampliar a unos cuantos lugares no menos atrayentes.
Pero de momento la Baixa pombalina sería un punto de partida. Recorrer, abriendo el día, la Rua Augusta, hasta la Praça do Comercio (Terreiro do Paço), por la que  asomarme al Estuario do Tejo. Contemplar desde allí la arquitectura racionalista de la plaza (con la impresionante estatua de D. José I al medio) y las calles en cuadrícula de la Baixa, con sus “cerros guardianes” a ambos lados; el Chiado hacia el oeste y Alfama al este, a donde iría de inmediato, antes de que lo invadan multitudes de turista, como ocurre cada día.
Hay que subir, callejeando, hasta el Castelo de São Jorge. Contemplar desde lo alto el espectáculo de los puentes sobre el Tejo: el 25 de Abril, con su soberbia altura, y el Vasco de Gama, interminable, e igualmente magnífico. Admirar el derrame del caserío por todas las colinas; los tejados brillantes -encendidos de rojo-, las fachadas blancas, las muchas plazoletas, monumentales cúpulas. El trajinar de los barcos y barcazas en el encuentro del río con el mar.
Bajar después, tranquilamente, degustando rincones, plazuelas, azulejerías en las esquinas, ruas y ruelinhas quebradas de la Alfama, hasta el Panteón Nacional, barroco edificio cupulado donde se custodian las tumbas de presidentes y grandes personalidades portuguesas, y desde cuya terraza volveremos a disfrutar de las vistas irrepetibles de Lisboa.
Es gratificante coger desde sus cercanías el Eléctrico 28, ese tranvía emblemático, pequeñito, centenario, que no para de subir y bajar por toda esta intrincada orografía ribereña. Al llegar a la Sé-Catedral es conveniente bajar para una visita a esta joya gótica fortificada, cuyo claustro guarda importantes vestigios arqueológicos en su patio, desde la Edad del Hierro a la ocupación cristiana, pasando por romanos, visigodo, musulmanes.
Tras la visita (y comida en los pequeños restaurantes de sus alrededores, donde el olor de sardinas y bacalao asados resulta seductor), podemos volver a tomar el tranvía para ir -estuario adelante- hasta el Monasterio de los Jerónimos, la gran joya manuelina, Patrimonio de la Humanidad, calificación que también posee la cercana Torre de Belén, emblemático monumento artillado de principios del siglo XVI, obra igualmente manuelina, del arquitecto portugués Francisco de Arruda, uno de los constructores más universales de Portugal.
No sé si a uno le quedan fuerzas para más, tras una jornada tan apretada, recorriendo la historia, el arte, el patrimonio de la zona “fluvial” de Lisboa. Pero si fuera posible, merecería subir hacia Campo Pequeño, dejando atrás la monumental Praça do Marqués de Pombal (con su estatua imponente subida a pedestal de 40 metros de altura, repleta de figuras alegóricas), desde donde la Avenida da Liberdade lleva a la Baixa en que empezamos el recorrido.
Desde Campo Pequeño -cuya Plaza de Toros tiene en la planta subterránea múltiples restaurantes, tiendas de todo tipo, multicines…- hasta la Praça de Espanha hay un agradable recorrido urbano y al borde de ésta última tenemos la Fundação Calouste Gulbenkian. La Fundación posee un agradable y extenso jardín, y especialmente colecciones de arte incomparables: del Antiguo Egipto, cerámicas orientales, vidrios sirios, mobiliario francés, monedas griegas, medallas italianas, numerosas obras pictóricas (destacando los impresionistas)…

No es posible estirar el tiempo más pero hay que apuntar para otro día el Museu do Azulejo y el Monasterio de S. Vicente de Fora (al este y oeste respectivamente del Panteón); el Museu de Arte Antiga (entre la Praça do Comercio y la base -cerca del río- del Ponte 25 de Abril); la Basílica da Estrela, un poco más arriba; el Palácio da Fronteira y el Jadim Zoológico, al noroeste… ¡sin olvidar, claro, el tomar un café en A Brasileira, del Chiado -donde lo hacía Fernando Pessoa-, tras visitar las ruinas del Convento do Carmo y recorrer algunas de las múltiples iglesias y librerías de viejo de la zona!

miércoles, 15 de enero de 2014

AZULEJERÍA EN LISBOA
Patio neomudéjar de la Casa do Alentejo en Lisboa. Comedor y expositor de libros.
Moisés Cayetano Rosado
Lisboa no tiene rival a la hora de extasiarnos en las magníficas muestras de azulejería, que constituyen una modalidad artística en que nadie supera a Portugal.
Plazas, jardines, palacios, caserones, iglesias, conventos, rincones y fachadas, son receptores de un despliegue excepcional de arte, creatividad, sensibilidad y buen gusto, que en las muestras de los siglos XVII y XX tienen para mí los máximos exponentes.
Confieso, en este sentido mi debilidad por el neoislámico Palacio de Alverca, donde tiene su sede la Casa do Alentejo (en la Rua Portas de Santo Antão, de la Baixa Lisboeta), cuya azulejería costumbristas del pasado siglo cubre las inmensas paredes del comedor, de los salones, salas, salitas, rincones y pasillos.
Sin embargo, hay dos hitos esenciales que, imperdonablemente, no he visto en directo todavía, y me urge visitar:
El Museu do Azulejo, en el antiguo Monasterio manuelino de la Madre de Deus, situado en la Rua Madre de Deus). Y, el Palacio de Fronteira -ese conjunto de villa y jardines del siglo XVII ampliados en el XVIII con traza renacentista italiana-, en el Largo de Santo Domingos do Benfica. ¡Insuperable su azulejería del siglo XVII, época de mayor explendor!
Lástima que éste último no abra los domingos. Ahora -en temporada baja- los demás días realiza visitas guidas (las únicas admitidas) a las 12’00 y 13’00 horas españolas. El Museu do Azulejo, en cambio, cierra los lunes, pero los demás días abre libremente de 11’00 a 19’00 horas españolas, siendo los domingos gratuito de 11’00 a 15’00 horas de España.
Así, la mejor opción estimo que es visitarlos un sábado, comenzando por el Palacio de Fronteira, pasando después al Museu do Azulejo. Así, a la hora de comer se recala en la Casa do Alentejo, con lo que -repuestas fuerzas- por la tarde se puede contemplar libremente su abundante azulejería.

¡Aún quedaría tiempo para deambular a lo largo de esa columna vertebral lisboeta que es la Baixa-Avenida da Liberdade y esas dos hermosas y variadas “alas de mariposa” que son ambos lados del eje, con su Chiado y Bairro Alto a un lado, y Alfama y Mouraria al otro! O contemplar al fondo el estuario do Tejo, bajando la monumental, magnífica Praça do Comercio.

jueves, 28 de junio de 2012



OTRA GENTE EN  LISBOA
Rua Augusta. Lisboa.
Es una felicidad recorrer las calles de la Lisboa antiga e senhorial sobre todo en domingo, cuando el sosiego del descanso abraza a una población que a lo largo de la semana lucha contra el tiempo, las prisas, sus múltiples urgencias. Los turistas venidos de tudo o mundo inteiro  les sustituyen, remansados, admirativos, solicitados por los trabajadores de los múltiples restaurantes de la zona.
Es el momento de recrearse en esos edificios robustos, tan bien conjugados de la Avenida da Liberdade y de la Baixa, de urbanismo y plazas monumentales, que desembocan en la “sin par” Praça do Comerço (El Terreiro do Paço, como le gusta a los lisboetas designarlo), con su sobrecogedora estatua ecuestre del Rey Don José -¡cuántas estatuas magníficas en Lisboa!-; el señorío del Chiado, con las ruinas imponentes del Convento gótico do Carmo y el Mirador modernista de Santa Justa; el Bairro Alto, tan fadista; Estrela, con su Basílica barroca; Madragoa, desde donde bajando al río disfrutaremos del magnífico Museu de Arte Antiga…; el laberíntico callejero de Alfama y Mouraria, llenas de becos, miradores, pequeños restaurantes con sonidos de fado vadio…
Recorrer a pie sus cuestas y bajadas; montar en el “eléctrico” desde Belém (tras visitar el incomparable Mosteiro dos Jerónimos y la Torre de Belém -esplendor manuelino-, Patrimonios de la Humanidad), hasta Graça, bajando para admirar la barroca Iglesia de Santa Engracia, el Castelo medieval de São Jorge, el portentoso Panteão Nacional, el monasterio -entre manierista y renacentista- de San Vicente de Fora , y un poco más abajo la románica Sé, en cuyo claustro se atesoran restos arqueológicos desde el comienzo de nuestra Era, sobresaliendo los romanos e islámicos.
Baixa lisboeta.
Pero este grato recorrido se ve perturbado al mismo tiempo con esa “otra gente de Lisboa” que no son los turistas tan frecuentes los fines de semana o los lisboetas con prisas de la lucha diaria. Que son de aquí o de allá pero que toman posesión de un reducido espacio y llaman (con su música, su canto, su susurro) silenciosa o levemente la atención.
Puerta principal de la Sé de Lisboa.
Así, la eterna fadista de la Rua Augusta, con  humilde triángulo musical y voz profunda, la mirada perdida, cuerpo hidrópico, sentada delante de las tiendas lujosas, que no pide pero agradece cualquier aportación. La acordeonista (tantos acordeonistas que nos están llegando de los países castigados de la Europa del Este…) arrodillada entre el juego hermoso del adoquinado de las calles de la Baixa. Esa mendiga expectante en la puerta románica, ennegrecida, de la Sé. El mendigo -¡tantos mendigos!-, mudo, en el Chiado, muy cerca de donde aún Pessoa aguarda sentado a los turistas, para la foto de recuerdo. El indigente, apenas entrevisto de un beco de la Alfama, confundido con la basura acumulada, embolsada y dispersa del fin de semana…
Rua Garrett. Chiado lisboeta.

También, claro, los “hombres y mujeres estatuas”; los vendedores clandestinos de droga y joyas, que enseñan con disimulo seleccionando al posible comprador; los limpiabotas cercanos a la Estação do Rossio…
Tantos más de los que éstos son una muestra solamente. Sí, es la otra cara de Lisboa, de esta Lisboa hermosa, que extiende su atractivo a los múltiples barrios que rodean y se abren desde el núcleo que hemos recorrido.
Víctimas y testigos de la injusticia humana que podemos encontrar en cualquier parte, desde luego, en cualquier gran ciudad sobre todo, en cualquier hermosa joya urbana del mundo en donde vayamos a admirar tanta belleza, pero donde también veremos esta denuncia, mínima y silente, de la desigualdad.
Beco en la Alfama de Lisboa.

MOISÉS CAYETANO ROSADO
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