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viernes, 13 de julio de 2018


MEMÓRIAS DE UMA FALSIFICADORA, LUCHADORA DE LA LIBERTAD

Moisés Cayetano Rosado

Para el día 15 de mayo se anunciaba la presentación en el Museu do Aljube, de Lisboa, el libro de Margarida Tengarrinha Memórias de Uma Falsificadora, a Luta na Clandestinidade pela Liberdade em Portugal, y desde entonces he sentido la necesidad de leer las reflexiones de esta luchadora de 90 años, que con veinte inició su actividad política en la Escola Superior de Belas Artes de Lisboa; con veinticuatro fue expulsada de la misma y se le prohibió ejercer como profesora y asistir como alumna a cualquier Universidad; con veintisiete años pasó a la militancia comunista clandestina, y ya con treinta y cuatro partió para el exilio, retornando, volviendo a salir, continuando con su militancia política tras el 25 de Abril del 74.
Margarida Tengarrinha ha escrito un libro de una templanza, de una dulzura y de una firmeza comparable al que Helena Pato (tan cruzadas en sus vidas familiares y políticas) acaba de publicar (http://moisescayetanorosado.blogspot.com/2018/07/a-noite-mais-longa-de-todas-as-noites.html), bajo el sello de la misma editorial: Edições Colibri, que con tanta fortuna dirige Fernando Mão de Ferro. En su prólogo, el profesor Manuel Loff indica: O que hoje descrevemos como as conquistas de Abril, conseguidas nas lutas sociais que se desenvolveram durante a Revolução e que mudaram o destino coletivo dos portugueses, não é inteligível sem perceber o que elas devem a décadas de resistência antifascista. Y enseguida: daqueles que, como Margarida Tengarrinha, comprometeram toda a sua vida na opção que ela fez num dia de 1955 (pág. 13).
Y a ese compromiso se refieren estas Memorias, que en 176 emotivas páginas van desgranando los sacrificios, temores, privaciones, ausencias, terrores, que vivieron los resistentes de esa dictadura salazarista, que los ensangrentó en las prisiones, en las mazmorras, en la calle, en el dolor de los exilios y las separaciones.
Tras las luchas estudiantiles vendría en 1954 entrar para as fileiras clandestinas do Partido Comunista (pág. 19), lo que Margarida hará con su cuñada Maria Adelaide y su marido Carlos Aboím Inglez, y con su compañero José Diaz Coelho (intelectual y artista como ella).
Vivir en Lisboa como militantes clandestinos, de una casa a otra, con falsa identidad, sintiendo siempre el aliento de la PIDE -la omnipresente policía política portuguesa-, era ya en sí una tortura, y más aún cuando ya fueron padres de una niña, Teresa, que a partir de su cuarto año, por seguridad de todos, tendrían que dejar -a saber por cuánto tiempo- al cuidado de sus abuelos y tía: Pior do que a prisão, pior do que as torturas, no dizer de todas as camaradas que tiveram esas experiências, muito mais terrivel para todas elas, foi a separação dos filhos, escribe Margarida (pág. 53).
Y su cometido era ése: falsificadores. Hacer documentación falsa, identidades supuestas para los compañeros activistas. Crear un perfecto taller de expedición de todo tipo de documentos que facilitaran la movilidad de los militantes antifascistas, comunistas, dentro y fuera de Portugal. Trabajo burocrático, tedioso, nada “brillante”, pero absolutamente imprescindible para burlar el control de la precisa maquinaria del poder represor.
Linogravura de José Dias Coelho
Un día… A morte saiu à rua num dia assim…, como titula el apartado diecisiete (págs. 81-84) de los treinta y tres que componen el libro: José Dias Coelho, el militante comprometido, artista reconocido, compañero necesario, sería asesinado a quemarropa en la calle por un agente de la PIDE. Fue el 19 de diciembre de 1961.
En el apartado anterior y en el siguiente, Margarida reflexiona también sobre la personalidad de Dias Coelho, apartado tan vilmente del mundo a los treinta y siete años de edad. Pero será en este capítulo, encabezado con el nombre de la canción que le dedicó Zeca Afonso (https://www.youtube.com/watch?v=P3SPkq3hw-c), donde encontremos un testimonio, una denuncia aún más estremecedora ya que traspasa el tiempo de la dictadura y se centra en los de la democracia traída por la Revolução dos Cravos: quando o julgamento (del asesinato)se realizou, em 1977, já a situação política tinha sofrido tais recuos e o Tribunal Militar de Santa Clara mantinha uma composição tão reacionária, que a sentença foi de prisão de três anos e meio para o António Domingues (el asesino) enquanto os outros, entre eles o criminoso chefe de brigada José Gonçalves, que se apresentou como um velhinho que tinha perdido a memoria, saíram todos em liberdade (pág. 83): ¡cuánto sabemos también nosotros de eso en España… aunque aquí no hubo una Revolución progresista armada, sino una Evolución desde la dictadura!
Pero aún así viene ahora lo peor, ya que los familiares interpusieron recurso a la sentencia, logrando siete años de condena… que se cumplió solo en parte: Mas os pides, que o seu amigo Spínola sempre tinha protegido, estavam já nessa altura tão arrogantes e sentiam-se tão impunes, que não só assistiam às sessões do julgamento olhando para os juizes com um desplante ameaçador, como nesse dia da sentença do recurso fizeram alas na escaderia de Santa Clara e insultaram-nos provocatoriamente, com os palavrões mais soezes, a mim e à minha cunhada Maria Adelaide, quando vínhamos a descer (pág. 84): ¡a la compañera y a la hermana del asesinado! ¡Así fue “castigada” en buena parte la PIDE, como la Brigada político-social franquista en España, cuyo ejemplo sangrante en la persona de Antonio González Pacheco “Billy el Niño”, paradigma de integral represor, sigue disfrutando de tres medallas del mérito policial pensionadas, otorgadas ya en democracia!
Casi finalizando este emocionante libro de memorias, tras llevarnos de casa en casa clandestina, de huida en huida, de país en país durante el exilio, dedica un capítulo vibrante: A força ignorada de mães, país e avós, sobre estos familiares de los militantes perseguidos y represaliados (págs. 161-169). Y ahí leemos frases tan desgarradoras como éstas: a casa de Juliana Dias Coelho (su suegra, madre del asesinado José) foi assaltada pela PIDE e a neta, (mina filha) Maria Teresa Tengarrinha Dias Coelho, que estudava nas Belas-Artes, foi levada presa enquanto a irmã, minha filha Guida, então como treze anos, saía para a escola, escondendo na mochila manifestos estudantis de protesto pelo crime que poucos dias antes vitimara Ribeiro dos Santos, para sonegá-los às buscas que os pides estavam a fazer na casa dos avós, onde ambas viviam. A Teresinha foi interrogada e submetida à tortura do sono, impedida de dormir seis dias e seis noites, o que a deixaria desde então com graves perturbações do sono. Negou-se a responder às perguntas da PIDE, tal como aconteceu na segunda prisão, quando estava numa reunião, já perto do 25 de Abril (pág, 166).
Estremecedor, aleccionador relato todo él. Triste constatación de que tampoco en Portugal se ha hecho la Reparación y Justicia necesarias.

jueves, 12 de julio de 2018


A NOITE MAIS LONGA DE TODAS AS NOITES, MARTILLO DE REALIDADES.

Moisés Cayetano Rosado

Escribía el poeta español Eladio Cabañero en su poemario Recordatorio (1961): “saco a relucir vidas, materiales, historia/ de manera que nadie equivocado piense/ que escribo algún poema misterioso/ sino de alta protesta y de dolor”.
Me vienen estos versos nuevamente a la memoria tras leer el libro de Helena Pato A noite mais longa de todas as noites: 1926-1974, editado pulcramente -como todos los suyos- por la editorial lisboeta Colibrí, que dirige con admirable acierto Fernando Mão de Ferro.
Y es que a lo largo de sus 258 páginas -que vieron la luz el pasado mes de mayo y ahora se va presentando por la geografía portuguesa- salen a relucir vidas (magníficas descripciones de personas llenas de sensibilidad, tan fieramente humanas que parecen sacadas de los poemas del bilbaíno Blas de Otero o del beirense Eugénio de Andrade), materiales (documentos, fotografías, citas precisas), historia (certero recorrido por todo el salazarismo y sus tentáculos represivos)… que no conducen a la exposición de ningún misterio, sino que constituyen, ciertamente, un alegato de alta protesta y de dolor.
Y, como en la obra de Eladio Cabañero, o de Blas de Otero, o de Eugénio de Andrade y tantos grandes de nuestra literatura, todo ello lo hace con la hermosura de una prosa “tocada de la gracia”. No de la manoseada “gracia divina”, sino de la gracia, de la calidad literaria de quien sabe manejar el lenguaje y presentarnos con belleza formal lo que es un mensaje de penares, pesadilla, miedo: “O medo foi o que realmente me ficou com maior nitidez do regime fascista” (pág. 13).
El libro lleva un prólogo de la escritora Maria Teresa Horta, en que resalta su Luta após luta, após luta” (pág. 7), y unas palabras finales del historiador Luís Farinha, que resume magistralmente su contenido, resaltando la idea de la autora de “prestar um testemunho de vida, sempre compartilhada com outras vidas” (pág. 256) y del e que fuera Presidente de la República Jorge Sampaio, testigo y protagonista de buena parte de lo que Helena Pato expone en estas memorias, que “lêem-se de uma assentada” (pág. 257).
Dividido en 60 breves apartados, va haciendo un recorrido lineal por la vida de la autora desde su infancia hasta los años ochenta, con la democracia formal ya asentada en Portugal, tras pasar por los tétricos años de la dictadura salazarista, los cosméticos cambios de Marcelo Caetano, y -ya de pasada- la Revolução dos Cravos.
Pero, efectivamente, como indica Maria Teresa Horta, y la propia Helena Pato remarca, no “se trata de uma autobiografía” (pág. 11), sino de ofrecer una mirada reposada sobre toda esta larga y oscura época amordazadora siguiendo el hilo de una “resistente”; de una luchadora por la justicia, la dignidad y la libertad dentro de su país como anónima, clandestina, presa y torturada, y fuera como exiliada, sin sucumbir al desaliento, tal como tantas otras y tantos otros portugueses que expusieron su comodidad, su seguridad, su vida, ante la crueldad inmisericorde de la tiranía.
Todo el libro se lee -como indica Sampaio- de “una sentada”. Y nos atrapa desde el primer capítulo, donde describe los miedos como seña de identidad de los tiempos vividos.  Y nos encoleriza cuando narra su apresamiento y torturas, especialmente en los capítulos del 28 al 34 (págs. 127-149). Antes nos había enternecido con ilusiones juveniles, luchas estudiantiles compartidas, primer amor… (“O meu coração batia tolamente, baralhando o esforço da subida com a emoção por caminar ao lado dele”, pág. 36). O nos ofrecía una silente denuncia social al mostrarnos la mísera vida de una “criadita” que les ayudaba a sus padres en los años cuarenta y que les contaba como “os país travalhavam de sol a sol -na época das colheitas- mas a comida não chegava para todos” y “no Inverno, estavam condenados a satisfazer a fome com ervas que apanhavam nas valetas” (pág. 26), alcanzando una sublime y emotiva belleza en el capítulo 56: “Ana, una negrinha doce que tapava o riso”, encuadrada ya en el “Verão quente del 75”, en que traza un certero “aguafuerte” de la explotación de los nativos en las colonias, en medio del hambre y los castigos de látigo en mano (págs. 229-231).
En su último capítulo, el 60: “Valeu a pena, sim”, hay una frase final que es un perfecto resumen de todo lo que Helena Pato nos quiere transmitir: “De uma maneira ou de outra, aquí estamos nós, libertados, e libertando-nos de uma gigantesca memoria de violencia -da repressão, da guerra colonial, da brutalidade física e psicológica das prisões, da amargura do exílio, da pobreza e do atraso que grassavam no país-, mas como uma refrescante lembrança dos dias em que, apesar de tudo isso, fomos incomensuravelmente felizes” (pág. 240).
Los días de la ilusión, de la esperanza, de los sueños, de la juventud; del amor y el temor; del miedo y el coraje; del sufrimiento y de la rebeldía, están ahí, en este libro de memorias, delicado, elegante, sosegado, vencedor del horror que ahora sentimos como una pesadilla que hasta parece que nunca haya sido realidad.

miércoles, 20 de mayo de 2015

LISBOA, 1870. COSTUMBRES, LITERATURA Y ARTES DEL PAÍS VECINO
Autor: Gonzalo Calvo Asensio (Edición de Germán Rueda Hernanz).
Edita: Ediciones 19. Madrid, 2015. 212 páginas.
Bajo edición cuidada por Germán Rueda Hernanz, que hace la semblanza de este autor decimonónico, diplomático y periodista nacido en los años cuarenta del siglo XIX y fallecido en 1880, aparece un libro “poco usual” -como dice el editor en el Epílogo (pg. 203) y refleja en contraportada-, por las afirmaciones que un diplomático -como era Gonzalo Calvo Asensio- vierte en el mismo, con una sinceridad que no suele ser propia de la “prudencia” de su profesión.
Ya hemos tenido ocasión de reseñar otras publicaciones de Ediciones 19, que cumple con ellas una labor esencial de acercamiento ibérico. Es el caso del libro de Sixto Cámara “La Unión Ibérica, 1859” o el de Fernando Cortés Cortés, “Portugal, diez siglos (XII-XXI)”. Y ahora otro acercamiento a la “hermandad peninsular” nos llega “rescatado” -como el de Sixto Cámara- de la segunda mitad del siglo XIX, en que el iberismo era una bandera de progreso que encontró escaso eco popular.
Ya lo dice Gonzalo Calvo Asensio en la Introducción de su obra: “Carísimo lector: gran sorpresa te ha de causar cuanto en estos ligerísimos apuntes, sin pretensión alguna, te diga, por lo nuevo y original del asunto, porque siendo español a quien me dirijo, es naturalísimo que ignore completo cuanto a Portugal se refiera; porque hablarnos del vecino reino es para nosotros tan extraño, como si se tratara de darnos a conocer las costumbres, leyes y carácter de las instituciones de China” (pg. 13).
Vienen a continuación los siete capítulos en que divide, tratando el primero de Lisboa. Capítulo sorprendente, por la aguda, a veces despiadada crítica que hace de la ciudad, su patrimonio histórico-artístico, su desenvolvimiento, sus costumbres, su gente, etc. Así, afirma: “Apenas hay un paseo que merezca tal nombre” (pg. 31), “¡Qué hermoso río y qué puerto tan mezquino!” (pg. 33). Y cuando hace elogios, los matiza: “No se distinguen, ciertamente, todas esas bellas calles, la Aurea, de la Plata, Augusta y de la Reina por la limpieza” (pg. 41). O vuelve a la carga: “La parte antigua de la ciudad es generalmente triste” (pg. 44), “En cuanto a templos, no hay ninguno que por su belleza arquitectónica merezca fijar nuestra atención” (pg. 51), aunque manifiesta su admiración por Los Jerónimos. Y vuelve a las matizaciones: “Monumentos que perpetúan las glorias portuguesas, no hay ninguno, si exceptuamos el dedicado a Luis Camoes” (pg. 62), del que luego hace una loa extensa, extendiéndose en comparaciones con el español Cervantes.
El capítulo segundo es una continuación del primero: “La vida lisbonense”, en que no faltan “perlas” como ésta: “Como el español, el portugués es imaginativo, poeta, poltrón, muy aficionado a hacer tiempo, poco industrial y comerciante, nada emprendedor, amantísimo del follaje, abundantísimo de la palabrería, fanfarrón” (pg. 77). Habla de calles, bailes, ferias, carnaval, toros, fados, verbenas, que corroboran en gran medida la sentencia anterior.
La religión es el tema del capítulo tercero, siendo muy crítico con la religiosidad imperante: “Por eso Portugal no es completamente libre, porque no ha sacudido por entero el yugo de la Iglesia” (pg. 115), aunque más adelante reconoce la escasa influencia que el clero tiene en la nación (pg. 120), afirmando “que solo hombres firmemente liberales y revolucionarios podrán arrancar de raíz, para desinfectar la atmósfera de los miasmas clericales y reaccionarios” (pg. 122), con lo que muestra contundentemente su ideología socio-política.
Y a la política dedica el cuarto capítulo, hablando de la vida política en general, de los partidos, del federalismo, el iberismo, y de estadistas y oradores. Denuncia la atrofia portuguesa a este respecto (pg. 126), la lucha política, “hoy reducida a las ambiciones personales” (pg. 132); defiendo el federalismo ibérico (pg. 137) y subraya la altura de algunos hombres públicos que le merecen respeto, cual es el caso de Luis Augusto Rebello da Silva, José da Silva Mendes Leal, Latino Coelho, Andrade Corvo, Carlos Bento, Luciano de Castro, Ricardo Guimaraes, Fontes Pereira de Melo o los condes de Sancodaes y d’Avila (pg. 144 y 145).
Pasa en el capítulo quinto a analizar la prensa en Lisboa, tanto en el aspecto político como en el literario, estudiando abundantes “cabeceras”, defendiéndolas con pasión como defensoras “de la dignidad del hombre y de los derechos del ciudadano” (pg. 150).
El capítulo sexto trata de la vida literaria en general y hace las semblanzas de Garret, Herculano y Castilho en particular, fundamentalmente, con un interesante repaso histórico desde mediados del siglo XII hasta su actualidad, dedicando las últimas páginas a los actores de teatro, en que aprovecha la ocasión para hablar del mal gusto del público asistente a las funciones teatrales (pg. 181), aunque lo atribuye al “mercantilismo de más allá del Pirineo” (pg. 182).
El último Capítulo, el séptimo, lo dedica a las relaciones entre España y Portugal, haciendo un recorrido histórico por nuestras desavenencias, con afirmaciones tan contundentes y críticas para España como: “1640 es la era de la emancipación. Juan IV funda la dinastía de Bragança (…) Schomberg vence en Montes Claros; Portugal respira, y España, no… Felipe IV y Olivares se resignan a abandonar la presa que quisieran descuartizar, avaros de su sangre y de su oro, entre sus inquisitoriales garras” (pg. 187).
Casi al final, expone su deseo, ese deseo que continuó largamente siendo utópico y que ahora, casi 150 años después, parece que sí nos empeñamos en hacerlo realidad: “Tiempo es ya de que las montañas conviértanse en delicadas líneas, las separaciones artificiales en centros de atracción, el apartamiento forzado en voluntaria fraternidad” (pg. 198).
Libro  sin concesiones, controvertido, impulsivo, de agradable lectura, útil para todos por la crítica y la autocrítica, y por la apuesta iberista, respetuosa, que lo sostiene.

MOISÉS CAYETANO ROSADO

jueves, 9 de octubre de 2014

UN PASEO POR LISBOA
Moisés Cayetano Rosado
Si tuviera que escoger lugares en Lisboa para hacer una visita rápida, de un día, me vería en un apuro indescriptible. Iba a ser necesario levantarme muy temprano y acostarme con la noche vencida para dar un mínimo vistazo a lo que luego tendría que dedicar varias jornadas y ampliar a unos cuantos lugares no menos atrayentes.
Pero de momento la Baixa pombalina sería un punto de partida. Recorrer, abriendo el día, la Rua Augusta, hasta la Praça do Comercio (Terreiro do Paço), por la que  asomarme al Estuario do Tejo. Contemplar desde allí la arquitectura racionalista de la plaza (con la impresionante estatua de D. José I al medio) y las calles en cuadrícula de la Baixa, con sus “cerros guardianes” a ambos lados; el Chiado hacia el oeste y Alfama al este, a donde iría de inmediato, antes de que lo invadan multitudes de turista, como ocurre cada día.
Hay que subir, callejeando, hasta el Castelo de São Jorge. Contemplar desde lo alto el espectáculo de los puentes sobre el Tejo: el 25 de Abril, con su soberbia altura, y el Vasco de Gama, interminable, e igualmente magnífico. Admirar el derrame del caserío por todas las colinas; los tejados brillantes -encendidos de rojo-, las fachadas blancas, las muchas plazoletas, monumentales cúpulas. El trajinar de los barcos y barcazas en el encuentro del río con el mar.
Bajar después, tranquilamente, degustando rincones, plazuelas, azulejerías en las esquinas, ruas y ruelinhas quebradas de la Alfama, hasta el Panteón Nacional, barroco edificio cupulado donde se custodian las tumbas de presidentes y grandes personalidades portuguesas, y desde cuya terraza volveremos a disfrutar de las vistas irrepetibles de Lisboa.
Es gratificante coger desde sus cercanías el Eléctrico 28, ese tranvía emblemático, pequeñito, centenario, que no para de subir y bajar por toda esta intrincada orografía ribereña. Al llegar a la Sé-Catedral es conveniente bajar para una visita a esta joya gótica fortificada, cuyo claustro guarda importantes vestigios arqueológicos en su patio, desde la Edad del Hierro a la ocupación cristiana, pasando por romanos, visigodo, musulmanes.
Tras la visita (y comida en los pequeños restaurantes de sus alrededores, donde el olor de sardinas y bacalao asados resulta seductor), podemos volver a tomar el tranvía para ir -estuario adelante- hasta el Monasterio de los Jerónimos, la gran joya manuelina, Patrimonio de la Humanidad, calificación que también posee la cercana Torre de Belén, emblemático monumento artillado de principios del siglo XVI, obra igualmente manuelina, del arquitecto portugués Francisco de Arruda, uno de los constructores más universales de Portugal.
No sé si a uno le quedan fuerzas para más, tras una jornada tan apretada, recorriendo la historia, el arte, el patrimonio de la zona “fluvial” de Lisboa. Pero si fuera posible, merecería subir hacia Campo Pequeño, dejando atrás la monumental Praça do Marqués de Pombal (con su estatua imponente subida a pedestal de 40 metros de altura, repleta de figuras alegóricas), desde donde la Avenida da Liberdade lleva a la Baixa en que empezamos el recorrido.
Desde Campo Pequeño -cuya Plaza de Toros tiene en la planta subterránea múltiples restaurantes, tiendas de todo tipo, multicines…- hasta la Praça de Espanha hay un agradable recorrido urbano y al borde de ésta última tenemos la Fundação Calouste Gulbenkian. La Fundación posee un agradable y extenso jardín, y especialmente colecciones de arte incomparables: del Antiguo Egipto, cerámicas orientales, vidrios sirios, mobiliario francés, monedas griegas, medallas italianas, numerosas obras pictóricas (destacando los impresionistas)…

No es posible estirar el tiempo más pero hay que apuntar para otro día el Museu do Azulejo y el Monasterio de S. Vicente de Fora (al este y oeste respectivamente del Panteón); el Museu de Arte Antiga (entre la Praça do Comercio y la base -cerca del río- del Ponte 25 de Abril); la Basílica da Estrela, un poco más arriba; el Palácio da Fronteira y el Jadim Zoológico, al noroeste… ¡sin olvidar, claro, el tomar un café en A Brasileira, del Chiado -donde lo hacía Fernando Pessoa-, tras visitar las ruinas del Convento do Carmo y recorrer algunas de las múltiples iglesias y librerías de viejo de la zona!

viernes, 24 de enero de 2014

CASA DO ALENTEJO: SORPRENDENTE TESORO EN EL CORAZÓN DE LISBOA
Moisés Cayetano Rosado
Quien se acerque a las Portas de Santo Antão -por la zona más concurrida de la ciudad, en la Baixa lisboeta, al lado de la Praça dos Restauradores-, se encontrará con la sede de la Casa do Alentejo, un sorprendente tesoro de la Raia/Raya en el corazón de Lisboa.
Situada en el antiguo Palácio dos Viscondes de Alverca -construído a finales del siglo XVII, aunque renovado a comienzos del siglo XX-, al detenernos ante su fachada no recibimos otra impresión que la de una casona de buen porte, pero que en modo alguno presagia lo que dentro veremos.
Subiendo unas breves escaleras de entrada, se nos abre un mundo de “fantasías orientales”: gran patio neoislámico, columnado, de corredor cubierto, con grandes arcos de ojiva abierta, angrelados, de alfiz con profusa ornamentación geométrica, rica azulejería, mobiliario en madera y cuero, grandes macetones “arborescentes” y fuente central, con gran luminosidad natural, resaltando los vivos y variados colores del conjunto.
La monumental escalera del fondo nos conduce al piso superior, donde se difumina el estilo oriental, dando paso a dos grandiosos salones (comedor y de representaciones), modelos Luis XV y Luis XVI, de una dimensión y elegancia extraordinarias. Amplios ventanales, con molduras rococó que llegan hasta el techo, magnífico mobiliario de madera y telas coloridas, pinturas murales y en los techos, entre grandes molduras de las que cuelgan lámparas ornamentales de cristal. Es de admirar, en especial, el gran fresco en el techo del salón-comedor, obra del celebrado pintor Benvindo Ceia (1870-1941).
Aparte de estas dos joyas palaciegas, son de destacar la extensa dependencia destinada en la actualidad a comedor abierto al público, la sala de lecturas y la de Olivença. Las tres están ricamente ornamentadas con azulejería de temática festiva campesina (el primero), de caza y “touradas” (el segundo) y alegorías basadas en la obra “Os Lusíadas” (la tercera); constituyen uno de los ejemplos más notables de la azulejería del siglo XX en Portugal, admirablemente policromada, con unos efectos de profundidad y movimiento insuperables. Su autor es el notable pintor Jorge Colaço (1868-1942), que al igual que el artista antes citado trabajaría allí entre 1918 y 1919, cuando se realizó la remodelación del inmueble, bajo la dirección del renombrado arquitecto António Rodrigues da Silva Junior (1868-1936).
Se completa lo anterior con la profusa decoración del hall de entrada al piso superior, pasillos y otras dependencias, con reminiscencias decorativas neo-renacentistas, neo-barrocas, neo-rococó… y más azulejería en frisos y paredes, de motivos geométricos, vegetales y florales, de la máxima calidad.
Toda esta riqueza, de tendencia romántica e historicista, fue consecuencia de la instalación en el lugar del “Magestic Club”, luego “Monumental Club”, a partir de 1917: casino de lujo que se mantuvo hasta 1928.
El edificio fue alquilado en 1932 al Grémio Alentejano (después Casa do Alentejo), que siguió manteniendo los juegos de azar, lo que le proporcionó importantes ganancias y le permitió la adquisición del costoso inmueble en 1981.
Hoy en día, sin esos ingresos del mundo del juego, y con uso fundamentalmente cultural (conferencias, recitales, presentaciones de libros…), artístico (exposiciones pictóricas, escultóricas, de artesanía; variados actos musicales), impulso de las potencialidades monumentales, turísticas, culturales del Alentejo, además de restaurante de promoción regional… difícilmente puede mantener tan costoso patrimonio, que exige permanentes cuidados de restauración.

Esta “embajada” de Alentejo, de la Raia/Raya en Lisboa, este tesoro en complicado estado de recuperación, bien merece una atención institucional para su sostenimiento, por su intrínseco valor y por lo que representa para las tierras del interior como “escaparate” en un lugar tan privilegiado de Lisboa.

miércoles, 15 de enero de 2014

AZULEJERÍA EN LISBOA
Patio neomudéjar de la Casa do Alentejo en Lisboa. Comedor y expositor de libros.
Moisés Cayetano Rosado
Lisboa no tiene rival a la hora de extasiarnos en las magníficas muestras de azulejería, que constituyen una modalidad artística en que nadie supera a Portugal.
Plazas, jardines, palacios, caserones, iglesias, conventos, rincones y fachadas, son receptores de un despliegue excepcional de arte, creatividad, sensibilidad y buen gusto, que en las muestras de los siglos XVII y XX tienen para mí los máximos exponentes.
Confieso, en este sentido mi debilidad por el neoislámico Palacio de Alverca, donde tiene su sede la Casa do Alentejo (en la Rua Portas de Santo Antão, de la Baixa Lisboeta), cuya azulejería costumbristas del pasado siglo cubre las inmensas paredes del comedor, de los salones, salas, salitas, rincones y pasillos.
Sin embargo, hay dos hitos esenciales que, imperdonablemente, no he visto en directo todavía, y me urge visitar:
El Museu do Azulejo, en el antiguo Monasterio manuelino de la Madre de Deus, situado en la Rua Madre de Deus). Y, el Palacio de Fronteira -ese conjunto de villa y jardines del siglo XVII ampliados en el XVIII con traza renacentista italiana-, en el Largo de Santo Domingos do Benfica. ¡Insuperable su azulejería del siglo XVII, época de mayor explendor!
Lástima que éste último no abra los domingos. Ahora -en temporada baja- los demás días realiza visitas guidas (las únicas admitidas) a las 12’00 y 13’00 horas españolas. El Museu do Azulejo, en cambio, cierra los lunes, pero los demás días abre libremente de 11’00 a 19’00 horas españolas, siendo los domingos gratuito de 11’00 a 15’00 horas de España.
Así, la mejor opción estimo que es visitarlos un sábado, comenzando por el Palacio de Fronteira, pasando después al Museu do Azulejo. Así, a la hora de comer se recala en la Casa do Alentejo, con lo que -repuestas fuerzas- por la tarde se puede contemplar libremente su abundante azulejería.

¡Aún quedaría tiempo para deambular a lo largo de esa columna vertebral lisboeta que es la Baixa-Avenida da Liberdade y esas dos hermosas y variadas “alas de mariposa” que son ambos lados del eje, con su Chiado y Bairro Alto a un lado, y Alfama y Mouraria al otro! O contemplar al fondo el estuario do Tejo, bajando la monumental, magnífica Praça do Comercio.

domingo, 1 de septiembre de 2013

SESIMBRA, TESORO ESCONDIDO EN LA SERRA DA ARRÁBIDA
Moisés Cayetano Rosado
Desde el estuario del río Sado hasta el del Tejo, tenemos un rosario de playas que son el destino más cercano de los veraneantes de Badajoz y de gran parte de Extremadura, al tiempo que cita obligada para los propios portugueses.
Inmediatamente después de Setúbal, comienza la intrincada y bellísima Serra da Arrábida, Parque Natural, que en su borde sur se arrima al mar por medio de pequeñas calas, en las que se disfruta del agua rodeados de intensos, apretados bosques de pinos y alcornoques.
La Serra da Arrábida, de donde procede el delicioso queso de Azeitão y espléndidos vinos de cosechas pequeñas y selectas, tiene un encanto natural que encontraremos en pocos lugares, con sus senderos sinuosos, intrincados cerros, pequeños pueblecitos, sosiego y paz inalterados en medio mismo del bullicio al borde de Setúbal y a un paso de la gran Lisboa.
Portinho da Arrábida, con su playa a medio camino entre Sétubal y Sesimbra y su Museo Oceanográfico en el Forte de Santa María -que vigila este entrante- es una buena opción de parada entre las múltiples del camino. Sus restaurantes, alzados sobre pilotes a la orilla del mar, ofrecen toda clase de pescados y mariscos asados y cocidos, para degustar bajo el azote de las olas y entre la espera de las múltiples gaviotas que vigilan nuestros movimientos.
Participando de su verdor -y anunciando otro espacio increíble de gigantescas piedras calizas con plegamientos aflorados al borde del mar-, la ciudad de Sesimbra. Precioso pueblo de pescadores, de una extensísima playa que termina en el puerto pesquero y queda recogida por las montañas que protegen la población como si fueran grandes manos formando un cuenco.
Sesimbra está escoltada desde lo alto por un magnífico castillo de origen musulmán, tomado en 1147 por D. Afonso Henriques, primer rey de Portugal. Rehabilitado en 1200 por el rey D. Sancho I, tras intensas guerras con los almohades, pasó a manos de la Orden de Santiago. Las vistas a la Serra da Arrábida y a Sesimbra desde allí son espectaculares, y el paseo por las laderas, muy cuidadas, resulta gratificante, con la visión del mar inmenso al fondo.

Abajo -cortando en dos la playa, en marea alta- está la Fortaleza de Santiago, mandada construir por el rey D. Manuel, concluída en 1648. Se mantuvo como fortaleza militar hasta 1832 y actualmente pertenece a la Guarda Fiscal, pero puede visitarse libremente durante gran parte del día. Hasta allí nos llega el olor irresistible de los asados de los múltiples restaurantes de la ciudad. Pescados y mariscos recién capturados son una tentadora oferta para el visitante, que aquí se encuentra en un paraíso gastronómico portuario, con precios razonables.
A unos doce kilómetros está el Cabo Espichel, cortado sobre el mar a una imponente altura, y desde donde vemos, diminutas, playitas que nos parecen como de juguete. Aquí podemos seguir las huellas de dinosaurios que poblaron la zona hace doscientos millones de años y encontrar -con un poco de suerte- algunos fósiles de ammonites y pedruscos calizos de caprichosos plegamientos en tirabuzón, rizo, espiral...
Desde este cabo hasta la misma desembocadura del Tajo, nuevamente las playas se dan la mano una a otra, entre escarpes calizos y de arenisca profundamente erosionados y de gran belleza: Praia de Albufeira, de suave inclinación arenosa hasta Caparica, con un fondo interior impresionante de relieve fósil, que posee la calificación de Paisagem Protegida. Sus cárcavas en abanico, iluminadas por el sol poniente, adquieren tonos anaranjados que dan la sensación de grandes masas de tierra encendida.

Lugares para pasear, recrearse en la fantasía de las rocas, respirar tranquilidad. A un paso mismo de allí, la Bahía del Tajo forma un mar interior que nos conduce hasta el bullicio de Lisboa.

martes, 23 de abril de 2013


UN PASEO POR LA RAYA
Hace ahora 10 años publicó el Gabinete de Iniciativas Transfronterizas de la Junta de Extremadura mi libro Un paseo por la Raya. Una experiencia viajera por buen número de localidades de la costa al sur de Lisboa, Beira Baixa, Alentejo y Extremadura, saboreando sus paisajes, su arte, gastronomía, historia, costumbres y el latir cotidiano de la vida.
La edición -ilustrada con múltiples fotografías- debe estar agotada, pero el texto puede ser encontrado en el documento número 18 de este enlace: http://moisescayetanorosado.blogspot.com.es/p/paginaprueba.html. El documento número 38 suple en parte las ilustraciones, con buen número de fotos de fortificaciones de toda la raya.
Por cierto, en el documento número 17 del mismo enlace hay varios trabajos similares sobre diversas ciudades del mundo, bajo el título genérico de La huella del viajero.
Para estos días apacibles, serenos, ni fríos ni calurosos, pueden ser de ayuda a la hora de elegir destinos donde dirigirse, tanto en ofertas de lugares cercanos como en la lejanía. Ánimo a todos y ¡a por ellos!

sábado, 29 de diciembre de 2012


O XADREZ SEM MESTRE
Por Moisés Cayetano Rosado
Conocí a Carlos Loures por la rigurosa y dinámica publicación electrónica “aviagemdosargonautas.net”, de la que cuida con esmero y donde consigue conjugar la calidad con la variedad y libertad de temas, abordajes y discusiones. Sus trabajos personales en ella son de lectura siempre provechosa, por el fondo y forma de lo que expone.
Luego, entablada amistad e intercambiados libros de uno y otro, he podido leer con reposo algunas de sus obras, entre las que se encuentra el libro de poemas O Cárcere e o Prado Luminoso, que es una obra profundamente sentida y comprometida: con el hombre y con la literatura, por lo que tiene de mensaje solidario y por su calidad compositiva, respectivamente.
Otras han sido sus novelas: A Sinfonia da Morte, que sirviéndose del Regicidio de 1908, retrata sutilmente al Portugal de comienzos del siglo XX, y especialmente a la Lisboa de la época, con dos personajes centrales -el joven abogado procedente de la Beira, Jorge, y la artista lisboeta de variedades Margarida-, enamorados en medio de una vorágine de acontecimientos históricos, sociales, personales y convencionales que les separan para siempre. Una más: A mão incendiada -la segunda novela de la trilogía iniciada con Talvez um Grito-, transcurre en los años convulsos alrededor de 1968, cuando el mundo experimenta un cambio de mentalidades y un protagonismo de las mayorías silenciosas que van a ser acertadamente tratadas por nuestro autor.
La última publicada por Carlos Loures, y que acabo de leer, es O Xadrez sem Mestre, que da fin a la trilogía anteriormente citada. Como las anteriores, publicada por Edições Colibrí, editorial de referencia para los que tratamos temas de compromiso, de ensayo e investigación relacionados con Portugal.
O Xadrez sem Mestre es una obra apasionante. De las que “enganchan”. De las que una vez has comenzado su lectura no quieres dejarla hasta el final, pues tanto el asunto tratado como la calidad literaria del texto constituyen un lujo para cualquiera. Y eso que el autor nos obliga a una alta dosis de concentración y referencias, pues en los capítulos se produce un continuo salto temporal. Se inicia el 18 de marzo de 2008, en el Rossio de Lisboa; salta a continuación al aeropuerto de Portela, con fecha 17 de mayo de 1995; pasamos en el siguiente a Corroios, Almada, el 21 de noviembre de 1969, y así va haciendo saltos en el tiempo, si bien estos últimos días de noviembre de 1969 serán los principales de la acción narrativa.
Y es que esta acción, de intriga, de zozobra, de dureza en la exposición de los acontecimientos, de crudeza y vivo retrato del país en aquellos años oscuros, nos presenta a unos disidentes antifascistas, activistas para el derrumbe de la dictadura, que van a ser apresados por la PIDE y sometidos a sus interrogatorios, torturas, vejaciones, hasta lograr confesiones, que harán caer el peso de la represión sobre los eslabones más débiles de la cadena oposicionista.
Es, así, una novela que retrata a la sociedad bipolar del salazarismo-caetanismo: el aparato represor y sus beneficiarios por un lado, y los grupos de disidencia, de articulación difícil y conflictiva, por otro. Envolviéndolo todo, la mano peligrosa del aparato del Estado, con sus agentes secretos capaces de cualquier atrocidad para perpetuar el tenebroso régimen político cuyo derrumbe por la Revolução dos Cravos traerá la libertad, aunque no las aspiraciones de igualdad y justicia por lo que también se luchaba.
Carlos Loures nos conduce magistralmente por los oscuros pasadizos materiales y morales de la PIDE-DGS, pero también por las intransigencias ideológicas de muchos opositores impregnados de teorías al tiempo que respaldados por situaciones familiares de privilegio: o sea, los jóvenes estudiantes de familias del Régimen que pretenden utopías irrealizables, conducidas por corrientes comunistas y anarquistas muy matizadas, pero irreconciliables entre sí para una actuación conjunta.  Ante ello, otras personas menos “afortunadas”, más pegadas al sufrimiento cotidiano, asistente inquietas y perplejas, y al final pagan las consecuencias opresivas de las que los anteriores se zafan sin grandes problemas.
De entre esos jóvenes “afortunados” y disidentes destaca Cláudia de Matos Silveira, comunista, luego anarquista y… más tarde, en democracia, responsable socialista, socialdemócrata…: instigadora de conspiraciones por las que uno de sus “seguidores” -un sencillo trabajador- pierde la vida, su mujer es torturada, como otros amigos, en tanto ella sale sin problema alguno; su padre es un potentado sostenedor de la política económica del Régimen, y por tanto resulta “intocable”. Algo similar ocurre con Avelino de Souza-Mello, joven seducido por los “encantos” de la anterior, y al final el que cede a las mínimas presiones policiales delatando a sus compañeros.
Ambos tendrán un mal final, en tanto los que llevaron la parte tremenda de la acción policial: torturas física, “tortura de sueño”, interrogatorios de enorme dureza, prisión de largos años…, sobrevivientes de la dictadura y desengañados al disiparse la utopía de los meses revolucionarios, discurren por la vida con sus tristezas, sus alas de utopía lamentablemente rotas.
Obra, por ello -este O Xadrez sem Mestre-, con una carga contundente de denuncia, por aquellos tiempos terribles de férrea dictadura, por tantas deserciones y por tan débiles resultados en el alcance de los sueños. Pero con una fuerza narrativa y con una calidad literaria extraordinaria. Con una maestría a la hora de mantener la tensión y la atención verdaderamente admirables. Novela  muy digna de leer y de recomendar para todo el que quiera enfrentarse a un buen texto y a una exposición clarificadora de la historia reciente, convulsa, de Portugal.

martes, 24 de julio de 2012


MI RECORRIDO MÍNIMO POR LISBOA

En diversas ocasiones me han pedido sugerencias para visitar y recorrer de manera rápida Lisboa. Para un turismo de “primer aterrizaje”, al que deben seguir descubrimientos más tranquilos. Aquí van mis sugerencias. Que sirvan como  un “entrante” para conocer y amar una ciudad inolvidable.

Línea del río Tejo, oeste-este: muy agradable en tranvía (“el eléctrico”).
-          Mosterio de los Jerónimos: Iglesia y claustro; Torre de Belém. Arte manuelino, Patrimonios de la Humanidad. (Los domingos por la mañana, acceso gratis).
-          Museu de Arte Antiga -también a orillas del río, una vez pasado el Ponte 25 de Abril-: magnífica pinacoteca. (Los domingos por la mañana, gratis).
-          Basílica da Estrela -al norte del Museu de Arte Antiga, cerca de la sede de la Assambleia da República-: esplendor del barroco, y Jardim da Estrela, extraordinario parque de verdor exuberante. (Acceso libre).
-          Praça do Comércio y Baixa. Corazón de Lisboa. Más arriba está la “Casa do Alentejo” (Rua Portas de Santo António): buen sitio para comer; ver su azulejería e interiores modernistas. Por el medio de la Baixa, Elevador de Santas Justa (arquitectura neogótica en hierro, con magníficas vistas en su terraza y acceso al Bairro Alto repleto de “librerías de viejo”).
-          Sé (catedral): maravilla románica, con Claustro (acceso previo pago) donde hay unas admirables excavaciones en su interior de restos romanos y visigodos.
-          Caballerizas de la Sé (al lado): tienda de artesanía muy original.
-          Castelo de San Jorge: fortificación árabe con muy buenas vistas panorámicas (acceso de pago).
-          En Alfama: Mosteiro de São Vicente da Fora, renacentista (de pago) y Pantão Nacional -enterramiento de personajes ilustres-, impresionante obra barroca que fuera Iglesia de Santa Engracia, con gran terraza visitable. (Los domingos por la mañana, gratis).

Subiendo a la Praça de Espanha: fácilmente en “metro”.
-          Fundação Calouste Gulbenkian: Museo C. Gulbenkiam, Centro de Arte Moderno (ambos los domingos por la mañana, gratis) y amplios jardines.
-          Praça de Touros de Campo Pequenho (cerca del anterior): tiendas de todo tipo,  cines, restaurantes variados en el interior y exterior. Muy buen ambiente.
-          Aún más al norte: Museu da Cidade (en Campo Grande) (gratis domingo de mañana).

jueves, 28 de junio de 2012



OTRA GENTE EN  LISBOA
Rua Augusta. Lisboa.
Es una felicidad recorrer las calles de la Lisboa antiga e senhorial sobre todo en domingo, cuando el sosiego del descanso abraza a una población que a lo largo de la semana lucha contra el tiempo, las prisas, sus múltiples urgencias. Los turistas venidos de tudo o mundo inteiro  les sustituyen, remansados, admirativos, solicitados por los trabajadores de los múltiples restaurantes de la zona.
Es el momento de recrearse en esos edificios robustos, tan bien conjugados de la Avenida da Liberdade y de la Baixa, de urbanismo y plazas monumentales, que desembocan en la “sin par” Praça do Comerço (El Terreiro do Paço, como le gusta a los lisboetas designarlo), con su sobrecogedora estatua ecuestre del Rey Don José -¡cuántas estatuas magníficas en Lisboa!-; el señorío del Chiado, con las ruinas imponentes del Convento gótico do Carmo y el Mirador modernista de Santa Justa; el Bairro Alto, tan fadista; Estrela, con su Basílica barroca; Madragoa, desde donde bajando al río disfrutaremos del magnífico Museu de Arte Antiga…; el laberíntico callejero de Alfama y Mouraria, llenas de becos, miradores, pequeños restaurantes con sonidos de fado vadio…
Recorrer a pie sus cuestas y bajadas; montar en el “eléctrico” desde Belém (tras visitar el incomparable Mosteiro dos Jerónimos y la Torre de Belém -esplendor manuelino-, Patrimonios de la Humanidad), hasta Graça, bajando para admirar la barroca Iglesia de Santa Engracia, el Castelo medieval de São Jorge, el portentoso Panteão Nacional, el monasterio -entre manierista y renacentista- de San Vicente de Fora , y un poco más abajo la románica Sé, en cuyo claustro se atesoran restos arqueológicos desde el comienzo de nuestra Era, sobresaliendo los romanos e islámicos.
Baixa lisboeta.
Pero este grato recorrido se ve perturbado al mismo tiempo con esa “otra gente de Lisboa” que no son los turistas tan frecuentes los fines de semana o los lisboetas con prisas de la lucha diaria. Que son de aquí o de allá pero que toman posesión de un reducido espacio y llaman (con su música, su canto, su susurro) silenciosa o levemente la atención.
Puerta principal de la Sé de Lisboa.
Así, la eterna fadista de la Rua Augusta, con  humilde triángulo musical y voz profunda, la mirada perdida, cuerpo hidrópico, sentada delante de las tiendas lujosas, que no pide pero agradece cualquier aportación. La acordeonista (tantos acordeonistas que nos están llegando de los países castigados de la Europa del Este…) arrodillada entre el juego hermoso del adoquinado de las calles de la Baixa. Esa mendiga expectante en la puerta románica, ennegrecida, de la Sé. El mendigo -¡tantos mendigos!-, mudo, en el Chiado, muy cerca de donde aún Pessoa aguarda sentado a los turistas, para la foto de recuerdo. El indigente, apenas entrevisto de un beco de la Alfama, confundido con la basura acumulada, embolsada y dispersa del fin de semana…
Rua Garrett. Chiado lisboeta.

También, claro, los “hombres y mujeres estatuas”; los vendedores clandestinos de droga y joyas, que enseñan con disimulo seleccionando al posible comprador; los limpiabotas cercanos a la Estação do Rossio…
Tantos más de los que éstos son una muestra solamente. Sí, es la otra cara de Lisboa, de esta Lisboa hermosa, que extiende su atractivo a los múltiples barrios que rodean y se abren desde el núcleo que hemos recorrido.
Víctimas y testigos de la injusticia humana que podemos encontrar en cualquier parte, desde luego, en cualquier gran ciudad sobre todo, en cualquier hermosa joya urbana del mundo en donde vayamos a admirar tanta belleza, pero donde también veremos esta denuncia, mínima y silente, de la desigualdad.
Beco en la Alfama de Lisboa.

MOISÉS CAYETANO ROSADO
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