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miércoles, 26 de marzo de 2014

DE ARROYOMOLINOS A MONTÁNCHEZ, EL ASCENSO A LAS FUENTES DEL AGUA
Moisés Cayetano Rosado 
Del mismo modo que un paseo por la Serra d’Ossa, en el centro de Alentejo, nos llevaba a un tesoro de la naturaleza que, aun no siendo totalmente rayano, es frecuentado por los que viven en la Raia/Raya, deambular por la Sierra de Montánchez es como completar la “otra cara del espejo”, igualmente envidiable.
Y entre las muchas rutas que podemos hacer en busca de esos tesoros que una malentendida “desruralización” no ha conseguido eliminar -¡pese a su empeño!-, está una atractiva caminada entre Arroyomolinos y Montánchez, siguiendo precisamente la Garganta de los Molinos, que tras siete kilómetros ascendentes nos deja de la primera en la segunda localidad.
Inmediatamente que salimos por el noroeste de la primera, se nos presenta la imagen sucesiva de los molinos que nos sirven de guía en la ascensión durante más de tres kilómetros. Serán una treintena de construcciones, presentando una misma estructura, aunque varios han perdido algunos componentes, especialmente la casa de molienda, y otros han sido reconstruidos, pero dejados ya en lamentable abandono.
De origen romano en buena parte, ha ido completándose el conjunto hasta el siglo XIX, manteniéndose en uso hasta los años sesenta del pasado siglo. Su tipología viene dada por la pronunciada pendiente del valle, que facilita la caída del agua desde una charca de embalsamiento en cada uno, a la que sigue un recio canal que acaba en un brocal de pozo con profundidad de unos 4 metros hasta la piedra de moler, en el cuarto o casa de molienda.
El agua que sale de cada uno es aprovechada por el siguiente, en esa sucesión como de cuentas de un rosario, de la que vamos disfrutando siguiendo una empinada vereda sinuosa, a cuyos lados se aprieta el matorral de jaras y retamas, escobas blancas y amarillas, tomillo, esparragueras. Las conducciones están labradas en piedra de granito y el terminal circular parece suspendido en el aire, abierto siempre al valle como una garita descubierta de fortificación.
Cuando hemos ascendido a los últimos molinos, la visión hacia el sur nos descubre un impresionante paisaje de valle fluvial en “V” abierta -excavada por riachuelos, torrenteras-, de donde afloran bolos de granito a veces gigantescos. Y al fondo la explanada de Cornalvo, la espléndida dehesa de encinas y alcornoques que nos lleva hasta Mérida.
Más arriba de esta Gargantea de los Molinos, conforme ascendemos, se nos presenta otra obra humana levantada con el esfuerzo y el tesón increíble del que sabe sacar el mínimo producto a la tierra: bancales graníticos que más parecen amurallamientos sucesivos, apretados. Así crean rellanos que posibilitan la presencia de olivos muy cuidados, donde la naturaleza de por sí no lo permitirían, o al menos no iba a facilitar su explotación.
Aquí las veredas se han convertido ya en caminos empedrados, que facilitan el acceso motorizado y la explotación de huertos, regados por abundantes torrentes, manantiales y fuentes que brotan de continuo.
Subiendo un poco más, pasamos a un terreno remansado, prácticamente llano, amparado el camino por altos muros de piedra que delimitan pequeñas propiedades, en cuyo acceso encontramos portales monumentales, estructuras adinteladas techadas con lajas de granito y vigas de castaño, que albergan olivos, vides y plantaciones hortícolas en su interior.
Ya cerca de Montánchez, un bosque de castaños, apretados como si fuera una alameda, nos acompaña casi hasta la visión del castillo portentoso de la ciudad. El camino, umbrío, tiene en sus muros de granito pegados musgos, líquenes, ombligos de Venus… que le dan un aire irreal, como si fuera un paisaje elaborado por nuestra fantasía.
Y al final, coronando un picacho elevado a más de 700 metros sobre el nivel del mar, el castillo medieval, abrazado por el caserío encalado y de techumbres rojas, precedidos de más bancales que resguardan higueras, vides y olivos.
Arriba planean las águilas. Abajo vuelan oropéndolas, currucas, ruiseñores, picapinos. Deambulan deprisa por el sotobosque los mirlos y también alguna culebrilla. Montánchez nos aguarda con sus tentadores anuncios de jamones y chacinas envidiables, curados por el aire puro de la sierra.

Hay que lamentar, eso sí, que no esté bien cuidada la señalización de la ruta y que estén sometidos a sistemático abandono esos tesoros patrimoniales que constituyen los molinos en cascada, maltratados por el hombre y el tiempo.

sábado, 13 de julio de 2013

EL MIRADOR DE PORTALEGRE
Sé de Portalegre 
Cuando desde Campo Maior partimos hacia Portalegre, hemos de pasar -en ese recorrido de 47 kms.- por tres poblaciones que hacen más corto y grato el camino: Degolados, Arronches y San Tiago. La primera es un núcleo pequeño, de casas bajas muy blancas y chimeneas alentejanas de buen porte. La segunda es una villa similar a Campo Maior en tamaño, con una iglesia de torres muy airosas y un caserío irregular, compacto y llamativo, pero al que apenas rozaremos, pues la carretera lo va dejando a nuestra izquierda. A esa altura, vamos a contemplar al este la Sierra de San Mamede, amplia y espesa. Al llegar a la aldea de San Tiago, ya el Parque Natural de esta sierra, nos invita decididamente a adentrarnos en él.
Estamos enseguida en Portalegre. Ciudad construida en lo alto de un montículo y rodeada de otros, a cual más esbelto. Podemos elegir: campo o ciudad. Nos internamos en el espeso bosque, que asciende por encima del caserío, oteando el horizonte desde altitudes de 1.000 metros, en medio de una fabulosa vegetación mediterránea, o nos adentramos en una ciudad donde entre sus casas blancas, de calles empinadas, admiraremos importantes vestigios de las Edades Media y Moderna.
El Parque Natural de la Sierra de San Mamede ocupa casi 32.000 hectáreas y allí se encuentra el pico más alto de Alentejo: de São Mamede, de 1.025 m., desde el cual una gran extensión de Alentejo y Extremadura nos queda a la vista. Una red de caminos medievales conecta distintos puntos del Parque, que nos llevan al norte hasta Castelo de Vide y al sur hasta Esperança, donde existe un núcleo arqueológico con pinturas rupestres. Encinas, alcornoques, robles; jaras, madroños, romero, brezo... copan el terreno que pisamos.
Claustro gótico en Portalegre
La ciudad de Portalegre, importante núcleo desde el Medievo, por su producción de tejido de lana, posee un castillo de finales del siglo XIII, ordenado construir por el rey Don Dinís. Se conservan aún tres de las diez torres originales de la muralla y otras tres puertas de las ocho que se abrieron en ella; lo podemos ver en nuestro paseo por sus calles laberínticas.
La (catedral), construida entre los siglos XVI y XVIII, sobresale -como el castillo- del caserío, con sus dos torres rematadas en punta, destacando en el interior sus cinco capillas. Al lado está el Museo Municipal, instalado en una casona del siglo XVI, con importantes piezas de arte sacro, mobiliario y cerámica, así como una destacada colección iconográfica de San Antonio. Otro museo esencial, subiendo a la Sierra, es la Casa de José Regio, instalado en el que fue hogar de este gran poeta (1901-1969), de valiosa colección artesana reunida por él. Muy cerca, para el que guste del arte funerario, el magnífico cementerio, con valiosas tumbas y panteones neogóticos, neoclásicos, de arte moderno, etc.; pocos le ganan en originalidad.

Ciudad de conventos y palacios, sin igual en patrimonio del siglo XVIII, es digna de callejear reposadamente, descubriendo en sus pequeños restaurantes las habas guisadas con chorizo y tocino, sopa de bacalao, cabrito asado, conejo empanado, su delicioso pan con pasas y, de postre, tocinillo de cielo y bolo real. ¡Más que suficientes calorías para seguir subiendo hasta el picacho de Marvão!
MOISÉS CAYETANO ROSADO

jueves, 20 de junio de 2013


NUEVA VISITA A ELVAS
Moisés Cayetano Rosado
Creo que ha desaparecido el tópico de ir a Elvas para comprar toallas y comer mariscos en El Cristo, aguantando pacientemente colas como si estuviésemos en la puerta de un convento donde nos den la sopa boba. Lo triste es que aún muchos, con la urgencia del turista repetido, no han disfrutado de una ciudad verdaderamente hermosa y destacada, que ha logrado en 2012 la calificación de Patrimonio de la Humanidad por su “guarnición fronteriza y fortificaciones”, en lo que no tiene rival.
Elvas, además de ser una población comercial tradicionalmente importante en la frontera, y tener una oferta variada y atractiva de restaurantes, puede asombrar a cualquiera con su patrimonio artístico, monumental y popular.
Todo su Casco Antiguo está rodeado por un amurallamiento abaluartado de los siglos XVII y XVIII, que es una fortificación completa, con tres puertas en uso, fosos, cortinas, baluartes, bastiones y explanadas de 5 kilómetros de extensión. Desde él se aprecian los fuertes de Santa Lucía (del siglo XVII) y de Graça (siglo XVIII), protegiendo a la ciudad desde los cerros que por el sur y el norte la flanquean respectivamente, auxiliados por tres fortines monumentales.
 Posiblemente estamos ante el ejemplo de arquitectura militar más completa de la Edad Moderna de toda Europa, y la mejor conservada.  Afortunadamente, en el Fuerte de Santa Lucía han realizado una ejemplar restauración, adaptándosele como Museo Militar; queda que se haga lo mismo con el de Graça, uno de los más impresionantes que existen en el mundo, y ya cedido por el Gobierno portugués al municipio para su rehabilitación y uso.
Ábside de la Iglesia de S. Domingos. Elvas.
Dentro de este espacio privilegiado podemos visitar el castillo medieval de los siglos XIV al XVI, desde donde las vistas son extraordinarias a todo el entorno. Restos de amurallamiento musulmán y cristiano bajomedieval, formando tres cercas en anillo. Construcciones religiosas góticas, renacentistas y barrocas: iglesias y conventos con altares barrocos en madera y mármol, azulejería historiada y tallas escultóricas de primera calidad. Otras de tipo militar, como diversos cuarteles, polvorines, depósitos de intendencia y hospitales, dan cuenta de la importancia estratégica de esta Plaza.
Su espléndida Plaza de la República, desde la cual salen hacia el castillo calles y callejuelas de preciosa traza medieval tiene al fondo la antigua Sé (catedral) que es un compendio artístico en el que destaca el manuelino. Palacios y palacetes junto a casonas de fachadas encaladas en blanco y ocre típico de Alentejo han sido acertadamente rehabilitados. Empedrados en piedra caliza y basáltica muestran dibujos que sólo los artesanos alentejanos saben hacer. Numerosas fuentes de mármol y, ya saliendo de las murallas, extensos jardines que ocupan fosos y explanadas nos conducen hacia la parte moderna de la ciudad. Al oeste, presenta un monumental acueducto de más de 8 kms. de longitud y casi mil arcadas, el Acueducto de Amoreira, construido entre los siglos XVI y XVII, e iniciado por el arquitecto Francisco de Arruda, sigue en perfecto uso, como sus aljibes, tan imprescindibles en los múltiples asedios que la ciudad sufrió.
Acueducto de Amoreira. Elvas.

Por si fuese poco, en los alrededores existe una importante cantidad de restos neolíticos, especialmente dólmenes, en una ruta visitable, así como villas romanas de meritorios mosaicos, en medio de espesos bosques de encinas y alcornoques, que nos van conectando con otras ciudades y pueblos que poco a poco iremos visitando en adelante. Y como en cualquier población del Alentejo, la gastronomía a base de productos de la tierra (açordas campesinas; ensopados y asados de borrego y porco alentejano; quesos de oveja; sericaia com ameixas; vino tinto y bagaço de la zona), no tienen nada que envidiar a los mariscos que desde aquí llevamos tantos años consumiendo en esta ciudad Patrimonio Mundial.